Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 06
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Vanessa

Dos días después tenía listo el patrón para Christine, quien lo aprobó tras asegurarse de que el símbolo era exactamente como el de la fotografía que me había enviado.

Una vez confirmado el diseño, se lo mandé por correo electrónico a mi hermana, Eulalia, para que empezara a coserlo cuanto antes en su taller.

No tenía tiempo para hacérselo yo a mano; bastante tenía con encargarme de la tienda, del resto de encargos…

y prepararme para la misión que me había comprometido a llevar a cabo para Teo.

Después de aquella noche tan movida en el Serenata, Teo intercambió un par de mensajes con Alistair Vilmoor, quien, a su vez, acordó regresar al Serenata «en cuanto zanjase un par de asuntillos espinosos y delicados que tenía a medias».

No explicó en qué se había metido, y me traían sin cuidado sus líos “espinosos y delicados”.

Menudo engreído. Solo lo había visto un par de veces, pero había sido suficiente para intuir que era el tipo de hombre que atraía las trifulcas como la miel a las moscas.

Por desgracia, Teo había insistido en que aquel idiota nos acompañase a investigar la casa aislada que Mina y sus murciélagos habían descubierto.

Me encontraba sola en casa, como de costumbre, mientras pensaba en todo aquello. Esa noche había quedado con Teo de nuevo para ponernos de acuerdo con el cazador, que debía de estar a punto de regresar de su viaje a yo qué sé dónde.

Removí una sopa de pollo, algo distraída, mientras pensaba en lo que me pondría para la expedición.

Mina decía que sus “agentes alados” habían descrito una especie de comuna hippie.

¿Sería más apropiado un vestido vaporoso que pasara desapercibido, o pantalones ajustados y chaqueta de cuero para camuflarme en la oscuridad?

Entretanto, me sonó el teléfono: un mensaje de Christine:

«Te paso la dirección de entrega. ¿Me lo envías por mensajería o me lo traes en persona? Me encantaría conocerte, si tienes un rato.»

Incluía un enlace a la ubicación, que no abrí por el momento. Me pensé la respuesta un segundo. ¿Podía ir a verla en persona? No sabía si tendría tiempo también para hacer una entrega, con tanto lío. Pero me moría de curiosidad por conocer a la mujer que me había pedido aquel diseño tan peculiar.

Como faltaban aún unos cuantos días hasta que el producto final estuviera en mis manos, decidí que podía responderle más tarde. Por el momento, le envié un mensaje rápido para salir del paso:

«No lo sé todavía. Te lo confirmo en un par de días.»

Después fui al dormitorio y rebusqué en mi armario. Tenía demasiada ropa, pero con mi profesión, y después de tantos años en este mundo, ¿quién podía culparme?

Por ridículo que pareciese, me estaba costando elegir. ¿Qué se ponía una para ir a espiar a una panda de poseídos que, a lo mejor, poseían un peligroso prisma esotérico? No tenía ni la menor idea. Yo no era ni soldado ni espía. Lo mío era coser ropa.

Al final, elegí un vestido de gasa blanca, pero metí en una bolsa también la chaqueta de cuero, por si acaso resultaba más útil para camuflarse un poco.

Ir preparada para todas las eventualidades me dio un poco de tranquilidad.

Salí de casa y dejé el coche a unas calles del paseo marítimo de San Antonio, entre edificios de apartamentos.

Cuando llegué al Serenata no me costó adivinar que Alistair Vilmoor ya estaba allí. Sentí su presencia como una mole pesada y oscura que ensombrecía todo el bar. Hasta me pareció que todo el mundo estaba de peor humor.

El tipo, enorme e imponente, estaba hablando con Mina y Teo en la mesa del rincón.

Llevaba puesto el mismo abrigo de cuero con símbolos repujados, lo cual era bastante raro con una temperatura de más de 25ºC.

Estaba de espaldas, y bajo las luces tenues del bar, era difícil distinguir si esa mata de pelo largo era de color blanco nieve o de un rubio clarísimo. Por mí, como si era una peluca.

Todavía no me había recuperado de sus insultos el día que nos conocimos.

Me esforcé por sonreír antes de llegar hasta ellos.

Iba a ser una noche divertida.

Teo me escuchó llegar y dejó de hablar. Me hizo un gesto con la mano para que me acercase, y noté que Alistair fruncía la nariz al girarse hacia mí, mientras me observaba con ojos grises y duros.

«Sí, ya lo sé, huelo a azufre infecto de los infiernos», pensé, poniendo los ojos en blanco. «Pero tú hueles a idiota integral.»

—Vanessa, bonito vestido —me saludó Mina, moviendo su silla para hacerme hueco.

Teo me saludó con la cabeza.

—Gracias por venir. Sé que estás muy ocupada con tu trabajo.

Alistair Vilmoor fingió que el borde de su vaso era sumamente interesante, y se comportó como si yo no estuviera allí.

—Gracias. —Me dirigí solo a Mina y Teo—. ¿Ya sabemos a dónde hay que ir?

—He conseguido definir las coordenadas, más o menos —respondió Mina—. Aunque no es fácil hacerlo con exactitud. Mis chicos no usan las mismas unidades de medida, ni los mismos topónimos.

—Ya. ¿Y cómo se dice Ibiza en idioma murciélago?

Me pareció ver que el cazador esbozaba una sonrisa, aunque supongo que se debió a otra cosa. Después de todo, seguía sin hablarme ni mirarme.

—Ellos nos acompañarán, así que no importa qué nombres den a los lugares —replicó Mina, que a veces no pillaba las bromas, igual que el estirado de su novio, Leonard—. Ahora que ya estamos todos, creo que podríamos ir a echar un vistazo. ¿No, Teo?

Teo asintió.

—Si vosotros estáis listos, podemos ponernos en marcha. Tengo el coche cerca de aquí.

—¿Nos lleva Raoul? —preguntó Mina.

Teo negó con la cabeza.

—No, le he dado la noche libre para que se quede con Selena. A la pobre le dolían las piernas y le costaba estar de pie.

—Ya le he dicho mil veces que se pida la baja y no quiere —comentó Mina, y empezó a recoger sus cosas. Luego se volvió hacia el cazador, que no había abierto la boca desde mi llegada—. Alistair, ¿todo bien?

—Todo lo bien que se puede estar en una situación como esta —gruñó, dejando claro que la “situación” era yo, y que mi presencia le fastidiaba.

En eso estábamos de acuerdo, porque yo también aborrecía la suya.

Se levantó con parsimonia, con la mano en la empuñadura de la espada. Lo más gracioso fue que nadie en todo el bar le prestaba atención. Tal era la afluencia de gente rara en Ibiza que un tío con abrigo estrafalario y espada colgando del cinto podía pasar tan desapercibido como cualquier otro.

Nos acercamos al coche en silencio. Había viajado con Teo en ese vehículo, o en algún modelo previo parecido, muchísimas veces en el pasado. Supongo que, por eso, la inercia me llevó a abrir la puerta del copiloto.

Mi mano y la de Alistair se encontraron a la vez sobre la maneta.

Ambos pensábamos que nos correspondía ese asiento, por lo visto.

Nos miramos.

Ninguno de los dos quitó la mano de la puerta.

Un duelo de miradas surgió en silencio, mientras Teo y Mina charlaban sobre murciélagos con aire distendido. Las criaturas voladoras nos seguían a unos metros de distancia, aleteando con discreción detrás de Mina.

Teo abrió la puerta del conductor y subió al coche; Mina hizo lo mismo, ocupando el asiento de detrás.

—¿Subís o qué? —preguntó Mina desde dentro.

Entrecerré los ojos y los fijé aún más hondo en aquellos pozos de color gris cemento que eran los ojos del cazador.

—¿Me permites? —dije con la voz más seca que me salió, a ver si se apartaba de una vez.

—Por supuesto —respondió con falsa amabilidad.

Dio un paso atrás y me abrió la puerta de atrás, indicándome con un brazo que me sentase.

¡Y un cuerno!

Aproveché que se había quitado de en medio, abrí mi propia puerta y me subí en el asiento del copiloto de un brinco. Valió la pena solo para ver su cara de furia. Estaba hirviendo de rabia, pero no dijo nada y tomó asiento junto a Mina, en la parte trasera.

Sonreí para mis adentros.

Si ese grandullón pensaba que podía ser más listo que yo, lo llevaba claro. Le llevaba medio siglo de ventaja, por lo menos.

—¿Hacia dónde? —preguntó Teo, arrancando el motor.

—Sal hacia Sant Mateu —dijo Mina, asomando la cabeza por la ventanilla abierta y haciendo un gesto con la mano a sus murciélagos.

Salimos de San Antonio en silencio. Por un instante, cerré los ojos y recordé aquellas noches en las que Teo me recogía en mi casa y me sentaba así, a su lado, mirándolo conducir con absoluta calma.

Inspiré hondo. Siempre pensé que habría algo más.

Que lo nuestro crecería con el tiempo y se convertiría en algo sólido. Algo como lo que una vez tuve y perdí.

—¿Qué tal por Siberia? —preguntó Teo, sin apartar la vista de la oscura carretera.

—Noruega —puntualizó Alistair desde atrás, con un bufido.

—¿Buena caza?

—Casi matan a mi ayudante.

—Vaya, lo siento. ¿Se encuentra bien?

—Más o menos. Tuvimos un encuentro algo particular con unos chupasangres. Amigos tuyos, por cierto.

Teo alzó las cejas, de pronto mucho más interesado por aquella conversación trivial.

—Al parecer, son los padres de una de tus empleadas. Una tal Iris.

Teo casi estampó el coche contra un pino del shock.

—¿Los padres de Iris estuvieron a punto de matar a tu ayudante? —repitió, consternado.

—No exactamente. Es una larga historia.

—¡Para, aquí! —gritó Mina, interrumpiendo aquel intercambio tan divertido e interesante.

Me habría gustado escuchar cómo un par de vampiros atacaron a Alistair Vilmoor y sus secuaces en algún lugar remoto de Noruega.

Quería la historia entera de cómo estuvieron a punto de desangrarlo, pero supuse que aquel precioso relato tendría que esperar hasta que regresásemos de nuestra pequeña misión nocturna.

Lástima.

—Creo que lo mejor será que nos detengamos aquí y sigamos a pie —dijo Mina—. El resto del camino es de tierra, entre los pinos. Si vamos en coche, nos oirán mucho antes de llegar, con el silencio que hay aquí.

Teo aparcó a un lado del camino, entre los troncos de dos árboles, y yo me alegré de haberme llevado la chaqueta negra. Hacía fresco en el campo; bastante más que en la playa de San Antonio.

El murciélago emitió un chillido agudo, señalando la dirección correcta, y los cuatro comenzamos a caminar tras él.

Ni a Teo ni a mí nos costaba mucho caminar en la oscuridad, pero Mina y Alistair tenían algún problemilla que otro.

Le di la mano a Mina para que no tropezase, y me lo agradeció con una pequeña sonrisa.

—¿Quieres que te dé la mano a ti también? —le pregunté a Alistair, solo por ver con qué insulto me respondía.

—Antes preferiría amputármela que tocar a una de tu estirpe, pero gracias.

—Tan encantador como todos los cazadores —respondí.

Su mirada bajó apenas un segundo, a mi boca, y pareció estar a punto de decir algo. Luego se lo pensó mejor y regresó a mis ojos.

Quise soltarle otra pulla, pero justo entonces divisé a lo lejos unas luces que parpadeaban.

Según nos fuimos acercando, la imagen se volvió más clara. Una cuerda con farolillos cruzaba un amplio patio de piedra, frente a una vieja casa de dos plantas. Algún día debió de ser muy bonita, pero ahora tenía enormes grietas en la fachada y un tejado muy necesitado de reparaciones.

El sendero se estrechó entre pinos y matorrales bajos. La tierra estaba seca, cuarteada, y olía a polvo caliente y resina. A cada paso, el murciélago jefe de Mina avanzaba un poco más, describiendo círculos nerviosos en el aire, como si no le gustara demasiado el sitio al que nos estaba llevando.

La casa tenía añadidos en estilos diferentes, muchos sin terminar, con el cemento y los ladrillos a la vista. Las ventanas eran pequeñas, algunas cubiertas con telas que ondeaban al viento, con pequeñas luces de velas en el interior.

Al acercarnos conté varios coches fuera: siete u ocho, por lo menos en ese lado de la casa.

—Está claro que nuestro hombre no vive solo —comentó Teo.

—Ya os lo dije —replicó Mina.

Del interior de la casa llegaron voces, aunque no parecían demasiado alegres. Eran más bien susurros; a lo mejor, rezos. Alguien tocó una campanilla y se hizo el silencio. Por un instante, mi corazón se detuvo, pensando que nos habían oído llegar.

Nos detuvimos entre los árboles, acuclillados tras la valla: lo bastante lejos como para no ser vistos, pero lo bastante cerca como para oler humo de velas y algo más. Algo casi familiar, que no me atreví a intentar identificar.

La casa estaba rodeada por una alambrada, cubierta de hiedra. Si me esforzaba por ver a través de ella, quedaban pequeños huecos que permitían ver una pérgola de madera en el patio, cubierta con telas oscuras.

Una mujer, descalza, salió de la casa con un cubo y lanzó el contenido hacia la oscuridad. Luego volvió a entrar, con la cabeza gacha.

—Así que esta es su madriguera —dije, fascinada—. ¿Y ahora qué? ¿Saltamos la valla y comprobamos qué esconden ahí dentro?

—Escucho muchas estupideces en mi día a día, pero esta es una de las más grandes en años —murmuró Alistair sin mirarme.

—¿Y cuál es tu brillante idea, cazador? —le espeté.

No me contestó. Dio un paso adelante, entrecerrando los ojos, como si estuviera afinando un sentido que los demás no teníamos. O, a lo mejor, se alejó porque tenía gases y quería disimular. No me habría extrañado.

—Este sitio está plagado de escoria —murmuró, y por una vez, creo que no se refería a mí—. Apesta a cosas que no son de este plano.

Me di una palmada en la frente.

—¡Un genio! Este tío es un genio, Teo.

Alistair me fulminó con la mirada.

Suspiré y me levanté un poco para ver mejor el patio entre los resquicios que la hiedra no había cubierto bien.

Solo entonces vi bien el símbolo formado por las baldosas del suelo: diez círculos en torno a otro más grande, creando una forma que parecía perseguirme a todas partes.

No sé qué pasó por mi cabeza en ese instante, pero tuve una intuición potentísima.

Saqué el móvil del bolsillo y abrí el último mensaje de Christine, que contenía la dirección de envío para su vestido. La introduje en el mapa y, efectivamente, ocurrió lo que esperaba: el punto parpadeante coincidía con el mismo lugar donde nos encontrábamos.

La dirección de Christine se encontraba allí mismo, en la misma casa donde se había refugiado el hombre poseído del Serenata.

—Vámonos —le dije a Teo, levantándome sin hacer ruido—. Tengo un plan mejor para colarnos en esta casa, pero no podrá ser hoy. Os lo explico por el camino.