Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 05
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Alistair

El vampiro se ajustó el sombrero de copa y dio un paso al frente, haciendo un gesto a la mujer para que permaneciese detrás de él.

Gruñí y desenvainé la espada, conteniendo un gemido de dolor en el hombro. Lo último que deseaba era demostrar a ese depredador que éramos presas fáciles.

El vampiro alzó los brazos al aire y esbozó una sonrisa divertida.

—Por favor, caballeros, calma —dijo con acento de pijo londinense—. Está claro que no van a llegar muy lejos en ese estado. Permitan que les ayudemos.

En respuesta solté un gruñido gutural todavía más fuerte, como habría hecho cualquier bestia acorralada.

—De verdad que siento tener que hacer esto. Espero que no me lo tengan en cuenta —dijo el vampiro.

No sé qué ocurrió después, pero sucedió tan rápido que solo recuerdo un relámpago pasando junto a mí, seguido por un objeto helado y duro que me golpeó la cabeza.

Desperté en un enorme salón con paredes de hielo y sin ventanas.

Los muebles eran de madera clara, y la única luz provenía de candelabros con cientos de velas.

La construcción recordaba a un iglú, aunque muchísimo más grande.

A mi lado, Svein roncaba con una camisa nueva y limpia, envuelto en mantas con olor a flores.

Un poco más allá, una moderna chimenea ardía alegremente frente a una alfombra de piel de oso.

Quise frotarme el cogote, que me dolía. No pude porque alguien me había atado las manos tras la espalda. Me sentía mareado y tenía la boca seca.

—Clarence, cariño, el grandullón se ha despertado —dijo una voz de mujer.

Un rostro engañosamente hermoso se inclinó sobre mí, con suaves ondas de color caoba que relucían en la penumbra. Me tocó el pelo y traté de echarme hacia atrás, pero me habían atado también por los tobillos.

Mierda. Estaba fastidiado.

—¿Quiénes sois? —me preguntó la mujer—. ¿Cómo nos habéis encontrado?

Se escucharon pasos y el crujido de una puerta grande al girar sobre goznes oxidados.

El hombre se acercó también, esta vez sin el estúpido sombrero. Ladeó el rostro y me miró desde arriba. Me revolví y pataleé, pero no conseguí soltarme. Me sentía como un ratón lanzado a la jaula de una serpiente.

—¿Tiene usted hambre? —preguntó el vampiro—. Hemos preparado un poco de conejo a la brasa. Pensamos que les gustaría.

Por un instante, la parte irracional de mi cerebro se ilusionó al pensar en un buen trozo de carne a la parrilla, pero inmediatamente recordé dónde estaba: preso, en la guarida de dos vampiros salvajes que muy probablemente planeaban chuparme hasta la última gota de sangre una vez saciado su aburrimiento existencial.

—También hemos curado a su amigo —añadió el hombre—. He tenido que darle un par de puntos porque no paraba la hemorragia. Pero los cortes no eran muy profundos.

Torcí el labio, sin comprender. ¿Por qué leches se molestaban en curar las heridas de Svein, si nos iban a matar de todos modos?

—Mi marido era médico —aclaró la mujer, malinterpretando mi gesto, y luego se le escapó una risita nerviosa—. En su vida anterior. Muy, muy anterior.

Repté hacia atrás, tratando de alejarme de ellos, y choqué contra un objeto afelpado. Me giré brevemente: un sofá. Con cuidado y sin quitar la vista de esos dos, usé todas mis fuerzas para adoptar una postura sentada y un poco menos humillante.

—¿Crees que deberíamos desatarlo, querido? —preguntó la mujer.

Él negó con la cabeza, y leí en sus labios las palabras “espera un poco más.”

Bien, así que pensaban desatarme. A lo mejor eran como esos felinos que se divertían cazando a las presas y soltándolas: primero les arrancaban una pata, les daban ventaja un par de segundos y luego echaban a correr tras ellos otra vez. ¿Era eso lo que planeaban hacer conmigo y con Svein?

Svein murmuró algo en sueños y comenzó a abrir los ojos.

—Mamá… ¿dónde está mi osito de peluche? —dijo en noruego.

Los vampiros se miraron y rieron.

—Es tan mono —dijo la mujer, y luego su rostro se ensombreció—. Me recuerda un poco a Iris… cuando era pequeña.

Un silencio incómodo se adueñó de las dos criaturas, y casi eché de menos cuando estaban parloteando y soltando una tontería tras otra.

Pensé que sí, ahora sí, había llegado el momento en que me despedazarían.

Pero no. El hombre rodeó con los brazos la cintura de la mujer y le besó el cuello con una intimidad asquerosa.

—Cariño, sé cuánto la echas de menos —susurró—. Creo que ha llegado el momento de que dejemos este lugar y regresemos al mundo real. Es hora de que nos enfrentemos al presente. No puedes quedarte para siempre en este palacio de hielo, sola…

—¡No estoy sola! —protestó ella.

De pronto se miraban como si Svein y yo fuéramos meros animales de compañía sin la capacidad de entenderlos.

—Te tengo a ti, mi amor —añadió la mujer, y se dieron un beso de tornillo todavía más repugnante y baboso que el anterior.

Si ya tenía ganas de vomitar al despertarme, aquello las volvió inminentes.

Aparté la vista y me concentré en Svein, que se había despertado y trataba de sentarse a mi lado, a pesar de sus heridas y las manos atadas.

—¿Qué puñetas hacemos aquí? —me susurró al oído con un deje de miedo.

Sacudí la cabeza. No tenía tiempo de dar explicaciones a ese pánfilo.

—Mi amor, yo siempre te apoyaré… —decía el vampiro, con el tono más cursi que había oído en mi vida—.

Pero tu hija también te necesita. Entiendo que te duela lo ocurrido con Katie, pero piensa en Iris…

todavía te queda una hija… No puedes solo llamarla por teléfono.

Necesita a su madre cerca, necesita sentir tu presencia…

Carraspeé, y de pronto esos dos se acordaron de que no estaban en medio de una cita con velitas.

—Oh, disculpad —dijo la mujer, y si no hubiera sido una muerta habría jurado que se ruborizó—. Hace muchos años que no tenemos visita… en realidad, nunca había entrado nadie más aquí.

—Me encantaría desatarles y soltarles en el hielo —dijo el vampiro con tono casual—. Pero dudo que puedan llegar muy lejos en ese estado. Aunque podría ofrecerme a llevarlos a cuestas, si pueden esperar a que anochezca.

Agrandé los ojos ante la propuesta absurda del vampiro. ¿Pero qué les pasaba a esos dos?

—Sé que esto puede parecer extraño —aclaró él—. Pero no solemos alimentarnos de humanos. —Ella le lanzó una mirada de reproche—. Está bien, mi esposa no suele hacerlo, y yo no lo hago… en su presencia.

Fruncí el ceño, recordando las noticias que corrían por los pueblos de los alrededores: todos esos animales que, en los últimos años, aparecían muertos en medio del bosque y sin una sola gota de sangre en el cuerpo.

¿Podía ser cierto? ¿Habíamos sido capturados por dos vampiros… vegetarianos? A lo mejor mi mala suerte se había agotado para esta semana, después de todo.

—Si nos sueltan, nos apañaremos para llegar solos —aseguró Svein, con tono muy poco convincente—. No hace falta que… se molesten.

—Oh, no es molestia —insistió el vampiro—. Nos gusta devolver a esta comunidad que tanto nos ha dado.

Bonito eufemismo, sí señor.

En ese momento, mi móvil comenzó a sonar.

No sé por qué milagro pudo ocurrir aquello, en medio de la nada. A lo mejor esos dos también tenían una antena. Fuera como fuese, el teléfono se puso a zumbar como loco en el bolsillo de mi chaquetón, que alguien había colgado en el respaldo de la silla, junto al fuego.

—¿Es suyo? —preguntó el vampiro, y se acercó a sacar el aparato. Observó la pantalla con atención, y una expresión de sorpresa inundó su rostro—. Aquí pone… Teo d’Alessandro.

El teléfono paró de sonar.

Los dos vampiros se miraron entre sí, boquiabiertos.

—¿Conoces a Teo d’Alessandro? —me preguntó la mujer, algo espantada.

¿Debía decirle la verdad?

—Mi amor, ¿crees que lo tendría guardado en su agenda si no se conociesen? —comentó el hombre.

Era bastante lógico. No valía la pena mentir.

—Lo conozco, sí —admití—. Estuve haciendo unos trabajos para él.

—Entonces, ¿conoces el Serenata Nocturna? —preguntó ella, cada vez más excitada.

Asentí lentamente, sin saber por dónde iban a salirme ahora esos dos pirados.

—¿Conoces también… a las chicas que trabajan para él?

Me encogí de hombros.

—De vista.

Ella tomó aire como si le faltase, lo cual no tenía sentido porque respiraba solo por costumbre. Se acercó a la silla donde estaba mi chaquetón y se dejó caer, sin fuerzas.

El hombre me tendió el móvil y me mostró un mensaje que acababa de aparecer en la pantalla. Era de Teo y decía:

«Necesito que vengas inmediatamente al Serenata.»

Después, el vampiro se agachó frente a la mujer. Le puso las manos sobre los hombros a su esposa y fijó sus ojos en los de ella.

—Cariño, las brujas no creéis en las casualidades, ¿no es así? —Ella sacudió la cabeza, mostrando que estaba de acuerdo con su afirmación. Luego él asintió, satisfecho—. En ese caso, creo que esta es la señal que estábamos esperando.