04
Vanessa
Teo entró en el Serenata derribando sillas a su paso, como si apresurarse una vez pasado el peligro lo hiciera parecer más valiente.
—A buenas horas… —murmuré.
Confiaba en que su oído sobrenatural llevase mis palabras hasta él. Por su gesto de desagrado, lo conseguí.
—Todos dentro —ordenó, señalando hacia la cocina.
Entramos en silencio, bajo las miradas de sospecha de algunos clientes. En la cocina, Garrett sopló sobre un pequeño fuego que sostenía en la mano, listo para lanzárselo al primer indeseado que cruzase el umbral.
—Puedes guardarte eso, querubín —le dije—. Las chicas ya nos hemos encargado del flipado.
Garrett frunció el ceño.
Yo no le caía bien al angelito, pero me daba totalmente igual. A mí, él tampoco. Ángeles: siempre tan soberbios, siempre sintiéndose moralmente superiores a los demás. Como si nunca hubieran roto un plato.
—Lo que acaba de ocurrir cambia por completo la dirección de nuestra reunión de esta noche —anunció Teo—. Cuando os convoqué, mi intención era solo hacer un repaso de la situación actual. Como bien sabéis, hemos detectado cada vez más presencias oscuras desde que Oksana y Garrett regresaron de…
Se calló, incómodo.
—De la Umbrícora, Teo —terminé por él—. ¿Crees que va a escaparse otro demonio solo por nombrarla?
Entrecerró los ojos. No le gustaba que desafiase su autoridad, pero él no era mi jefe, ni ostentaba cargo alguno que me impidiera decir lo que pensaba. Ni siquiera tenía ya la obligación moral o romántica de apoyarlo.
—Gracias, Vanessa —respondió con lentitud, y sus ojos centellearon con chispas verdes de furia.
—¿Has hablado con Johannes? —preguntó Oksana, girando con nerviosismo ese anillo de metal negro que lucía últimamente.
Supongo que se sentía responsable.
Después de todo, era ELLA quien se había dejado la puerta entreabierta al adentrarse en la Umbrícora para salvar a Teo, y salir de allí con los tentáculos de un demonio pegados a la espalda como una maldita mochila.
—Sí —respondió Teo—. Me ha confirmado que se han reportado varios casos más como este, y no solo aquí en Ibiza.
Hay signos de posesiones y ataques en muchos otros puntos.
Casi todos coinciden con portales que suponíamos inactivos.
Los que no, probablemente ocultan alguna grieta que todavía desconocemos.
Todo apunta a una red de nodos por los que están escapando demonios menores. Y la red es cada vez más grande.
—Esto está mucho peor de lo que pensábamos —respondió Oksana—. Está avanzando más deprisa de lo que podemos prepararnos.
—¿Qué dijo el tipo poseído exactamente? —preguntó Teo.
—Algo de que la puerta estaba entreabierta y la Oscuridad nos tragaría a todos —explicó Mina, abrazándose a sí misma como si tuviera frío.
—Son pequeñas grietas —dijo Selena asintiendo—. Se están abriendo, pero eso ya lo sabíamos. Lo malo será si consiguen abrir un auténtico portal por el que pudieran escapar demonios mayores, como Umbrael.
—¿Podrían hacerlo?
—Solo si tuvieran una llave. Eso sí que sería catastrófico, en las manos equivocadas. Si tuvieran un Prisma, por ejemplo.
—¿Prisma? —pregunté.
—Son las llaves más comunes entre portales, aunque existen otras —aclaró Selena—.
Hemos encontrado otras con apariencia diferente, como por ejemplo, la llave que hallaron Mina y Leonard en las ruinas de Edeta.
Pero todos funcionan igual: si los usas cerca de un portal, puedes abrir una grieta entre planos.
Mi familia se dedicó a buscarlos y custodiarlos durante siglos, para evitar que fueran usados para hacer el mal.
Cuando se crearon, siglos atrás, eran útiles para comunicarse entre planos.
—Su mirada recayó sobre el ángel, que simplemente asintió sin decir nada—.
Pero, en la situación actual, la única respuesta sensata es destruirlos.
—Se giró hacia Teo—. ¿Estamos de acuerdo?
Teo frunció el ceño y murmuró algo por lo bajo. Era increíble que, después de doscientos años, todavía no hubiera superado lo de su hermano. Ah, dramas familiares. Siempre los peores.
—Lo primero es descubrir si tienen algo —replicó Teo con impaciencia—. Una vez lo sepamos con seguridad, ya decidiremos cómo proceder.
—Deberíamos haber seguido a ese tipo —murmuró Iris contrariada—. Fuimos unos idiotas dejándolo ir sin más.
—¿Quién fue un idiota? —contestó Mina orgullosa—. Hice que lo siguieran, guapa. Mis chicos alados están en ello.
Naomi le guiñó el ojo y levantó el pulgar, complacida.
—¿Y qué opináis de la marca en la mesa? —las interrumpió Selena.
—Por desgracia, se desvaneció por sí sola antes de que yo llegara, así que no he podido estudiarla —contestó Teo—. ¿Alguien podría reproducirla de nuevo? Podría darnos una pista sobre la procedencia de ese hombre. O sobre los demonios con los que se asocia.
—Sí. Hice una foto —dijo Selena—. Mirad…
Nos arremolinamos en torno a Selena, que desbloqueó su teléfono para mostrarnos la imagen.
Ahí estaba, claro como el día: el mismo símbolo del vestido de Christine, con el círculo central y diez más pequeños alrededor.
—¡Parece una flor! —aventuró Mina, tan romántica (y ñoña) como siempre.
Oksana y yo pusimos los ojos en blanco.
Era curioso que, a veces, tuviésemos tanto en común, siendo tan distintas.
Supongo que por algo éramos todas exnovias de Teo.
—No es ninguna flor, te lo aseguro —intervine—. Lo he visto antes.
Todos guardaron silencio de golpe y se giraron hacia mí.
Tragué saliva. Pensé en la niña que un día fui; aquella chiquilla con trenzas enmarañadas que dibujaba sin pensar, a la que reprendieron por crear símbolos cuyo poder desconocía.
—¿Y qué significa? —preguntó Mina.
—Bueno… No lo sé con exactitud. Solo digo que lo he visto antes —aclaré—. Es algo relacionado con los seres del Inframundo. Algo que trae mala suerte. No puedo deciros más.
Garrett dio un paso atrás, y su brazo rodeó los hombros de Oksana con aire protector, alejándola un poco de mí.
Me hacía muchísima gracia cómo todos, y en particular el rubio querubín, me trataban como si la amenaza fuera yo.
En un mundo cada vez más lleno de presencias oscuras, yo, una medio-demonio domesticada, era su mínima preocupación.
Lástima que fueran demasiado estúpidos para verlo.
—¿Eso es todo? ¿Nada más? —preguntó Teo, poco satisfecho con mi explicación.
Por un instante pensé en Christine, y en el vestido que me había encargado. Una de las condiciones del encargo era la confidencialidad absoluta. ¿Debía decírselo a los del Serenata, o era mejor callarme?
—Deberías decírnoslo, sí —soltó Oksana con voz de ultratumba.
Esta vez, todas las miradas se centraron en ella.
—¿Tu telepatía ha regresado? —preguntó Naomi con admiración.
Oksana sacudió la cabeza como si despertara de un sueño.
—No lo sé. Va y viene. Pero eso lo he escuchado claramente. Hay algo más, ¿verdad, Vanessa? Algo que no nos estás diciendo.
—Es secreto profesional.
—¿Secreto profesional… de costurera? —insistió, conteniendo la risa con un resoplido.
Exhalé.
Mis clientes no eran como los de un sastre normal.
Solían acercarse a mí con todo tipo de secretos, no siempre moralmente aceptables o fáciles de compartir.
No eran raras las personas que me pedían vestidos con símbolos capaces de seducir a amantes poderosos, ni los que usaban mis talentos para ascender en la política o los negocios, o arrasar con sus rivales.
Uno de los motivos por los que nunca me faltaba trabajo era mi famosa discreción. Todos sabían que sus intimidades jamás cruzarían mis labios.
Pero esta situación era diferente.
Sopesé lo que pasaría con Christine si se enteraba de que había hablado de ella.
Era una clienta misteriosa y no demasiado amable, pero dispuesta a pagarme bien y recomendarme a su amplio grupo de amigas.
Del mismo modo, una mala opinión suya podría propagarse por la isla como un incendio de verano.
Por otro lado, vivíamos tiempos turbios. Cada día se volvía más real la posibilidad de que los demonios de la Umbrícora tomasen el control y campasen a sus anchas en nuestro plano.
No podía anteponer mi negocio o mi fama, por mucho que me hubiera costado construirme un nombre, al bien del mundo entero.
—Está bien, hay algo más —confesé en un susurro—. Hace poco, una clienta me pidió un vestido con ese mismo símbolo. Según ella, son las fases de la luna, y lo necesita para un ritual de fertilidad.
Naomi torció el labio con disgusto. Selena se acarició la barriga.
—Pero me parece un poco raro, porque le ofrecí añadir otros símbolos de fertilidad y se negó. Quería solo ese, y nada más.
—¿Quién es esa clienta? —preguntó Teo con los ojos entrecerrados.
Alcé las manos al aire.
—Ni idea. Se presentó como Christine, sin apellidos. Por la voz, parece inglesa, de unos sesenta años…
—Va a necesitar un símbolo de fertilidad muy potente, a esa edad… —comentó Oksana.
Torcí el labio. Me daba igual, eso no era mi problema. Yo no me metía en los asuntos de mis clientes ni juzgaba sus deseos; solo hacía lo que me pedían, cobraba y me olvidaba del asunto.
—El vestido es para la Noche de San Juan. Podría ser un ritual conjunto. No para ella —añadí con tono de obviedad.
—Ya —dijo Teo—. ¿Y nada más? ¿Cómo la conociste?
—Me escribió ella. Alguien le dio mi número.
—Le pediremos a Johannes que rastree su línea —dijo Teo—. Pásame el contacto.
Unos gritos llegaron desde fuera de la cocina, en la terraza del bar.
—¿Quién se ha quedado fuera vigilando? —preguntó Teo, contrariado.
—Si bien recuerdo, has dicho que entrásemos todos… —comentó Oksana.
—O sea, no hay nadie vigilando —aclaré con ironía.
Mina y Naomi salieron en tromba a ver qué estaba ocurriendo ahí fuera.
Me asomé a través de la cortina de cuentas.
La terraza estaba llena de murciélagos, que revoloteaban en círculos bajos sobre las mesas, asustando a los pocos clientes que no se habían marchado tras aquella noche tan movida.
Mina salió corriendo, agitando los brazos, empujándolos hacia la playa.
—¡Vamos, chicos, por favor! —gritaba—. ¡Un poco de orden! ¡Venid conmigo ahora mismo y dejad a esta gente en paz!
Mina saltó la barandilla que separaba el bar de la arena, y las criaturas aladas la siguieron, para alivio de los clientes.
Desde lejos observé cómo extendía el brazo para que uno de los murciélagos se posara sobre él.
Mantuvo una breve conversación con la criatura.
Asintió un par de veces y regresó al bar como si nada, mientras todos los demás observábamos la escena, expectantes.
Se acercó a Naomi, le susurró unas palabras al oído y se sacudió la arena de los pies. Naomi se quedó fuera, vigilando, y Mina entró de nuevo en la cocina, donde todos la esperábamos conteniendo el aliento.
—Bien, mis chicos han traído noticias —anunció—. Saben a dónde fue el tipo rubio de antes. El que parecía poseído.
—¿Y bien? —preguntó Teo.
—Ha huido en coche hacia el interior de la isla y ha aparcado frente a una antigua finca de campesinos donde, al parecer, se aloja mucha más gente. Una comuna, o algo por el estilo. Mi amigo sabría guiarme al lugar exacto. Si queréis, puedo ir con él a echar un vistazo, y os cuento.
—No, tú sola no —murmuró Teo, y paseó la mirada por nuestro variopinto grupo hasta detenerse sobre mí—. ¿Si volviese a aparecer otro caso como el de antes, crees que podrías hacerle frente?
Exhalé, un poco ofendida por la duda.
—Por supuesto.
Pues claro que podía con un poseído de tres al cuarto que lanzaba sillas por los aires. Había visto cosas mucho peores en mis décadas de existencia.
Teo asintió.
—¿Cuánta gente hay en esa casa, más o menos?
—No lo sé —respondió Mina y se ruborizó—. Los murciélagos no saben contar. Pero son varios.
—Bien, más razón para que no vayas tú sola. Podrían tener un Prisma. En ese caso, es muy probable que se trate de un grupo grande y bien preparado, dispuestos a protegerlo a toda costa. Necesitaréis a alguien bien entrenado en este tipo de combates…
—Tenemos nuestros métodos, pero gracias —lo interrumpí, pero no me hizo caso.
—Voy a llamar a Alistair Vilmoor para que os acompañe.
—¿Perdón? ¿Te refieres a ese loco de la espada? ¡Ni lo sueñes!
Pero Teo no me contestó porque ya estaba lejos de allí, caminando en círculos nerviosos sobre la arena. Sostenía el teléfono contra la oreja y, sin duda, estaba llamando a una de las personas que más me odiaban en el mundo entero. A decir verdad, era mutuo.