03
Alistair
Al norte del Parque Nacional Saltfjellet-Svartisen (Noruega)
El hielo crujió bajo mis botas como huesos viejos, recién desenterrados.
Era junio, época de deshielo. Más abajo, en los valles, el verde ya estaba ganando la batalla: hierba brillante, charcos de agua de glaciar, nieve convertida en barro.
Pero no aquí.
A esta altura, los parches de nieve se empeñaban en resistir.
Lenguas de hielo viejo se escondían en las hondonadas, en las caras norte, donde el sol no llegaba ni aunque en el resto del mundo fuera mediodía eterno.
En el Círculo Polar Ártico el sol se quedaba colgado del horizonte prácticamente todo el verano y la noche desaparecía.
El resplandor persistente no te dejaba dormir.
Excepto en este agujero apestoso.
Aquí, en la Colina Maldita, la luz se apagaba, pero no tenía nada que ver con la latitud.
Una sombra azul, espesa, se agarraba a la roca como moho.
Según la leyenda local, era un área habitada por espíritus oscuros y criaturas de las sombras.
Los lugareños la evitaban y rehuían sus sombras negras y azules.
Pero siempre tenía que haber alguien que limpiase la mierda que otros dejaban atrás.
Ajusté la correa de la espada sobre el abrigo y seguí subiendo. El viento olía a nieve y a madera podrida. También a azufre y a sangre. Chasqueé la lengua y lo noté de nuevo: ese regusto metálico, a quemado, que dejaba la Umbrícora al rozar otros planos.
—Vaya destino de vacaciones, Vilmoor —bromeó Svein a mi lado, soplando vapor para calentarse los guantes—. ¿En serio prefieres este congelador a las playas de arena blanca? Estás pirado, tío.
Había arrastrado a Svein desde Glomfjord para que me ayudase a cargar con el equipo y a orientarme por las laderas traicioneras.
Era un tipo local, con rizos rubios, barba de dos días y gorro negro de pescador.
Tenía unas piernas que parecían hechas para subir montañas y un sentido del humor demasiado persistente para mi gusto.
Ni siquiera se tomaba muy en serio lo que estábamos haciendo, aunque eso no era mi problema... todavía.
—Tú solo encárgate de que lleguemos a la ubicación correcta —gruñí.
—¿Lo dudas? —resopló y consultó el mapa plastificado que llevaba sujeto en el pecho—. Nadie más te habría traído vivo hasta aquí, y además ¡con barritas energéticas de salmón y espirulina! ¿Quieres una?
—Por Dios, qué asco. Quita eso de mi vista.
—Que sepas que el kebab del pueblo no hace entregas por aquí. Así que, tú mismo.
Se metió esa cosa marronácea en la boca como si le gustara, y yo tanteé el móvil, inútil, en el bolsillo.
Hacía dos horas que se había perdido la cobertura, incluso desde antes de que saliéramos de los senderos marcados.
Este era el típico lugar donde, si te rompías una pierna, te encontraban los cuervos mucho antes que los helicópteros.
Si es que quedaban cuervos por aquí y no estaban todos congelados.
La Orden de Cazadores me había enviado las coordenadas aproximadas del foco. Pero habría sido difícil llegar solo, sin un guía local que conociese el terreno. En un lugar así, era fácil perderse, resbalarse por una pendiente o terminar congelado por la noche, incluso sin fenómenos sobrenaturales.
Según el comunicado, una criatura extraña había estado importunando a los locales.
Habían desaparecido ya tres personas tras mostrar comportamientos erráticos; varios perros habían aparecido calcinados cerca de sus casas, y para colmo, llevaban años encontrando animales muertos en la nieve… sin una gota de sangre en el cuerpo.
Eran dos patrones diferentes, aunque ambos presagiaban asuntos turbios paranormales. Ahora solo faltaba averiguar si se trataba de la misma criatura, o estaba a punto de enfrentarme a dos entes distintos.
La pendiente se volvió más escarpada. La hierba desapareció por completo, sustituida por roca desnuda y placas de nieve endurecida que reflejaban la poca luz que se colaba en la hondonada. El cielo, que en el resto del horizonte era de color gris claro, aquí era prácticamente negro.
El mal olor se volvió más intenso.
—¿Lo hueles? —pregunté.
Svein arrugó la nariz.
—Huele a… ¿animal muerto? ¿O será un grillefest ?
—Dudo que haya gente haciendo barbacoas por aquí —repliqué, usando su idioma.
—En Noruega usamos más la palabra grill . Barbacoa suena foráneo, y…
—Me la suda, sinceramente.
—¿Dónde aprendiste a hablar noruego? Tu acento no es tan malo, por lo demás.
Ni contesté.
No estaba allí para contarle la historia de mi familia a ese niñato.
Giramos alrededor de un saliente de roca, y encontramos el origen del olor.
Primero, un zorro. Estaba tendido de lado sobre la nieve, rígido, con la boca abierta. Su pelaje grisáceo estaba chamuscado, como si lo hubieran girado sobre un espetón.
—Habrá sido un depredador —aventuró Svein, desde arriba—. Un águila, un…
—Un depredador lo habría devorado —le corté—. No lo habría tostado.
—¿Un depredador muy cocinillas?
El viento cambió y me golpeó de lleno en la cara. Cerré los ojos un segundo. Debajo del olor a pelo quemado y carne, había otro aún peor: olor a demonio. Y a sangre.
Enderecé la espalda y señalé hacia la dirección de donde venía ese olor aún más fuerte.
—Estamos cerca —dije.
Seguimos subiendo. Las rocas se estrechaban, formando una especie de corredor natural que ascendía hacia la cumbre de la colina. Por un momento, el aire se quedó tan quieto que se me erizaron los pelos de la nuca.
—¿Conoces esta parte?
—Bueno, esto solo más o menos —murmuró Svein, haciendo un barrido general con su pica de alpinista—. Tampoco es que venga todos los domingos a hacer picnic a la Colina Maldita.
Dio un paso más y, de pronto, se detuvo en seco.
—¿Has oído eso?
Asentí. Lo había oído antes que él. Un ruido sordo, repetitivo. Algo golpeando contra roca.
Seguido de una risa.
—Parece que ya lo hemos encontrado —murmuré.
—Encontrado… ¿qué? —preguntó Svein, mientras una ligera palidez subía por sus mejillas sonrosadas.
—Ya te lo dije. Escoria de otros planos.
Torció el labio, como si me tomara por loco.
Yo ya se lo había dicho abajo, en el pueblo.
Era su problema si había decidido tomárselo a broma.
—Quédate aquí si quieres —ofrecí—. Creo que podré llegar solo. Puede que esa cosa no sea de este mundo.
Svein negó con la cabeza, intrigado. Avanzó detrás de mí, aunque ahora mucho más despacio, tratando de hacer menos ruido.
—Me gustaría verlo con mis propios ojos —replicó.
Al otro lado, la hondonada se abrió ante nosotros. La nieve era más gruesa aquí, de un blanco luminoso. En el centro, sobre un saliente de hielo, había un montañero.
Estaba vestido con ropa deportiva: chaqueta técnica roja, pantalones impermeables y botas robustas.
La cara, sin embargo, era preocupante. Estaba desmenuzando un pedazo de hielo gigantesco, lanzando trocitos en todas direcciones.
Pero lo más extraño era que no llevaba guantes, y que ni siquiera miraba lo que estaba haciendo.
Su cuello estaba girado hacia nosotros, en un ángulo imposible para una persona normal.
—Joder… —susurró Svein—. Pero si es Thorben, el de la tienda…
Reconocí el brillo de sus ojos desde donde estaba: rojizo, aterrador y cristalino. No eran ojos humanos.
—No te acerques a él —le dije a Svein, sin apartar la vista del hombre.
Svein me ignoró, y dio un par de zancadas hacia su conocido, agitando los brazos.
—¡Pero tío, lo conozco! Su familia lleva un mes buscándolo. ¡Eh, Thorben! —lo llamó.
El montañero soltó el enorme pedazo de hielo y lo dejó caer. Este retumbó mientras caía por la ladera. Luego comenzó a bajar del peñasco, con la vista fija en Svein. No se resbaló ni una vez, a pesar de no mirar el suelo ni un momento. Tampoco sonrió.
Me apresuré a seguir a Svein. Por más que buscaba algo humano en ese hombre, no encontraba nada. Un mes desaparecido: cuadraba. Aquel bicho llevaba mucho tiempo dentro de él.
—Llegáis tarde —dijo el hombre con calma.
—¿Tarde para qué? —pregunté, mientras me situaba junto a Svein.
Svein se quedó quieto, como si la voz no fuera la que había esperado. El hombre ladeó la cabeza y sonrió.
—Tarde para regresar. ¡Indignos!
Aún estaba a un par de metros, pero saltó hacia nosotros con una agilidad que su cuerpo no tenía.
Svein soltó un grito y se echó a un lado; a mí me embistió de lleno, haciéndome caer.
Intenté sacar la espada, pero ya lo tenía encima.
Rodamos juntos por la nieve. Noté sus dedos helados buscando mi garganta.
—Svein —ladré—. ¡El piolet!
Conseguí librar una mano y traté de alcanzar mi daga, en el bolsillo lateral del pantalón.
Le di una patada y conseguí moverlo, lo justo para conseguirlo.
Levanté el brazo y la puse sobre su garganta: una daga de hierro puro.
Solo con rozarle la piel esta comenzó a humear, y el demonio empezó a retorcerse.
Svein se acercó y trató de separarnos.
—¡Eh, tranquilos, tíos! —gritó, apartando mi brazo—. La violencia no es la respuesta…
Estúpido hippie.
La violencia, en casos así, era la única respuesta.
El demonio aprovechó ese segundo de libertad y me dio un codazo en la cara, dejándome aturdido por un instante.
Luego se lanzó a por Svein con una velocidad inhumana.
Svein dio un paso hacia atrás y la nieve cedió bajo su bota, haciéndolo resbalar.
El demonio sacó las garras y le arañó un lado del rostro, pasando por su pecho.
Sus ropas se rasgaron y comenzó a sangrar, tiñendo la nieve de rojo.
El grito de Svein retumbó en la hondonada.
Me levanté, mareado por el fuerte golpe.
El demonio había cogido una piedra y estaba a punto de asestarle un golpe mortal en la cabeza a mi guía, que se cubría el rostro sangriento con las manos.
Ni siquiera me dio tiempo a quitarme la nieve de la cara.
Desenvainé la espada y me lancé sobre él.
El demonio se giró, con la piedra en alto. Cambió de idea al verme y trató de lanzármela a mí. Me agaché, esquivándola. Me dio en el hombro, pero ni siquiera sentí el dolor. La hoja de mi arma ya estaba atravesando su pecho.
Cayó con un grito que se convirtió en un gorgoteo, y por un instante, antes de que comenzara a consumirse, me pareció ver lucidez en sus ojos. El verdadero Thorben, despidiéndose del mundo.
El demonio se consumió en llamas, dejando una sustancia negra y viscosa sobre la nieve.
Svein me miraba, paralizado.
Le dio una arcada y se giró hacia otro lado para vomitar.
Me di la vuelta.
Eso me pasaba por contratar gente tan floja.
Con la mano sana, clavé la espada en la nieve hasta que la hoja quedó limpia.
—¿Sigues vivo? —pregunté, sin mirarlo, cuando dejé de escuchar cómo vomitaba.
Gimió y se sujetó el estómago, manchado de sangre.
—¿Qué ha sido eso? —respondió con una especie de gorgoteo.
—Te dije que veníamos a cazar demonios.
—¡Pensé que era tu forma rara de hablar!
Me encogí de hombros.
—Es mi forma de hablar.
Suspiré y me acerqué a él. Lo ayudé a levantarse, aunque la herida de su abdomen me preocupaba. El dolor de mi hombro, por su parte, estaba empezando a volverse insoportable, pero tendría que aguantar unas horas más, hasta que regresáramos abajo.
Dejé la mochila en el suelo y la abrí, en busca de algo con lo que limpiarle las heridas. No tenían buen aspecto. Lo único que tenía eran toallitas desinfectantes.
—Tenemos que volver al todoterreno —le dije—. Estás herido, y yo tampoco es que esté muy fino.
Svein asintió y me quitó el paquete de toallitas.
—Estoy bien.
Me encogí de hombros.
Intentó limpiarse la sangre de la cara y el abdomen, dejando a la vista heridas bastante feas. No tenía ni idea de cómo iba a llegar ese pobre chaval hasta el coche, a muchas millas a pie de allí.
Pero no me paré mucho rato a pensarlo, porque sentí la otra presencia.
Esta era diferente. No olía a azufre, pero sí a hierro oxidado, o mejor dicho, a sangre.
Guardé todo rápidamente en la mochila y me la eché sobre el hombro bueno.
—Hay que largarse —dije—. Ahora.
Svein se tambaleó y dio un paso al frente con un gemido agudo. No habíamos avanzado ni medio metro cuando apareció la criatura.
Esta tenía apariencia de mujer: no muy alta, de cabellos castaños y ondulados que ondeaban al viento. Llevaba un vestido negro, con un amplio escote de encaje. Nada apropiado para el lugar y el clima, por cierto.
—¿Otra? —preguntó Svein con terror en la voz.
Puse la mano de nuevo sobre la empuñadura de la espada.
—Esto no es un demonio. Esto es… otra cosa.
La mujer nos miró, o, mejor dicho, miró fijamente el cuerpo sangrante de Svein y se relamió los labios, de un rojo carmesí que destacaba sobre su piel sumamente pálida.
Vampiros.
Flexionó ligeramente las rodillas, como si se estuviera preparando para atacar.
Los demonios eran tontos. Los vampiros, sin embargo, no eran presas; eran depredadores de gran inteligencia. Aunque fuéramos dos, no sería fácil reducirla, y menos, heridos.
De pronto, alguien más se acercó por detrás de la vampira. Un hombre, con un ridículo sombrero de copa y una especie de frac con pajarita, tan estrafalario como la ropa de la hembra.
Ante mi sorpresa, la detuvo justo cuando estaba a punto de saltar sobre nosotros. Después se quitó el sombrero para saludarnos, como un maldito presentador del circo.
—Caballeros —dijo con acento inglés, como si acabásemos de conocernos en un baile decimonónico—. Disculpen a mi esposa. No estamos acostumbrados a recibir… visitas.
Después se giró hacia ella, que sacudió la cabeza como si despertara de un sueño.
—Perdona, cariño —dijo la mujer—, hacía tiempo que no veía uno tan de cerca, y con toda esa sangre… —Sacudió la cabeza, con aspecto arrepentido—. No sé qué me ha pasado.
Él le sonrió, y la atrajo contra sí, con algo que parecía amor, aunque estaba claro que no podía serlo, porque esas criaturas eran incapaces de tener sentimientos humanos. La besó en el pelo y luego dijo:
—Alba, querida, creo que deberíamos auxiliar a estos dos viajeros heridos.