Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 02
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Vanessa

El Serenata estaba lleno a rebosar cuando llegué.

Eran casi las diez, pero la luz todavía se resistía a marcharse del todo: un resplandor violeta y naranja se derramaba sobre el paseo marítimo de San Antonio, recortando velas de surf y siluetas de yates lejanos contra el horizonte.

El letrero del Serenata Nocturna brillaba con su luz violeta, atrayendo a todas las criaturas de la oscuridad con su aura de fiesta eterna y misticismo.

Pasé bajo el arco de la entrada, entre las hileras de farolillos que iluminaban las mesas, y aspiré el aroma, mezcla de muchos perfumes, madera, especias de la cocina de Garrett, salitre… y esa nota que solo percibíamos los que no éramos del todo humanos.

Mi olfato no era tan fino como el de los lobos o el de los vampiros, pero en cambio, tenía mucho talento para captar el olor de las emociones ajenas. Me golpeó una ola de ansiedad, deseo, cansancio y resacas intentando ser ahogadas en alcohol.

Al fondo, una punzada aguda de terror en la esquina de la terraza. El típico ataque de pánico festivo, seguramente. Nada fuera de lo normal en sitios como este.

Parpadeé para deshacerme de esas sensaciones invasivas y centrarme solo en las mías. No siempre era fácil cargar con los sentimientos de los demás, y hacía falta una coraza muy dura para vivir con ellos.

En una esquina, me pareció ver que las tablas del suelo humeaban.

Me acerqué y di un puntapié, en busca de un cigarrillo mal apagado a punto de causar un incendio.

No había nada. Me extrañó, pero no tuve mucho tiempo de pensar en ello porque Naomi pasó como una sombra eficiente entre las mesas, con bandejas tan llenas que solo una bruja podría sostenerlas.

Si una copa se desequilibraba, ella la miraba con fastidio y esta volvía sola a la bandeja.

En el Serenata, sorprendentemente, ningún cliente se fijaba en esos detalles.

—¡Hey, encanto! —me gritó, lanzándome un beso al aire.

Le devolví el saludo. Un poco más allá, Mina discutía con un cliente con cara de pirata sobre la cantidad correcta de ron para un cóctel del tarot. Al pirata le parecía que le habían echado demasiado poco. Por el olor del tipo, dudé de sus argumentos.

Oksana no estaba a la vista. Últimamente pasaba mucho tiempo en la cocina, con Garrett.

—¡Eh, guapa! —me llamó Selena desde detrás de la barra—. ¿Ya has cenado?

Llevaba un vestido ligero de gasa blanca, y se sostenía la espalda con una mano.

Le sonreí.

—En realidad, no…

Me sonrió y se giró hacia la cortina de cuentas tras ella, que daba a la cocina.

—¡Garrett! ¿Me sacas un pincho de tortilla para Vanessa? Ha llegado con cara de no haber comido en dos días.

No se equivocaba del todo. Su empatía siempre estaba al máximo.

Luego se volvió de nuevo hacia mí, con una sonrisa que le desbordaba hasta los ojos. Su barriguita ya era imposible de disimular. ¿De cuánto estaría ya? ¿Siete meses? ¿Ocho? Nunca fui madre ni deseaba serlo, así que tenía mal ojo para esas cosas.

—¿Todavía no te has cogido la baja? —le pregunté extrañada.

—¡Ah, todos con lo mismo! —protestó, irguiéndose para disimular el vientre—. Estoy bien. Es solo que hace mucho calor.

—Es una bruja testaruda —comentó Naomi, sumándose a la conversación por detrás de mí—. Por cierto, Vanessa, me alegro de verte por aquí. Me alegra que hayas conseguido llegar hasta la barra sin tropezar con ninguna silla.

Me guiñó el ojo, aunque había algo de razón en sus palabras.

—Muy graciosa —repliqué, sin dejar que me molestara—. No todos podemos apartar los obstáculos del camino con la mente. Por cierto, ¿dónde puñetas se ha metido vuestro jefe? ¿Me hace venir y luego ni se presenta?

Selena desapareció un momento y regresó con un platito de comida variada para mí: taquitos de jamón y queso, tortilla, olivas, patatas fritas… un poco de todo. Ella sabía lo que le gustaba a cada uno.

—Anda, come un poco —me dijo, inclinándose sobre la barra—. Cada día estás más flaca.

Nuestros dedos se rozaron cuando me entregó el plato, y un flash de la conciencia de su bebé me atravesó.

Aparté la mano, espantada, y la puse sobre un taburete de madera para aislarme de esa sensación. El bebé era una criatura híbrida, igual que yo. Eso me hizo sentir una extraña conexión con él, lo cual no me gustó nada.

—Gracias —dije, probando una patata frita—. Aunque no venía a cenar.

—Teo estará al llegar, no te preocupes —me tranquilizó Selena.

—Claro. Si no se olvida de venir —me chinchó Naomi.

Bufé y la ignoré. Le gustaba hacer eso adrede. Me giré hacia Selena.

—Entonces, ¿dices que te encuentras bien? —le pregunté.

—¡Pues claro! Solo estoy cansada de que todos me miren como si fuera incapaz de sujetar el peso de un salero. ¿Y tú, qué tal la tienda?

—La tienda bien, pero tengo un par de encargos privados que me están volviendo loca. Estoy ahora con el vestido de una inglesa y llevo casi cinco días con los bocetos.

—¿Cinco días? —comentó Naomi, frunciendo el ceño—. Deberías dejar esa parte del negocio. Es demasiado trabajo y no te sale a cuenta con los precios de la ropa importada hoy en día

—Deberías unirte a la agencia… —dijo Selena en un susurro.

—Ni loca —repliqué—. Diseñar es mi parte favorita. Es solo que esta clienta en particular me pidió algo muy raro.

—Inglesas. Siempre llevan ropa rara —comentó Naomi, encogiéndose de hombros.

—¿Decías algo de los ingleses? —preguntó Iris, asomando por la cortina de cuentas que separaba la barra de la cocina.

Tragué saliva al verla.

Ojos azules y pelo rubio, con ondas vaporosas.

Cara de niña de película. Debería haber sido mi archienemiga, pero en realidad no sentía odio por ella.

Ni nada en particular. En el fondo, todo dentro de mí admitía que ella era la pareja perfecta para Teo, y que lo nuestro solo había sido un pasatiempo sin sentido.

Un par de citas aquí y allá… solo que repartidas entre demasiados años.

—Tú no eres inglesa, guapa —le dijo Mina—. Así que no te quejes.

—Mi padrastro sí —replicó Iris, desafiante.

—Es un vampiro de cientos de años y ni siquiera estáis emparentados de verdad —la corrigió Naomi.

—La familia que se elige vale mucho más que la de sangre —replicó ella, desafiante.

Iba a responder con mi opinión sobre eso, pero no me dio tiempo.

—¡El coche de Teo! —exclamó Selena, señalando hacia la calle.

A lo lejos vislumbré el coche negro y brillante del director del Serenata, conducido como siempre por Raoul. De ahí el entusiasmo de Selena.

—Ahora vengo —dijo Iris.

Se quitó el delantal, lo dejó en un taburete y salió casi flotando hacia Teo.

—¿Alguien podría conseguirme un zumo de piña? —le pedí a Naomi.

Asintió y le hizo un gesto a Selena para que lo preparase. Mientras tanto, paseé la vista por la terraza.

La punzada de terror que había notado antes seguía allí, en la esquina. Venía de un hombre de pelo rubio, casi albino, vestido con pantalón y camisa negra, a juego. Estaba sentado él solo, con la cabeza hundida entre las manos y la vista fija en la pantalla de su móvil, que reposaba sobre la mesa.

¿Su cita lo había dejado plantado?

A medida que lo observaba, noté que sus emociones empezaban a cambiar. El miedo que desprendía se convirtió en algo viscoso con olor más rancio… ¿olor a odio? Empezaron a sudarme las palmas de las manos. Seguramente no era nada, pero me estaba poniendo nerviosa.

Eso no era una cita fallida. Era algo mucho peor.

Me puse en guardia por instinto.

El hombre empezó a moverse raro en la silla, como si algo le doliese y no supiera qué hacer para estar más cómodo. Noté que se retorcía los dedos, doblándolos hacia atrás más de lo natural, como si fueran de goma.

Diablos. Ese tío era excéntrico de narices.

Selena me dio un golpecito en la espalda y di un respingo.

—¿Qué? —pregunté sobresaltada.

—Es solo tu zumo, tonta —dijo, riendo.

Me llevé un dedo a los labios y le señalé con disimulo al rubio de la esquina. Justo en ese momento, el hombre se puso en pie con un movimiento brusco, tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

Dio un paso atrás, tambaleándose, y su cabeza se balanceó hacia un lado y hacia otro. Su cuello tenía mucha más movilidad que el de una persona normal, y empezó a llamar la atención de la gente. Un murmullo recorrió la terraza.

—Madre Luna… —susurró Selena—. Ese hombre no está bien. Voy a ver si necesita algo.

Con un brazo le corté el paso.

—Ni se te ocurra. Voy yo.

Naomi se había detenido también a nuestro lado, siguiendo la dirección de mi mirada.

—El abuso de drogas y alcohol hace mucho daño en Ibiza —murmuró.

Negué con la cabeza y me centré aún más en aquel hombre. Eso no era una simple borrachera. Cuando canalizaba sus sentimientos me llegaba una sensación fría, ajena, como si tuviera una compuerta en el centro del pecho y por ella estuviera entrando algo de otra persona… o de otro ser.

Di un paso hacia él, con disimulo.

—Eso no es del alcohol —susurré—. ¿No lo notáis?

—¿Notar qué? —preguntó Oksana, saliendo de la cocina con un delantal manchado de aceite.

Se echó hacia atrás casi de inmediato.

—Mierda. Tenemos a otro “de esos”.

Di un paso más, y el hombre empezó a reír. Una risa malévola, preocupante, que no iba dirigida a nadie en particular. Sus ojos se tiñeron de un brillo cristalino, como si estuviera a punto de llorar.

—Oye, ¿te encuentras bien? —le pregunté desde lejos, gritando por encima de las otras mesas.

Noté que Mina hacía un gesto raro con la mano por detrás de la espalda, como si llamase a alguien. Me indicó con la cabeza que siguiese avanzando; me estaba cubriendo.

El hombre no me respondió. En vez de eso, se subió de un salto a la mesa, con una agilidad animal. Sujetaba una silla en alto. La madera crujió bajo sus pies. Algunos clientes chillaron y se apartaron.

El rubio alzó la vista hacia la barandilla de la terraza, hacia el vacío oscuro más allá. Luego se giró hacia la gente y dio un paso hacia el borde de la mesa, como si fuera a lanzarse sobre todos los presentes, o a tirarles la silla a la cabeza.

—¡Eh! —le grité, acercándome despacio—. Tranquilo. ¿Necesitas ayuda?

No me miraba, como si yo fuera transparente.

Noté que su intención estaba dividida.

Una mitad del hombre quería causar un altercado, pero la otra se negaba.

¿Algo lo estaba empujando?

—¡Está llegando! —gritó con los ojos entrecerrados—. La puerta ya está entreabierta… ¡Preparaos, indignos!

La gente empezó a levantarse con prisas, apartándose del hombre enloquecido que balanceaba la silla, apuntando a unos y a otros como si no pudiera decidir quién sería la víctima más fácil.

Mina movió el brazo, y una bandada de murciélagos sobrevoló la terraza como una nube negra, rodeando al hombre.

Este los observó, como si no supiera qué eran.

Mina me miró con una ceja alzada. El mensaje era claro: si el tipo hacía un movimiento sospechoso más, lanzaría a sus murciélagos contra él.

—¡Eh, tú! ¿Cómo te llamas? —grité—. ¿Y quién está llegando, si se puede saber?

Me puse a dos pasos de él y agité el brazo frente a su cara.

Por fin, giró la cabeza hacia mí. Una sombra cruzó su rostro, como si algo de su propia conciencia estuviera intentando asomarse por detrás de sus ojos.

—El Más Grande —respondió—. Es mejor que os entreguéis… o la Oscuridad os tragará.

El hombre dio otro paso hacia el borde de la mesa y se rebuscó en el bolsillo.

No quería saber lo que llevaba ahí, y no iba a esperar a descubrirlo.

Di dos zancadas más y me acerqué lo suficiente como para rozar su antebrazo.

—¡Despierta, chaval!

Toqué su antebrazo, que estaba ardiendo. La silla seguía en el aire. Un murciélago estuvo a punto de tocarle, pero sacudí la cabeza con disimulo, pidiéndole a Mina un poco más de tiempo.

—Deja de decir tonterías —dije en voz baja—. Vas a bajar de ahí. Vas a respirar hondo y a decirme cómo te llamas y qué te has metido esta tarde, ¿de acuerdo?

Siguió un segundo de tensión. Su cuerpo tembló, los dedos se aflojaron. El brillo de sus ojos se redujo.

Una presión tremenda me apretó las sienes, como si algo más hubiera intentado colarse a través de él hacia mí. Durante un momento, sentí que alguien me miraba por dentro.

Luego, la conexión se rompió.

El hombre dejó caer la silla a sus pies, sin golpear a nadie. Luego se desplomó sobre la mesa de rodillas, respirando a bocanadas.

Solté el aire de golpe, aliviada.

Oksana empezó a gritar órdenes: que apartaran las mesas, que alguien recogiera los cristales rotos, que nadie grabara vídeos o les retorcería el pescuezo.

Yo seguía ahí junto al hombre, con el corazón desbocado. Abrió los ojos, como si despertara de un sueño.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté, sujetándolo por el hombro para ayudarlo a bajar al suelo.

Parpadeó, confuso, y el aura de rabia ajena desapareció como si nunca hubiera estado allí.

—No lo sé —balbuceó—. Me… me he quedado dormido.

—Te aseguro que no estabas dormido —dije—. ¿Suele pasarte a menudo?

Negó con la cabeza.

No, claro que no. Eso no era un problema psiquiátrico al uso.

Miró a un lado y a otro, como si acabara de despertar en un lugar desconocido. No parecía acordarse de nada. Era como si hubiera salido de su propio cuerpo durante unos minutos.

—No sé qué me ha pasado. No me encuentro bien. Si no te importa, me gustaría volver a casa. Deben de estar preocupados por mí.

—¡Espera! —lo sujeté para que no se marchase—. ¿Cómo te llamas? ¿Vives en la isla?

—No me acuerdo. ¡Suéltame!

Movió el brazo, pero yo lo sujeté más fuerte.

—¿De quién hablabas antes?

—¡No tengo ni idea!

Sacudió la cabeza y se zafó. Salió corriendo por la puerta, asustado.

Me giré hacia Mina.

—Diles a tus amiguitos alados que lo sigan. Hay que descubrir quién es, y qué sitios ha frecuentado últimamente.

Mina asintió y dio una palmada casi imperceptible. Sus murciélagos echaron a volar, obedientes.

—Esto me huele a la Umbrícora desbordándose —murmuré en voz baja.

—Fantástico —masculló Naomi—. Cada vez son menos discretos.

Enderezó la silla volcada, mientras Selena iba tranquilizando a la clientela y asegurándoles que solo era un borracho inofensivo, que ya lo habíamos echado y no había nada de lo que preocuparse.

Tres chicos jóvenes se levantaron y se escabulleron, cuchicheando entre ellos con cara de sospecha.

—¿Qué? —les gritó Oksana, despidiéndolos con un trapo en el aire—. ¿Es que vosotros nunca habéis bebido más de la cuenta, o qué?

La normalidad regresó en unos minutos. Un par de minutos después, Teo e Iris entraron en el bar, ajenos a todo lo ocurrido.

Selena se puso a limpiar la mesa que había ocupado el hombre rubio y, al agacharse sobre esta, su rostro se volvió de piedra.

Su vista quedó fija en la madera, con la mano detenida en mitad de una pasada de bayeta.

—Esto no estaba aquí antes —murmuró.

Las demás se acercaron antes que yo. Tuve que esperar a que se abriera un pequeño hueco entre sus cabezas para poder ver de qué se trataba.

Sobre la madera, ennegrecida por algo que parecía ceniza o quemadura, había quedado grabado un símbolo.

Era un círculo, bordeado por diez círculos más pequeños. Exactamente el mismo símbolo que mi clienta, Christine, me había pedido que usara en el diseño de su vestido.