01
Vanessa
Siempre me gustó coser. Empecé con tela, pero terminé con algo mucho más complejo.
Desde niñas, mi hermana y yo correteábamos de la mano por la masía familiar, sin tener ni idea de lo que nos depararía la vida, y acabábamos siempre igual: sentadas a la mesa de la cocina, con una aguja en la mano y montones de retales delante.
Ya entonces sospechaba que coser era una especie de magia.
La magia, quizá, de unir trozos que no deberían estar juntos: telas tan diferentes que nadie habría pensado que podían pegar la una con la otra.
Mi don era encontrar el patrón y el hilo adecuados y hacerlas encajar, como si siempre hubieran estado esperando ser parte del mismo vestido.
Me encantaban los vestidos.
Eran mi debilidad.
Pero este que estaba diseñando, justo ahora, me estaba volviendo loca.
Borré el trazo otra vez.
Con los nervios había apretado tanto el lápiz que el papel se quedó manchado. Resoplé. Odiaba cuando pasaba eso.
Sé que en la vida no hay que presionar demasiado cuando algo no sale.
Otra cosa es que lo recuerde cuando tengo delante un encargo raro de narices, pero muy bien pagado.
Llevaba horas frente al mismo diseño: un vestido para la Noche de San Juan, encargo urgente de una clienta especial, misteriosa y con opiniones muy firmes sobre cosas que no quería explicarme del todo.
Su nombre era Christine. Inglesa, por el acento de los audios que me enviaba, y por esa manera tan suya de sonar educada incluso cuando estaba siendo borde.
Me quedaba una semana para terminar los patrones, enviar los bocetos al taller de Sabadell y que mi hermana hiciera el milagro de convertir todo aquello en tela real antes de que ardieran las hogueras en la playa.
En teoría, había tiempo de sobra.
En la práctica, la mesa estaba cubierta de papeles arrugados, lápices sin punta, tazas de té vacías y revistas de moda abiertas. Un pequeño cementerio de mi creatividad, totalmente en mi línea.
Christine había llegado a mí “por contactos”. No era raro: los encargos especiales siempre venían así, gracias al boca a boca, y casi ninguno de esos clientes quería decir quién los recomendaba.
Mis diseños no eran solo vestidos bonitos, y los símbolos que bordaba entre las costuras no eran simple decoración.
Mis símbolos podían proporcionar protección, poder, invisibilidad…
o incluso cosas más complicadas, si me las pedían y el proyecto salía bien.
Algunos lo sabían, y me buscaban solo por eso.
En Ibiza, la élite de los raritos se unía para buscar lo imposible, y yo siempre me esforzaba por dárselo.
Muchas veces, lo conseguía.
Tener sangre demoníaca siempre tuvo sus pequeñas ventajas.
Deslicé los dedos por el dibujo que debía bordar en el nuevo diseño. Eran líneas limpias, geométricas, casi hipnóticas: un círculo central rodeado de diez círculos más pequeños.
Esta vez, el símbolo no era creación mía. Lo había copiado del archivo que la clienta, Christine, me había mandado.
Era un dibujo bonito, sí, siempre que no pensaras demasiado en sus posibles implicaciones.
—Tú sabes lo que significan esos círculos, ¿verdad? —le pregunté a Christine al ver la foto que me enviaba.
Ella me respondió tan tranquila:
«Claro. Son las fases de la luna. ¿Qué otra cosa iba a ser?»
Pues yo no estaba tan segura.
No conseguía quedarme tranquila.
Además, la luna no tiene diez fases, que yo sepa.
Y lo más preocupante de todo era que yo ya había visto ese dibujo en otra parte. En un sueño... En un mantel antiguo de mi familia. En la esquina de cierto libro que nunca debería haber tocado… en fin, no sé. En alguna parte.
Fuera lo que fuese, se parecía mucho a otra cosa que me traía malos recuerdos.
Miré el patrón otra vez, ladeando la cabeza, y esta vez, un escalofrío me subió por la nuca.
—¿De verdad son las fases de la luna, Christine? —murmuré, sola en mi cocina de Es Canar.
Obviamente, la clienta no pudo oírme, ni menos contestarme. Yo estaba sola en mi casa, como siempre. Solo me contestó el ventilador del techo, girando lánguidamente sobre mi estudio con un suave chirrido.
Me habría gustado tener a alguien, pero los humanos envejecían más rápido que yo, y me causaba demasiado dolor perderlos.
Ya había perdido a uno, y no volvería a pasar por ello.
Los inmortales eran la segunda opción, pero generalmente me consideraban una criatura inferior y me miraban por encima del hombro.
Yo no era del todo humana, pero tampoco inmortal. Odiaba ser una criatura mixta en un mundo de extremos.
Mientras pensaba en eso, sonó el teléfono.
Al ver el nombre en la pantalla, el corazón me dio un salto tan brusco que casi tiré un vaso de agua.
Durante una fracción de segundo, el viejo reflejo se despertó en mí: el de la Vanessa de unos años atrás, la que revisaba la pantalla esperando ver ese nombre con una esperanza tan etérea como su dueño.
Theodore d’Alessandro.
Nadie me había hecho ghosting más veces seguidas, y a nadie le había dado más oportunidades que a ese golfo de ojos verdes.
Me obligué a respirar hondo antes de descolgar. ¿Debía hacerlo? Los tiempos en los que Teo me llamaba para “vernos un rato” (traducción: para compartir sus sábanas de seda durante dos horas) habían quedado atrás.
Ahora, él tenía otras prioridades.
Otra vida.
Otra mujer más joven y menos complicada que yo.
Lo pensé con amargura, aunque también con alivio.
Me estaba haciendo mayor, mientras que él seguiría igual para siempre.
No me quejaba de mi aspecto, teniendo en cuenta que apenas aparentaba treinta o cuarenta, aunque en mi tarta de cumpleaños debería haber ya cientos de velas.
La mayoría de mis compañeros de colegio habían muerto décadas atrás, rodeados de sus nietos y bisnietos.
—Vanessa, ¿tienes un momento?
La voz de Teo, al teléfono, removió algo profundo dentro de mí.
Siempre me pasaba igual. Me molestó que mi instinto siguiera soñando con él, a pesar de que mi mente llevaba ya mucho tiempo sabiendo que lo nuestro se había terminado.
Para siempre. O, al menos, mientras su nueva flor de mayo conservase la juventud y la belleza.
No era la primera vez que lo veía hacer eso.
Me costó controlar la tentación de usar mis dones para empujar un poquito su curiosidad y hacer que se interesara de nuevo por mí.
Podía hacerlo, si quería. Habría bastado con muy poco.
Un mínimo esfuerzo mental. Una pizquita de manipulación demoníaca.
Un susurro casi imperceptible, un pequeño ajuste en sus emociones…
Pero no. ¡No! Yo no era así.
Es decir… ya no.
Me lo había prometido. A mí, a mi hermana, a mi abuela en su lecho de muerte.
Nosotras, las mujeres Martínez, controlábamos nuestro poder y lo manteníamos a raya con mano firme.
No éramos como esos demonios decadentes que se dejaban consumir por sus deseos egoístas, pisoteando relaciones, empresas e ilusiones ajenas.
Éramos gente decente. Por eso nos pasábamos el apellido materno desde El Incidente, sepultando “el otro" en los anales de la historia.
—¿Qué pasa? —le pregunté a Teo, intentando sonar desinteresada.
—¿Podrías venir esta noche? —La voz de Teo chirrió hacia el final de la frase. Carraspeó, comprendiendo cómo había sonado aquello. Se volvió todavía más seco—. Al Serenata, quiero decir. A una reunión… con los demás. Necesito tu opinión sobre algo.
Miré el reloj. El diseño iba fatal. Había borrado más que dibujado. Me había saltado el almuerzo y ni siquiera había empezado a preparar la cena, y mi estómago rugía de hambre.
Pero bien sabía Belcebú que me era imposible decirle que no a ese vampiro escurridizo.
Y las cosas se estaban poniendo feas para los sobrenaturales desde que aquella estúpida telépata había dejado salir a nuestros amiguitos del Inframundo.
Les había prometido a los de la agencia que ayudaría en lo que fuera necesario. En cualquier caso, si el mundo se hundía, yo me hundiría con él como todos los demás. Y me gustaba estar viva, a pesar de todas sus desventajas.
—Tengo mucho trabajo —gruñí, mirando el desastre de hilos y papeles.
—De acuerdo, no pasa nada, no quiero molestarte.
Lo interrumpí.
En el fondo, quería ir.
—¿A qué hora es? —pregunté de mala manera.
—¿Digamos… a las nueve y media o diez?
Al anochecer, claro. A esas horas, en junio, la luz todavía se estiraba por encima del mar como si el día no quisiera irse. Ibiza a principios de verano era un festival de puestas de sol eternas, vampiros frustrados por el exceso de luz y demasiada fiesta para mi gusto.
—De acuerdo. Iré —dije—. Pero prométeme que no va a venir el tipo rarito de la espada.
Hubo una pequeña pausa y luego escuché algo que, para otros, pasaría por risa.
—¿Alistair? No creo que venga… —respondió con poca certeza—. Está ocupado, creo… en Siberia, o algo así.
Puse los ojos en blanco.
—Eso no es una garantía. Podría volver a tiempo. Seguro que en Siberia hay aviones.
—Ni siquiera sé si era Siberia. A lo mejor era Noruega.
—Peor aún. Más cerca.
—Mira, Vanessa… no te prometo que no venga en otro momento —añadió con tono cansado—. Pero creo que hoy no estará.
Solté un suspiro.
—Bueno. Algo es mejor que nada. Nos vemos a las diez… jefe .
Estaba a punto de colgar cuando lo escuché tomar aire, nervioso. Lo había llamado así adrede, para provocarle, y había funcionado.
—Nunca he sido tu jefe —replicó, cortante.
Sonreí, complacida. Le había molestado.
—Lo sé —ronroneé—. Pero, ¿qué otra cosa quieres que te llame, en estas circunstancias?
Guardó silencio un segundo más de lo necesario.
—¿Qué tal… amigo?
—No sé. Me gusta más socio. ¿Colega? —respondí como si me diera igual.
—Está bien, socia . Nos vemos luego.
Cuando colgó, sentí que el nudo en la garganta se intensificaba. El silencio regresó, salvo por el ruido lejano de una moto pasando por la carretera.
Me costaba hacerme la dura. En el fondo, yo no era así para nada.
Miré de nuevo el dibujo geométrico del vestido y lo tapé con una revista. Me daba mala espina dejarlo así, con ese símbolo raro en medio de mi casa.
—Seguiremos luego —le dije al papel—. Ni se te ocurra atraer la mala suerte mientras no estoy.
Apagué la lámpara de sobremesa, recogí lo justo para no matarme tropezando a mi regreso y me fui a la ducha porque llevaba el pelo hecho un asco.
No porque me importase que él me viese así, por supuesto.