Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) Epílogo
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Epílogo

Oksana

Dos semanas después

Aquella noche, Vanessa Martínez entró en el Serenata Nocturna con gesto de ser la nueva dueña.

Era cierto que, de pronto, toda la atención había recaído sobre ella, la anodina vendedora de ropa con los cabellos grises y violetas. Había pasado de ser la excéntrica a quien Teo evitaba, a convertirse en una figura de autoridad a quien nadie cuestionaba, ni entendía del todo.

A mí, sinceramente, me daba absolutamente igual Vanessa. Pero a Iris, no tanto.

Todavía no le había perdonado a Teo que su nombre fuera lo primero que había recordado al recobrar la conciencia.

Y, para colmo, su obsesión con el orden no toleraba bien a una mujer que consideraba el caos su estado natural.

Pero incluso Iris admitió, a regañadientes, que la sangre demoníaca de Vanessa podría resultarnos útil, ahora que Umbrael y sus secuaces tenían una puerta abierta a nuestro plano.

La reunión era a las diez de la noche. Johannes y Patricia habían volado desde Suiza por segunda vez en poco más de un mes, algo completamente insólito.

Cuando dos personas tan obsesionadas con la privacidad y la eficiencia invertían su tiempo en un viaje internacional, estaba claro que se avecinaban tiempos difíciles.

Yo llegué al bar directamente desde casa o, mejor dicho, desde el nuevo apartamento de Garrett.

Iba canturreando por el camino. En las últimas semanas, había escuchado menos a los demás, y en vez de eso, había recuperado mi voz de cantante. Y me gustaba.

Las últimas semanas habían sido un torbellino de mudanzas, papeleos y búsqueda de pisos.

Ahora que Garrett tenía a Addison a tiempo completo, estaba reorganizando muchas cosas.

Hacía tres días exactamente que le habían dado las llaves del apartamento nuevo, que no tenía vistas al mar, pero sí un comedor precioso que daba a un parque, una cocina enorme para preparar todas las cosas que a él le gustaban…

y un armario aparte en el baño para guardar mis productos de cosmética.

No era que yo viviese allí, pero, probablemente, pasaría muchas noches en esa casa, si todo seguía igual.

Johannes, Patricia, Iris y Mina ya estaban sentados en torno a la mesa del rincón, junto a la palmera. Me saludaron con la cabeza.

—¿Y los demás? —pregunté.

—Teo ha entrado a por… —dijo Iris, y apartó la vista—. A por algo de la neverita secreta.

Ah, la nevera de la sangre. No sé por qué a todos les costaba tanto llamar las cosas por su nombre. Bueno, sí lo sabía: porque eran unos flojos, ese era el problema.

Me senté, con el mar a un lado y la entrada al otro. Al momento se escuchó una vocecilla aguda que me sacó una sonrisa.

—¿Entonces si una bruja se enamora de un ángel, el hijo sería un unicornio? ¿O un vampiro? —preguntó Addison, totalmente seria.

—Mejor hablemos de eso en casa —respondió Garrett, e incluso en la semioscuridad, pude ver que se había sonrojado.

Yo sonreí, entretenida con su incomodidad.

Le quedaba bien, casi tanto como la camisa de flores.

Me gustaba su barba incipiente, sus brazos fuertes de tanto surf, y, sobre todo, ese aire contradictorio de un hombre que había sobrevivido al infierno y para celebrarlo se había puesto a hacer galletas.

—¡Glacialina! —me saludó Addison, y se lanzó a mis brazos como un misil.

La levanté en brazos, con una sonrisa tensa.

—Se llama Oksana, cariño, te lo he dicho mil veces —la reprendió Garrett, mordiéndose el labio para disimular la risa.

—Pero tú la llamas Glacialina —dijo la niña—. Me gusta más. Suena a princesa del hielo.

—Claro, porque lo soy —respondí, y aquello le gustó tanto a Addison que lo celebró con un aplauso.

—Perdonad —se disculpó Garrett—. La niñera me ha fallado y he tenido que traerla a la reunión. No os importa, ¿verdad?

Mina sonrió y dio un golpecito sobre sus rodillas para que Addison se subiese.

—Nos encanta que venga —dijo—. Ven, la tía Mina te va a enseñar un truco de magia. ¿Cuál es tu animal preferido?

—El koala.

—Umm… vale. ¿Alguno más normal, que tengamos por aquí?

—¿Gatos?

—¡Perfecto! Vamos a hacer aparecer… ¡dos gatitos negros!

Mina chasqueó los dedos, y dos gatos negros como la noche aparecieron ronroneando a sus pies. Addison chilló encantada.

—¿Cómo lo has hecho? —exclamó, acariciando a los animalitos.

—Una bruja nunca revela sus secretos —respondió Mina, guiñándome el ojo.

Sonreí. Addison era una buena chica. Era cariñosa, confiada y sumamente adaptable.

No era en absoluto como aquellos niños que recordaba de mi infancia.

Podía decirse que nos llevábamos relativamente bien…

y eso, viniendo de mí, ya era decir mucho.

En estas cuatro semanas, no había llegado a entenderla del todo, pero tampoco me molestaba tenerla cerca.

Y una cosa estaba clara: si alguien hubiera intentado hacerle daño, lo habría hecho picadillo.

Supongo que eso era lo más cercano a quererla de lo que era capaz en ese momento.

Mientras charlábamos, un hombre extraño cruzó el umbral del bar. Era corpulento, con un abrigo negro de cuero reforzado y lleno de símbolos grabados: me fue difícil decidir si eran marcas de protección arcana… o el logo de algún grupo de heavy metal.

El recién llegado parecía joven, pero tenía el pelo completamente blanco, y unos ojos grises tan claros que parecían de hielo.

Pero lo más extraño era la espada.

Sí, una espada , una puñetera espada enorme cruzaba su espalda, en esta época y lugar. Entre eso y el chaquetón negro, parecía salido de una fiesta de disfraces, o de un set de rodaje ambientado en una fantasía medieval.

—Aquí huele a azufre —gruñó el extraño sin saludar, arrugando la nariz y olisqueando el aire.

—Alistair Vilmoor —le dio la bienvenida Johannes, sin levantarse—. Bienvenido al Serenata Nocturna.

Los ojos grises del cazador recorrieron la sala, clasificándonos por orden de peligrosidad y, probablemente, decidiendo que éramos todos unas ratas inofensivas. Al final, se detuvo con cara de asco en Vanessa.

—¿Qué hace esto aquí? —le preguntó a Johannes, señalándola.

Al parecer, la sutilidad no era su fuerte.

Me cayó bien de inmediato.

—Es necesaria —respondió Johannes con una exhalación de hastío.

—Yo no estaría tan seguro —replicó el hombre de pelo blanco, dejando caer la mano sobre la empuñadura de la espada.

Vanessa se irguió en la silla, desafiante.

Parecía estar a punto de escupirle en la cara, o picarle con una lengua bífida.

La escena se había vuelto muy interesante de pronto, y lamenté no haber traído palomitas.

Un cazador de demonios y la bisnieta de un íncubo, unidos en torno a la misma mesa.

Me encantaba. Habría dado cualquier cosa por tener aún mi telepatía y escuchar los insultos recíprocos, como una partida de pingpong en sus cerebros.

Me froté la mano, y el anillo, aparentemente negro, brilló un instante con fuego interno.

Bueno, quizás había perdido mi telepatía, pero ahora tenía… otras cosas.

Garrett, adivinando mis pensamientos, me guiñó el ojo y me lanzó un beso al aire.

Puse los ojos en blanco, aunque, en el fondo, me gustaba.

—Bueno, ¿ya estamos todos? ¿Podemos empezar? —preguntó Johannes, que, obviamente, odiaba las reuniones en persona, incluso más que yo.

—Faltan Selena y Raoul —respondió Iris.

En ese momento, un coche grande y negro aparcó frente al local.

Raoul bajó primero, imponente en su camiseta verde militar y vaqueros ajustados.

Dio la vuelta para abrir la puerta del pasajero, y le tendió la mano a Selena.

Como Raoul era tan grande, apenas dejaba ver a Selena desde donde estábamos.

Entraron de la mano.

Selena caminaba despacio, luciendo un vestido azul mucho más ajustado que el de la otra vez. Estaba espléndida, aunque sus curvas se habían desplazado… ligeramente.

Se hizo el silencio en la terraza, y de pronto, todo quedó claro.

Mina abrió la boca, e Iris la miró. Naomi dejó caer una botella de cola, y esta se quedó flotando en el aire.

—Tenemos una noticia que daros —dijo Raoul, apartando una silla para que Selena se sentase.

Ella sonrió y se acarició la barriguita.

—Sí. Estamos muy felices de anunciaros…

—¡Tiene un bebé en la barriga! —gritó Addison, emocionada.

Todos reímos.

—Sí, exacto —asintió Selena, con los hombros agitados por una risa enternecedora—. Estamos esperando un bebé.

Raoul le tomó la mano y se la apretó, mientras todos los abrazaban y felicitaban en masa.

Yo me quedé callada, pensando en lo que aquello significaba. Un lobo y una bruja, y todos los riesgos que aquello podía comportar. Ese niño podía ser… muchas cosas. Si es que llegaba a ser algo.

Durante unos minutos, la reunión quedó en pausa. Alistair resopló con impaciencia mientras mis compañeras celebraban la noticia, y casi todos se olvidaron de la urgencia de la reunión que nos había llevado hasta allí.

En cualquier caso, ese niño traía esperanza, y de eso, no íbamos precisamente sobrados.

Cuando todos se calmaron, pudimos comenzar por fin con la reunión.

Hablamos de Umbrael, de los Liberadores, y de los traicioneros portales entre planos.

Las amenazas solo crecían, y el mundo se estaba volviendo un lugar cada vez más peligroso e imprevisible.

Apreté el anillo en mi dedo, y este relució con un fuego interno. No sabía usarlo del todo aún, pero Garrett me había prometido enseñarme: me había regalado un poder de fuego, la otra mitad del suyo.

A veces, cuando cerraba la palma y me concentraba con el anillo dentro, algo dentro de mí chispeaba: algo antiguo, pero no desconocido. Un fuego que, tal vez, siempre había llevado dentro sin saber cómo encender… y que, llegado el momento, podría serme útil en la lucha que se avecinaba.

Pero esa noche, hasta nuevo aviso, éramos un equipo heterogéneo, aunque más unido que nunca: brujas, vampiros, demonios, lobos y cazadores; una niña abandonada por su madre, y una telépata que había perdido su poder… aunque quizás tuviera uno nuevo, aún por descubrir.

Y, sobre todo, un exángel con camisa de flores, que no dejaba de mirarme como si yo fuera el milagro que siempre había estado esperando.

— ∞ —

La historia continúa…

Oksana, sin saberlo, le abrió el camino a Umbrael y a los Liberadores. Y pronto, las criaturas del otro lado comenzarán a cruzar.

¿Y si esta vez no fuera posible contener a la Oscuridad?

Descubre el episodio final en Vanessa, La Hija del Inframundo.