Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 38
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Garrett

Addison se quedó dormida mientras Oksana le cantaba una canción de su infancia.

Cuando pasé por su cuarto, la niña tenía la boca entreabierta y una pierna colgando fuera de la cama; llegué justo a tiempo de ver a Oksana cubriéndola con una manta, sin que se lo pidiera nadie.

Sonreí al ver la escena, pensando que tampoco se le daba tan mal, después de todo.

Las miré desde el marco de la puerta, sin entrar, con los brazos cruzados.

Habían pasado un par de semanas, y el proceso de adaptación estaba siendo tenso, raro, divertido… pero relativamente exitoso.

—Se ha pasado el día hablando de ti —murmuré, sin invadir esa rara cercanía que se había creado entre las dos—. Creo que te la estás ganando.

—Qué desgracia —respondió con poca convicción.

Sonreí sin decir nada.

—Si esta noche vuelve a gritar para pedir agua —añadió Oksana en voz baja—, no respondo de mis actos.

—Mientras no la asustes con ese cuchillo que llevas siempre en la bota, me doy por satisfecho.

—Eso no está del todo descartado…

Reí en silencio. La tomé de la mano para que saliese del dormitorio, y me apoyé contra la pared del pasillo, con la vista fija en sus ojos azules.

—¿Te arrepientes de… esto? —pregunté en un susurro.

Se lo pensó un momento, y sentí un nudo en el estómago mientras esperaba su respuesta.

Sabía que no estaba siendo fácil para ella. Entretanto, Addison se removió entre las sábanas.

—No —dijo por fin, con gran esfuerzo—. Pero voy a necesitar más tiempo para acostumbrarme. Es un cambio muy grande. Han sido unas semanas bastante intensas.

Asentí.

—Gracias por intentarlo —dije quedamente—. Significa mucho para mí. Y para Addison.

—Supongo que basta con fingir que me gustan los niños, ¿no? —añadió—. El problema es que hay que hacerlo veinticuatro horas al día, siete días a la semana…

Su voz sonó cansada, pero también orgullosa, en cierto modo.

—Estás haciendo un trabajo excelente —le dije, divertido—. Cualquiera diría que es real, y no estás fingiendo.

—De eso nada —replicó—. Además, esta niña es muy lista. A veces me da miedo.

—¿Te refieres a cuando se le sale el zumo por la nariz al reírse?

—No. A cuando me mira como si quisiera que me convierta en su figura materna o algo.

Me pareció que se ponía pálida solo de pensarlo.

—¿Y eso te da miedo? —pregunté, juguetón.

Me lanzó una mirada que habría congelado el océano Ártico.

—¿Tú qué crees?

Le devolví una sonrisa tenue. Era comprensible. Nunca tuvo una relación muy buena con su madre, y ahora, de pronto, se veía lanzada a una vida que no era precisamente la que ella habría elegido.

—Tiempo al tiempo —le dije.

Se quedó callada, mordiéndose el labio y sumida en mil pensamientos que me habría gustado poder escuchar.

—¿Subimos a ver la lluvia de estrellas? —preguntó de golpe, y creo que el brusco cambio de tema no fue casual.

—De acuerdo. Vamos.

Subimos a la azotea, cogidos de la mano. La brisa nocturna era fresca, y un par de nubes blanquecinas manchaban el cielo. El olor a sal, a madera húmeda y a primavera impregnaba el aire.

Oksana se apoyó contra la barandilla, mirando hacia el horizonte.

—Nunca pensé que fuera posible pasar dos semanas con una niña… y que me gustase —confesó.

—¿Conoces ese dicho…? —repliqué—. “Cuéntale a Dios tus planes, y él se echará a reír.”

Se giró hacia mí. La luz de la farola más cercana le dibujaba reflejos dorados en el pelo.

—Es cierto. Nada en mi vida ha salido como lo planeé. Aunque no quiero decir que sea malo. Solo… diferente.

Me acerqué y rocé su mejilla con las puntas de los dedos, hasta que nuestros labios se buscaron. Fue un beso lento, íntimo. El tipo de beso que no enciende fuegos artificiales, sino brasas profundas. De las que duran toda la noche… O, con suerte, toda la vida.

Pero entonces, el aire cambió.

Una vibración subterránea agitó las losas bajo nuestros pies. Se oyó un murmullo bajo, en una lengua antigua que hablaba a través del viento.

—Han vuelto —murmuró Oksana, llevándose la mano a la bota, por instinto. La bota no estaba ahí, ni tampoco el cuchillo.

Negué con la cabeza y apreté su mano.

—No. No son ellos —la apacigüé—. No son los demonios de Umbrael. Espera…

Una ráfaga de viento helado se alzó de golpe. Un relámpago iluminó el cielo, y entonces apareció ella.

La Diosa flotó frente a nosotros, etérea.

Vestía una túnica vaporosa, hecha de niebla y sus cabellos, cuajados de estrellas, ondulaban en torno a ella.

Su rostro, hermoso pero cambiante, pasaba sin cesar de ser uno a ser tres: una niña, una mujer adulta y una anciana, cada vez diferentes.

Era una y tres a la vez, de todas las edades y ninguna.

Era todos al mismo tiempo, sin ser nadie en concreto.

— Igniel —dijo, y su voz se escuchó dentro de mi cabeza—. Oksana. Venid.

Movió una mano de arriba abajo, y el horizonte se partió como una tela.

Tiré del brazo de Oksana, y juntos cruzamos al otro lado: al otro plano, aquel que, tiempo atrás, fue mi hogar. Pero ahora me resultaba extraño y fascinante, igual que a Oksana.

La Diosa se presentó como una adolescente morena, de ojos negros como los de un cuervo.

—Igniel —dijeron las tres voces a la vez, con eco—. Has quebrantado el Voto. No cumpliste nuestro pacto y rompiste el silencio prometido. Compartiste nuestros secretos con ella.

Señaló a Oksana con un dedo de luz parpadeante.

—Lo sé —respondí, de pie, sin escudo ni excusa—. Es cierto. Pero ella no tuvo la culpa.

De pronto, La Diosa se convirtió en una mujer embarazada, de cabellos rojos y belleza cegadora.

—También has revelado secretos sagrados —continuó, implacable—. Has perforado los velos que protegen a los inocentes y los has cruzado sin permiso. Has sentido, has mentido, has elegido… Te has comportado como… como un auténtico mortal.

Agaché la cabeza.

Tenía razón.

Sentí pánico al pensar en su castigo. Ahora que por fin había encontrado a Oksana. Ahora que por fin había recuperado a Addison. Ahora que, por fin, la vida por la que había empeñado todo lo demás había empezado a tener sentido…

La Diosa se transformó en una anciana de cabellos níveos, tan ajada que sus dedos parecían raíces retorcidas.

—¿Te declaras culpable? —me preguntó.

—Sí, Mi Señora. Pero ella no ha hecho nada malo. Lo juro.

La doncella rio, despreocupada. La madre entornó los ojos con ternura, y finalmente la anciana negó con lentitud.

—Errar es de humanos —dijeron a coro—. No serás castigado.

—¿Qué significa eso?

—Jamás ningún humano salió indemne de la Umbrícora. Llevaste a cabo una noble misión altruista, y gracias a ti, nuestro ejército de luz podrá estar preparado si sucede lo peor. Has sido valiente, Garrett Celestine.

Las miré, incrédulo.

¿Lo había entendido bien?

—Como recompensa, te devolveremos tus alas.

Un relámpago surgió del cielo. Caí de rodillas y sentí el calor encenderse en mi espalda. Esta vez, no hubo dolor; solo la inmensa alegría de volver a encontrar algo que diste por perdido.

Me puse en pie y abrí las alas. Luego alcé el vuelo un par de metros, extasiado.

Oksana dio un grito. Cuando me giré, tenía lágrimas en los ojos, pero no eran por mí.

Había un muchacho fantasmal frente a ella: un adolescente alto, huesudo y algo encorvado.

—No fue tu culpa, hermana —dijo el joven—. Alex y Nico me empujaron. Pero algún día recibirán su merecido. Está escrito.

Oksana se postró a los pies del chico, llorando como no la había visto nunca. El chico se agachó junto a ella y tomó su rostro entre las manos.

—Perdóname, Mitya. Debí haber estado allí, contigo.

—Yo te pedí que me dejaras asistir a la fiesta, de modo que lo ocurrido fue mi responsabilidad. Pero si hay algo que perdonar, te perdono —susurró el joven—. Solo vine a decirte esto. Debes perdonarte a ti misma.

Luego, el joven desapareció, como si nunca hubiera estado allí.

Oksana se quedó quieta, boquiabierta, con el rostro todavía húmedo por las lágrimas. Se notaba en su gesto que sentía que, esta vez, había hablado con su hermano, el de verdad, y no con una alucinación como las de la Umbrícora.

La Diosa volvió a ser una sola. Esta vez se transformó en una mujer voluptuosa, como una Venus de Willendorf. Se giró hacia Oksana.

—Mujer mortal, tú también hiciste una gran labor, pero perdiste tu don.

Pero ese don, como tú bien descubriste durante tu viaje, era también tu peor maldición.

Se convirtió en tu prisión y tus cadenas.

Te mantuvo atada, viviendo con miedo y desconfianza, atrapada en una cueva de miedo y desesperación.

Oksana no contestó, pero asintió levemente.

—Podría devolvértelo, pero creo que ya no lo necesitas ni lo deseas realmente —continuó la Diosa—. Te ha hecho sufrir suficiente, y lo que una cueva oscura necesita es luz. Pero no seré yo quien te la entregue. Lo dejaré en manos de Igniel, mi fiel Ángel de Fuego.

Luego la Diosa desapareció, nuestra visión tembló y nos encontramos de nuevo en la terraza.

Di un paso al frente hacia la barandilla, tambaleándome.

El mar volvía a estar ahí, tras los edificios de enfrente, iluminado por las farolas y las luces de las terrazas. Al moverme sentí mis alas, invisibles y replegadas, y supe que aquello no había sido un sueño.

—¿Qué… ha sido eso? —musitó Oksana, apoyándose en mi brazo—. ¿Tú también lo has visto? ¿Era real?

Asentí, recuperando el aliento.

—Lo era. Esta vez sí.

—No… no puede ser.

Hizo ademán de marcharse, pero yo la sujeté.

—Oksana, era real —insistí, sujetándola—. Y ahora debo honrar la petición final de La Diosa. Ven.

Saqué una chispa de fuego de mi pecho y la moldeé en forma de aro. Fui rodándola entre los dedos hasta crear un anillo ardiente, hecho de mi propio fuego.

Luego me arrodillé ante ella, allí mismo, bajo las estrellas.

—Oksana—dije, con la voz temblorosa—, te ofrezco mi fuego.

Ella se quedó quieta, sin decir nada.

Tomé aire y continué.

—Te ofrezco mi fuego, mi amor y mi lealtad.

Poco a poco, fue extendiendo la mano, y yo puse el anillo en su dedo. Cuando el aro estuvo en su lugar, sus ojos se encendieron un instante, cambiando de azul a dorado. Sentí cómo mi fuego interior se apagaba un poco, pero no me importó: por fin había recuperado mi vida y mis alas.

En el cielo, una lluvia de estrellas fugaces cayó hacia el mar.  Tres estrellas avanzaron juntas, sin separarse: una grande, una pequeña, y otra casi invisible, pero no menos brillante. Las tres viajaron juntas, cruzando el cielo en silencio hacia un nuevo comienzo.