Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 37
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Oksana

Me encontraba lanzando conchas al borde de la playa, sentada sobre la arena con los pies descalzos.

Era una tarde cálida de primavera, dos días después del ataque al Serenata.

Desde entonces, las cosas habían ido regresando a la normalidad con lentitud, aunque la sensación de ataque inminente perduraba en el aire.

No había hablado con Garrett, a propósito.

Había conseguido un teléfono nuevo esta mañana, pero no me había molestado en añadir el número de Garrett. Si no quería volver a verme, yo no iba a suplicarle que volviese.

Levanté la vista al escuchar pasos ligeros que corrían, levantando nubes de arena.

Una niña corría hacia mí, arrastrando un peluche de koala. Llevaba una diadema con todos los colores del arcoíris y un cuerno irisado en el centro.

Tras ella, el padre caminaba despacio, con las manos en los bolsillos. Guapo, bronceado y algo pecoso, como suele ocurrirle a la gente de rasgos claros cuando se exponen demasiadas horas al sol.

Lancé la última concha y me sacudí la arena de las manos sobre los pantalones. Luego me puse en pie, despacio.

No dije nada, ni él tampoco.

Solo nos miramos.

La niña se plantó frente a mí con una ceja alzada, y se giró después hacia su padre.

—¿Tú eres esa a la que no le gustan los niños? —preguntó Addison, sin filtros.

Tenía un tierno acento australiano, y una confianza en sí misma que me hizo sonreír.

Tragué saliva.

—Suerte que tú no eres una niña —dije, señalando su diadema de unicornio.

—Ya. Yo soy un unicornio.

—Entonces, a lo mejor, podrías caerme bien.

—A lo mejor tú podrías caerme bien a mí —replicó ella, cruzando los brazos y alzando la barbilla.

Garrett se acercó a mi oído.

—No sabía si estabas viva —me susurró.

—Yo tampoco sabía si lo estaba —respondí.

—¿Por qué no vienes con nosotros a casa? —ofreció Garrett—. Voy a hacer pollo Diana. Habrá demasiado para dos.

Sonreí.

—No me gusta mucho el pollo.

—Sabes que no te invito por el pollo.

Tomé la mano que me tendía.

A su hija le tendió la otra, y caminamos en silencio hasta el paseo, mientras la noche iba cayendo sobre la playa de San Antonio.

—Por cierto, me gusta tu nuevo peinado —dijo Garrett, con gesto travieso.

—¿Es en broma o en serio?

—Un poco de cada.

—¿Como cuando me aseguraste que no ibas a volver a Ibiza nunca más?

—Eso fue, definitivamente, en serio. —Lo miré boquiabierta, pero él sacudió en la cabeza—. Creo que me he vuelto demasiado humano, Glacialina. Ahora también cometo errores. Y ese, querida, fue uno de los peores. Pero espero que aún me quede tiempo para enmendarlo.