Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 36
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Garrett

Diez mil millas de distancia.

Una cifra tan absurda como lo era haberle dicho a Oksana que era mejor que no volviera a Ibiza. Tan absurda como pensar que podía protegerla alejándola de mí.

Y, sin embargo, eso había hecho, pensando que sería lo correcto.

Luego el teléfono estalló en gritos, golpes e interferencias. Y después, su voz se cortó.

A diez mil millas de distancia.

Intenté llamarla de nuevo, pero ni siquiera sonaba. Nada.

Pensé en todas las posibilidades, cada cual peor que en la anterior.

Pensé en cómo me sentiría si no volviera a verla nunca, y lo que acababa de decirle por teléfono se volvió completamente irracional. Lo había hecho para protegerla, pero, aun así, ahora me arrepentía.

Después llamé a Mina. A Naomi. A Iris. A Teo…  Pero solo obtuve silencio. Un silencio que olía a sangre y a humo, y a criaturas oscuras de otras dimensiones colándose en la nuestra.

En ese instante lo supe: si no volvía a verla, si algo le pasaba de verdad, jamás me perdonaría haberla empujado lejos de mí.

De pronto, como si el universo me lanzara un segundo golpe bajo, llegaron dos mensajes.

El primero era de Doolan:

«Estoy esperándote en el bar y llevo ya dos copas. ¿Vienes o vuelvo al despacho?»

Un segundo después, otro de Alicia, de esos que permiten ser leídos solo una vez:

«¿No querías a tu hija? Retira esas pruebas y puedes venir a recogerla ahora mismo. Es toda tuya. Brandon te la llevará a donde estés. Solo envía la dirección. Me largo a Los Ángeles esta noche. Gracias por nada y ojalá te parta un rayo.»

Me quedé de piedra, pensando que lo había entendido mal.

¿Después de años haciéndome la vida imposible, estaba dispuesta a desprenderse de Addison como si fuera un abrigo viejo, solo por salvar su culo de los posibles problemas legales?

No podía creerlo. Corrí a zancadas hasta el bar y se lo mostré a Doolan.

—¿Qué opinas de esto? ¿Qué hago?

Doolan estaba un poco borracho, pero era lo mejor que tenía en ese momento.

—Me sorprende que te sorprenda, después de todo lo que ha hecho. Dile que traiga a la niña a mi despacho. Pobre criatura.

Todo ocurrió como un torbellino.

Menos de una hora después, en la sala de espera del despacho de abogados de Doolan, alguien llamó al timbre.

Cinco minutos más tarde, la secretaria entró con una niña preciosa de la mano.

Tenía la piel morena, el pelo rizado y los dientes mellados, algo torcidos.

Llevaba una maletita rosa, el pasaporte en una funda de plástico con unicornios y un peluche de koala abrazado contra el pecho.

Me miró durante dos segundos, confundida.

Y luego se lanzó a mis brazos, en el abrazo más dulce y más esperado de mi vida.

—Papá —dijo, con la cara apretada contra mi hombro—. Has vuelto.

—He vuelto, sí —murmuré con lágrimas en los ojos—. Y no pienso irme nunca más.

Un carraspeo de Doolan nos devolvió al presente.

—Siento interrumpir la reunión familiar, pero están a punto de venir mis mejores clientes de Shanghái. ¿Queréis que os deje una sala de reuniones?

Lo miré y sacudí la cabeza.

—Gracias, Doolan, pero no hará falta. Nos vamos.

Addison me miró con sus ojos enormes, llenos de ilusión y confianza.

—¿A dónde vamos, papá?

Me quedé en silencio, tratando de decidir a dónde llevarla. En Sídney ya solo tenía una habitación de hotel por dos noches, y una maleta más pequeña que la suya.

Miré el cielo por la ventana. En algún punto, más allá del océano, estaba el Serenata Nocturna.

Y en él, Oksana.

Deseé que estuviera bien.

No quise imaginar ninguna otra posibilidad.

No quería ir a ningún otro lugar, si ella no estaba.

Aquellos días en la Umbrícora nos habían cambiado a los dos, y habíamos compartido demasiadas cosas como para separarnos así.

Tomé a Addison de la mano y salimos del despacho.

—Vamos a casa —le dije, completamente convencido.

—¿A qué casa?

Su pregunta me enterneció. A pesar de su edad, había vivido ya en demasiados sitios.

—A donde está toda la gente que me importa —dije, con una sonrisa leve—. Todavía me faltaba una persona por llevar allí… pero ahora ya la he encontrado.

Llamé a un taxi y subimos en el asiento trasero.

Addison se acomodó a mi lado, sin más. Estaba callada; seguramente no entendía lo que estaba ocurriendo, pero confiaba en mí.

Después de todo, había vivido entre hoteles y sets de rodaje, y viajar era su rutina.

La inestabilidad era la única estabilidad que ella conocía.

Pero, esta vez, no volvería a dejarla sola.

Nos íbamos de vuelta a Ibiza, y no solo por Oksana. Lo haríamos por nosotros tres , porque nos merecíamos al menos una oportunidad de ser felices.