Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 35
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Oksana

Cerré la puerta de la casa de Teo y respiré hondo.

La migraña había cedido al fin, dejando solo una especie de eco sordo en mi cráneo.

Pero la otra sensación no se marchaba: la de tener a alguien acechando detrás de mí, como una sombra que se movía y que podía intuir por el rabillo del ojo, pero que desaparecía en cuanto me giraba para mirarla de frente.

Me froté los brazos. Tenía frío, a pesar del sol primaveral.

Subí a la furgoneta y me marché a casa. Hice algo de comer, me duché y traté de igualarme el pelo quemado con unas tijeras. Me quedó un poco torcido, pero me gustó. Me hacía parecer más dura. Más peligrosa. Justo como me sentía después de haber sobrevivido a la Umbrícora.

Luego, tras hablar por teléfono con Mina, decidí pasarme por el bar. No estaba obligada a hacerlo, pero Mina y Naomi estaban desbordadas, y ni siquiera tenían a Garrett en la cocina.

Me puse el uniforme y fui paseando hacia allí, aspirando lentamente el aroma a playa. Aún era muy pronto; ese día no abriríamos hasta el mediodía, por lo menos.

Me encontraba ya frente al arco de entrada cuando me vibró el móvil.

¡Garrett!

Resultaba vergonzoso admitir lo mucho que me alegraba de que me llamase.

Dejé que sonase un par de veces, y luego deslicé el dedo por la pantalla.

—¡Garrett! —exclamé—. ¿Qué tal ha ido?

Puse la llamada en el altavoz, mientras me explicaba que estaba bien, y que había tenido éxito con el juicio. Pero luego me soltó la bomba:

—Creo que me quedaré aquí, con Addison. Creo que… no voy a volver a Ibiza —dijo—. Siento decírtelo por teléfono, pero no sé de qué otra forma habría podido hacerlo.

Sentí que el corazón se me detenía en el pecho al escuchar eso.

¿Después de todo lo que habíamos pasado juntos, me salía de pronto con aquello?

¿Después de aquella noche en su apartamento, en la que llegué a creer que era la persona más confiable del mundo?

No entendía absolutamente nada. El mundo comenzó a tambalearse.

—Un momento —dije, apoyándome en una mesa vacía—. Me estás diciendo que… ¿no vamos a vernos más?

Dudó un momento.

—Verás… Addison me necesita más que nunca. Necesita estabilidad. Orden. Todo el amor y atención que su madre no le ha dado en estos años. Y no puedo darle todo eso si estoy en Ibiza. Ella… ni siquiera habla español. Sería otra mudanza, otro trauma… Y, de todos modos, ambos sabemos que tú...

—Que yo… ¿qué? —pregunté desafiante.

Quizás sonó un poco agresivo, aunque no lo hice adrede.

Él hizo una pausa, procesando la irritación con que yo le había respondido.

—Tú no quieres niños, Oksana. No te gustan. Lo has dicho infinidad de veces. Lo dijiste en mi casa, y también se lo dijiste a Mina en el coche: que nunca saldrías con un hombre si tenía hijos. Pero, siento decirte que, a partir de hoy, yo voy a ser uno de esos. Y eso es algo no negociable.

Cerré los ojos, conteniendo la oleada de sentimientos que crecía en mi garganta.

—No me gustan los niños, es cierto —admití—. Pero tampoco me gusta echarte de menos.

—Oksana…

—Iré a Australia contigo —solté de pronto.

El silencio al otro lado fue más ruidoso que las gaviotas de la playa.

—No —dijo él al fin—. No sería justo. No es justo que lo dejes todo atrás para cargar con una hija que no es tuya, en un país que no es el tuyo, en una vida que no te pertenece.

—¿Y quién decide qué vida me pertenece?

—No quiero que me sigas por lástima. Ni porque no sabes a dónde más ir.

—¿Y si no es por ninguna de esas razones?

—Y entonces… ¿por qué sería?

No dije nada. Solo me mordí el labio.

No pude pronunciar las palabras.

Solo lo había hecho una vez, y me habían rechazado. Y esa herida todavía dolía demasiado.

—¿Lo ves? —dijo Garrett.

—Entonces… ¿esto es una despedida? —pregunté quedamente.

Él respiró; le costaba responder.

Justo entonces, un zumbido extraño recorrió el aire, como una corriente eléctrica subterránea. Se me erizó la piel.

La sombra detrás de mí pareció crecer, hasta ensombrecer la terraza entera con una forma gigantesca con tentáculos.

Me giré.

Y esta vez sí había algo.

—¡Mierda! —grité, dejando el teléfono sobre la primera mesa que vi, mientras me ponía en guardia.

Una figura retorcida y oscura acababa de surgir de detrás de mi espalda. Literalmente de mi espalda . Una garra afilada se aferró al borde del arco de entrada, derrumbándolo.

De pronto, otra sombra saltó desde detrás de un contenedor. Una tercera apareció directamente de la acera.

—Oksana, entiendo que esto no es lo que esperabas escuchar, pero es lo mejor para todos… —decía Garrett por el altavoz, ajeno a lo que estaba ocurriendo.

—¡Garrett! ¡El Serenata está lleno de sombras con tentáculos!

—¿Qué?

Un rugido me impidió escuchar lo que respondía, pero no había tiempo para conversaciones.

Me giré y eché a correr hacia la cocina.

—¡Mina! ¡Naomi!

Naomi salió disparada, con una bandeja llena de copas limpias en la mano.

—¿Qué pasa?

No hizo falta que respondiese, porque una criatura oscura y escamosa se materializó frente a ella.

Naomi, sin pensarlo, le lanzó la bandeja entera, y de paso usó su telequinesis para hacer volar contra el monstruo un par de papeleras.

—¡Oksana! ¡Al suelo!

Me agaché justo a tiempo para esquivar un bicho del tamaño de un perro, con tentáculos de humo.

—¿Dónde está Mina? —grité.

Como si lo hubieran oído, una bandada de cuervos espectrales surgió de la arena. Cruzaron la terraza chillando, lanzándose en picado sobre los demonios.

Garrett gritaba desde mi móvil, su voz imposible de entender por el estruendo.

Una criatura me saltó encima.

—¡Mina, aquí! —chillé, mientras me defendía con un taburete.

—¡No puedo! Me han rodeado —respondió.

Varios demonios intentaron atacar a Mina, pero esta lanzó a su bandada de cuervos sobre ellos. Entretanto, alguien volcó la mesa sobre la que estaba mi teléfono, y este se estrelló contra el suelo, haciéndose trizas y apagando la voz aterrada de Garrett.

—¡Son demasiados! —grito Naomi desde alguna parte.

Lo eran, y aquello pintaba mal. Muy mal.

Pero, de pronto, los demonios comenzaron a recular, y algunos se metieron de vuelta en la tierra de la que habían salido, como gusanos.

Una onda expansiva invisible los empujó a todos de vuelta al lugar del que habían venido.

Me giré jadeando, y detrás de mí vi a Vanessa.

Llevaba un inocente vestido de colores, que contrastaba con sus ojos ardientes y los brazos en alto en una invocación.

Sus cabellos plateados flotaban en el aire, aunque en cuanto bajó los brazos, todo en ella volvió a la normalidad, y volvió a ser la misma mujer de mediana edad que regentaba la tienda del paseo.

—¡Maldita sea! ¿Qué ha sido eso? —pregunté jadeando, mientras me ponía en pie, pero sin soltar todavía el taburete.

—Dímelo tú —replicó ella, recogiéndose el pelo de nuevo con aire casual—. Los llevabas tú a cuestas.

—Pero, ¿qué dices? ¿Estás loca?

Vanessa negó con la cabeza y señaló mi espalda.

—¿Puedo echar un vistazo?

Torcí el labio, sin comprender.

Vanessa se acercó por detrás de mí y apartó los tirantes de la camiseta blanca que yo llevaba puesta, bajando un poco el escote por detrás para ver bien mi espalda. Presionó en el mismo punto donde Umbrael me había alcanzado con sus tentáculos, y se me escapó un gemido de dolor.

—¡Au! —grité, apartándome—. ¡Un poco de cuidado!

—Te llevaste un recuerdo a casa, ¿eh? —dijo, chasqueando la lengua—. Tenías la semilla de la Umbrícora en la espalda.

—¿Se puede saber que estás diciendo?

—Esto es como la gripe, guapa. Hay quien la tiene, y hay quien solo es portador.

Tú, en este caso, has sido la portadora.

Le has abierto la puerta a quienquiera que te hiciera esta herida, y ahora anda suelto por nuestro plano.

Debió de meter algo dentro. Un pedazo de sí mismo.

¡Pero tranquila! Ahora ya no lo llevas encima.

Abrí la boca, recordando cómo Umbrael me había alcanzado, pero yo no le había dado importancia.

Sentí que el mundo entero se tambaleaba.

—Esto ha sido solo una muestra —dijo Vanessa—. Pero cuando ataque de verdad… desatará al infierno entero con él. Y, ahora, gracias a ti, le será mucho más fácil cruzar a nuestro lado.

Me dejé caer en una silla, con los codos sobre la mesa.

Me sujeté la cabeza y cerré los ojos. Qué estúpida había sido.

Garrett me había advertido. Hasta Iris, con sus dotes de médium, había notado que llevaba una sombra a cuestas.

Pero yo siempre tenía que ser más lista que todos: ¡maldita idiota!

Me odié a mí misma por mi arrogancia. Cruzando a La Tierra sin darle importancia a esa herida le había abierto la puerta a Umbrael, y acababa de crear un problema aún peor de todos los que ya teníamos.