Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 34
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Oksana

En cuanto crucé el umbral de la casa de Teo, supe que Iris no había dormido en toda la noche.

Estaba más delgada que la última vez que la vi, con el cabello sucio y recogido a toda prisa en un nudo caótico, y la piel más pálida que de costumbre.

Su rostro se veía afilado, tallado por el insomnio y la espera.

—Bienvenida —dijo con voz baja, casi apagada—. Pasa.

Sus ojos me recorrieron con atención, pero no con la expresión de una anfitriona curiosa: más bien la de una médium que intuye una sombra detrás de ti, y no sabe cómo decírtelo. Su mirada me incomodó.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Tengo algo en la cara?

—No —respondió, ladeando ligeramente la cabeza—. No es eso. Te noto… distinta.

—Se me quemó un lado del pelo.

—No me refería a tu aspecto. Es algo… no sé. Raro. No sé definirlo.

Sacudió la cabeza y se frotó los ojos con las manos.

—Perdona. Han sido unos días horribles. No saber si volveríais, si Teo… si seguiría aquí. Mi sensibilidad está disparada. Me vienen visiones a todas horas. Es la falta de sueño.

Asentí sin responder. Nada de lo que decía me resultaba ajeno. Aunque, en mi nueva situación, casi la envidiaba.

La seguí por la casa en penumbra, con todas las persianas bajadas.

Con apenas una luz encendida aquí y allá, aquello parecía un maldito velatorio.

Las velas se habían consumido en silencio, dejando la villa en una penumbra cálida, casi sagrada.

Como si el tiempo se hubiese detenido para contemplar a Teo en su batalla invisible entre la vida y algo peor que la muerte.

Una puerta de madera oscura se abrió, y de ella salió Selena, con un vestido amplio de vuelo. Estaba secándose las manos en un paño blanco, y alzó la mirada al verme.

—¡Oksana! —gritó, lanzándose a mi cuello en un abrazo apretado.

Hacía tiempo que no la veía. Separé los brazos, incómoda por sus exageradas muestras de afecto, pero ella siguió:

—¡No puedo creer que salierais de ahí sin un solo rasguño! ¡Cuánto me alegro!

—¿Ya has dejado de vomitar? —dije, a ver si se apartaba.

Selena asintió varias veces: tenía ojeras, pero se le veía contenta, alerta y con los ojos brillantes, como siempre que se dedicaba por completo a su pasión.

—¡Estoy mejor, sí! —respondió.

—¿Y Teo? —pregunté, llevándome las manos a las sienes mientras estas se ponían a latir de nuevo, sumidas en otra oleada particularmente fuerte de migraña.

—Teo está en el dormitorio. ¿Pero estás segura de que tú te encuentras bien? ¿Te duele la cabeza o algo? Te veo rara.

—No es que me duela la cabeza. Es más bien que me la cortaría, si pudiera.

—Oh, no, pobrecita. ¡Espera! Tengo algo para ti. Acompáñame a la cocina. —Se giró hacia Iris—. Iris, cariño, ¿puedes ir a echarle un vistazo a Teo? Sigue sin hablar, pero tiene los ojos abiertos. Vigila que no se caiga de la cama, ni nada parecido.

La seguí hasta la cocina, donde tenía montada una exposición de botes de cristal y bolsitas de papel llenas de hierbas, todo esparcido entre cuadernos manuscritos de diferentes tamaños y formas.

—¿Cómo es el dolor exactamente? —me preguntó.

—Como para morirse —respondí.

Chasqueó la lengua. Luego sacó unas hierbas de color morado y me miró con ojo crítico.

—Lavanda —aclaró—. ¿Es en la parte frontal del cráneo, en la trasera, algún lado en especial…?

—Todo. Me duele todo.

Echó un montón de hierbas más en el cazo, mientras decía cosas como “menta, jengibre, manzanilla…” y recitaba palabras incomprensibles, posiblemente un hechizo.

—En dos minutos lo tendrás —me dijo con una palmadita en el brazo.

Dos minutos, cuando tu cabeza parecía un barril de dinamita, sonaba como mucho, muchísimo tiempo.

En ese momento, un grito llegó desde el dormitorio.

—¡Venid! ¡Ha dicho algo!

Selena soltó las hierbas y salió corriendo hacia la habitación de Teo. Yo la seguí, con una mano en la sien.

Cuando llegué a la puerta, Selena estaba de pie sin cruzar el umbral. Me detuvo, estirando un brazo para impedirme el paso, y con la otra mano me hizo un gesto para que no hablase.

—Shh… ¡No estropeemos el reencuentro! —me susurró.

Me asomé un poco para ver qué ocurría.

Teo estaba recostado entre almohadas, con los ojos entreabiertos.

Iris, sentada al borde de la enorme cama, le sujetaba la mano.

—Mi amor, ¡estás vivo! Estaba tan preocupada por ti. Me alegro tanto, tanto, de volver a verte. —Lo besó mil veces en el rostro y en los labios, mientras él permanecía quieto—. No puedo creerlo. ¡Has vuelto!

Teo ladeó la cabeza, sin contestarle.

Parecía un zombi.

Me pregunté si podía entender lo que Iris estaba diciendo, porque no reaccionó en absoluto.

Abrió la boca, murmuró un par de sílabas y se calló de nuevo.

—¿Qué has dicho, mi amor? —preguntó Iris, animándolo a repetir lo que quiera que hubiera sido eso.

Un sonido indescifrable salió de los labios de Teo.

—Va… —murmuró.

—¿Va?

Iris frunció el ceño, tratando de adivinar la palabra, pero no perdió la paciencia.

—Vamos, dímelo de nuevo… —suplicó—. Haz un esfuerzo, mi amor… tómate el tiempo que necesites.

— Vanessa —dijo él finalmente, y volvió a cerrar los ojos.

El rostro de Iris se volvió ceniciento.

Selena y yo nos miramos.

¿Acababa de nombrar a su exnovia?

Si aquello no hubiera sido tan trágico, me habría echado a reír.

—Necesito… ver… a Vanessa —musitó Teo en una especie de gorgoteo, aunque esta vez se entendió con total claridad.

¡Vanessa!

Eso sí que no me lo esperaba.

Iris abrió la boca, conmocionada.

Le soltó la mano a Teo como si le quemase y se levantó de golpe. Una almohada cayó al suelo, pero ni siquiera se molestó en recogerla.

Selena y yo dimos un salto hacia atrás para escondernos, pero nos pilló in fraganti.

—¿Y vosotras qué hacíais ahí espiando? —nos espetó, furiosa, saliendo a empujones—. ¿Lo habéis oído? ¿Habéis oído eso?

—Alégrate. Al menos no ha dicho Oksana —repliqué, y por su cara creo que estuvo a punto de soltarme una bofetada.

Seguramente no lo hizo porque sabía que acababa de volver de la Umbrícora, y si no fuera por mí, ese pedazo de canalla no estaría ahora ahí, nombrando a su última ex al despertar, en vez de decirle a Iris cuánto la había echado de menos.

—Es posible que tenga memoria selectiva —aventuró Selena, apaciguadora—. Habrá pasado por cosas horribles, el pobre.

—¡Ha dicho Vanessa! ¡VANESSA! —gritó Iris, a quien en este momento le importaba un bledo el estrés postraumático de Teo.

—¿Quieres que Selena le prepare una poción de veneno rápido o te gustaría uno más lento?

—pregunté, y ambas me lanzaron miradas asesinas—.

Vale, vale. ¿Sigue en pie lo de esa infusión de hierbas?

La mía —le pregunté entonces a Selena, porque estaba empezando a considerar seriamente eso de arrancarme la cabeza para que dejase de dolerme.

Pero Selena estaba demasiado ocupada consolando a Iris, así que fui yo sola, agarré el cazo y me bebí la infusión directamente, tratando de filtrar las hojas con los dientes.

Estaba bastante caliente, pero aun así el alivio de la migraña fue inmediato. Cinco segundos después pude abrir los ojos del todo sin sentirme como un vampiro expuesto al sol del desierto.

—Trata de ponerte en su lugar —le decía Selena a Iris, masajeándole los hombros con ambas manos—. Está confundido, el pobre.

—¿Y no podría confundirse con otras cosas? — gritó Iris, exasperada.

—Te puedo hacer una tila —ofreció Selena sin perder la calma—. Creo que te vendría bien.

—¡No quiero una tila! —rugió ella de vuelta, y volvió a entrar a zancadas en el dormitorio.

—¿Crees que va a matarlo? —pregunté con una ceja alzada.

—No sabría decirlo…

—Si pensaba matarlo, podríamos habernos ahorrado la excursioncita a la Umbrícora, pero bueno… ¡De nada! —dije, mientras me colaba en el dormitorio también.

La escena era muy distinta de la anterior.

Esta vez, Iris estaba de pie, paseándose de un lado a otro de la habitación con los brazos cruzados.

—¿En serio? —le preguntó a Teo, con la voz afilada como una daga—. ¿Llevas semanas prácticamente muerto, y lo primero en lo que piensas al recuperar la conciencia es… en ella?

Teo la miró, pero no parecía verla del todo.

—Iris… Mi madre… Mi hermano…

¿Iba a recitarle su árbol genealógico?

—¿Tu madre? —preguntó Iris, medio histérica—. ¿Qué tiene que ver tu madre, que lleva doscientos años muerta? En serio, ¿siquiera te acuerdas de quién soy?

Teo sacudió la cabeza, como si con ello pudiera aclarar sus ideas.

—Mi madre sigue… allí. —Tosió y cerró los ojos—. Nunca murió. Se convirtió en la cabecilla de una rebelión inminente. Es… La bruja oscura de los portales. La nigromante de Hampshire. ¿No lo entiendes?

—No entiendo nada, Teo.

Iris golpeó el borde de la cama con los ojos llenos de lágrimas.

—Escucha —dijo Teo, con la mirada flameando en rojo mientras la agarraba por la muñeca para que dejase de caminar arriba y abajo—. La necesitamos. A Vanessa. Ella es la clave.

—¿La necesitas tú, o la necesitamos todos?

—Basta —dijo él con firmeza—. Todo esto es mucho más grande que nosotros dos. El mundo entero está en peligro.

Pero Iris no escuchaba.

—¿Tienes idea de lo que he pasado? —lo interrumpió.

—Iris… —murmuró, intentando erguirse, pero cayó de nuevo entre las almohadas, demasiado débil—. Te amo. Lo sabes. Siento que su nombre fuera lo primero que dije, pero no tuve control sobre ello.

—Menuda telenovela —dije yo desde el fondo, y los dos tortolitos advirtieron mi presencia por primera vez.

—Oksana… —dijo Teo—. ¿Tú estuviste allí?

Me sentí casi peor que Iris en ese momento.

Después de todo lo que había pasado por ese chupasangre, ahora ni siquiera se acordaba de nada.

Típico de los hombres.

—Vanessa, ¿eh? —le dije—. Mira tú por dónde.

Selena me fulminó con la mirada. Iris no se rio.

Suspiré.

Cada vez entendía más a Garrett cuando nadie se reía de sus chistes.

Volví la vista hacia Teo.

—¿Vas a explicarnos por qué necesitas tanto a tu ex, la de la tienda de ropa, o vamos a tener que seguir presenciando este drama de celos que parece un culebrón de media tarde?

Teo tragó saliva y habló de nuevo, esta vez con voz más firme.

—Vanessa tiene sangre demoniaca. Ella es la única persona de confianza que puede infiltrarse entre ellos y ayudarnos desde dentro.

Miré a Iris y luego a Selena.

Aquello tenía bastante sentido.

—Llamad a Johannes —dijo Teo, tosiendo—. Que encuentre a Alistair, el cazador de demonios. Que venga también él, cueste lo que cueste… Necesitaremos a todo el mundo que pueda unirse. La guerra podría estallar en cualquier momento, y toda preparación será poca.

—Voy yo —me ofrecí, deseosa de largarme de aquella habitación, donde los dos amantes necesitaban una buena conversación… y seguramente también un buen polvo.

Me dolía menos la cabeza, pero seguía teniendo la sensación de ver sombras donde no las había, y la espalda me estaba matando.

Vamos, me había convertido en una alegría andante.

—Debemos darnos cuenta de que nada de esto ha terminado —dijo la voz de Teo mientras salía—. La pesadilla solo acaba de comenzar.