Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 33
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Garrett

Abrí la carpeta, llena de dagas envenenadas en forma de pruebas sólidas.

Si presentaba aquellos documentos, Alicia no solo perdería la custodia. También podría acabar con su fama. Incluso podría terminar entre rejas.

Aquello la destruiría.

Pero salvaría a Addison de aquella vida errante al cuidado de niñeras cambiantes, que era ahora su única realidad.

Y yo obtendría lo que quería.

Era un plan egoísta; quizás incluso malévolo.

Había mantenido ese sobre en secreto durante casi dos años, sin mencionárselo ni siquiera a Doolan, porque iba contra todo lo que había aprendido durante dos mil años trabajando como soldado altruista de La Diosa.

Ese no era yo.

Un ser de luz nunca haría algo así, y me sentía como si sujetase una granada entre las manos.

Si quitaba la anilla, todo saltaría por los aires.

Nada sería igual que antes, y habría víctimas. Víctimas mortales.

Y sería mi culpa.

¿O no?

Después de todo, nada de lo que ponía ahí era mentira.

—¿Le gustaría añadir algo, señor Celestine? —dijo la jueza, mirando el reloj con mal humor.

Tragué saliva.

Cerré los ojos.

Tendría que elegir: justicia o misericordia.

Alicia o yo.

Sus pruebas resultarían en un castigo para mí.

Pero, si me defendía, mi exmujer sería multada por sus infracciones. O, quizás, si la cosa escalaba, mi hija apenas vería a su madre. Si la prensa se enteraba, el escándalo mediático podía volverse enorme. Y, entonces, Addison sufriría… también por eso.

Quizás me odiaría.

Estaba claro lo que habría hecho un ángel.

Pero… ¿qué habría hecho un hombre mortal, con una única y breve vida por delante?

Me puse en pie.

—Señoría, con su permiso, me gustaría presentar algunas pruebas que contradicen la narrativa de la acusación.

Doolan me miró con la boca abierta, alzando las manos en un gesto que decía: «¿Te has vuelto loco? ¡Te he dicho que no hables!».

Lo ignoré, y la jueza arqueó una ceja.

—Proceda.

Abrí el dosier.

Me dije que no era justicia ni venganza: lo hacía por Addison, para protegerla, y porque ella se merecía una vida feliz, al igual que cualquier niño.

—Estas son algunas transacciones financieras encubiertas realizadas por la señora…

Hollister. —Tomé aire. Me costaba llamarla por su nuevo apellido de casada, que no era el mío.

Alcé la vista hacia la jueza, ignorando la cara de horror de Alicia—.

Incluyen fondos sustraídos del fideicomiso de su propia hija.

También puedo presentar registros de comunicación en los que amenaza directamente a una cuidadora, mi única testigo, que se negó a declarar debido a dichas amenazas.

Finalmente, hay una declaración jurada de la psicóloga escolar, que acredita negligencia emocional y psicológica hacia la menor, entre otras cosas.

Un silencio denso cayó sobre la sala.

Alicia palideció.

Dejé la carpeta sobre la mesa de la jueza, y esta la hojeó con el ceño fruncido.

—Si es necesario, se presentarán cargos penales ante la fiscalía —dijo Doolan, subiéndose al carro de inmediato, como si todo esto hubiera sido parte de su plan desde el principio.

La jueza respiró hondo. Cerró el expediente y apoyó las manos sobre la mesa.

—Revisaremos todo el material y comunicaremos la decisión dentro del plazo legal —dijo con voz cansada.

Un golpe seco de martillo selló el final de aquel juicio, y antes de salir pude ver la cara de Alicia, convertida en una máscara de pánico al ver que todas sus fechorías acababan de ser expuestas.

Pero yo no sentí alivio. Solo una punzada aguda en el pecho, que también podía ser culpa.

Al salir, Doolan quiso chocarme los cinco.

—Tío. ¡Tío! ¡Qué calladito te lo tenías! ¿Por qué no me lo dijiste? Nos habríamos ahorrado muchos viajes, y le habríamos dado su merecido a esa zorra.

—No hables así de Alicia. Antes era mi esposa.

—¡Si ella hubiera podido, te habría metido en el trullo, chaval!

Se merecía su castigo. Ella ni habría pestañeado, de haber sido al revés.

Yo creo que, después de revisar todo eso, la jueza te otorgará la custodia completa de Addison.

Puede que incluso le prohíban el contacto con la niña.

¡Vas a ganar! No: técnicamente, ¡has ganado ya! ¡Vamos a celebrarlo, acompáñame al bar!

Asentí, agotado por el jet-lag y el estrés mental.

Había ganado. Pero algo en mí se había perdido.

Aquello era la prueba de que hacía mucho tiempo que había dejado de ser un ángel, y me había convertido en un humano, a secas.

Era solo un hombre, tratando de hacer lo correcto a su manera. Como mortal, no me quedaba más remedio que jugar con las reglas de La Tierra.

Consulté la hora en Ibiza: temprano, por la mañana. Oksana estaría despierta, quizás.

Tenía alguna llamada suya, recibida mientras estaba volando entre continentes.

—Discúlpame un momento, por favor —le dije a Doolan, que iba de camino hacia el bar—. Me reuniré contigo allí, en diez minutos.

—¡Claro! Yo voy pidiendo. ¿Te va bien un LLB?

Lemon, Lime and Bitters. Un poco dulce y un poco amargo. Como lo que estaba a punto de hacer.

—Perfecto.

Cuando Doolan se marchó, dejé sonar el teléfono, y Oksana contestó al segundo tono.

—¡Garrett! —exclamó, algo soñolienta—. ¿Qué tal ha ido?

—Bien —respondí quedamente.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

Oksana suspiró al otro lado.

—Me alegro mucho. ¿Y Addison?

—De eso quería hablarte, Oksana. Pensé que debías ser la primera en saberlo.

Cerré los ojos, sintiendo lo que iba a decir como una puñalada en mi propio costado. Oksana nunca saldría seriamente con alguien que tuviera hijos. Se lo había dicho a Mina varias veces, e incluso a mí, estando en mi casa.

Ya me habían herido bastantes veces, así que me adelanté, antes de que fuera ella quien lo hiciese, y me dejase con el corazón roto y enamorado de alguien que no me aceptaría.

—Creo que me quedaré aquí, con Addison. Creo que… no voy a volver a Ibiza —dije—. Siento decírtelo por teléfono, pero no sé de qué otra forma habría podido hacerlo.