32
Garrett
Ibiza. Dos años antes.
Por aquel entonces, llevaba ya una buena temporada trabajando para Theodore d’Alessandro, sin contarle demasiado sobre quién era realmente. Sobre mi pasado más remoto no podía hablar: La Jefa me lo había prohibido. Y sobre el otro… no quería.
Todo habría seguido así si aquella noche no me hubiera quedado en el Serenata tras el cierre, con la excusa barata de limpiar la cocina.
Pero en lugar de una escoba, tenía entre manos una asquerosa botella de licor de frambuesa que no les gustaba ni a los vampiros.
Iba a tirarla por el fregadero, pero se me ocurrió una idea mejor: usarla de amiga para repasar mis fotos antiguas con Addison, y para acallar el dolor de las cicatrices en mi espalda, que todavía dolían de vez en cuando.
El tintineo de la cortina de cuentas que protegía la entrada me hizo levantar la cabeza de las fotografías grabadas en mi viejo teléfono móvil: Addison con manguitos. Addison con gafas de sol. Addison comiendo arena.
—¿Quién es? —mascullé, sin apartar la vista del teléfono—. Está cerrado.
Teo entró en mangas de camisa, aunque era una noche particularmente fría y ventosa en Ibiza, y debían de ser las tres de la madrugada.
—Me da igual que esté cerrado —anunció—. Resulta que tengo la llave y soy el dueño. ¿Qué haces ahí tirado, Celestine? ¿Te han echado de casa?
Me levanté de golpe, estirándome la ropa y arreglando el delantal, que se me había desatado y me colgaba de una manera muy poco elegante.
—Estaba… limpiando —murmuré.
Teo miró a nuestro alrededor.
La cocina estaba limpia desde hacía un buen rato.
—Yo diría que no te queda ya nada que limpiar. ¿Por qué no te vas y duermes un rato? Mañana abrimos a las diez y los mortales necesitáis dormir.
Asentí y comencé a recoger mis cosas.
—Sí. Ya me iba.
Estiré la mano para coger mi mochila, pero Teo se interpuso.
—Garrett —dijo al fin, sin preámbulos—. Sé que estás hecho polvo por lo de tu hija.
Me quedé quieto.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque no soy idiota. Y tú tampoco disimulas demasiado.
Me encogí de hombros, quitándole importancia.
—Estoy bien. Solo ha sido una semana dura.
—Puedo ayudarte.
—No necesito ayuda. Tengo abogado.
—Debe de ser muy bueno —dijo, mirando la botella abierta a mi lado—, porque estás sentado en el suelo de un bar a las tres de la mañana, bebiendo licor de frambuesa caducado y llorando sobre las fotos de tu hija.
Entrecerré los ojos.
—Confío en él.
—Por supuesto. La fe mueve montañas. Pero, si quieres un empujoncito, sé de alguien que podría escarbar en la basura del ciudadano más ejemplar y encontrar ratas muertas.
Sonreí a medias.
—¿Alguien? ¿Quién?
—Muchos alguienes —añadió, con su característica altivez—. Los mejores en lo suyo. Si tu ex está jugando sucio, tú también puedes hacerlo.
Era cierto que d’Alessandro conocía a la mayoría de gente influyente de las Baleares, y también a muchos de los agentes en las sombras, no siempre del todo legales, que te podían conseguir cualquier cosa que necesitases. Cualquier cosa. Cualquiera.
Sacó un trozo de papel del bolsillo y apuntó un número y un nombre.
—Dile que te manda Teo d’Alessandro. Y que tienes una fosa séptica a punto de desbordar.
—¿Qué? Vivo en un tercero.
—Tú dilo. Ya sabrá de qué va y sacará toda la mierda que necesites.
Acepté el número con educación y me marché a casa, dispuesto a tirarlo en la primera papelera que encontrase.
Pero no lo hice.
Quizá esa noche, sin saberlo, Teo me salvó la vida. O, mejor dicho, me salvó de perder a mi hija, que era lo mismo.
Nunca volvimos a hablar de eso y nunca le di las gracias. Pero cuando me enteré de que se había perdido en la Umbrícora, no dudé en que debía ser yo quien fuera a buscarlo.