Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 31
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Oksana

Me desperté bastante tarde, en una habitación con olor a día de playa en la que entraba el sol a raudales a través de visillos blancos y vaporosos.

Tenía migraña, otra vez. Una de esas gloriosas, con auras multicolores que llegaban como premoniciones, acompañadas de esa sensación inquietante, como si alguien te observara desde dentro del cráneo.

Una experiencia sensorial completa, en cuatro dimensiones.

Deberían comercializarla en cines, con gafas especiales. Habría sido un puntazo.

Mi primera reacción tras abrir los ojos fue escuchar el entorno, en busca de pensamientos: algún vecino; algún paseante a lo lejos, en la calle… Pero nada. De nuevo, solo recibí silencio. Mi telepatía seguía apagada, quizás para siempre.

Al girar la cabeza, mi vista se encontró con una fotografía de Garrett, con el rostro moreno y sujetando a su hija. Esta llevaba dos pequeñas coletas, bañador y manguitos. Ambos sonreían de oreja a oreja.

La imagen me enterneció. Parecían muy felices juntos. Garrett era un buen tipo.

Seguramente, por eso me asustaba tanto.

Me incorporé de golpe, pero fue un error.  La migraña atacó de nuevo al moverme: era como tener a alguien dentro de mi cabeza, golpeando a diestro y siniestro con un bate de béisbol.

Maravilloso.

Su lado del colchón ya estaba frío. Alargué el brazo, busqué mi teléfono y con los ojos entrecerrados traté de enfocar la pantalla.

La migraña me volvía los ojos llorosos, y me costaba leer.

Por suerte, me había dejado un mensaje de voz antes de subir al primer avión en Ibiza, y no tuve que leer nada. Lo escuché, abrazando la manta.

«Glacialina, cuando escuches esto, seguramente estaré volando en el cielo.

Espero que te despiertes feliz y de buen humor.

Yo, desde luego, he despertado con una sonrisa al verte a mi lado.

Lástima que haya tenido que salir escopetado, pero ya sabes…

el deber me llamaba. Te aviso cuando llegue a Bruselas, y después a Bangkok. Un beso.»

Su voz sonaba tranquila y reconfortante.

Se había marchado hacía apenas unas horas, pero el apartamento entero ya parecía otro lugar: demasiado vacío, como si hubiera perdido el alma. Quizás fuera porque había pocas cosas, en general, o quizás porque era tan grande y luminoso.

Recordé la noche anterior; la forma en que Garrett me había tocado: con cuidado, pero con una pasión desconocida para mí hasta entonces. Yo me había dejado llevar y había confiado por primera vez, a ciegas, sin saber lo que él estaba pensando.

Y me había gustado.

Me puse de pie. La cabeza me latía, casi tan fuerte como el corazón al pensar en él.

Menudo pensamiento cursi.

Si lo hubiera leído en la mente de otra, habría vomitado un poquito.

Me acerqué a la cocina, arrastrando los pies, y allí encontré una nota:

«Te he dejado un bol de fruta en la nevera y café en el termo. PD: No desayunes vodka.»

Sonreí, a pesar del dolor de cabeza.

Podría acostumbrarme a esto con gran facilidad.

Mordisqueé los trozos de plátano, kiwi y manzana con desgana.

No me gustaba mucho la fruta. De niña solo me la comía porque mi madre me obligaba.

Pero esto no estaba del todo mal; ventajas de quedarse en casa de un cocinero.

Garrett le había añadido una salsa de miel, frutos secos y canela, y era relativamente comestible.

En realidad, estaba deliciosa. Para ser fruta, al menos.

Mientras desayunaba volví a preguntarme si debería de haberme ofrecido a acompañarle en su viaje. ¿Con eso le habría hecho sentirse mejor, o me habría entrometido demasiado en sus asuntos personales?

El café no lo toqué, porque no me apetecía.

Con esa migraña, no me apetecía ni comer, ni beber… ni prácticamente existir.

Necesitaba irme a casa, tomarme algo para el dolor y encerrarme en mi habitación a oscuras hasta que se me pasase.

Lavé mi plato y salí del apartamento de Garrett, cerrando la puerta tras de mí.

De su casa a la mía había apenas un par de manzanas, y en circunstancias normales podría haber ido a pie.

Sin embargo, mi cabeza estaba a punto de explotar, y además seguía teniendo la furgoneta, que habría que devolver al rent-a-car antes de que Johannes se quejase sobre la factura.

No me sentía en condiciones de ir a devolverla yo misma, pero al menos la aparcaría cerca de mi casa, en algún lugar donde pudiese vigilarla por la ventana.

Que la devolviese Raoul, que para eso le pagaban.

Además, dudaba que a mí me quedase mucho tiempo como empleada en el Serenata.

Aparqué frente al mini-market, en los bajos de un bloque de apartamentos turísticos cercano al mío. Recordé que mi nevera estaba tan vacía como la de Garrett cuando llegamos, y entré en la tienda en vez de subir directamente a casa.

Era básicamente una excusa, porque fui directa a la estantería de las bebidas. Sabía perfectamente donde estaba porque había ido a comprarla allí cientos de veces. Encontré mi marca preferida en una botella transparente con letras azules, brillando bajo las luces de neón del establecimiento.

La sostuve en la mano durante unos minutos.

Conocía perfectamente el peso de esa botella; sostenerla era una sensación familiar y reconfortante.

Había sido mi anestesia durante años. Una solución fácil, aunque cada vez más peligrosa.

Pensé en la historia que Garrett me había contado en su casa; la de cuando Addison llegó llorando del colegio, porque los niños le habían dicho que sus dientes eran raros.

La verdad, lo eran un poco, aunque supuse que era normal en criaturas en desarrollo que todavía estaban perdiendo los dientes mientras les crecían otros.

Sinceramente, yo no tenía ni idea de niños, y para mí, ese fenómeno era sumamente perturbador.

Pero el dato importante era lo que Garrett le había dicho a su hija al respecto. Algo así como:

«La gente dice muchas cosas, pero lo importante es que tú elijas qué creer. No todo lo que te dicen es cierto. Tú eres quien elijas ser, y no quien ellos te dicen que eres.»

Miré la botella otra vez, entrecerrando los ojos para evitar la luz excesiva que bombardeaba mi cabeza.

La sopesé un momento más, recordando la paz que me daba siempre; el silencio que llegaba después de los primeros tragos.

Solté un improperio y volví a dejarla donde estaba.

La gente siempre hablaría.

Pero yo no tenía por qué hacer caso a todo lo que escuchaba.

Garrett tenía razón.

Pagué un bote de desinfectante, gasas, y un maldito zumo de piña. Lo odiaba, pero un poco menos que el de melocotón, y mucho menos que las migrañas.

Fuera, el cielo comenzaba a nublarse. El dolor seguía ahí, torturándome a cada paso.

Saqué el móvil que me había prestado Iris y busqué a Garrett en los contactos. Quería decirle que había comprado un zumo de piña. Que me había encantado su bol de fruta. Que… lo echaba de menos después de pasar tantos días juntos, día y noche.

No sonó. El teléfono estaba desconectado, y saltó el buzón de voz. ¿Quién tenía el buzón de voz activado hoy en día… aparte de Garrett?

«Hey, has llamado a Garrett Celestine… Parece que me has pillado cabalgando una ola, haciendo magia en la cocina o, a lo mejor, solo haciendo un wok normalito, pero aun así necesito las dos manos, ¿sabes?

Deja tu mensaje después del pitido… y si no te devuelvo la llamada en 24 horas, manda refuerzos. ¡Paz!»

—Maldito surfista —murmuré, intentando que no se me quebrara la voz.

Me detuve en mitad de la acera, imaginándolo solo en alguna lejana sala de juicios, en un tribunal lejano y anónimo donde nadie, absolutamente nadie, lo esperaría fuera para celebrar las buenas noticias… o para abrazarlo si las cosas iban mal.

Y, a juzgar por lo poco que había captado durante nuestras conversaciones, había más probabilidades de lo segundo que de lo primero.

Fantaseé con ir a buscarlo. Comprar el billete, meter lo primero que encontrase en una maleta y aparecer allí. Era algo que nunca había hecho, y que ni siquiera me parecía propio de mí. Pero, de pronto, la tentación era muy fuerte.

Abrí la app de vuelos, todavía frente al patio de mi casa y con la bolsa del supermercado en la mano.

Justo entonces, el teléfono vibró en mi mano.

Por un instante pensé que era él, pero era solo Selena.

—¿Sí? —contesté de inmediato.

—Oksana —su voz temblaba un poco—. Es Teo. Ha despertado. Ven enseguida.

La bolsa se me cayó al suelo del shock, y lo primero que pensé fue que menos mal que había comprado un brik de zumo, en vez de la botella de vodka.