Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 30
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Garrett

Me marché al amanecer, temprano, dejándola desnuda sobre mi lecho. Dormida era aún más hermosa; no por su cuerpo, que ya conocía, sino porque el sueño la hacía bajar la guardia, y su rostro por fin se rendía a la paz.

La noche anterior había bajado sus murallas solo por un rato, y me había permitido entrar. Y fue perfecto.

Tan perfecto que dolía marcharse, tras haber probado lo que era tenerla.

Me vestí con un nudo en el estómago, sin saber si aquella sería la última vez que la vería así. Sospechaba que, si conseguía aquello por lo que había luchado tanto tiempo, tendría que renunciar a ella.

Lo había dicho en voz alta, sin rodeos: los niños no eran lo suyo. No estaba hecha para cuidar de nadie más.

Y, aunque esa noche nos hubiéramos sentido como dos mitades del mismo fuego, yo no volvería a separarme de mi hija ni por nada ni por nadie, si es que conseguía recuperarla.

Fue una despedida silenciosa, sabiendo que, a la vuelta, solo podría elegir a una de las dos.

Me detuve en la puerta, con una parte de mí deseando volver a la cama y olvidarme del juicio, del mundo y de todo.

Pero no podía; el avión no iba a esperarme. Y perder ese avión era sinónimo de perder a mi hija. Una línea que no podía cruzar, ni siquiera por una mujer como ella.

Había una época en la que volaba por mi cuenta, pero eso ya no era posible, así que me esperaban casi treinta horas de viaje entre España y Australia. Prácticamente, el extremo opuesto del globo: dos escalas, tres aviones y cuatro aeropuertos.

Cuando por fin llegué al aeropuerto de Sídney estaba exhausto, y solo era el principio del viaje.

Desde el avión reconocí su silueta inconfundible, con sus dos pistas principales recortándose en verde contra el mar, no muy lejos de aquellas playas donde solía hacer surf, o llevaba a Addison a jugar mientras observaba los aviones despegando y aterrizando, como objetos extraños que no pertenecían a mi mundo, porque yo no los necesitaba.

Al salir del aeropuerto me sentí aturdido. Mi cuerpo quería dormir, pero me recibió un día de pleno sol. Por más que en los vuelos intentaran adaptarte al horario del destino, el hábito era más fuerte. Y el jet lag, implacable.

Alegrías de la mortalidad.

Esa tampoco era mi parte preferida.

Miré la hora; no valía la pena pasar por el hotel, así que llamé a Doolan.

—Acabo de aterrizar —le dije.

—El juicio es en tres horas.

—¿Estás en el despacho?

—Claro —respondió extrañado.

—Perfecto. Desayunemos juntos y me pones al día. Quedamos el bar de siempre.

El despacho de Doolan se encontraba cerca de Gouldburn Street, no muy lejos de los juzgados.

El taxi me dejó en una zona de edificios altos y modernos, y busqué la cafetería acristalada donde solía reunirme con mi abogado. Él ya estaba allí, tomando un café con leche y revisando unos documentos que llevaba en su maletín desbordado.

—Tienes mala cara —me soltó sin levantar la vista.

—Digamos que he estado en el infierno.

—Vaya, justo el sitio al que vamos esta tarde. Te va a venir bien el entrenamiento.

—Me encanta que siempre tengas buenas noticias. ¿Qué historias encantadoras tienes hoy para mí? ¿Algún cuento de hadas nuevo, por parte de nuestra querida Alicia?

—Nada fuera de lo común. Abandono, malos tratos, pasado dudoso… ¡Lo clásico!

Resoplé.

—¿Y cómo planea justificarlo?

—Ni idea. Yo creo que no tiene nada, pero está intentando alargar el proceso hasta que la niña sea mayor de edad.

Tragué saliva.

El tiempo pasaba tan deprisa en la esfera humana, que ese plan no me parecía del todo descabellado.

—¿Y nosotros qué tenemos? —le pregunté con pocas esperanzas.

Doolan alzó una ceja, removiendo el café y salpicando los papeles.

—¿Qué fue de aquellas pruebas que encontró tu amigo?

Me mordí el labio.

—Se perdieron.

Doolan no dijo nada durante unos segundos.

Después tomó un sorbo y me miró como si acabara de suspender el examen.

—Tú sabrás lo que haces.

***

Un par de horas más tarde, estaba sentado en el juzgado de familia. El aire acondicionado era casi tan frío como el silencio que se extendía entre los bancos de la sala. Me esforcé por mantener la espalda recta y disimular el temblor de mis manos, apretadas en puños sobre las rodillas.

Al otro lado se encontraba mi exesposa, venida desde Estados Unidos en mitad de un rodaje.

La luz artificial no ayudaba a sus ojeras, ni tampoco el maquillaje o el exclusivo traje de chaqueta beige que llevaba puesto.

El bótox y la cosmética de lujo la mantenían joven y congelada en el tiempo, pero en su rostro había una sombra que no estaba allí cuando la salvé de aquel tranvía en el centro, en lo que parecía una dimensión paralela.

Me pregunté si ahora era más feliz; ahora que tenía todo aquello que siempre había soñado: la fama, la villa en Hollywood, el apellido de su nuevo marido millonario…

Su abogado habló con calma, abriendo la sesión.

—Señoría, solicitamos protección para la menor Addison Celestine.

Mi clienta, Mrs. Hollister, desea preservar la estabilidad emocional y física de su hija, que ha sido víctima de constantes ausencias y una figura paterna inestable.

El señor Celestine, aunque afirma quererla, ha demostrado que no puede ofrecerle un hogar seguro.

Doolan me había recomendado guardar silencio y dejarlo todo en sus manos, así que no me moví ni un milímetro.

Ni siquiera me molesté en protestar, o en explicar lo mucho que me habría gustado haber estado cerca de Addison, si su madre no se la hubiera llevado de continente en continente, haciéndolo bastante difícil en la práctica.

Una a una, desfilaron sus “pruebas” contra mí: informes psicológicos a los que les faltaban páginas, fotografías recortadas, transcripciones de mensajes donde yo aparecía como evasivo, ausente, incluso iracundo (¿de verdad escribí yo eso?

Ni siquiera lo recordaba). No había ninguna mentira absoluta, pero sí muchas verdades maquilladas, que al juntarlas me dejaban en una luz espantosa.

Por último, el abogado de Alicia habló de los “entornos oscuros” en los que yo me movía, de mi “falta de transparencia sobre mi pasado” y de mis “asociaciones con grupos de riesgo”.

Esa sí que era buena.

Si supieran la mitad de mi pasado, no dormirían por las noches.

La jueza asintió lentamente. No habló mucho, sino que se limitó a tomar notas y escuchar.

Doolan fue respondiendo a todo con compostura, pero pronto supe que sus palabras se quedarían cortas. Lo argumentó todo bien, pero no tenía nada que mostrarles. Carecía del impacto de las acusaciones “documentadas” de Alicia. Ellos tenían armas; nosotros, solo escudos.

Después de muchos argumentos cruzados, la jueza entrelazó los dedos sobre la mesa y respiró profundamente. Cuando habló, su tono fue seco e impersonal. Para ella, no éramos más que un trabajo. Algo que debía terminar para poder seguir con su vida.

—Dado el historial de inestabilidad residencial, la escasa documentación laboral del señor Celestine y la preocupación razonable sobre sus entornos personales, este tribunal considerará…

Hizo una pausa.

Sentí el vacío de lo que estaba por llegar.

Iba a perderla.

Abrí la cremallera de mi mochila, despacio.

El dosier seguía ahí; llevaba un año y medio guardado, y nunca se lo había mostrado a nadie.

Lo saqué a medias, dudando.

Podía entregarlo y todo cambiaría, pero otros saldrían perjudicados por mi culpa.

La jueza alzó la mirada.

—Si el acusado no tiene nada más que añadir, este tribunal se reservará la decisión final, que será comunicada en los próximos días.

Levanté la mano.

—Me gustaría añadir algo —dije con voz temblorosa, y todas las miradas se giraron hacia mí.