29
Oksana
Accedimos al apartamento de Garrett por una escalera exterior. Para entonces, el sol ya se alzaba majestuoso sobre la playa de San Antonio.
—No tengo ascensor como vosotras, pero a cambio me quedé con las vistas —dijo Garrett, forcejeando con la cerradura.
La puerta estaba abombada, seguramente por la sal y la humedad, y tuvo que darle un par de empujones hasta que cedió.
Al entrar, noté el típico olor de las casas de la costa: a sal y a madera envejecida, mezclado con un dulce aroma a crema solar.
El apartamento era amplio, abierto, con luz cálida y muy pocos enseres personales.
La mayor parte de las superficies estaban limpias y vacías, a excepción de algunos libros y revistas de viajes, llenos de fotografías coloridas.
Sobre una de las paredes colgaba un mural de fotos en blanco y negro, que en su mayoría mostraban a una niña pequeña en diferentes poses.
—Siéntate —dijo, señalándome un sofá en el salón, que compartía espacio con la cocina, de la que lo separaba una barra—. Déjame ver…
Se puso a rebuscar en la nevera, y mientras observé la tabla de surf que colgaba de la pared, como si fuera una obra de arte.
—Vaya, lo del beicon no va a poder ser —dijo, con la cabeza en el frigorífico—. Y huevos tampoco tengo… Perdona, compré pocas cosas antes de irme.
—Tranquilo. Yo tampoco llené la nevera antes de bajar a los infiernos.
Garrett rio.
—Pero tengo corn-flakes, Glacialina. También mantequilla y pan congelado. ¿Te gusta el Vegemite ?
—¿El qué?
—Tú déjame a mí. Seguro que te encanta. Si quieres, puedes ir al baño y arreglarte mientras tanto. Hay toallas en el armario blanco.
Miré mi reflejo en la puerta de una vitrina: tenía la ropa rota y arrugada, con manchas y restos de batalla por todas partes. Me había aseado un poco en el ferry, sí, pero sin camarote y con prisas, los baños públicos no daban para milagros.
—La verdad… lo agradecería. ¿Estás seguro? ¿No prefieres que te ayude en la cocina?
—Claro que sí. Tú dúchate tranquila. Yo me encargo del desayuno. Y te dejo algo de ropa limpia fuera.
—Gracias —dije, más sorprendida de lo que habría querido admitir.
No estaba acostumbrada a tantas atenciones.
La mayoría de la gente, incluida mi familia, me había tachado siempre de borde, y lo demostraban en la forma en que me trataban. Incluso cuando fingían ser amables, sus pensamientos los traicionaban.
Claro que ahora mi telepatía estaba muda.
Pero, aun así, Garrett no parecía tener capas ocultas. Él era sencillo. Transparente. Lo que veías era lo que había.
Y eso, para alguien como yo, era sorprendentemente reconfortante.
El baño era de estilo anticuado, pero estaba pulcro, sin una sola mota de polvo, sin un solo pelo en la ducha. Al abrir el armario me encontré un par de toallas dispares, con olor a recién lavado y dobladas a la perfección.
Me desnudé y me detuve frente al espejo.
Lo primero que noté fue mi pelo, chamuscado por un lado. Lo mejor sería cortarlo, pero de momento, se podría resolver con una coleta.
Aparte de eso, tenía arañazos y moretones por todas partes, pero nada roto.
Me puse de lado, tratando de ver la herida en mi espalda.
Era difícil, porque los tentáculos de Umbrael me habían golpeado justo en el centro, y esa parte no podía vérmela en el espejo.
Me pareció ver una mancha oscura, pero no dolía demasiado.
Con suerte sería solo un moretón, y desaparecería rápido.
Para haber estado en un plano del que casi nadie regresaba, estaba de una pieza.
No por presumir, pero hasta yo estaba impresionada de mí misma.
Alguien llamó suavemente a la puerta.
—¿Se puede? —preguntó Garrett desde fuera.
—Estoy desnuda —respondí sin pensar.
Al otro lado se hizo un silencio espeso, y escuché a Garrett removerse, incómodo.
—¿Garrett? ¿Todo bien?
—Eh… sí. Solo… te dejo ropa limpia delante de la puerta. Caminaré de vuelta a la cocina. Cuenta hasta cinco antes de salir, para asegurarte de que me he ido.
Hizo una pausa.
—A no ser que quieras que te vea desnuda. En ese caso, cuenta hasta tres.
Sonreí y grité:
—¡Uno!
—Dos.
—Tres…
Puse la mano sobre el pomo de la puerta.
¿Abrirla… o no?
Casi podía sentirlo al otro lado, conteniendo la respiración.
Sacudí la cabeza.
¿Pero qué narices estaba haciendo?
Garrett era mi compañero de misión. Estaba recién salido del infierno (literalmente), seguía colado por su ex, y tenía una hija que lo necesitaba.
—Cuatro, cinco —terminé lentamente—. Voy a salir.
Cuando abrí la puerta, Garrett ya no estaba.
En el suelo me esperaban unos pantalones cortos oscuros, con cordón, y una camisa de botones verde y negra, estampada con hojas de palmera. La clase de prendas que casi nadie podría ponerse sin parecer ridículo. Pero que, de algún modo, a él le quedaban perfectas.
Cuando terminé de ducharme olía a noodles con verduras al wok, y se me hizo la boca agua.
—¿No decías que no tenías comida en casa? —pregunté, extrañada.
—He bajado al súper. El pan estaba enmohecido. Y los corn-flakes parecían chicle.
—Vaya con el cocinero. En casa del herrero…
Rei, y él se encogió de hombros.
—Cocino poco en casa, y no suelo invitar a nadie —dijo, sirviendo los platos.
—Por cierto, tienes un apartamento bonito —respondí, acercándome a una estantería—. Sencillo. Tranquilo. Sin pretensiones. Como tú.
—¿Eso es bueno? —preguntó, poco convencido.
—Créeme, lo es.
Sobre la estantería reposaba un marco con la fotografía de una niña en la playa, con un helado más grande que su cabeza.
—Es ella, ¿verdad? —pregunté—. Addison.
—Sí. Recuerdo bien ese día —dijo Garrett, con aire nostálgico—. Se habían burlado de sus dientes en el colegio, y la llevé a tomar un helado para animarla. No sabía que los niños podían ser tan crueles. Siempre creí que la malicia era solo cosa de adultos.
Me giré, apartando la mirada de su rostro nostálgico, que, por algún motivo, me perturbaba.
—Yo nunca encajé con los otros niños —confesé, sin saber por qué lo decía en voz alta—.
De pequeña siempre se burlaban de mí en todas partes, o me odiaban, o me envidiaban.
Y, para colmo, podía escuchar todo lo que pensaban —añadí con una sonrisa amarga—.
Supongo que, por eso, ahora no soy muy buena con los niños, en general.
Garrett me miró, asintiendo.
—Te entiendo.
Con él siempre sentía que lo entendía todo, sin necesidad de largas explicaciones.
—¿Y el helado le ayudó a superarlo? —pregunté, señalando la foto.
—Puede —respondió con una sonrisa triste—. Aunque creo que le ayudó aún más que le explicase que la opinión de los demás no cambiaba quién era ella realmente. Que era libre de escuchar los comentarios que le gustasen, y de desechar aquellos que le pareciesen injustos.
—Un buen consejo —comenté—. Ojalá me lo hubieran dicho también a mí, a su edad.
—Nunca es tarde para escucharlo —murmuró.
Entonces empujó el plato hacia mí.
—Come, por favor —dijo—. Llevamos días sin comer nada normal. Necesitas coger fuerzas.
Miré el cuenco humeante y los palillos, sin saber ni por dónde coger aquello.
—Creo que es la primera vez en mi vida que desayuno noodles —comenté.
Su rostro se contrajo y dejó caer los palillos.
—¿Habrías preferido leche con cereales?
—¡Es perfecto! —exclamé, al ver que se levantaba a buscar otra cosa.
Me levanté también y lo tomé del antebrazo.
—De verdad. Me encanta.
Lo obligué a sentarse.
Quedamos frente a frente, uno a cada lado de la mesa, nuestros ojos clavados los unos en los del otro.
No había nada que decir; al menos, no todavía.
Comimos en silencio, mientras el cansancio físico y mental comenzaban a descender sobre nosotros. Después Garrett se excusó para ir a la ducha, y yo me tumbé en su sofá color arena, mientras un canal de la tele emitía videoclips musicales.
Tomé una manta suave de color espuma de mar y me cubrí con ella. Cerré los ojos, escuchando la música mientras esperaba a que Garrett regresase.
No recuerdo mucho más; debí de quedarme dormida de inmediato. Cuando volví a abrirlos, el sol anaranjado entraba a raudales por los ventanales del balcón, y Garrett, sentado en una butaca frente al sofá, hojeaba una revista de surf, con ropa nueva y el pelo lavado.
—Buenos días —me saludó con voz dulce, apoyando la revista sobre las rodillas—. Parece que eres humana, después de todo. Empezaba a tener dudas.
Me desperecé y disimulé un bostezo.
Mi primer instinto fue rebuscar en el aire, tratando de captar algún pensamiento que me diese pistas sobre dónde estaba, y qué había ocurrido mientras dormía. Pero no hallé nada, claro.
—¿Qué hora es? —pregunté, algo confusa.
—Hora de almorzar. O de merendar. O... de cenar, según qué horario sigas.
—Trabajo en el Serenata —dije, volviendo a cerrar los ojos para bloquear el sol de la tarde—. Ya sabes qué horarios seguimos allí.
Él sonrió de nuevo, asintiendo.
—Horarios inhumanos —comentó, y pareció muy satisfecho con su juego de palabras—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí. Es solo que…
—¿Qué?
Dudé un momento.
Me daba miedo decirlo en voz alta.
Era como si, al decirlo, estuviera aceptando que aquello existía. Que era parte de la nueva realidad. Una realidad que no estaba segura de que me gustase.
—Desde que regresamos, es como si mi telepatía se hubiera apagado por completo —dije finalmente, dejando las supersticiones a un lado—. Hay un silencio absoluto. No oigo nada de nada. Es extraño. Es…
—¿Aterrador?
Asentí, recordando las cicatrices de su espalda.
—Sí —admití—. Es difícil perder algo que dabas por sentado. Algo que pensabas que te definía. Que era parte de tu ser, de quién eras…
—Lo es —respondió escuetamente.
—Otra vez estás hablando como Raoul —dije, aunque, en el fondo, no se necesitaba decir más.
Sabía que él, más que nadie, entendía cómo me sentía.
Garrett apartó la revista y se sentó junto a mí en el sofá. Encogí las piernas para dejarle sitio, y él tomó uno de mis pies entre sus manos calientes.
Comenzó a masajearlo lentamente por toda la planta y el empeine, desde el dedo meñique hasta el tobillo, deteniéndose un buen rato en el talón, magullado por las botas.
Cerré los ojos, dejando escapar leves gemidos de placer.
Después de lo que habíamos pasado, aquel masaje era un placer celestial, verdaderamente orgásmico. Cuando por fin terminó, me sentía como si flotase en una nube.
—Eso ha sido maravilloso —dije, exhalando toda la tensión que me quedaba dentro.
—Sé hacer cosas aún mejores —respondió con aire misterioso.
Abrí la boca, sin saber qué decir. Él bajó la mirada, casi como si se arrepintiera de haberlo dicho.
Me acerqué a él, sin pensar. Le tomé la mano y sentí la aspereza de sus nudillos, las cicatrices típicas de un cocinero y el calor bajo la piel.
—¿Sabes qué es lo peor de perder la telepatía? —susurré—. Que ahora tengo que adivinar las intenciones de los demás. Que tengo que lanzarme a ciegas y confiar. Y eso no se me da nada bien.
—Puedes confiar en mí —dijo.
Me abrazó, y le puse las manos en la cintura. Lentamente, tanteando sus reacciones, las pasé por debajo de su camisa y fui subiendo hasta el lugar que más deseaba acariciar. Mis manos quedaron justo sobre sus omóplatos, firmes bajo la tela suave de su camisa floreada.
Él se quedó inmóvil, invitándome a continuar.
Con la punta de los dedos, recorrí lentamente la zona donde sabía que se ocultaban las cicatrices.
Garrett se estremeció, y me miró como si todo el universo hubiera desaparecido, y solo quedásemos nosotros dos.
—Aunque, creo… —añadí—, creo que contigo no es tan terrible no poder escuchar tu mente. Porque te entiendo más que a nadie.
Asintió, sin dejar de mirarme.
—Y me parece que tú… —continué—, que tú me entiendes a mí también.
Entonces me besó: un beso de fuego, de pasión contenida, como si acabase de lanzarse al abismo, y el único paracaídas fuera yo.
Su beso fue tan ardiente que sentí vértigo.
Ladeé la cabeza en dirección al dormitorio, y Garrett me levantó en volandas. Me llevó hasta allí sin dejar de mirarme, riendo en voz baja mientras le intentaba desabrochar los botones de la camisa, acunada entre sus brazos.
Me dejó en la cama y se sentó al borde, y ahí terminé de quitársela. La dejé caer al suelo y me puse detrás de él, con las manos sobre sus hombros, admirando sus cicatrices. Brillaban bajo la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas.
Apoyé los labios sobre una de ellas, justo donde alguna vez nacieron sus alas.
Luego las besé. Recorrí las cicatrices despacio, como leyendo un idioma secreto escrito en su piel.
Lo imaginé alado, esplendoroso, como debió de ser algún día: una criatura mágica y poderosa, capaz de hacer cosas que yo no podía ni imaginar.
Era extraño pensar en todo lo que habría visto aquel hombre, aquel ángel, durante siglos, o quizás milenios.
—Te las devolvería, si pudiera —susurré, apoyando la mejilla sobre su piel.
—Tú ya me estás devolviendo algo que pensé perdido —respondió él, girándose hacia mí y tomando mi rostro entre sus manos.
Me tumbó sobre las sábanas con una delicadeza que jamás había visto en ningún ser humano y me desabrochó la camisa de palmeras, sonriendo.
—No era tu estilo —admitió, sosteniéndose por encima de mí sobre manos y rodillas—. Pero me encantaba vértela puesta.
Entre caricias, me ayudó a quitarme lo demás, sin romper ese silencio cómplice que habíamos creado. Me devoraba con los ojos, admirando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Fue sembrando besos diminutos por mi piel, hasta que quedamos desnudos frente a frente.
Sus manos reptaron por debajo de mi cintura, subiendo por mi cuerpo. Cuando alcanzó la herida sin darse cuenta, sentí una punzada y arqueé la espalda.
—¿Te duele? —preguntó, alarmado.
—No. Solo… no es el mejor sitio ahora mismo —dije, guiando sus manos hacia mis pechos—. Aquí están mejor.
Garrett rio y no protestó en absoluto.
Cuando entró en mí, mi cuerpo se estremeció como si recordara al suyo, aunque nunca lo hubiera tocado antes.
Nos buscamos con hambre, encajando a la perfección.
Había tanta intensidad, y a la vez tanta vulnerabilidad en sus caricias, que me sentí como si fuera la primera vez que hacía el amor con alguien.
Nos deshicimos el uno en el otro, como dos llamas que al tocarse no se apagan, sino que arden más fuerte.
Esa noche no hubo máscaras. No hubo bromas, sarcasmo ni escudos. Solo dos cuerpos que se reconocían, dos fuegos distintos que al tocarse no se apagaban, sino que ardían con más fuerza.
Nos fundimos sin prisa, sin temor.
Como si, por fin, hubiéramos encontrado algo a lo que aferrarnos.
Algo por lo que quedarse.
Algo por lo que volver.
Algo que valiese la pena, a pesar de haberlo perdido casi todo.