28
Oksana
Apenas amanecía cuando conseguí sacar aquella horrible furgoneta blanca del típico cuello de botella que se formaba tras la llegada del ferry al puerto de Ibiza.
Habíamos viajado en ferry toda la noche, y acabábamos de desembarcar.
El mar iba pasando de negro a anaranjado a nuestras espaldas, mientras me esforzaba por sortear el tráfico con aquel vehículo bastante más grande de los que estaba acostumbrada a conducir.
Encima, Mina se quejaba sin parar de que apretaba demasiado el acelerador.
Había tenido que pelearme con ella para que me dejase tomar el volante, pero al final había cedido y ahora compartía con Iris los dos asientos del banco delantero.
Después de todo lo ocurrido, yo estaba demasiado cansada para soportar sus estupideces y su conducción de tortuga coja. Y, además, necesitábamos que Selena viese a Teo cuanto antes. Si Mina hubiera conducido, estaríamos aún en la península.
Mientras avanzaba por la carretera, tenía la sensación constante de que algo nos seguía. Debía de ser una mezcla entre el estrés y el pánico que había vivido en los últimos días; no era fácil volver a la vida normal después de algo así.
Recordé el trayecto desde las ruinas de Edeta hasta el puerto.
Garrett les había hecho a Iris y Mina un resumen de lo ocurrido.
Después, en el ferry, habíamos tratado de dormir en unas butacas extremadamente incómodas.
Por motivos obvios, tuvimos que dejar a los dos vampiros en la furgoneta mientras duró la travesía en barco.
Ahora, por fin de vuelta en la isla de Ibiza, la brisa entraba por la ventanilla, trayendo olor a tierra, a sal y a algo que olía a “hogar”, o lo más parecido a eso que había sentido en años.
Pero el silencio dentro del coche se había vuelto espeso, mientras cada uno le daba vueltas a sus propios problemas por resolver.
Garrett parecía estar rumiando acerca de su conversación con el abogado. Aunque no la llegó a compartir con nosotros, era bastante fácil de adivinar.
Iris lloraba a ratos, preocupada por Teo.
Y yo…
Yo me preguntaba qué sería de mi futuro en la agencia.
Ahora que en mi cabeza ya solo había silencio, iba a servirles de poco.
Había pasado de captarlo absolutamente todo de niña, sin desearlo, a ir fallando de vez en cuando durante las misiones del Serenata. Pero nunca pensé que llegaría tan rápido a esto: a este silencio absoluto, tan vacío que daba vértigo.
Era difícil saber si aquello sería temporal o definitivo, pero si lo era… Si lo era, no me imaginaba mi vida siendo solo camarera, después de todo lo que había hecho y visto en el Serenata Nocturna.
Observé mis nudillos, blancos sobre el volante. De reojo, a través de la reja que separaba el compartimento de carga, atisbé la figura de Garrett con la cabeza gacha, sentado sobre uno de los cajones de madera. Desde que dejamos el barco, apenas había dicho una palabra.
—Entonces… ¿qué creéis que pasó con Emmanuel? —preguntó Mina de pronto, en voz muy baja, como si temiese despertar a Teo.
Sentí una oleada de pánico al revivir esos últimos segundos en la Umbrícora, y no pude contestar.
Me centré en la carretera y decidí dejar la respuesta a Garrett. Él guardó silencio unos instantes. Al final, carraspeó, enredó los dedos en la reja separadora y se inclinó hacia delante.
—Hizo lo correcto —dijo al fin, sin mirar a nadie—. No creo que sobreviviese, pero se comportó como un héroe, y gracias a él, su hermano ahora está aquí. Espero que descanse en paz… y que ya no esté en ese lugar sin nombre, atrapado con la loca de su madre.
Giré hacia el norte, tomando una carretera secundaria flanqueada de pinos y alguna que otra palmera. Iris apoyó la frente en la ventanilla, observando los rayos del amanecer con absoluta desolación.
—Garrett, comprueba que las cajas estén bien cerradas, por favor —murmuró sin girarse.
—A cal y canto, querida —respondió él, moviendo un poco las mantas de arpillera que cubrían nuestra extraña carga. Luego dio un par de golpecitos sobre una de las tapas—. ¿Qué tal por ahí dentro, profesor Ellington?
—Un paseo encantador y nada claustrofóbico —surgió su voz de las profundidades.
—¡Aguanta, cariño! —lo animó Mina, encaramándose a la reja y haciendo bocina con las manos—. Ya falta poco.
—¿Tienes claro a dónde vamos, Glacialina, o estamos dando vueltas por toda la isla? —preguntó Garrett.
—No me distraigas con tonterías si quieres llegar de una pieza, Celestine. Lo de tirarte a la cuneta sigue en pie.
Garrett estuvo a punto de responderme algo, pero su móvil vibró otra vez. Sacó el aparato y contestó en voz baja. Era difícil oírlo con el ruido del motor, pero aun así capté algunas palabras.
—¿Sí?... Entiendo… De acuerdo. ¿Entonces hoy… no es posible? —Una pausa larga, más grave que cualquier otra palabra—. Bien. Mañana por la mañana, si no hay nada mejor…
—Por cierto, ¿te quedaste sin móvil? —me preguntó Iris, mientras Garrett hablaba.
Asentí.
—Fue una tontería llevármelo, la verdad.
—Si quieres, tengo uno de reserva en casa de Teo. Puedes usar ese hasta que te compres otro.
Le di las gracias mientras Garrett colgaba. Quizás Iris no fuera tan insoportable, después de todo.
—¿Tu abogado? —le pregunté a Garrett sin girarme, para no parecer demasiado interesada en la respuesta.
Él asintió, los hombros tensos.
—Tengo que estar en Sídney antes del miércoles, o perderé el juicio por no presentarme. Doolan me está ayudando a encontrar un vuelo.
Me puse firme de golpe, olvidando a mis compañeras que estaban al lado.
—¿Vas solo? ¿Sin descansar siquiera?
—Claro —dijo con una risa sin humor—. No puedo perder a Addison.
—Pero… ¿tienes algún amigo allí? ¿Alguien que te apoye durante el juicio?
Se encogió de hombros.
—Ah, sí, tengo amigos surfistas, aunque hace mucho que no los veo. Pero estará mi abogado, de todas formas. Es un buen tío. Lo conocí en un bar de la playa.
Estuve a punto de ofrecerme a ir con él, pero comprendí de inmediato que habría estado fuera de lugar presentarme en el juicio contra su exmujer sin ser invitada.
Era curioso que pudiera acompañarlo al mismísimo inframundo sin que nadie alzara una ceja, pero habría sido raro que quisiera apoyarlo en un proceso que, a todas luces, era injusto para él.
—¿Es por la custodia de tu hija? —preguntó Mina muy seria.
—¿Sabías que tenía una hija? —la interrumpí, extrañada.
Mina e Iris me miraron como si fuera una extraterrestre.
—Pues claro —dijo Mina con los ojos como platos—. ¿En qué planeta vives? Desde que conozco a Garrett ha estado luchando por la custodia de Addison. ¿De verdad no lo sabías?
Me encogí de hombros.
—Pues… no. O sea, me lo dijo hace poco. Sabía lo de sus juicios, pero pensé que eran por la casa, o algo así.
—Cómo se nota que no te interesan NADA los niños —comentó Mina, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. Es como si bloqueases toda la información relativa a ellos.
Me encogí de hombros y detuve la furgoneta frente a la villa de Teo, aunque nadie se movió del asiento.
—Raoul dice que ahora viene, y nos ayudará a bajar los cajones —dijo Iris, alzando la mirada del móvil con los ojos enrojecidos.
—No hace falta. Ya los bajo yo —dijo Garrett—. ¿Me ayudas, Oksana?
Lo miré con el labio torcido. ¿Estaba loco?
Que lo bajase Raoul. Yo estaba molida. Y sospechaba que pronto empezaría a dolerme la cabeza otra vez.
—Creo que ya viene por ahí —dije, señalando vagamente con la mano hacia la verja de la casa.
La figura gigante de Raoul apareció entre las sombras del porche de la casa, caminando a grandes zancadas.
No llevaba su típico traje negro; solo unos pantalones de bolsillos color caqui y una camiseta negra que parecía a punto de explotar.
Sin duda, debía de ser difícil encontrar ropa de talla hombre lobo.
—¡Mete la furgoneta en el garaje! —me dijo, indicando la dirección con las manos.
Asentí y entré en el garaje cubierto. Una vez dentro, Raoul abrió la puerta trasera y liberaron a Leonard.
Este salió, alisándose la ropa, y se unió a Raoul y a Garrett para transportar el otro cajón hasta el interior de la casa, que estaba a oscuras, con todas las persianas bajadas.
Iris los seguía de cerca, en silencio, e iba encendiendo las luces a su paso.
—¿Selena está aquí? —pregunté, mirando a mi alrededor la casa vacía.
—Vendrá esta tarde —respondió Raoul con un gruñido, soltando el cajón en medio del lujoso salón minimalista.
—¿Todavía sigue enferma? —dije, extrañada—. ¿Pero qué narices le pasa?
Raoul me miró fijamente durante unos segundos larguísimos.
—Nada —respondió secamente.
Mina me miró de reojo con una pregunta muda.
—Cuánto misterio, por favor —me susurró al oído cuando Raoul desapareció en la cocina.
—Pero, ¿ya está mejor? —le gritó luego a Raoul desde el salón.
—Sí —respondió él sin dar más información.
Iris se dirigió a todos nosotros.
—Oksana, Garrett, creo que deberíais volver a casa y descansar lo que podáis. Habéis hecho un trabajo durísimo, y os estaremos agradecidos siempre. Pero ahora no hay mucho más que podáis hacer por Teo.
Me tendió su teléfono viejo, y yo lo metí en el bolso, por si acaso.
—Leonard y yo nos quedamos —dijo Mina—. No vamos a dejarte sola en esta casa tan grande. Te voy a preparar un curry. No has comido nada normal desde hace días.
Iris asintió.
—Gracias. Gracias a todos.
Asentí, aceptando su agradecimiento sin decir nada más.
—Todo saldrá bien, ya lo verás —dijo Garrett, abrazándola en despedida.
Yo no la abracé. Habría sido raro.
Luego regresamos a la furgoneta, solos Garrett y yo.
—Te llevo a casa —dije sin mirarle, poniendo el motor en marcha—. Supongo que tendrás que hacer la maleta. Y dormir un poco.
Garrett asintió, mirando por la ventanilla.
—Necesito muy poco equipaje —dijo con cierta amargura—. No me interesan las posesiones materiales.
Me giré un instante y me encontré con su rostro de querubín, con los ojos azules y los cabellos dorados.
Me pregunté cuántos siglos, o quizás milenios, habría vivido como un inmortal.
¿Habría tenido una casa, posesiones… algo que fuera solo suyo?
¿O simplemente habría existido, como la luz, sin nada más que él mismo?
—Esta vida debe de ser muy rara para ti —comenté, pensando en voz alta.
Garrett sonrió.
—Rara, sí.
—Ya hablas con la misma elocuencia que Raoul.
Esta vez estalló en una carcajada.
—Dime que es un cumplido.
—No lo es. El pobre no era el más brillante de la clase de lengua, eso seguro.
—¿Sabes? A veces eres un poco mala, Glacialina.
Me encogí de hombros.
—Ninguna novedad. Siempre lo he sido.
—Uno siempre puede cambiar.
—Generalmente, a peor.
—Me encanta lo positiva que eres siempre.
—Y a mí lo equivocados que están los que creen que pensar en positivo puede cambiar una realidad de mierda.
Garrett se calló de golpe, y me arrepentí de inmediato de haberle hablado así.
—Yo… disculpa. No iba por ti —dije, aunque ya era tarde.
—No pasa nada. Tienes razón —respondió con voz casi inaudible.
Aparqué bajo su bloque de apartamentos: un edificio de playa, no muy lejos del Serenata.
—Supongo que aquí termina nuestra aventura —le dije.
De pronto, me sentí decaída al pensar que ahí terminaba todo. Después de todo lo vivido, íbamos a despedirnos así, con un “choca esos cinco” en la puerta de su casa.
Garrett bajó del coche, aún un poco tambaleante. La camisa negra de Leonard le colgaba floja sobre el torso, vendado por Mina mientras estaba inconsciente. Quise decir algo más, pero él se me adelantó.
—Supongo que no querrás subir a desayunar conmigo —dijo, con la mirada fija en mis labios.
Sonreí, sin poder evitarlo.
—¿Desayunar? —repetí.
Comer era lo último en lo que pensaba en ese momento.
—Ya sabes, para celebrar que no nos mató ese maldito pulpo gigante, o lo que fuese…
Ni siquiera fingí pensármelo.
—¿Tienes vodka en casa? —pregunté, bajando del todo la ventanilla.
—No. Y son las nueve de la mañana, por cierto.
—¿Ginebra? Ya es de noche en Australia, así que tenemos vía libre.
—Tampoco. Lo siento.
Garrett se apoyó en el marco de la ventanilla, de modo que sus ojos quedaron a la altura de los míos.
—¿Entonces qué demonios beben los surfistas cuando celebran cosas? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
—Agua de coco y kombucha, Glacialina. Somos gente sana, y el mar no es ninguna broma.
Puse los ojos en blanco.
—Eres peor que Mina.
—No te creas. También tengo espinacas congeladas, si prefieres un batido verde. O puedo hacer huevos con beicon, si prefieres algo más… —Me miró con intención—. Algo más carnívoro y contundente .
Solté un suspiro dramático y apagué el motor de la furgoneta.
—No me gusta mucho nada de lo que tienes, pero me sacrificaré —dije, sacando la llave del contacto, y por primera vez en días, me sentí de un humor maravilloso.