27
Oksana
—Está despierta —susurró la voz amortiguada de Mina desde algún lugar cercano.
Parpadeé en la penumbra. La luz trémula de unas velas arrojaba sombras temblorosas sobre paredes de roca. El aire olía a polvo antiguo, a humedad y a cera derretida. Pero lo más inquietante no era el lugar en sí, o lo que había en él, sino aquello que faltaba.
Aturdida, traté de escuchar, pero solo encontré silencio. Un silencio mental tan puro, tan absoluto, que resultaba insoportable.
Faltaba el murmullo constante de las mentes ajenas. Esa maraña de pensamientos, a menudo ininteligibles, había sido mi condena y la banda sonora de fondo de toda mi vida adulta, y despertar sin poder oírla me hizo sentir perdida.
Una gota salpicó por detrás de mí, en una esquina, y escuché la respiración de Mina a mi lado, esperando una respuesta.
Me incorporé sobre los codos, y cada músculo protestó poniéndose tenso, mientras mis huesos se quejaban, recordándome todos los golpes recibidos.
Estaba sobre un lecho improvisado de mantas ásperas, cuyo tejido burdo dejaba pasar el frío de las losas de la cripta.
Miré alrededor. A mi lado, Garrett yacía inconsciente. Dormía sobre un costado, con el cuerpo lleno de vendas y rasguños. Aun así, en su letargo, su expresión era serena. Parecía extrañamente vulnerable, casi dulce.
La camisa negra que llevaba no era suya. Era demasiado grande y demasiado aburrida para alguien como él. Seguramente era de Leonard; aquel tipo era un estirado, y solía usar ese tipo de ropa.
Garrett suspiró en sueños y sonrió un poco. Mi pecho se contrajo, con algo que parecía ternura.
—¿Dónde está Teo? —pregunté con miedo a saber la respuesta.
Estaba claro que no estaba ahí, tendido en el suelo junto a nosotros, y, en mi opinión, eso era una mala señal.
Mina no respondió al instante. Solo me señaló una esquina de la cripta. Mis ojos siguieron su dedo y se toparon con un sepulcro de piedra tallada.
—¿Qué…?
Me obligué a ponerme en pie, aunque mis piernas parecían hechas de plomo.
Traté de buscar alguna mente que me diese pistas. Necesitaba oír algo, cualquier cosa: de Mina, de Garrett o de quien fuese; pero el vacío me golpeó de nuevo. Solo un pozo sin fondo, donde antes había un zumbido constante.
Me mareé un poco estando erguida y me agaché de nuevo, con la cabeza entre las rodillas. Vi mis brazos sucios, llenos de manchas negruzcas.
—¿Puedes andar sola? —preguntó Mina con preocupación.
Asentí, apoyándome en ella. Mi mano buscó instintivamente la pared rugosa para sujetarme también del otro lado. Me dolía hasta respirar, pero no iba a ser débil frente a los otros.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Mina, frotándome el brazo con cariño.
—He tenido resacas peores —respondí con tanta indiferencia como pude.
Mina me miró, extrañada. Empezaba a parecerme a Garrett, haciendo chistes malos en los peores momentos.
—Dama de hierro, ¿eh? —murmuró, con una risa triste—. Entonces, ¿no estás herida? Tienes el pelo quemado. Y la camiseta rota. Y no sé qué es esa sustancia negra que llevas por todo el cuerpo, pero…
—Bah. Solo un par de moretones, sangre de troll y un rasguño en la espalda. Nada que no se cure con reposo y desinfectante.
—Entonces estás bastante mejor que Teo… Ven, échale un vistazo.
Nos acercamos al sepulcro. Era casi hermoso, todo gris y tallado con símbolos florales. Dentro, Teo yacía inmóvil, más pálido que nunca, con las manos cruzadas sobre el pecho. Por suerte no tenía tapa; de lo contrario, habría parecido ya enterrado.
Contuve la respiración.
—¿Está…?
—No lo sabemos. No responde y está frío, aunque en…
ellos … podría ser normal. Necesitamos que Selena lo vea, porque no se ha movido desde que cruzasteis el portal.
Leonard y yo estuvimos allí día y noche, esperándoos.
Aparecisteis de la nada, y os trajimos hasta aquí. Has dormido durante diez horas.
Rocé la frente de Teo, que estaba fría. Su pecho se mantenía inmóvil, sin respirar.
—Garrett dijo que la Umbrícora podía destruir a cualquiera, si permanecía el suficiente tiempo en ella —murmuré, sin apartar la vista de Teo.
Mina me devolvió una mirada dura.
—No digas eso. Se recuperará.
—Tú no viste lo que yo —respondí con voz lúgubre—. Cuando lo encontramos, parecía un fantasma. Ni siquiera se esforzaba ya por liberarse.
Un sonido sordo nos interrumpió: un golpe seco, madera contra piedra. La trampilla del techo se abrió y cayó una nube de polvo.
—Ya lo tengo todo arreglado —dijo Leonard, descendiendo con un salto felino. Tenía los brazos llenos de bolsas del supermercado—. Salimos en cuanto Oksana y Garrett despierten… ¡Oh! Me alegra verte ya en pie, Oksana.
—¿Salimos hacia dónde? —pregunté, todavía algo aturdida.
—Ibiza —respondió Mina con paciencia—. Hay que llevar a Teo a casa cuanto antes. Leonard e Iris salieron hace horas a organizarlo todo, y yo me quedé aquí, cuidando de vosotros tres. —Se giró hacia Leonard—. ¿Habéis encontrado la manera de transportar a Teo, cariño?
—Tendrá que viajar en el maletero —anunció él, cruzándose de brazos—. Iris ha conseguido una furgoneta de reparto, sin ventanas traseras. Y un par de cajones de madera bastante grandes para evitar que entre la luz.
—¿Teo viajará en el maletero de una furgoneta? —pregunté, con el ceño fruncido.
—No es lo ideal, pero es discreto —respondió Leonard—. Yo iré con él, para asegurarnos de que todo va bien; aunque nadie preguntará. Acabo de volar al puerto y he untado al responsable de seguridad del ferry. Y os he traído sándwiches.
—Buen trabajo, cariño —dijo Mina, acercándose a él y besándolo en la mejilla mientras él la rodeaba por la cintura—. ¿Dónde está Iris?
—Está arriba, al teléfono con Johannes —respondió él—. ¿Qué tal Garrett? ¿Pensáis que podríamos darle un empujoncito para que se despierte antes de que se haga demasiado tarde? Son ya casi las nueve de la noche, y, si nos damos prisa, podremos evitar las horas de sol.
En ese instante, Garrett se removió un poco. Un suspiro escapó de sus labios y sus párpados temblaron. Habló con la voz rasposa de alguien que regresaba de muy lejos:
—Glacialina…
Me tendió la mano, entreabriendo los ojos con una sonrisa. Corrí y me arrodillé a su lado, tomándola entre las mías.
—Y luego dicen que los vampiros son inmortales —murmuró arrastrando las palabras—. Mirad a esta chica de aspecto inocente… salió del mismísimo infierno sin un solo rasguño…
—Inocente, inocente… no sé —comentó Mina con una sonrisa traviesa.
Me agaché, mirándolo directamente a los ojos, y sentí que el mundo entero vibraba bajo mis pies.
Sus ojos azules me buscaron en la penumbra, y yo me acerqué un poco más, atraída por la paz de su rostro.
—Estás aquí —dijo, apenas en un susurro, acercándose como para besarme. Pero luego se dejó caer de nuevo, agotado—. Lo conseguimos.
Asentí, con el corazón saltando en el pecho. A pesar del dolor en mi cuerpo, del miedo que todavía sentía, y del silencio mental que me envolvía, ver que Garrett había regresado me hizo sentir mil veces mejor.
Después de todo, había sido mi compañero en aquel terrible viaje. Y, ahora, yo era la única que sabía que aquel hombre guardaba más secretos que todos los demás juntos en esa cripta, y eso no era decir poco.
Un móvil vibró sobre una de las lápidas, resquebrajando la quietud de nuestro reencuentro.
—Es el tuyo, Garrett —dijo Mina—. Por cierto, no ha parado de sonar desde que os fuisteis. ¿Qué operadora tienes? El mío aquí abajo no tiene señal.
—Eso es porque usas compañías cutres de prepago, Lechuguita —se burló Garrett con voz débil, aunque su sonrisa duró poco.
Mina le devolvió su teléfono, y él frunció el ceño al ver la pantalla.
—Es mi abogado —murmuró, cancelando la llamada—. Disculpadme un momento.
Se levantó con dificultad y se encaminó a la escalerilla que llevaba arriba, a la iglesia. Leonard trató de ayudarle a subir, pero Garrett alzó una mano, rechazando su ayuda con orgullo. Leonard se encogió de hombros y lo dejó hacer, aunque estaba claro que le costaba salvar los peldaños.
Escuchamos sus pasos resonando sobre nuestras cabezas, y su voz se coló a través de la trampilla abierta:
«¿Cómo que no me presenté a tiempo al juicio?
Te dije que no estaría disponible durante unos días…
Haré lo que haga falta… Mañana mismo, si es necesario.
No, no… ¡Maldita sea, Doolan! ¿Es que no puede ser por videollamada?
No puedo creer que esto esté sucediendo.
Claro que sí. Sabes que Addison es lo único que me importa. »
Al parecer, el infierno no venía siempre en forma de demonios o cavernas oscuras. A veces, era una sala de tribunal, o las consecuencias terribles de una decisión pasada.
Y a veces, era la certeza de que justo cuando habías empezado a enamorarte de alguien, ya estaba a punto de marcharse al otro extremo del mundo, en busca de aquello que realmente le importaba.