26
Garrett
Hacía doscientos años que no veía a Emmanuel d’Alessandro, pero su aspecto no había cambiado demasiado.
O tal vez sí.
Estaba más pálido y delgado; hacía mucho que dejó de ser aquel joven de dieciocho años que un día decidió jugar a ser espiritista junto a la tumba de su madre.
Aún tenía el mismo porte de aquel muchacho insolente que le hacía trampas a su hermano, pero su mirada era distinta: vacía, agotada, como si hubiera olvidado que un día fue humano, y ahora fuese solo un cascarón hueco, lleno de sombras.
La Umbrícora lo había transformado, igual que hacía con todo el mundo.
Teo estaba frente a él, sentado en un sillón de respaldo tallado, el rostro macilento. Con los ojos entrecerrados, estudiaba el tablero de ajedrez. Sus brazos y tobillos estaban atados con cordones de sombra a columnas salomónicas de mármol blanco, pero no parecía interesado en escapar.
Oksana, ignorando al otro, se arrodilló junto a Teo de inmediato.
—¡Teo! —susurró, tocándole el brazo con manos temblorosas.
Este la miró, sin más. No habló, ni sonrió, ni siquiera pareció reconocerla.
Luego volvió a mirar el tablero de ajedrez que había frente a él, como si fuera lo único que le interesara en el mundo.
Las piezas estaban colocadas en posiciones caóticas, y sospeché que la partida se había jugado durante horas, o quizás días, sin normas claras y sin sentido.
—Habéis venido —dijo Emmanuel desde el otro extremo de la mesa.
Se levantó, sujetando una reina blanca entre los dedos. Comenzó a caminar lentamente, con el mismo porte de caballero incomprendido que ya tenía de adolescente.
—¿Quién iba a pensar que el cascarrabias de mi hermano llegaría a hacer amigos? —dijo con ironía—. Siempre fue un amargado, incapaz de ver más allá de la punta de sus botas. Mi Señora me pidió que lo ejecutase, pero le concedí una última partida de gracia. Por los viejos tiempos.
—Lleva dos siglos buscándote —le espeté—. Tratando de ayudarte a regresar. ¿Y eso es todo lo que puedes decir sobre tu hermano?
—¿Regresar? —rio Emmanuel—. Yo no quiero “regresar” a la miseria de la mortalidad. Pronto el mundo entero será nuestro, y junto a Mi Señora reinaremos en todos los planos de la existencia.
Así que era cierto.
Su madre, La bruja oscura de los portales, había conseguido su objetivo. No había muerto, y se había convertido en la cabecilla de los Liberadores de la Umbrícora, como siempre había soñado. Como siempre había temido La Jefa.
—No puedo creer que le hiciera esto a su propio hijo — dije escupiendo las palabras, mirando a Teo encadenado. Después miré a Emmanuel—. A sus dos hijos, realmente.
—¿Y tú, Igniel? ¿Tú has sido un buen padre? —replicó Emmanuel, entrecerrando los ojos.
Sus palabras envenenadas me golpearon como un dardo.
El suelo tembló. Umbrael estaba cada vez más cerca.
—No eres el único que ha estado espiando a los demás —añadió Emmanuel, de pie y apoyando los codos en el respaldo de la silla—. Por cierto, siento lo de tu caída. Una jugada absurda. Incluso para mis estándares.
—¿Te arrepientes de lo que hiciste? —pregunté, ignorando sus ataques—. Te has convertido en el peón de tu madre y en carcelero de tu propio hermano. ¿Qué te ofreció a cambio?
Otro estruendo sacudió la torre, esta vez, más fuerte. Las columnas vibraron. Oksana alzó la vista, alarmada. Sentí el pulso de aquella criatura milenaria, inmune a mi fuego y a cualquier arma humana conocida, aproximándose de manera inexorable.
Extendí una mano tras la espalda, invocando pequeñas chispas.
—Habéis despertado a Umbrael —dijo Emmanuel—. Nadie puede derrotarlo, de modo que vuestros minutos están contados. Aunque tú sabes salir de aquí, ¿verdad, Igniel? Todos los ángeles tienen la habilidad de viajar entre planos. ¿Esa sí que la conservaste? ¿O te pasó como con las alas?
Maldito humano podrido.
Otro estruendo sacudió la torre y las paredes trepidaron. Afuera, en La Ciudad sin Sol del décimo círculo, las sombras comenzaron a huir. Un rugido tronó por los corredores del palacio.
Teo siguió en la misma posición, como drogado, mientras Oksana mantenía una mano sobre su hombro con aire protector. Observé las cadenas que lo sujetaban; parecían ataduras mágicas, que solo podría soltar el que las había creado.
—Suelta a tu hermano, Emmanuel —ordené—. Ayúdanos a sacarlo de aquí, o morirá, y nosotros junto a él.
—Es un traidor. Se niega a unirse a los de su propia sangre. ¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque siempre fuiste un rebelde, y nunca te gustaron las normas.
Señalé el tablero y él enarcó una ceja con desprecio.
Empecé a trazar un círculo bajo mis pies. La sangre aún húmeda de mi herida, que empapaba el bajo de mis pantalones, dejó un rastro circular a mi alrededor.
—El alfil era un brujo, y podía hacer que al caballo le salieran alas —continué, mirándolo fijamente a los ojos—. ¿Recuerdas, Emmanuel? Cambiabas las normas del tablero para hacerlas tuyas. Soñabas con un mundo diferente. Pero ese mundo no es este.
Emmanuel bufó.
—Sandeces.
—Lo sean o no, tú mismo lo dijiste, hace mucho tiempo.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Emmanuel, con la reina blanca suspendida en el aire.
—Lo sé porque estuve allí —respondí—. Porque te escuché soñar en voz baja con un mundo donde las piezas volaban y la magia obedecía tus reglas.
Emmanuel parpadeó. Por un instante, sus ojos dejaron de ser los de un carcelero. Parecían los de un muchacho, asombrado de que alguien recordase lo que él ya había olvidado.
Sus dedos aflojaron el agarre sobre la pieza que sujetaba. Su rostro se contrajo de manera casi imperceptible, mientras, por las ventanas, una nube de humo negro cubría la ciudad entera.
—El brujo podía cambiarlo todo —seguí hablando, porque mis palabras parecían estar despertando una parte de Emmanuel dormida durante siglos—.
Y el rey y la reina podían resucitar a los peones, si se unían en dos casillas adyacentes.
Sé que lo recuerdas, Emmanuel. Yo estuve allí y lo vi.
Tu hermano lo odiaba, pero, aun así, siempre te dejó jugar a tu manera.
Él habría hecho cualquier cosa por ti. Ha estado buscándote durante siglos.
Emmanuel apretó la reina blanca entre los dedos, tan fuerte que la partió en dos.
—Puede que no me conozcas —continué—. Pero yo te vi cuando aún tenías esperanza. Cuando aún eras tú. Y ahora, eres el único que puede hacer que tu hermano vuelva a ser él mismo.
—Estás loco —murmuró Emmanuel, aunque cada vez sonaba menos convencido.
Sentí que estaba resquebrajando la ilusión en la que había vivido desde su llegada a la Umbrícora. Inspiró hondo, aunque probablemente ya ni siquiera necesitase respirar.
—Vamos, Emmanuel. Hazlo una vez más —le dije, bajando la voz—. Por él, no por ti. Cambia las reglas. Dale una jugada que no tuvo. Dale alas. Y que sea él quien elija volar o quedarse.
Oksana me miró. Quizás leyó la explicación en mi mente, porque asintió y miró de reojo el círculo de sangre que había trazado.
—Madre me matará —murmuró Emmanuel, mientras una chispa de lucidez iluminaba sus ojos por primera vez.
Se escuchó otro golpe; esta vez muy cerca, en la torre. La puerta de mármol tembló.
—Emmanuel —dije—. Umbrael está aquí. Y si entra, no habrá salvación para tu hermano. Él vino aquí por ti. No puedes hacerle esto.
Una llamarada de fuego y humo azotó las ventanas de la torre.
Emmanuel se volvió hacia Theodore. Lo miró durante largos segundos. Sus labios se movieron, pronunciando palabras en un idioma tan antiguo como La Tierra. Después, con un simple gesto de la mano, hizo desaparecer las cadenas.
Teo se desmayó al instante, pero Oksana lo sostuvo.
—Marchaos —dijo Emmanuel, sin mirarnos—. ¡Ahora!
—Vendrás con nosotros —le dije, aunque supe que no lo haría.
—No. Este tablero necesita una última jugada. Y alguien que lo cierre.
La puerta estalló. La criatura llenó el umbral: una efigie de humo, tentáculos y ojos ardientes.
Emmanuel se giró hacia él. Por un instante, su silueta pareció completamente humana de nuevo.
—Este brujo aún tiene una última partida —murmuró—. Y esta vez… no haré trampas. Porque mi hermano merece ganar una partida. Al menos una.
Activé el círculo con el fuego de mis manos, y una grieta se abrió en su centro. Me concentré en cerrarlo en el mismo instante en que se abrió del todo: el último paso era casi más importante que el primero.
Oksana abrazó a Teo y lo empujó hacia la grieta. Los tres saltamos, justo cuando Umbrael rugía, quedándose atrás.
Me pareció ver que Emmanuel alzaba el brazo en despedida; seguramente fue lo último que hizo en su vida, antes de que Umbrael lo convirtiese en cenizas.