25
Garrett
Emmanuel levantó una ceja, tomando una pieza del tablero con la misma tranquilidad de siempre.
No era la mirada de un demonio, pero tampoco la de un inocente. Era la de un muchacho arrogante y brillante, pero perdido, que seguramente se había olvidado de quién fue un día.
Y mientras lo observaba, no pude evitar recordar la primera vez que lo vi.
Fue en Hampshire, Inglaterra, en 1861.
Aunque estuve presente durante la transformación de Theodore, cuando su hermano fue arrastrado a la Umbrícora por Umbrael, y él convertido en vampiro por uno de los Liberadores, esa no fue la primera vez que los vi a él y a su hermano.
La primera fue en una noche de octubre, particularmente gélida.
El viento se filtraba por los alféizares mal aislados de la villa de los d’Alessandro, haciendo parpadear las llamas de las velas dispuestas sobre candelabros de pared.
En la chimenea de piedra gris, el fuego crepitaba con fuerza, gracias a un par de troncos recién arrojados por un sirviente.
Una luz anaranjada teñía el salón, dándole un aire fantasmal, casi infernal.
Yo me había encaramado en la rama de un tilo, junto a una de las ventanas. Las cortinas de brocado estaban entreabiertas, y la disposición del mobiliario me ofrecía una vista privilegiada del interior.
En el centro de la estancia, sobre una mesita de té cubierta con un paño de encaje, dos muchachos jugaban una partida de ajedrez con lujosas piezas de hechura toscana, talladas en alabastro.
Me habían enviado a vigilar esa casa, por orden directa de La Jefa. Debía concentrar mi atención en Winifred d’Alessandro, no en sus hijos. Pero incluso entonces, Emmanuel ya mostraba signos de seguir algún día la misma senda que su madre, así que me quedé allí, curioso por verlo de cerca.
Winifred, a ojos del mundo, era una dama de sociedad venida a menos: en apariencia era solo una señora bien educada, entregada a sus deberes parroquiales y anfitriona de reuniones benéficas.
Pero en los círculos que yo frecuentaba, se la conocía por otros nombres: “La bruja oscura de los portales”, “La nigromante de Hampshire” y algunos bastante menos corteses. La tenían bajo vigilancia desde hacía varios años, debido a su obsesiva búsqueda del acceso a planos prohibidos.
El clic de una pieza sobre el tablero devolvió mi atención al salón de los d’Alessandro.
—No puedes mover el caballo de esa forma, Emmanuel —protestó Theodore, exasperado, pasándose una mano por los cabellos lisos y claros.
—¿Y por qué no? —replicó Emmanuel, sonriendo con una chispa de picardía—. Mi caballo es mágico. Está al lado del brujo, y este lo ha hechizado. Tú también puedes hacerlo, si quieres.
—¡Eso no es un brujo ! Es un alfil —respondió Theodore, conteniendo una carcajada.
—“Alfil” suena a algo extremadamente aburrido. Me gusta más pensar que es un brujo y con sus poderes puede cambiar el movimiento de las otras piezas. ¿Por qué mi caballo no puede transformarse en un caballo alado? Es muy fastidioso jugar siempre igual.
Theodore negó con la cabeza, resignado. Por aquel entonces, era un hombre muy distinto.
Tenía el porte de un joven formal y de familia acomodada, preparado para heredar tierras y responsabilidades.
Todo en él reflejaba su futura misión en la vida: solo había que ver su camisa de lino con cuello alto, perfectamente planchada, y los puños pulcramente almidonados, sin una mancha.
Emmanuel, mucho más desaliñado, era la imagen opuesta de su hermano: llevaba la corbata algo torcida, el cabello rizado e indomable, y había una viveza en los ojos que dejaba claro que era más avispado que su hermano, y también un rebelde nato.
—No sé por qué juego contigo —murmuró Theodore, echándose hacia atrás en la silla y cruzándose de brazos—. Siempre haces trampas.
—No son trampas —protestó Emmanuel con solemnidad fingida—. Solo intento hacer el juego un poco más interesante.
—Hay una diferencia entre hacer el juego “más interesante” y hacer lo que te viene en gana, ¿sabes, hermano?
—Pues yo no la veo. Estoy harto de que el caballo siempre haga lo mismo. Los caballos reales no van por ahí saltando dos cuadrados hacia delante y uno hacia un lado. ¡Se supone que esto es un juego! Debería ser divertido. ¡Emocionante!
Emmanuel entornó los ojos, rezumando terquedad, y Theodore soltó un suspiro paciente.
—Escúchame. Puedes decir lo que quieras, pero en el ajedrez no existen los brujos, ni los caballos alados —dijo mientras reordenaba las piezas con delicadeza, deshaciendo la última jugada de su hermano—.
No puedes convertir los peones en torres, ni hacer que la reina y el rey se casen y aprovechar los peones descartados para convertirlos en sus hijos. Simplemente, no.
—¡Pues debería poderse! La magia es parte de la vida. Es lo que la hace interesante.
Emmanuel exhaló y se levantó a azuzar un poco el fuego, con cara de genio incomprendido.
Theodore lo observó con la mandíbula tensa.
—Sé dónde has oído eso —murmuró.
—¿Y?
—Y nada.
—¿Acaso insinúas que madre nos miente?
—No he dicho eso. Madre tiene sus aficiones, y yo las respeto.
Pero la vida real es trabajo, dedicación y esfuerzo.
Si te quedas esperando a que un alfil mágico haga que a tu caballo le salgan alas, vas a esperar mucho tiempo.
Tienes que jugar según las reglas del mundo en que vivimos y dejar de vivir en las nubes.
Emmanuel alzó la vista del fuego y miró fijamente a su hermano.
—Yo creo en lo que no se puede ver.
—No digas tonterías.
—No son tonterías —insistió Emmanuel, bajando la voz, como si las paredes pudieran escuchar—. Ambos sabemos lo que hace madre cuando dice que va a misa y no vuelve hasta la madrugada.
—¿Huir del lecho de padre?
Emmanuel soltó una risilla amarga.
—Te hace gracia cuando hago trampas al ajedrez, pero no cuando digo la verdad.
—No me hace gracia.
Se hizo un silencio breve, roto solo por el crujido de la leña. Emmanuel dejó las tenazas junto a la chimenea y regresó a su asiento.
—Tú sabes que hay algo más —dijo en voz baja—. Lo sientes. Aunque no quieras.
—No sé de qué hablas.
—No me mientas, hermano. Madre te enseñó a sentirlo, y a mí me está enseñando también.
Theodore no respondió. Observó el tablero, como si este contuviera respuestas que prefería no decir en voz alta.
—Y algún día, cruzaremos —añadió Emmanuel en un susurro—. Al otro lado.
—¿Qué lado?
—Donde los brujos vuelan. Donde las piezas cobran vida. Donde podremos convertirnos en lo que queramos, y cumplir todos nuestros deseos.
Theodore cerró los ojos por un instante. Cuando los abrió, su voz era distinta.
—Yo solo quiero una vida honrada y en paz.
—¿Aunque eso signifique renunciar a la verdad? ¿A tus deseos más profundos?
La partida quedó en pausa. Las piezas blancas, de Emmanuel, dominaban el tablero. Las negras, de Theodore, estaban casi barridas.
—Me voy a la cama —dijo Theodore finalmente, levantándose de la silla con un gesto brusco—. Has ganado.
—Lo sé.
—Pero con trampas.
—Con magia.
Desde mi puesto oculto, me incliné hacia delante. A veces, dejarse ganar también podía ser una forma de querer a alguien.
Tomé nota mental de todo, sabiendo que volvería a esa casa. Y ya entonces supe que la historia de aquellos dos hermanos no terminaría bien.