Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 24
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Oksana

Aterrizamos como plumas, en un silencio absoluto, sobre un suelo blanco hecho de grandes baldosas de mármol.

El aire era más frío. Más seco.

Nos encontrábamos en una terraza alta y desolada, en un día gris y nublado. Esta vez sí, habíamos llegado a nuestro destino. Aunque ya no estábamos en una cueva, seguía siendo la Umbrícora. La ilusión de Ibiza había quedado atrás, deshilachándose como un trapo viejo.

Sabía que lo que acababa de ver, ese mundo perfecto de mentiras dulces, era falso.

Pero aún sentía el sabor del café falso en la lengua.

Aún oía la voz feliz de Mitya como un eco lejano.

Aún recordaba la sensación de alegría al saber que mi madre, por fin, me aceptaba y estaba orgullosa de mis elecciones, aunque fueran distintas de lo que ella había querido.

Garrett no dijo nada, y yo tampoco.

Solo me abrazó, tambaleándose, y no me costó devolverle el abrazo. Porque, aunque él acababa de destruir mi fantasía de paz y felicidad, también había conseguido sacarme de ella.

Nos quedamos así, fundidos en ese abrazo durante más tiempo del necesario; durante mucho más tiempo del que se habrían quedado dos amigos, o dos compañeros de misión.

Apreté más fuerte y gimió. Lo solté y di un paso atrás, notando que tenía la piel cubierta de sangre seca, la venda desprendida, y su respiración era superficial. A mí me escocía la espalda, y al frotarme encontré algo de sangre en la mano.

—¿Estás bien? —le pregunté, preocupada al constatar su estado.

Tardó un instante en responder.

—Estoy… vivo —susurró—. Eso ya es mucho.

—¿Dónde está tu mochila?

—La perdí. No sé cuándo.

—O sea, que ya no nos queda comida. Ni agua.

—Lo resolveremos después —respondió con una calma que me desesperaba—. Lo importante es que hemos llegado al décimo círculo. Y estamos enteros. ¿Tú estás bien?

Asentí con poca convicción.

—Gracias por sacarme de ahí —dije sin mirarle—. Me comporté como una idiota.

—No te creas —respondió—. Es difícil no caer en sus trampas. Juegan con tu mente. Saben qué teclas tocar. ¿Qué viste exactamente?

Sacudí la cabeza.

—Tonterías.

Garrett asintió, respetando mi silencio.

—¿Y Umbrael? —preguntó—. ¿Te hizo algo?

—Ah, ¿era él? Pues era feo de narices. Debería haberlo imaginado, claro.

—¿No llegó a tocarte, verdad? —insistió, mirándome con más miedo del que habría querido mostrar.

Dudé un instante.

—Fue solo un roce.

—Oksana…

—No es nada. —Me giré para que viera la espalda de la camiseta rasgada—. Un golpe tonto, eso es todo.

Garrett no respondió, pero su mandíbula se tensó. Obviamente, no me creía. Frunció el labio, pero no dijo nada más.

Me acerqué con Garrett a la barandilla de aquella sombría terraza y la vista me dejó sin aliento.

Una ciudad se desplegaba ante nosotros como un sueño: blanca, infinita y con estructuras imposibles.

Nos encontrábamos en lo alto de una torre, bajo un cielo gris y uniforme.

No había sol ni estrellas: solo un resplandor plateado, que no parecía venir de ninguna parte.

Era una urbe vasta y etérea, de calles retorcidas y arquitectura redondeada y voluptuosa: vislumbré arcos y cúpulas esculpidos en piedra blanca y traslúcida, como alabastro.

Los sostenían columnas esbeltas y retorcidas, y se unían entre sí con puentes y escaleras que, a veces, no parecían llevar a ninguna parte, y se terminaban bruscamente, en medio del aire.

La ciudad parecía infinita, sin habitantes a la vista. Pero sentí que algo nos observaba, desde varios puntos.

— La Ciudad sin Sol —dijo Garrett—. Es tan hermosa como la recordaba. Pero no te dejes engañar por su belleza, porque guarda cosas terribles.

—No lo entiendo —susurré—. Dijiste que cada uno ve la Umbrícora de forma distinta. ¿Cómo es posible que esto sea “igual que lo recordabas”?

—Porque el décimo círculo no cambia —aclaró—. Este lugar es estable, por eso es aquí donde viven los Liberadores.

Me giré hacia él.

—¿Pueden vivir aquí?

—Pueden sobrevivir —corrigió—. Pero este lugar los consume. Tarde o temprano, todo lo que entra en la Umbrícora se transforma, y ellos no son una excepción.

—Como esos dos que nos encontramos en los túneles.

—Sí. Seguramente, algún día fueron humanos, o criaturas sobrenaturales. Pero fueron perdiendo su esencia.

—Espantoso.

—Lo es. Y por eso tenemos que sacar de aquí a Teo, antes de que este sitio nos destruya a todos.

En eso estábamos de acuerdo.

—¿Tienes alguna idea de dónde podría estar?

Garrett me miró en silencio.

—Tendrás que encontrarlo tú.

Negué con la cabeza, pero él lo ignoró.

—Lo oíste una vez —dijo con voz firme—. Puedes volver a hacerlo.

Me esforcé por escuchar de nuevo, tal y como había hecho en la cueva, con aquel gigantesco demonio. Cerré los ojos, inspiré hondo y busqué.

Me llegó una vibración tenue, y después un murmullo lejano. Procedía del centro mismo de la ciudad, como un susurro casi imperceptible.

—¿Allí? —dije, sin estar convencida del todo.

Le señalé un palacio en el centro, reminiscente del Taj Mahal, aunque mucho más alto y estilizado. Se encontraba en el corazón de la urbe, no muy lejos de donde estábamos.

Garrett escrutó en la distancia.

—Tiene lógica —dijo, asintiendo—. El Palacio de los Perdidos. —Luego se giró hacia mí y me sostuvo la mirada—. Eres buena, Glacialina. Solo necesitas dejar que se derrita un poco esa coraza que llevas siempre.

—Déjate de tonterías y dime cómo se baja de aquí.

Garrett sacudió la cabeza.

—Siempre me atrajo de ti tu dulzura —dijo, esbozando una sonrisa idiota.

Le sostuve la mirada un segundo, pero no se movió de donde estaba. Solté un bufido.

—Déjalo. Ya busco yo las escaleras.

Rodeé la terraza hasta encontrar una trampilla disimulada entre las baldosas de mármol. Tiré de una anilla y apareció una escalerilla de caracol, angosta y polvorienta.

—Los caballeros primero —dije.

—Pensaba que era “las damas primero”.

—Sí, pero eres tú el que lanza fuego. Yo solo tengo un cuchillo miserable, que de poco me va a servir aquí.

—Un cuchillo letal, y si no, pregúntaselo a aquellos Liberadores.

—Garrett. Baja.

Él obedeció y se escurrió por la trampilla. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor, pero no se quejó en absoluto de sus heridas.

Me quedé ahí un segundo más, con la mano en el suelo de piedra, sabiendo que La Ciudad sin Sol nos esperaba… y lo que fuera que nos observaba, también.

Al llegar abajo, nos encontramos en una calle sin empedrar, con un polvo de arena fina y nacarada que cubría el suelo. La flanqueaban edificios blancos a ambos lados, muchos sin ventanas. A pesar de ello, la sensación de ser observada solo aumentó.

—¿Por qué no se ve a nadie? —le dije a Garrett en voz baja.

—Seguramente, no nos consideran una amenaza.

—Eso es porque no han visto mi cuchillo —dije, y me arrepentí de inmediato de mi intento fallido de humor.

Garrett solo frunció el ceño.

—Si bien recuerdo, el palacio debería de encontrarse por ahí —dijo.

Se detuvo ante una bifurcación y se asomó con cautela por una de las esquinas.

—¿Has estado alguna vez? —pregunté.

Asintió.

—¿Y qué propones? ¿Entrar por la puerta principal? ¿Con platillos y trompetas?

—Es la única que hay —respondió encogiéndose de hombros—. Pero dudo que suelan tener muchas visitas del extranjero.

Él sí que consiguió sacarme una sonrisa.

Me asomé por la esquina donde se había detenido Garrett. Ahí estaba: El Palacio de los Perdidos. Parecía todavía más grande desde allí. La calle se ensanchaba, llevando hasta un porche de entrada cubierto.

No había puerta; solo un arco de piedra en forma de herradura.

Lo flanqueaban dos criaturas muy parecidas a las que nos habíamos encontrado en el túnel, pero más grandes y corpulentas.

Sus ojos eran cuencas llenas de fuego, y sus cuerpos, montones encorvados de hueso negro y membranas viscosas.

No parecían vivos, pero tampoco del todo muertos.

—Demonios guardianes —murmuró Garrett—. Habrá que quitarlos de en medio. ¿Sigues oyendo a Teo?

Cerré los ojos. El eco estaba allí, ahora más alto y más nítido. Ahora sí, podía captar la voz de Teo, aunque eran solo palabras entrecortadas, sin sentido.

—Sí. Creo que está dentro.

Garrett asintió, preparado para atacar, pero el suelo vibró bajo nuestros pies.

Nos miramos al instante.

—¿Lo notas? —dije, bajando el tono.

Él asintió, pálido.

—Umbrael está aquí.

Tragué saliva.

El monstruo que casi nos había matado había conseguido seguirnos.

—Es fundamental que cerremos el portal cuando salgamos —dijo Garrett, en voz baja—. Y que no nos llevemos ningún souvenir .

—¿Souvenir?

—Sombras. Demonios. Presencias de este plano. Ni una pizca de ellas debe tocarnos, o podrían salir al otro plano a través de nosotros.

—Tranquilo —murmuré—. No vi nada que combinara con mis cortinas.

Y sin más, me incorporé y salí de nuestro escondite.

En cuanto los demonios nos vieron, las cuencas de sus ojos ardieron con mayor intensidad.

—Abrid paso —ordenó Garrett, con voz de trueno.

Uno de ellos habló en un gorgoteo, a través de la oquedad viscosa que le servía de boca.

—La carne mortal no puede cruzar.

—Eso lo veremos —dije.

Me adelanté medio paso. Saqué el cuchillo de la bota: no era mucho, pero era lo único que tenía.

Los demonios, sin darnos tiempo a reaccionar, se abalanzaron sobre nosotros, blandiendo sus garras infectadas. Extendí el brazo y blandí el cuchillo, apuntando a su cara, mientras me agachaba y giraba sobre mí misma para esquivar los golpes.

Vi de reojo cómo Garrett lanzaba una chispa al suelo. Al principio, no pareció gran cosa. Pero entonces, la piedra del suelo estalló. El fuego subió por sus brazos, danzando en espirales que se movían.

—¡A tu izquierda, Garrett! —grité, viendo que ambos demonios habían decidido lanzarse a la carga sobre él.

El demonio se movió con rapidez, más de la que esperábamos. Garrett giró y lanzó fuego directo al cuello de la criatura, que se dobló con un chillido antinatural.

El otro cambió de idea y se lanzó contra mí. El impacto me tiró al suelo, y sentí el peso de su cuerpo seco y membranoso sobre el mío, con sus huesos negros clavándose en mis costillas.

—¡Garrett!

Él dudó un par de segundos. No porque no quisiera ayudarme, sino porque el suelo temblaba otra vez: Umbrael estaba ya a las puertas de la ciudad.

Grité y le clavé el cuchillo al demonio justo bajo la mandíbula.

La hoja entera desapareció en su carne, pero el golpe me dejó el brazo entumecido, y sentí que el aire no me llegaba del todo.

El demonio se revolvió, tratando de sacarse el cuchillo y morderme el cuello a la vez.

Rodamos juntos por el suelo, forcejeando.

De pronto, el fuego de Garrett nos envolvió, y el calor me lamió la piel. No solté el arma hasta que la criatura explotó en humo y ceniza, y Garrett se lanzó a mi lado.

—¿Estás bien?

Me sacó a rastras del residuo oscuro y pegajoso. Asentí, con la cara manchada de ceniza y restos de la criatura.

—Sigamos —dije, respirando con dificultad—, antes de que aparezca el jefe de estos dos.

Nos lanzamos escaleras arriba, sin mirar atrás. Las escaleras se movían, y algunos escalones se deshacían tras nuestros pasos. La Umbrícora nos estaba permitiendo avanzar, pero ya no habría vuelta atrás.

Garrett tropezó, y el peldaño en el que se encontraba comenzó a desmenuzarse.

—¡No te pares! —chillé.

Lo tomé por el codo, y sentí su brazo flaquear. Estaba sangrando más que antes.

La escalera nos llevó hasta una puerta de nácar en lo alto, tallada con motivos florales.

Garrett se detuvo frente a ella, respirando con dificultad.

Las escaleras continuaban.

Dudamos.

Pero no había mucho tiempo para pensárselo: el rellano en el que nos encontrábamos comenzó a deshacerse por las esquinas.

Garrett tomó aire, mirando a un lado y otro frenéticamente. Vi en sus ojos que estaba a punto de decirme algo. Un gesto cruzó su rostro, fugaz, como si una emoción demasiado grande quisiera escaparse y no encontrara la forma.

Alcé una mano, nerviosa. No había tiempo para discursos cursis.

—Después —le dije—. ¡Ábrela! Usa tu fuego.

Garrett sacudió la cabeza y se pasó la mano por los ojos, sacándome de quicio.

—Solo quería decirte que no tengo ni idea de lo que vamos a encontrar ahí dentro —dijo con voz entrecortada—. Pero ahora no hay vuelta atrás, y yo… tú…

El suelo retumbó. Umbrael se acercaba. La escalera desaparecía.

—Garrett, ¡no hay tiempo!

Le di una patada a la puerta y la cerradura cedió, permitiéndonos pasar al otro lado.

Había esperado encontrar muchas cosas en ese palacio, pero lo que nos encontramos no era ninguna de ellas.

Había una sala circular, de mármol pálido, con una mesa en el centro. Sobre ella reposaba un enorme tablero de ajedrez, con una partida a medias.

A cada lado del tablero se encontraba un hombre, y uno de ellos era Teo. Estaba encadenado al asiento, pero no forcejeaba ni trataba de escapar. Solo sostenía una pieza en el aire, con aspecto ausente.

El otro hombre era delgado y elegante, aunque de aspecto demacrado.

Por un instante, me pareció estar viendo a dos viejos amigos, compartiendo una partida tranquila.

Pero en esa calma había una amenaza más cruel que cualquier monstruo: la idea de que Teo quizás, había pasado tanto tiempo allí que ya no quería ser salvado.