23
Oksana
Caímos.
El aire nos succionó y el descenso fue puro, suave, como si no tuviéramos peso. Extendí los brazos y me sentí envuelta en una fina capa de tul dorado que me sujetaba. No sentí miedo, solo fascinación. Era una sensación nueva, casi agradable.
Al tocar el suelo, no hubo impacto ni dolor. Fue solo una transición limpia, como si hubiese atravesado una cortina de seda.
Cuando abrí los ojos, ya no había fuego ni oscuridad; solo luz. El cielo era de un azul radiante, y ante mí las olas del mar rompían con placidez, con aquel sonido relajante que tanto añoraba de Ibiza.
Estaba en la terraza del bar Serenata Nocturna, aunque había cambiado.
Ahora parecía más grande y luminosa, y estaba llena de flores, como si se estuviera preparando una fiesta.
Hoy no olía a cerveza derramada ni a humo de tabaco, sino a romero y lavanda, a pan tostado con tomate y a domingo por la mañana.
Todos estaban allí: Mina, Leonard, Naomi, Iris, Teo. Todos bajo el sol, sentados en mesas que habían juntado, riendo, hablando, disfrutando de la mañana.
¿Teo y Leonard a pleno sol?
Pero eso no era lo mejor.
Mi hermano Mitya jugaba con un cubo de Rubik, sentado al borde de la terraza y con los pies en la arena.
Vivo.
Llevaba una camiseta negra con una frase friki incomprensible para mí, y me sonrió cuando me vio.
—Oksi —dijo, como si nada—. Hoy es tu fiesta de compromiso, y tienes que cantar. Lo prometiste.
Me quedé sin habla. ¿Mi fiesta de compromiso? ¿Con quién?
No sentía el picor de mi herida. No sentía dolor. No sentía nada más que… calma. Por primera vez en años.
Me giré y Garrett estaba allí.
No estaba herido, ni agotado.
Llevaba una camisa blanca de lino, y el pelo recogido hacia atrás con una cinta negra. Reía. Sujetaba la mano de una hermosa niña, que correteaba entre las mesas con alas de mariposa en la espalda.
Y yo…
Yo podía oír los pensamientos de todos. Lo escuchaba todo con claridad y sin interferencias. Y todos pensaban cosas buenas: sobre mí, sobre la vida, sobre la gente que los rodeaba.
Todo era perfecto.
Una parte de mí susurró que aquello no podía ser real. Que algo no cuadraba. Pero la ignoré, porque me gustaba demasiado estar allí.
Arrimé una silla y me senté con los demás. Garrett me trajo un café con un corazón dibujado en la espuma y lo dejó frente a mí. Me besó la frente.
—Estás preciosa —me dijo.
Lo observé, boquiabierta.
—¿Te gusta cómo lo hemos decorado? —preguntó Mina, sonriente.
—Me… me encanta —tartamudeé sin entender.
Quería quedarme ahí para siempre.
Cerré los ojos, abrumada.
«Puedes quedarte», susurró una voz profunda.
Me giré, y el Serenata se desdibujó un poco, pero todo se normalizó al instante.
—Cariño —dijo Garrett—. ¿Ya has decidido qué canción cantar?
—Mamá vendrá un poco más tarde —comentó Mitya, sin mirarme a los ojos, tal y como él solía hablar—. Está muy orgullosa de ti.
Maldita sea. Me encantaba estar allí. Leyendo mi mente, como solía hacer, Mitya interrumpió mis pensamientos.
—Entonces, ¿nos quedamos aquí para siempre? —preguntó ilusionado—. Solo di que sí, y ya no tendrás que volver a la otra realidad.
Abrí la boca para contestar. Quería quedarme. Lo deseaba con todas mis fuerzas.
Pero Garrett comenzó a cambiar.
Su camisa blanca se desvaneció, y de nuevo tenía el pecho desnudo, cubierto de heridas.
—Oksana.
Lo miré, confundida.
—¿Qué estás haciendo? —susurré.
—Esto no es real —replicó.
—¡Sí lo es! —me resistí.
—¿En serio? —Garrett miró alrededor—. ¿Estás segura?
Seguí su mirada y vi de nuevo a Teo tomando el sol. A mi hermano, vivo.
Y a Garrett sin una camisa hortera.
No contesté, pero él avanzó y trató de tomarme la mano.
—No le hagas caso —dijo Mitya, interponiéndose entre nosotros—. ¿Nos quedamos o no, Oksi? Tienes que responder ya, o me iré.
—Sabes que lo que estás viendo no es verdad —intervino Garrett—. No puedes elegir quedarte.
—¿Por qué? ¿No puedo tener paz de una vez por todas?
Mi voz tembló.
—Sabes que todo lo bueno cuesta un esfuerzo —dijo en voz baja—. Y quedarte aquí no te costaría nada. Eso es una señal de que es falso.
—¡Ya he pagado lo suficiente!
—Lo sé, pero tú no eres de las que se rinden. Aguanta un poco más. Casi hemos llegado. Ven, dame la mano a mí. Ignora lo que estás viendo. No sé qué es, pero no es real. No está ahí.
Me tendió la mano.
Lo miré a él y después a Mitya.
Sabía que Garrett tenía razón, pero no quería aceptarlo.
—Oksana, la mano.
Sintiendo una pena horrible, tomé sus dedos entre los míos, y el mundo perfecto del Serenata empezó a parpadear.
—Por favor —murmuré conteniendo las lágrimas—. No me lo quites.
—No es real —repitió Garrett con firmeza—. No es real.
El cielo se volvió gris.
Los rostros empezaron a desdibujarse.
—¡Garrett! —grité con la voz desgarrada—. ¡Por fin había encontrado mi lugar!
Me lancé sobre él y lo empujé con fuerza. Me puse a llorar, aunque lo odiaba. Pero ahora, odiaba a Garrett todavía más.
Una ola arrasó la playa, y el Serenata se derrumbó.
Me aferré a Garrett, gritando, temblando... Odiándolo.
Pero también queriéndolo, en parte, por haberme obligado a salir de ahí.
El mundo perfecto de la alucinación desapareció y, ahora sí, tocamos tierra.