Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 22
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Oksana

Corrí tan rápido como pude, jadeando y siguiendo la dirección de sus gritos. Una luz titilaba a lo lejos, y pronto entendí que aquello no era una sola hoguera, sino fogonazos defensivos, que Garrett estaba usando para atacar a su oponente.

Al final del túnel me detuve, con el corazón a punto de explotar. Ante mí se abría una caverna inmensa, tanto como un estadio de conciertos, o más.

El suelo humeaba. El terreno frente a mí era un páramo rojizo, salpicado de grietas ardientes y charcos de agua hirviendo.

Géiseres explotaban en la distancia, lanzando columnas de vapor sulfuroso que teñían el aire de amarillo y lo volvían prácticamente irrespirable.

De pronto, una explosión abrió el suelo a escasos metros de mí.

Salté hacia atrás y me tapé la boca y la nariz, tosiendo. Me costaba ver entre tanto humo.

Cuando el géiser más cercano se apagó, por fin pude verlo: Garrett se encontraba justo al otro lado de la caverna. Cerca de él se abrían tres túneles: dos amplios, y un tercero más estrecho.

Garrett estaba arrodillado, herido y salpicado de sangre por todas partes.

Una figura amorfa, hecha de pura oscuridad, flotaba sobre él con la calma cruel del que ya no puede perder a su presa. Extendía sobre él unos tentáculos negros y humeantes, que parecían ramas quemadas y retorcidas.

Garrett alzó la vista, jadeante y con los ojos entreabiertos, como si ya hubiera aceptado el final.

De eso nada, pensé.

No mientras yo estuviera en pie.

La criatura alzó un tentáculo, dispuesta a atravesarle el pecho.

Sentí una arcada de terror.

¿Qué podía hacer yo, con mi ridículo machete escondido en la bota, contra una cosa como esa?

Escuché.

Escuché con todas mis fuerzas, como si me fuera la vida en ello. Porque me iba la vida en ello: a mí, y a Garrett.

La sola idea de perderlo, de que se esfumase frente a mis ojos, se volvió casi más aterradora que la de morir yo misma.

Y entonces lo escuché.

No era Garrett. Era el monstruo.

Un susurro, como el goteo de algo viscoso, surgió de la mente de la criatura.

«Pobre criatura mutilada. Se arrancó a sí mismo del fuego divino para arrastrarse entre barro y carne. Eligió la debilidad. Eligió morir. Estúpido. Podría haberlo tenido todo.»

Aquel pensamiento se escuchaba tan nítidamente que me tambaleé.

El monstruo pensaba . Y yo podía escucharlo.

Hacía tiempo que no leía una mente con tanta claridad.

Garrett alzó las palmas, pero apenas una chispa nació de ellas. La criatura lo observó. No con furia, sino con desprecio. Casi con diversión. Me concentré, tratando de vislumbrar su mente de nuevo. Lo que percibí fue un eco, antiguo y despectivo:

«Eligió mal. El salto estaba abierto. El tercer túnel es el atajo al décimo círculo, pero el miedo siempre vence a los mortales. A mí me negaron el paso por el tercero… a ellos, a los que son valientes para saltar al vacío… a esos no.»

Traté de descifrar aquel pensamiento críptico, pero entonces vi el tentáculo alzarse para matar.

—¡Garrett! —grité.

No sé si me oyó, pero agarré una gran piedra sulfurosa y corrí hacia adelante sin pensar.

Lancé la piedra de azufre a un lado del monstruo, directa a la boca de un géiser. Este explotó, llenando el aire de humo y distrayendo por un segundo a la criatura.

Me abalancé en dirección a Garrett y lo obligué a ponerse en pie.

—¡Sígueme! —dije, tirando de su brazo.

Frente a nosotros estaban los tres túneles. Los dos primeros eran amplios, de roca, como los anteriores. Pero el tercero, iluminado por los flashes de luz, era solo un hueco negro, sin suelo visible.

Un salto al abismo.

—¡Garrett! —grité, empujándolo hacia el precipicio—. Es este. El tercero. El atajo al décimo círculo. Es el único camino.

—¿Estás loca? —gritó con voz entrecortada.

—¡Confía en mí!

Ni siquiera estaba del todo segura, pero daba igual si el monstruo nos mataba o si moríamos en el intento de escapar de sus tentáculos de sombras.

Garrett dudó.

Los tentáculos de la criatura apenas me rozaron la espalda con un extraño chispazo, pero sentí un dolor insoportable.

Luego grité y me lancé al abismo.