Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 21
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Oksana

Me desperté en completo silencio y oscuridad, y lo primero que hice fue soltar un improperio.

¡Mierda! Me había dormido montando guardia. ¿Qué clase de inepta hacía eso?

El fuego se había extinguido y su luz y calor se habían disipado. No quedaban ni las brasas. Tanteé el suelo y las paredes alrededor, pero Garrett no estaba.

Aquel túnel estaba completamente negro, y yo no tenía ni una maldita linterna.

—Garrett —llamé, al principio en voz baja. Luego más alto—. ¡Garrett!

Nada. Solo el eco de mi propia voz, rebotando en paredes que ni siquiera podía ver. ¿Se había marchado y me había dejado sin luz?

No me gustaba admitirlo, pero estaba a un paso de entrar en pánico.

Me incorporé a tientas. Las rocas estaban húmedas y las superficies eran irregulares, incluso punzantes en algunas zonas. Sentí la boca seca, la espalda tensa y el corazón acelerado.

No tenía ni un maldito sorbo de agua. Nada.

Vale. Tenía que salir de ahí y encontrar a Garrett, o encontrar agua, luz, o cualquier cosa que no fuese esa oscuridad espesa y desesperante.

Recordé que había algunas cuevas laterales en el túnel. Quizás, si ponía las manos sobre la pared e iba siguiendo su trazado, podría ir avanzando, poco a poco.

Recordé el encuentro con los dos Liberadores: uno vino de atrás. Otro de más adelante. Eso era una garantía de que, si continuaba, encontraría algo al final, y quizás también a Garrett.

Cerré los ojos, tratando de escuchar algún pensamiento ajeno que me guiase.

Como siempre, cuando más lo necesitaba, mi telepatía falló.

Típico.

Maldito Garrett. ¿Cómo había podido dejarme así? Sabía perfectamente que mi mochila se había hundido en aquella poza al llegar. ¿Qué esperaba que hiciese? ¿Usar ultrasonidos, como un maldito murciélago?

Extendí los brazos y tanteé la pared. Unas manos de piedra recibieron las mías y tiraron de mí hacia un nicho en la roca.

Di un grito, aterrada, y me separé de la piedra, recordando las estatuas cambiantes.

Una oleada de miedo me nubló la mente.

Volví a tocar la pared, y de esta de nuevo surgieron unas manos de piedra que se agarraron a las mías. Grité de nuevo y forcejeé hasta quitármelas de encima.

Aquello era horrible. Habría echado a llorar, pero allí el miedo era inútil. Si servía de poco en La Tierra, en este lugar directamente no iba a servirme para nada.

Inspiré hondo. Cerré los ojos, aunque daba lo mismo.

Y entonces empecé a caminar, pero esta vez sin tocar la pared.

Solo a ciegas.

A oscuras.

Sola, un paso tras otro.

Tropecé con rocas, con raíces, con lo que podrían haber sido huesos. Caí varias veces, arañándome las manos y las rodillas. Cuando me acerqué la mano al rostro, sentí el olor de la sangre. La toqué con la punta de la lengua. Sí, era sangre.

Pero el dolor me importaba menos que salir de ese túnel, así que seguí caminando.

No porque supiera a dónde iba, sino porque sabía que no habría servido de nada quedarme allí quieta, en medio de la oscuridad y la nada.

Al cabo de un tiempo, escuché un chapoteo de agua bajo mis pies.

¿Un charco? Me di la vuelta y escaneé el suelo hasta encontrar algo parecido a un palo; quizás una raíz.

Lo hundí en el agua y luego me lo llevé a la nariz.

Parecía agua sin más: agua encharcada, pero no era un ácido, ni sangre, ni nada particularmente horrible.

Di un paso más. Bien. Podía cruzar un maldito charco. Hundí el pie con cuidado. Luego el otro, y comencé a caminar.

Poco a poco, el agua se fue volviendo más profunda, hasta llegarme a las rodillas.

Aquello no pintaba bien, así que decidí dar la vuelta.

Pero en aquella completa negrura, fue difícil recordar por dónde había venido.

Giré sobre mí misma, calculando dónde estaría la orilla.

Caminé un poco en esa dirección. Pero en vez de regresar a la zona donde aquello era solo un charco, el agua comenzó a llegarme a las caderas.

Al siguiente paso, perdí pie: de pronto, estaba demasiado hondo para seguir caminando.

Contuve un grito de pavor y pataleé para no hundirme, buscando la manera de regresar a algún lugar donde pudiera tocar el fondo. Pero no había manera.

Mi mente comenzó a viajar a lugares tenebrosos: me encontraba en las más absolutas tinieblas, chapoteando para salvar la vida, sin saber hacia dónde ir ni cómo salir de esas aguas que, de pronto se habían vuelto demasiado profundas.

Ni siquiera sabía lo que había en el fondo.

No me habría sorprendido que hubiera un remolino que me absorbiese, o una bestia gigante, dispuesta a atraparme con sus tentáculos y arrastrarme hasta el fondo.

Y, además, estaba agotada. Pronto me faltaría la energía para seguir nadando, ¿y entonces qué?

Me hundiría. Terminaría igual que Mitya.

—¡Basta! —me grité a mí misma, tragando un poco de agua.

Estaba fría, pero no sabía a nada en particular. Tosí, boqueando para no hundirme más.

Era agua. Solo agua.

Podía con eso.

Cada vez tenía menos fuerzas, pero seguí moviendo brazos y piernas para mantenerme a flote, mientras trataba de buscar una lógica en aquella oscuridad implacable.

Me recordé a mí misma que no era una presa, atrapada en una cárcel.

No. Había una salida. Garrett había estado allí antes, y la había usado.

Había un décimo círculo en alguna parte, y si llegaba a él, llegaría a Teo, y también a la salida.

¿Qué había dicho Garrett acerca de todo eso?

Algo sobre la Umbrícora mostrándose como el peor de tus miedos, y la necesidad de comprenderlo para poder alcanzar la salida.

Seguí pataleando para no hundirme mientras trataba de pensar con claridad. El agua estaba fría, y comencé a sentir las extremidades entumecidas. Pero seguí nadando.

¿Qué más?

Algo de una cueva llena de gente encadenada… ¿la cueva de Platón?

Maldita sea, debería haber prestado más atención cuando lo dijo.

Los prisioneros solo veían sombras y creían que esa era toda la realidad. De acuerdo. Esa podía ser yo: atrapada en mis miedos, en mis voces, en la sombra de un don que me había convertido en prisionera de mi propia mente.

Mi don era también mi prisión.

Cerré los ojos, esta vez en rendición.

Aquello era solo una ilusión. Una representación de mi propio miedo.

Me dije que, si conseguía entenderlo y aceptarlo, podría salir.

No iba a dejarme vencer… Pero tampoco podía seguir luchando contra aquello que no podía controlar, si no quería morir ahogada.

No tenía sentido seguir pataleando, cuando ni siquiera sabía si nadaba en la dirección correcta.

Así que me dejé caer hacia atrás en el agua, entregándome al movimiento lento y constante.

Dejé de resistirme y solo floté.

El agua comenzó a llevarme hacia adelante, mientras me abandonaba a lo desconocido.

Poco a poco, la oscuridad se aclaró un poco. Las sombras se disolvieron, dejando paso a luces lejanas y ecos de voces.

Algo me rozó la coronilla y extendí una mano hacia atrás, más allá de la cabeza. Noté una roca resbaladiza y viscosa bajo los dedos. Era repugnante, pero al menos estaba firme: en mi situación , tierra firme era la mejor noticia posible.

Me di la vuelta y agarré a la roca con ambas manos. Para entonces ya podía ver algunas formas, gracias a una luz muy leve que provenía del otro lado. ¿El fuego de Garrett?

Me tumbé con el pecho sobre la roca y me arrastré, tirando con los brazos, hasta que mi cuerpo entero estuvo fuera.

Había salido. ¡Lo había conseguido!

Una lágrima me ardió en la mejilla. Me la quité con el dorso de la mano: llorar era de flojas.

Por un instante me quedé ahí, en cuclillas, abrazando mi propio cuerpo mientras me escurría, tratando de entrar en calor.

Tomé aire, feliz de haber llegado a la otra orilla sin ahogarme.

La calma duró exactamente tres segundos. Un gruñido gutural estremeció el túnel y un grito desgarrado rompió el aire como una lanza.

Garrett estaba en peligro.

Si es que todavía estaba vivo después de haber gritado así.