20
Garrett
Abrí los ojos y noté que el fuego casi se había extinguido, y el túnel estaba a oscuras. Oksana seguía a mi lado; había sucumbido también al sueño, agotada tras dos noches sin dormir y aquel entorno hostil que te extenuaba física y mentalmente.
Extendí el brazo e invoqué una pequeña llama.
Alimenté la hoguera y decidí alejarme un poco, en busca de algún rincón apartado donde hacer mis necesidades.
Para ser sincero, esa faceta de la mortalidad no era de mis preferidas.
Al levantarme sentí una punzada aguda en el costado, y recordé mi herida.
Sí, y ese tipo de problemas mortales menos aún .
Caminé hasta el final del túnel; llegué hasta el lugar del que había salido uno de aquellos Liberadores corrompidos.
En un punto, el túnel se bifurcaba, y me pareció divisar a lo lejos una masa de agua: un fantástico lugar para ahogarse, si te perdías.
Me acerqué a ella y la iluminé con la mano; era tan amplia que ni se veía el final. Rellené una de mis botellas, equipada con un filtro; nunca se sabía cuándo volverías a encontrar agua en un lugar como ese.
Después regresé sobre mis pasos y continué por el otro camino, el que circundaba la laguna. Tuve que andar un buen rato hasta llegar al final.
Al salir, me hallé en una caverna amplia, del tamaño de un estadio de fútbol; con techos altos y cargados de estalactitas, y tres túneles que se adivinaban a lo lejos.
En el suelo, pequeños montículos humeaban, y de vez en cuando alguno explotaba como un géiser, expulsando una nube de gas fétido.
Un sitio encantador donde los hubiera.
No tenía sueño, así que crucé la gran caverna y me puse a inspeccionar los túneles del otro lado, tratando de decidir cuál nos acercaría más a nuestro destino, y como sortearíamos esos géiseres apestosos sin que nos chamuscaran el trasero.
Los dos primeros túneles eran muy parecidos a aquel donde había dejado a Oksana dormida, y a los que habíamos recorrido desde nuestra llegada: angostos, oscuros y con paredes de piedra.
El tercero, sin embargo, lo descarté enseguida: tras un par de palmos el suelo había cedido, y solo se apreciaba un hondo abismo oscuro sin fondo ni final.
Me alegré, porque aquello limitaba nuestras opciones al primero o al segundo.
Me di la vuelta, dispuesto a regresar a donde estaba Oksana y montar guardia hasta que ella despertase.
Pero justo entonces, una risa dulce resonó en la caverna grande. Me pareció escuchar el rumor de las olas del mar, y de repente, el suelo lleno de géiseres se convirtió en una hermosa playa de arena.
Me quedé quieto, sabiendo que la Umbrícora estaba tratando de jugar con mi mente.
Una niña, de espaldas y agachada a unos metros de mí, recogía conchas con sus dedos regordetes, y las iba lanzando en un cubo de plástico.
—¿Qué te parece esta, papá? —dijo, dándose la vuelta.
Era Addison, con sus rizos negros y sus dientes mellados.
Me quedé inmóvil.
Mi mente dijo no . Mi corazón gritó corre .
—Esto no puede ser real —murmuré.
Addison me tendió una concha blanca y pulida, cuyo interior brillaba, iridiscente.
—¿No te gusta? —preguntó entristecida.
—Es… preciosa —dije, incapaz de decepcionar a aquella Addison, aunque supiese que no era la real.
Miré a mi alrededor. La caverna ya no estaba. Aquello era mi playa en Brighton-Le-Sands, y uno de mis amigos surfistas me saludó con la mano.
—¡Hey, tío! ¿Hoy libras? —me gritó, mientras corría hacia el agua con su tabla.
—¿Noah? —lo saludé, extrañado.
—¡Me voy a pillar olas! ¿Vienes?
—¿La echo en el cubo? —insistió la niña, ignorando al otro hombre y agitando su concha en el aire.
Seguí mirándola con desconfianza. Sabía que la Umbrícora podía usar recuerdos, voces, imágenes… cualquier cosa posible contra mí.
—¿Crees que a mamá le gustará?
Pero era su voz, era ella… y hacía tanto tiempo que no la veía. La lógica decía que no, pero el corazón insistía en que era mi hija.
Y el amor nunca fue buen amigo de la lógica. Ni siquiera para un ángel caído.
—Sí… claro, Addie —respondí—. A mamá… le encantará.
—¡Vamos a dársela!
Addison extendió la mano. Iba descalza, y solo llevaba un bikini y una camiseta de volantes, cortita, a la altura del ombligo. La recordaba perfectamente. Se la había comprado yo mismo.
—¿Dónde está tu madre?
—Yo te llevo —dijo, mirándome con sus ojos negros y brillantes—. Ven a cenar con nosotros. Mamá dice que te echa de menos.
Si algo sabía, era que mi exmujer no tenía las más mínimas ganas de verme, y no iba a permitirme entrar en su casa, o acompañar a la niña hasta allí.
Miré alrededor, imaginando que andaría por allí.
Alicia ni siquiera sabía que me había visto obligado a buscar un trabajo extra en el bar de surfistas, y probablemente no esperase encontrarme cerca.
Mejor sería que desapareciese de allí antes de que Alicia me viese y me denunciase por acoso, o alguna de esas ideas suyas para alejarme más aún de ella y de la niña. Si me quedaba ahí, seguro que terminaba gastándome aún más dinero en abogados.
Dudé. ¿Otra trampa de Alicia para pillarme en falta?
—Creo que es mejor que vayas tú sola —murmuré, aunque me dolió mucho hacerlo.
—¡No! Ven con nosotras. Es por ahí.
La pared de la gruta apareció de nuevo, y a sus pies los tres túneles.
Addison me señaló el primero; el más amplio.
Me levanté, cada vez más confundido.
La visión de ese túnel me devolvió al presente, pero me provocó una nueva duda.
¿Qué hacía mi hija en la Umbrícora?
No era ella. No podía serlo. Pero, ¿cómo era posible que yo sufriese una alucinación como las que veían los mortales? Había estado allí otras veces, y había sido inmune a esos espejismos. Pero ahora… ahora yo también era mortal, y…
Y mi corazón la echaba de menos.
No podía dejarla allí sola. Aunque solo existiera una ínfima posibilidad de que fuera realmente mi hija, se me partía el alma en dos diciéndole que no, haciéndola llorar.
No era capaz de abandonarla.
Tomé su mano, pequeña y calentita. Parecía de verdad. Era exactamente igual que la suya. La apreté, sintiendo la emoción de volver a tenerla conmigo.
La seguí hacia el túnel que me señalaba. Ella trotaba, feliz, y se giraba cada dos segundos a mirarme, sonriendo.
Cuando entramos en el pasadizo, el aire se llenó de humo. Las paredes, rojizas, comenzaron a moverse, latiendo como carne viva. Era espantoso, pero ella seguía alegre, ajena a aquel entorno infernal.
—Addie, ¿no te da miedo este sitio? —dije con cautela.
—¡No! Mamá nos espera. Ya verás.
Dio otro saltito, feliz con su cubo lleno de conchas.
—Addie, no quiero continuar. Este sitio es peligroso. Regresemos.
La niña apartó mi mano de una sacudida y echó a correr, desapareciendo al fondo del túnel con una risa traviesa.
La perdí de vista; corría más rápido de lo que recordaba.
Continué hasta que apareció una cueva a un lado del túnel, y allí me detuve.
Addison ya no estaba.
En su lugar había una plataforma elevada, hecha de minerales negros y brillantes, con una base repujada y llena de aristas cortantes.
Y sobre él se encontraba uno de mis más antiguos enemigos.
Umbrael'Zathar había decidido por fin manifestarse, y lo hizo como sombra pura, con tentáculos de fuego y ojos en llamas tan espantosos como los de sus siervos.
—Has venido —dijo satisfecho—. Sabía que no podrías resistirte a ella. Veo que tus años de mortal te han debilitado, y ya no eres lo que eras, Igniel.
—¿Vas a matarme? —pregunté, aceptando que, quizás, este sería el final de mi viaje.
Pensé en Addison. Y pensé en Oksana, dormida e indefensa en aquel plano maldito.
—No —dijo Umbrael con una carcajada malévola—. Quería hacerte una oferta.
—Ya tengo suficientes ofertas, gracias —murmuré, concentrándome para hacer crecer la llama sobre la palma de mi mano.
—No es una oferta de esas . No es como las de tu diosa . Esta es real, y es la mejor que te harán nunca.
Sus tentáculos se movieron, sibilinos, acercándose hacia mí con disimulo. La risa de Addison resonó en alguna parte.
—¿Y cuál es el trato que ofreces? —pregunté.
Umbrael se inclinó, quizás para mirarme a los ojos, aunque su rostro no tenía una forma definida.
—Ayúdanos a romper el sello. Ayúdanos a liberar lo que duerme. Y tú, Garrett Celestine… Tú, Igniel… tú serás recompensado.
—¿Recompensado?
—Te devolveré lo que te quitaron. Acabo de mostrarte lo que puedo hacer. ¿Imaginas tener eso para siempre?
Tragué saliva. Me concentré en enviar todo mi fuego a mis manos, pero sin dejarlo salir todavía.
—No sería real.
—No notarías la diferencia.
—No.
Sentí cómo la caverna se deformaba. Las paredes comenzaron a acercarse entre sí, mientras la cueva lateral se estrechaba.
Umbrael estaba tratando de hacer que la tierra me tragase, literalmente.
Me había atraído a su guarida, y además me había separado de Oksana.
Pensé en ella, y en lo que le ocurriría si yo no hacía algo para regresar junto a ella a tiempo.
Los Liberadores lo habían dicho: yo podía serles útil, pero a ella la matarían.
No podía permitirlo.
—Has llegado más lejos de lo que esperabas, ¿verdad, Igniel? —tronó la voz del demonio—. Pero fue solo porque yo te dejé llegar. ¿De verdad pensabas que no había advertido vuestra presencia? ¿De verdad creíste que decapitar aquella estatuilla ridícula me dejaría sordo y ciego, estúpido ángel caído?
Su risa retumbó, haciendo temblar las paredes. Di un par de pasos atrás, sorteando sus tentáculos.
—Me serías muy útil, Igniel —dijo, enroscándose en torno a mis pies—. Tú, tu fuego y tus alas. Lamentaría tener que liquidarte.
Una estalactita se desprendió del techo, y estuvo a punto de empalarme.
—Sería muy fácil, Igniel…
Dejé brotar el fuego de mis palmas y lo lancé sobre Umbrael, directo a su centro.
El demonio gruñó, pero no retrocedió. Me giré y corrí de vuelta a la caverna más amplia, donde había encontrado a la falsa Addison.
Umbrael me siguió, reptando como una masa viscosa por suelo, techo y paredes. Me daba ventaja a propósito: igual que el gato deja que el ratón escape, para divertirse más al darle caza.
Me detuve un segundo. Respiré. Si iba a morir, lo haría mirando al monstruo, no dándole la espalda.
Me giré e impacté con fuego de nuevo, directamente en su centro. Impacté con fuego de nuevo, apuntando al pecho que no tenía. Los tentáculos se retorcieron, pero no fue suficiente.
Aquel demonio era indestructible. Podía retrasar su avance, pero jamás podría aniquilarlo.
Me lanzó un tentáculo, que bloqueé con una muralla de llamas. El impacto me arrojó contra una roca y sentí un hueso crujir. Tosí sangre, pero me levanté igualmente, tras rodar unos metros por el suelo.
Rodé por el suelo, tosiendo sangre.
Generé una lanza de fuego y se la arrojé como una jabalina. Esta vez, un grito múltiple se alzó, rebotando por las paredes del túnel. Vi cómo una parte de él se disolvía, aunque no por mucho tiempo. El demonio chisporroteó y se oyó un grito múltiple, que hizo ecos por el túnel.
Vislumbré la caverna grande, pero al girarme, Umbrael había estallado, replicándose en una decena de criaturas iguales y más pequeñas.
Seguí corriendo: si no podía matarlo, tenía que llevarlo al lugar donde quizás, al menos, pudiese contenerlo.
Al llegar a la caverna salté lo más lejos que pude y giré sobre mí mismo, con los brazos extendidos.
De mi pecho brotó un círculo de fuego en espiral, que causó una explosión. La onda de choque barrió al menos a tres de sus formas, que se deshicieron en niebla roja. Pero las otras se reagruparon de nuevo, formando un Umbrael más grande que el del principio.
Detrás de mí estalló un géiser, mordiéndome la espalda.
Mientras tanto, un tentáculo de sombra se alargó hacia mí. Traté de esquivarlo, pero me alcanzó el hombro, desgarrándome la carne. El dolor fue agudo, real, y terriblemente humano.
Caí y rodé por la roca caliente y humeante. Me costaba respirar. Umbrael flotó sobre mí, con los tentáculos extendidos, dispuesto a asestarme el golpe final con lentitud torturante.
Lo miré fijamente a los ojos, oliendo su maldad y su satisfacción. Odiaba pensar que esa sería la última parada de este breve viaje que había sido mi vida en La Tierra.
Tenía la grave sensación de no haberlo aprovechado debidamente, y de haber dejado muchas cosas sin decir a aquellos a quienes quería.