19
Garrett
Desde que Alicia conoció a Brandon Hollister en aquella fiesta, algo cambió para siempre.
El amor que yo creía que compartíamos, real o no, se evaporó en un suspiro; en el mismo instante en que comprendió que yo ya no era un peldaño útil, sino un obstáculo en el camino hacia el éxito.
Ella no quería un compañero: quería una escalera.
Y necesitaba una que la llevara más alto de lo que yo podía ofrecerle.
La Diosa me lo había advertido.
Y entonces, por fin, entendí lo que Ella había querido decirme.
Pero lo peor no fue perder a mi esposa, sino lo que vino después.
El divorcio en sí fue rápido. Frío. Estratégico.
Alicia, que un segundo antes me susurraba amor eterno cada noche, se transformó de pronto en un demonio legal, rodeada de los mejores y más sanguinarios abogados de Australia y Estados Unidos.
Con su ayuda, y con el respaldo de su nuevo amante, se quedó con todo: la casa, el coche, el dinero… Pero a mí eso me daba igual: mientras me quedaran mi wok y mi kite , seguía siendo yo. Y al principio, al menos, podía ver a mi hija cada fin de semana. No era ideal, pero era algo.
Pero eso fue solo hasta que Alicia se mudó al extranjero… y se la llevó con ella.
A mi Addison. Mi niña. Mi pedazo de cielo en la Tierra.
Eso sí que me partió en dos.
Esa niña era la única parte de este mundo que aún me conectaba con lo sagrado, y ella la usó como un escudo y como moneda de cambio.
Alicia no quería verme más; no quería nada que le recordase a los días en los que era solo Alison Mary, la de la granja de ovejas. La que se hacía pelucas de hierba seca y ataba piedras a la suela de las chanclas para practicar a caminar con tacones.
Me dejó sin nada y me impidió ir a ver a la niña, alegando todo tipo de excusas sobre mi incapacidad de cuidar a mi propia hija. Lo único que ella buscaba era ser libre de viajar a su antojo con su nuevo amante, y de paso borrar un pasado que habría preferido que no existiese. Conmigo incluido.
Mientras tanto, conservé mi trabajo como cocinero. Para poder sobrellevar todos los gastos legales, tuve que conseguirme otro empleo extra en un bar de la playa, sirviendo hamburguesas a surfistas en Brighton-Le-Sands.
Me encantaban los surfistas y su modo zen de ver la vida. Me hice amigo de casi todos. Algunos, más observadores, me notaban decaído y me decían:
—Tío, vete a pillar un par de olas y verás cómo todo se aclara.
No estaban totalmente equivocados.
Fue justo allí, trabajando en ese bar, donde volví a encontrarme a Theodore d’Alessandro, casi dos siglos después de la noche en el cementerio.
Entró con sus gafas de sol, a pesar de que ya había oscurecido. Pidió un ridículo zumo de tomate, que le serví con la obligatoria ramita de apio, riéndome por dentro de su humor negro.
Cuando me acerqué a su mesa, noté que apenas había cambiado: quizás más pálido y más fuerte; con ropa moderna y pelo más corto, pero en esencia el mismo que muchos años antes.
—Te conozco de algo —me dijo—. ¿Hemos coincidido en algún sitio?
Sonreí.
Lo había seguido durante años.
Una vez lo había salvado de morir quemado en Chicago, aunque él no lo sabía.
En otra ocasión fue en Edimburgo, cuando estuvo a punto de ser atravesado por la estaca de un cazador de vampiros.
En todas esas ocasiones, alguien de Arriba había decidido que Theodore d’Alessandro tenía aún asuntos pendientes, y no debía marcharse.
Pero, obviamente, no podía contarle nada de eso, así que me encogí de hombros y respondí:
—Puede ser. A mí también me suena tu cara.
Entrecerró los ojos, dudando.
—Un momento, ¿tú no estabas en Chicago cuando el Gran Incendio? —preguntó, intrigado.
—No sabría decirte…
—Eras el encargado de planta del hotel donde me alojaba. Conseguiste sacar a todo el mundo. Nos salvaste la vida.
—Algo recuerdo…
Era más astuto de lo que parecía.
Teo dio un golpe sobre la mesa.
—Maldita sea, ¡fue en 1871! —masculló, comprendiendo lo que aquello implicaba.
Me olisqueó como un perro, aunque con disimulo. Se notaba que no entendía nada. Seguramente, yo no olía a vampiro, ni a lobo, ni a bruja. Theodore estaba desconcertado. Sabía que yo era algo sobrenatural, pero no podía adivinar de qué tipo.
—Estás perdiendo el tiempo en este bar de mala muerte —declaró, dando un sorbo al zumo de tomate y poniendo cara de asco—. Tienes que venir a Ibiza conmigo. Te pagaré lo que haga falta.
Una semana después, me deshice de lo poco que Alicia me había dejado y empecé una nueva vida en el Serenata Nocturna.
Me daba igual la distancia, porque aún tenía mis alas.
Sabía que, desde Europa, aún podría volar.
De vez en cuando regresaba a Australia, a Estados Unidos o a Europa; a dondequiera que Alicia hubiera llevado a la niña esa semana. Observaba a Addison desde lejos: jugando en jardines extraños, haciendo puzles en su cuarto o aprendiendo a leer con niñeras cambiantes.
Sabía que ese no era el trato que había firmado, y que no me habían permitido conservar mis alas para eso. Pero la tentación era tan grande…
Y yo solo quería verla.
Me ocultaba entre las nubes, o detrás de alguna rama. Y, a la mañana siguiente, me presentaba como si tal cosa en el trabajo, sin que nadie notase mi discreta escapada.
Las cosas iban relativamente bien, hasta que un día me descubrieron.
Teo me vio salir del bar, y me siguió convertido en cuervo. Seguramente se cansó de volar mucho antes que yo, pero comprendió lo que yo era en cuanto me vio extender las alas.
Y eso, a La Diosa, no le gustó en absoluto.
Si hasta entonces había hecho la vista gorda ante mi pequeña transgresión, a partir de ahí todo fue diferente.
No podía dejar pasar que un vampiro, un sin alma, hubiera descubierto a uno de sus soldados, y no solo eso: me había pillado infraganti, usando mi poder para fines egoístas, sin intención de ayudar a nadie en particular… aparte de a mí mismo.
Esa misma noche, la Diosa me quitó las alas.
—Debí haberlo hecho cuando te dejé marchar —dijo con pesar, antes de abandonarme a mi suerte.
Pero tuvo compasión de mí, y me dejó conservar el fuego. Quitarme también eso habría sido lo mismo que matarme, y, aunque era dura, Ella nunca fue malvada.
Privado de mis alas y de la capacidad de visitar a Addison dondequiera que su madre la llevase, me planteé regresar a Australia, pero, para entonces, Alicia ya pasaba muy poco tiempo allí.
Ella y Hollister iban y venían, con Addison y sus niñeras a cuestas, saltando entre continentes.
En mi nueva situación, era muy poco realista seguirlos, viajando de un país a otro según los caprichos de sus rodajes y sus vacaciones.
Mi condición de mortal me obligaba a trabajar de cocinero para sobrevivir, y no era tan fácil mudarse tan a menudo.
Ese fue el motivo por el que me quedé en el Serenata, lidiando desde allí con sus abogados y tratando de salir de aquel lodazal en el que yo mismo me había metido por pura ingenuidad.