Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 18
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Garrett

Recuerdo perfectamente el día que marcó el inicio del fin. El día en que comencé a entender las palabras de La Diosa; el verdadero dolor y decepción de la vida como mortal.

Una fiesta. Un centenar de rostros sonrientes, copas alzadas y miradas maquilladas. Gente de la industria del cine, todos fingiendo que no se envidiaban entre sí. Y un productor recién aterrizado de Los Ángeles que puso su mira sobre mi mujer… justo delante de mis narices.

Llevábamos cuatro años casados. Teníamos una hija, Addison, que acababa de aprender a decir “papá” y se reía con el mismo carisma que su madre.

La vida, al menos en apariencia, era perfecta.

Estaba encantado de mi elección, y me preguntaba por qué no lo habría hecho antes.

Después de mi caída, me enamoré aún más de Alicia, y también de la vida terrenal.

Me acostumbré a ser Garrett Celestine, me olvidé de quién era Igniel, y comprendí todo lo que me había perdido contemplando La Tierra desde las alturas: los detalles minúsculos, los placeres que solo tienen sentido cuando sabes que el tiempo es limitado.

Además de los obvios placeres carnales, que con Alicia me llevaron a esferas desconocidas, descubrí algo que me fascinó desde el primer minuto: la cocina.

No me costó nada decidir mi profesión, y conseguí un puesto de cocinero a la primera.

Manejar el fuego me resultaba hogareño y familiar.

Y, ahora, tenía el aliciente extra de poder sentir hambre, y el placer de poder saciarla y disfrutar del sabor de una tarta de chocolate recién hecha, o del chisporroteo de un wok dulce y picante, con ajos tiernos, jengibre y guindilla.

Todo eso era nuevo para mí, y me encantaba.

Y luego estaba el kitesurf.

Muchos practicaban surf en la zona, pero eso no era lo mío. El surf era divertido, pero no tanto como el kite .

Si sabías rendirte al viento, este te elevaba, y podías volar sobre las olas.

Me gustaba ir a la playa de Brighton-Le-Sands, con su costa larga y plana. Allí, entre el cielo y el agua, recuperaba algo de lo que había sido. Usando mi cometa y la dirección de la brisa, tomaba impulso y volaba, aunque fuera solo por unos segundos.

Por entonces, aún conservaba mis alas, aunque eran invisibles al ojo humano.

Las usaba poco, y siempre en secreto, solo si había vidas en peligro o algo que mereciera el riesgo.

Después de todo, el acuerdo era claro: no debía intervenir en exceso. No debía ser visto. Y, sobre todo, debía usarlas solo para ayudar a otros.

A veces me perdía horas en el agua, con la cometa tensada por el viento y el sol bajando tras el horizonte. No pensaba en nada. No sentía culpa, ni pérdida, ni gloria. Solo era un hombre, existiendo, quemando sus horas y cortando el azul con sabor a sal en los labios.

Años más tarde, desde esa misma playa, observaría los tejados de las villas residenciales de Kyeemagh, pensando en que Addison vivía allí, aunque yo ya no pudiera ir a verla.

Pero no nos adelantemos.

La fiesta.

Alicia llevaba un vestido rojo y aterciopelado, que recordaba a un capullo de rosa. Destacaba entre todos los demás, a pesar de encontrarnos en un auténtico hervidero de beautiful people .

La casa a la que nos invitaron se encontraba en Tamarama (o, mejor dicho, Glamarama , como solíamos referirnos cariñosamente a aquella zona, rebosante de ricos y famosos).

El jardín tenía vistas infinitas al Pacífico, había champán en cada esquina y por todas las partes resonaban conversaciones sobre nuevas oportunidades y productores a la caza de talento local con acento exótico que le diese vidilla a las típicas producciones americanas hechas con cortapastas.

Brandon Hollister no me pareció un mal tipo cuando lo vi por primera vez: otro cuarentón alto y con barba recortada, con no demasiados kilos y suficiente pelo en la cabeza para ser considerado atractivo.

No era particularmente guapo ni feo, pero sí tenía ese encanto intangible que se desprende de la gente que se baña en el éxito, la popularidad y el dinero.

Ojeó a Alicia y me ignoró a mí, pero eso me dio absolutamente igual, porque yo era un feliz cocinero, y no estaba allí para hablar de mí, sino para impulsarla a ella al estrellato.

Hollister se acercó, le ofreció una copa a mi mujer y soltó una frase con gancho. Tras las típicas presentaciones, desveló que tenía un proyecto perfecto para ella.

Nos miramos: vi la ilusión rebosando en sus ojos. Asentí, animándola.

—Tengo una serie en preproducción —dijo Hollister, con una mano en el costado de la boca, dejando claro que aquello era una primicia—. Y necesitamos a una actriz exactamente como tú.

—¿Como yo? —repitió ella, ilusionada—. ¿Y qué clase de actriz soy yo?

—Encantadora, bella, ambiciosa… Serías perfecta para el papel. Pero no buscamos solo una actriz: ¡buscamos un icono! Alguien memorable.

—¿Y de qué es la serie?

—Vampiros. Brujas. Demonios… Un mundo sobrenatural que convive con el nuestro.

Alicia soltó una carcajada exagerada y agitó su melena.

—¡Vaya! Así que, ¿un rodaje de fantasía? Eso sí que no me lo esperaba —Rio de nuevo, algo decepcionada—. ¿Es una serie para niños?

Esta vez fui yo quien sonrió, porque había ciertas cosas que no me permitían contarle, y me divertía su ingenuidad.

—No es cosa de niños, querida —replicó Hollister—. La plataforma nos ha puesto cien millones de dólares sobre la mesa, así que parece que también muchos adultos creen en mi serie. Imagínate la exposición que supondría… Alicia.

Alicia se quedó sin aire cuando Hollister pronunció su nombre con acento americano.

Me tendió su copa, sin girarse a mirarme.

—Cariño, ¿me traes otra? —dijo con voz entrecortada.

—Por supuesto —dije, emocionado al ver que su oportunidad, por fin, se estaba materializando.

Entendí que era mejor que me alejase un poco, para que ellos dos pudieran discutir los pormenores en privado.

No sabía que, a partir de entonces, se esperaría de mí que me mantuviese alejado para siempre , para que ellos pudieran hacer todo tipo de cosas en privado. Cosas que antes habían sido exclusivamente mías, y que no eran, en absoluto, profesionales.

Me pasé el resto de la fiesta haciendo burbujas en un refresco con una cañita, y rememorando el día en que la había conocido.

Qué lejos había llegado mi Alicia, mi Alison Mary. Estaba tan orgulloso de ella. Ahora lo entendía todo: por eso tuve que salvarla. Por eso nos conocimos.

Esa noche, mientras ella se quitaba el vestido frente al espejo y la niña ya dormía, me acerqué por detrás a bajarle la cremallera.

—Puedo sola —dijo, apartándome.

—Sé que puedes. Tú puedes con todo, pero… tenemos algo que celebrar, ¿no?

Se dio la vuelta, cubriéndose el sujetador con la parte superior del vestido abierto, como si fuéramos dos desconocidos.

—No lo entiendes, Garrett.

Dio un paso atrás. Parpadeé, perplejo.

—La verdad es que no. Explícamelo.

—Esta es mi oportunidad, y no voy a dejarla pasar.

—¡Claro que no! —la animé—. ¡Es la oportunidad de tu vida!

—Lo es —respondió con dureza—. Y haré todo lo necesario para que no se me escape.

—¡Por supuesto! Y yo te apoyaré desde las sombras, orgulloso de ti y de lo lejos que llegarás. De lo lejos que has llegado.

Sacudió la cabeza, y pronunció nuestra sentencia de muerte, aunque en su voz no hubo pesar alguno:

—Garrett, Garrett… no seas inocente —dijo—. ¿Acaso crees que alguien consigue cosas grandes aquí sin dar nada a cambio?