Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 17
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Oksana

Le quité lo que quedaba de su camiseta, sin pedirle permiso.

—Ya te he dicho que estoy bien —gruñó, pero su voz temblaba de tensión contenida.

Sí, claro. Acababan de clavarle una antorcha en el costado, y su ropa había ardido en llamas.

Estaba claro que no podía estar bien , por muy fuerte que fuese.

Sintonicé con su mente, y no pude captar un mensaje concreto, pero sí algo parecido al miedo, y una expectación que crecía.

Noté que él deseaba que yo hiciera algo. ¿Pero qué? Algo…  ¿prohibido? Algo en lo que ni siquiera se atrevía a pensar, por miedo a ser descubierto.

Estaba cada vez más intrigada.

Me situé detrás de él, tiré de los jirones de su camiseta, y los dejé caer al suelo.

Y entonces las vi.

Dos cicatrices antiguas y rosadas, en forma de líneas arqueadas. Una a cada lado de la columna, en la parte superior de su espalda.

Parecía un desgarro, o la sombra de algo que un día estuvo allí, pero ahora ya no estaba.

Como si algo hubiese sido arrancado de él, y no hubiera vuelto a crecer nunca más.

Sin pensarlo, extendí la mano. Garrett se tensó al notar el contacto, pero no se apartó. Pasé los dedos por la curva de una de las marcas, y al posar el dedo sobre ellas, una oleada de recuerdos ajenos me sacudió.

Garrett, sobrevolando un poblado medieval, tratando de salvar a niños inocentes de un saqueo sangriento.

Un campo de batalla en el norte de África, mientras él buscaba entre los rostros a quienes le habían asignado, desesperado por salvar sus vidas antes de que una guerra injusta las terminase demasiado pronto.

Había tantas imágenes inconexas que tuve que soltarlo tras unos segundos, abrumada por tantos recuerdos, que parecían datar de cientos, incluso miles de años atrás.

No lo entendía.

No podía ser.

—No eras humano —susurré.

De pronto, todo cobró sentido.

Garrett nos había ocultado sus habilidades de dominio del fuego, pero al conocerlas, simplemente pensé que se trataba de una habilidad mágica, igual que mi telepatía, o la telequinesis de Naomi.

Pensé que era un descendiente de brujos, con la habilidad de manipular el fuego a su antojo.

Pero Garrett era mucho más que eso, y ahora empezaba a entender más cosas.

Garrett guardó silencio, sin responder a mi pregunta.

Saqué el botiquín de la mochila que él cargaba, y empapé una gasa en desinfectante para limpiarle la herida dejada por el mango de la antorcha.

Durante un rato, no dijimos nada. Le limpié y vendé la lesión, mientras él se mordía el labio, sin emitir ni un solo quejido.

Pero le dolía, y se notaba.

Si alguna vez había sido un ser de otro plano, ahora ya no lo era. Su carne sangraba y dolía igual que la mía. Podía sentir dolor, y sus heridas no se cerraban al instante.

El silencio nos envolvió como una cúpula, pero no era incómodo. Era denso, como una dulce melaza, y lleno de cosas sin decir.

—¿Qué eras? —pregunté, sin poder contener más la curiosidad—.  ¿Cómo llegaste hasta aquí?

Garrett suspiró.

Me empujó suavemente a un lado, para que dejara de vendarle. Ladeó la cabeza, y observé que tenía la barba algo crecida, aunque le quedaba bien igualmente. Era difícil que algo le quedase mal a Garrett.

—Su nombre era Alicia —susurró de manera inesperada. No me miró al decirlo, como si hablara para sí—. Me enamoré de ella como un idiota. No sabía lo que hacía; ni siquiera me di cuenta de a cuánto estaba renunciando para estar con ella. Pero lo hice, y aun así, no me arrepiento.

—Sé lo de tu ex en Sídney —admití—. ¿Te refieres a ella?

Asintió. Era difícil no saberlo, cuando no paraba de recibir llamadas relacionadas con su escandaloso divorcio.

—Vaya mierda —dije, porque me costaba encontrar algo mejor que decir en tal situación.

Lo había dejado todo por esa mujer, y ahora ella lo había dejado colgado.

—Pero… ¿tú todavía la amas?

Recordé las palabras del engendro que nos había atacado:

«Sabemos lo que tú más deseas, y con nosotros podrías recuperarlo. Tus alas… Tu familia… Todo. Todo lo que Ella no quiso darte, con nosotros lo tendrías».

—No. A ella no. Pero Addison… ella es otra cosa.

—¿Addison?

Garrett sonrió con nostalgia.

—Mi hija.

—¿Tienes una hija? —exclamé, algo horrorizada al imaginarlo—. Nunca me habías hablado de ella.

Nunca fui amante de los niños.

Solo había tenido malas experiencias con ellos.

Pero la imagen de una niña con los ojos de Garrett me descolocó más de lo que esperaba.

—Supongo que hablar de ella solo me hace echarla de menos todavía más —murmuró—. Pero ella hace que todo valga la pena. Todo lo que dejé atrás. Todo lo que perdí. Vivo esperando el día en que vuelva a estar con ella.

—Pues… Espero que ocurra pronto —dije, a falta de algo mejor.

Me costaba imaginar a Garrett como padre. Pero sentí el dolor que destilaban sus palabras, y también que no quería seguir hablando de ello. Se notaba que, si seguía escarbando ahí, iba a romperse algo que ya estaba demasiado cerca del límite.

—Tenías alas —afirmé. No era una pregunta. Comencé a atar cabos—. Eras un…

—¡Shh! —Me hizo callar—. Por favor, no lo digas. Te dije que no podía hablar de ello.

Pero yo no pude evitarlo. Estaba horrorizada. Furiosa en su lugar.

—¿Qué Diosa sería ser tan cruel como para arrancarle las alas a uno de sus vasallos, después de milenios a su servicio? —exclamé, alzando las manos—. Por eso mismo no venero a ningún dios. Todos los que he conocido eran unos caprichosos, con complejo de mártir.

El rostro de Garrett se torció un instante, como si mi comentario le hubiera dolido.

—Ya te dije que fue un contrato —respondió, con un suspiro que sonó más a confesión que a defensa—. No cumplí mi parte. Me lo gané. No fue culpa de Ella.

Bufé.

—¿Y qué hiciste tú, si se puede saber? ¿Qué crimen tan terrible pudiste cometer para merecer esto? Eres demasiado bueno, Garrett. Demasiado puro. Te conozco bien, y sé que no pudiste hacer algo tan terrible como para merecer… todo esto.

Mi mano volvió a posarse sobre sus cicatrices, sin pensarlo. Se notaban irregulares, como si la raíz de sus alas hubiera lacerado la piel al arrancarlas. Tenía aspecto de haber sido doloroso. Traumático.

Sus músculos se tensaron bajo mis dedos y su piel se erizó. Garrett me miró, y esta vez su mirada fue distinta. El fuego titilaba, débil, reflejado en sus pupilas. Algo se encendió en sus ojos, y casi habría jurado que ardía por mí.

No dijo nada, pero se acercó un poco más.

Me acarició el pelo; pude ver de reojo que me faltaban un par de mechones, que aquella criatura infernal me había chamuscado. Apartó lo que quedaba de mi cabello, sujetándolo detrás de mi oreja.

Sentí el aroma de su piel, de su vello corporal algo quemado; el suave sudor que hacía brillar sus hombros bien torneados, de tantas horas pasadas haciendo deporte en el mar.

Lo tenía justo ahí, desnudo de cintura hacia arriba. Impresionante, moldeado por el ejercicio y bronceado por el sol.

Pensé que iba a besarme.

Entreabrí los labios y me acerqué, deseosa de cerrar la distancia entre nosotros.

Pero entonces recordé lo que había ocurrido antes, cuando había intentado conectar con Teo.

No quería que pensase que era por eso; que estaba usándolo para besar a otro, que solo existía en mi imaginación.

Esta vez, la atracción era real, y era por él: no había duda.

Estábamos muy cerca, a apenas unos milímetros.

El fuego chisporroteó un poco más fuerte, y Garrett dio un respingo.

Se frotó el costado y se ajustó de nuevo el vendaje que le había puesto sobre la herida.

—Discúlpame, estoy muy cansado —dijo, cerrando el tema—. ¿Te importaría si descansamos un rato?

Asentí, tragándome todas las palabras que no había podido pronunciar.

—Claro. Con esa herida deberías dormir un poco. Me quedaré despierta haciendo guardia. Podemos turnarnos.

Nos acomodamos en una oquedad de la roca, espalda contra roca, hombros pegados. El fuego nos rodeaba, proyectando sombras anaranjadas.

Nos tocábamos, pero no hablamos más.

Pero su hombro rozaba el mío.

Sentí su calor y observé de reojo sus labios, y la línea perfecta de su mandíbula. Me pregunté cómo sabrían esos labios si me besaran.

Pensé que, si me hubiera tomado en ese mismo lugar y en ese instante, no lo habría rechazado.

Me quedé despierta para vigilar, aunque creo que él tampoco se durmió.

Sin necesidad de leer su mente, sabía que algo mutuo estaba creciendo entre nosotros, e iba más allá de esa sensación de ser dos seres expulsados del paraíso, incomprendidos por el resto del mundo.