16
Garrett
El tráfico de la gran ciudad se detuvo mientras una procesión de turistas, una anciana con parasol y dos pájaros ibis cruzaban la calle. Eran las ocho de la mañana, y el cruce entre George Street y Market hervía de tráfico y peatones.
Me habían enviado para impedir una muerte accidental, que no debía ocurrir porque la víctima tenía todavía una importante misión en la vida, que yo desconocía. Solo sabía que se trataba de Alison Mary Harlow, veinticinco años, aspirante a actriz y nativa de una granja rural de Nueva Gales del Sur.
Según el informe, había crecido entre viñedos y ovejas, pero ella siempre quiso llegar más lejos y conquistar a algún productor de cine con sus encantos, su melena caoba y su tez color caramelo.
Hasta ella sabía que estaba destinada a algo grande.
Lo había sabido desde niña, cuando se disfrazaba con su peluca rubia, improvisada con paja del establo, e imitaba a las actrices de las telenovelas que veía su madre.
Esta chasqueaba la lengua y la obligaba a copiar más versículos del Libro de Proverbios, como penitencia por su vanidad.
No debió de ser fácil para Alison Mary crecer en esas condiciones, escolarizada en casa por una estricta madre evangélica; pero, aun así, la joven consiguió escapar a Sídney apenas cumplidos los diecinueve, dispuesta a cumplir su sueño o morir en el intento, y convertida en la mucho más ambiciosa Alicia Harlow.
Si yo no hubiera estado allí esa mañana, Alicia habría muerto en el intento; pero eso ella no lo sabía, al igual que el resto de mis protegidos, ni lo sabría jamás.
Mi labor debía ser siempre benéfica, silenciosa e imperceptible.
La reconocí de inmediato porque no caminaba como los demás; parecía que George Street fuera una pasarela, y ella una modelo en plena función.
Miraba la pantalla del móvil y corría con sus tacones de vértigo, recitando el texto de un guion en voz baja y sujetando un café en un vasito de papel. La seguían otros cuantos ibis más: esas aves conocidas cariñosamente como bin chickens , o “pollos de basurero”.
Mi cometido, como siempre, era cumplir con la misión y disiparme de inmediato entre la multitud.
Alicia no sabía que, en siete segundos exactos, un tranvía la lanzaría sobre la calzada, y de ahí… al otro plano, cercenando su existencia en este.
Siete. Seis. Cinco…
El semáforo se puso en rojo, pero Alicia continuó leyendo mientras caminaba, distraída. Los ibis la siguieron también, con sus patas largas y sus picos negros como la guadaña de la muerte.
Me agazapé al borde de la calle, esperando.
Escuché llegar al tranvía.
Tres. Dos.
El tranvía hizo sonar la campana.
Alicia levantó la vista del teléfono, con terror en los ojos.
La empujé, justo a tiempo, y ambos rodamos por el suelo, entre el olor a café derramado, el traqueteo eléctrico del tranvía pasando a escasos centímetros de nosotros y el grito colectivo de toda la gente que acababa de presenciar la escena.
—¡Eh! ¿Estás bien? —me preguntó ella, sacudiéndose el polvo de los codos—. ¡Vaya susto! Ese tranvía casi se nos lleva por delante.
—Estoy bien —respondí, ignorando la palabra “nos”.
Ella me escaneó de arriba abajo, sonriendo con labios carnosos, pintados de rojo intenso.
—¿Cómo te llamas?
No. No. Este no era el plan.
Yo tendría que estar ya a cientas de millas de allí, y no conversando con mi protegida. Iba contra las normas, y me iba a llevar una buena reprimenda si no salía pitando.
Pero no pude evitarlo.
Obviamente, no podía decirle mi nombre, así que miré a mi alrededor frenéticamente, en busca de inspiración.
Un repartidor de comida rápida pasó junto a nosotros, con una gorra en la que ponía: «Garrett’s Burgers».
—Garrett —dije con naturalidad.
—¿Garrett qué?
Lo preguntó como si fuera importante. Como si, quizás, mi apellido pudiera servirle de escalera para trepar a lugares a los que no podía llegar sola. Obviamente, no era así, pero eso me daba igual. Se me ocurrió algo apropiado y sonreí al decirlo.
—Celestine. Garrett Celestine.
—Soy Alicia —dijo tendiéndome la mano—. Déjame que te invite a un café. Para agradecer que me hayas salvado la vida, Garrett Celestine.
Lo dijo con una sonrisa burlona, como si en realidad no creyera que la hubiera salvado; como si pensase que, de todos modos, habría saltado a tiempo por su cuenta. Para ella todo era un juego, y se notaba que se estaba divirtiendo.
—No… no creo que pueda —respondí, mirando hacia arriba por si alguien había venido a controlarme—. Tengo que regresar al trabajo.
Ladeó la cabeza, dejando caer los mechones caoba sobre un hombro.
—Yo también —admitió—. Iba de camino a una audición. Pero podríamos quedar más tarde. ¿Trabajas por aquí?
—Bueno… aquí y allá. Viajo bastante.
—Pero ahora estás en Sídney —replicó, juguetona—. Parece que el destino ha querido que coincidiésemos. Y uno no debe contradecir al destino, ¿no crees?
Se mordió el labio, provocándome.
Para mí todo aquello era nuevo.
No solía interactuar tanto con ellos , y, para ser sincero, me estaba resultando fascinante.
***
Nos casamos seis meses después.
Alicia era puro fuego; y yo, acostumbrado a lidiar con las llamas, me quedé prendado de ella desde el primer instante.
Su belleza me desarmaba. Su vida era una procesión de castings, fiestas donde supuestamente conocería a ese productor que la haría saltar a la fama y noches llorando junto a una botella de vino, cuando su sueño se le escapaba de nuevo, y otra puerta se cerraba.
Pero yo siempre estaba ahí, a su lado, sosteniéndole la mano, porque sabía algo que ella no: la esperaba algo grande, algo increíble, una misión que solo ella podría llevar a cabo… nunca llegué a saber qué era, pero sin duda existía; si no, no me habrían llamado para salvarla.
Quedarme con ella supuso para mí un sacrificio impensable, aunque nunca se lo dije, ni a ella, ni a nadie.
El día en que se cumplió un mes desde el incidente del tranvía, me presenté ante La Diosa.
Le pedí que me permitiera convertirme en un hombre mortal para vivir junto a esa mujer a la que apenas acababa de conocer.
Le supliqué que me liberase de mi labor celestial, para poder experimentar una vida común en La Tierra.
La Diosa me miró con tristeza, oculta entre sus velos de nubes y estrellas.
—No lo hagas —me advirtió—. Los mortales son volubles. Te decepcionará.
—Me he enamorado —repliqué.
—Eso es imposible.
—Puede ser. Pero es cierto.
—Eso no es amor, Igniel. No te confundas.
—Insisto. Sé lo que digo.
—Haré lo que tú desees, aunque sentiré tu pérdida. Eres libre de elegir, y te concederé lo que me pides, pero recuerda que no podrás volver atrás. No podrás hablar a nadie de tu pasado, y te convertirás en un hombre mortal, como ella. ¿Aceptas, aun bajo estas condiciones?
Asentí.
—Acepto.
—Te dejaré un regalo de despedida —dijo la Diosa tras pensarlo un momento—. Podrás conservar tus alas y tu fuego, pero los usarás solo para actos altruistas. De lo contrario, los perderás también.
—Gracias, Mi Señora.
La Diosa me concedió la mortalidad, y con ella el derecho a amar… A sangrar…
Y a equivocarme.
Yo elegí a Alicia, y me equivoqué.
Pero entonces aún no lo sabía, y tardaría años en entenderlo.