15
Garrett
Seguimos adelante por un túnel cuyas paredes evocaban formas humanas a medio tallar, como estatuas atrapadas en un limbo de piedra.
No quise mirarlas mucho. Sus rostros incompletos me recordaban a mí mismo y a gente que conocía.
Oksana venía detrás, envuelta en un silencio indescifrable.
Y yo aún sentía su aliento en mi cuello.
Su cuerpo, temblando.
El roce de sus labios buscando los míos, aunque no del todo… no por mí.
Pero ¿acaso importaba?
¿Importaba que ese gesto no fuera para mí, sino para alguien que no estaba?
Me repetí que no. Que lo importante era haberla ayudado a encontrar el camino.
Que eso bastaba.
Porque eso era lo que yo sabía hacer, ¿no?
Ser útil. Ser un apoyo altruista. Ser el fuego que iluminaba a otros, aunque todos me abandonasen al final.
Me lo repetí tantas veces que casi me lo creí.
Casi.
Sacudí la cabeza.
Maldita sea.
No era eso lo que quería, por mucho que odiase admitirlo.
Quería ser el centro. La yesca que iniciase la llama. El fuego por el que ardiese su cuerpo.
¡Por todos los diablos!
Tanto tiempo entre humanos, y ya empezaba a pensar como ellos… a desear como ellos.
—¿Todo bien por ahí delante? —preguntó Oksana.
Me giré y la encontré agachada, recuperando el aliento con las manos en las rodillas. ¿Había estado caminando demasiado deprisa? A veces me olvidaba. Mi cuerpo era mortal, pero no se cansaba como el suyo.
Su rostro estaba tenso. Los labios apretados. La mirada clavada en el suelo. Llevábamos muchas horas sin dormir.
—¿Estás cansada?
—Estoy bien —respondió con voz dura—. Pero si tú estás cansado, podemos parar un rato.
Sonreí a medias ante su terquedad, que ocultaba todo lo que no estábamos diciendo.
Sin duda, ambos necesitábamos una pausa.
En ese momento, se oyó un ruido leve, como el de un animal rascando.
—¿Oyes eso? —pregunté en un susurro.
Ella negó con la cabeza, aunque con poca convicción.
—Parece un topo —dijo.
—Si es un topo, debe de ser del tamaño de un oso.
Y, que yo supiera, no había ninguno en la Umbrícora, a no ser que los demonios a cuatro patas contasen.
Nos detuvimos a escuchar, y esta vez, el eco nos devolvió pasos que no eran los nuestros.
—Hay alguien al final del túnel —susurró Oksana, poniéndose pálida.
Me di la vuelta. Al otro extremo del túnel adiviné un leve resplandor.
—Pues parece que al otro extremo también hay algo —murmuré con muy poco entusiasmo.
—Estamos fastidiados —declaró, haciendo eco de mis pensamientos.
Puse una mano en su brazo. Llevaba la camiseta negra arremangada, y noté que tenía los vellos de punta. Su cuerpo estaba tenso, en guardia, como el de un felino a punto de atacar.
—No te muevas… —empecé, pero no terminé. Porque, en ese momento, el aire cambió.
La temperatura subió. Un olor acre y dulzón inundó el pasadizo. Recordaba a incienso quemado, mezclado con sangre vieja.
Un cuerpo humanoide emergió de la boca del túnel, con dientes como cuchillos.
Sus brazos eran largos y delgados, como si fuera puro músculo despellejado.
En el lugar de sus ojos había llamas rojizas, que bailaban dentro de dos cuencas vacías.
Sostenía una antorcha primitiva, que ardía con fuego azul.
— Igniel —susurró con voz pastosa al acercarse a mí—. Cuánto tiempo… aunque me han dicho que te cambiaste el nombre, viejo amigo.
Oksana retrocedió un paso.
—Tienes amigos muy raros —masculló, pegándose a la pared mientras los rostros tallados en ella parecían sobresalir y mirarla con los ojos salidos de las órbitas.
—¿Quién eres? —pregunté, tratando de reconocer a esta criatura entre las muchas que me había encontrado durante mis andanzas pasadas.
—Un siervo —respondió él—. Una sombra de lo que fui. Antes fui humano, pero aquí la carne se pudre. —Las oquedades de sus ojos flamearon con un atisbo de locura—. ¡Pero la esperanza no!
No contesté. Ya sabía lo que era: un alma corrompida, distorsionada por este plano.
Su perorata sobre la esperanza lo había delatado: era un antiguo Liberador, sin duda.
Había conocido a muchos de ellos: el que convirtió a d’Alessandro era uno, por nombrar un ejemplo.
Los Liberadores fueron durante un tiempo uno de nuestros enemigos principales.
Normalmente, eran humanos o criaturas sobrenaturales que se asociaban a los demonios, unidos por un objetivo común: su deseo de desatar la Oscuridad por el mundo entero.
Pero, a diferencia de estos, la Umbrícora los cambiaba, y con el tiempo dejaban de ser los mismos.
—Vais a morir si seguís adelante —dijo la criatura, mirando a Oksana primero, y luego a mí—. Ella, sin duda. Pero tú, Igniel… tú podrías unirte a nosotros.
Oksana entrecerró los ojos al escuchar de nuevo mi antiguo nombre en labios de aquel engendro.
—No estoy interesado —respondí chasqueando la lengua.
—Te equivocas —insistió él—. Sabemos lo que tú más deseas, y con nosotros podrías recuperarlo. Tus alas… Tu familia… Todo. Todo lo que Ella te negó, con nosotros lo tendrías.
La otra criatura nos flanqueó por el otro lado, mientras las estatuas talladas en la roca comenzaban a moverse, tomando la forma de mi exmujer y de mi hija, con los brazos extendidos hacia mí, como si me llamasen sin emitir sonido alguno.
Parecían tan reales que mi mano tembló un instante, y la llama que sostenía casi se extinguió.
Oksana me miró.
—Garrett —dijo en voz baja—. El fuego.
La criatura continuó:
—Imagínalo. Su risa. Sus abrazos… Recuperar a la mujer que amas… ¿No harías cualquier cosa por tener todo eso de nuevo?
Oksana me lanzó una ojeada fugaz, con el ceño fruncido.
—Cállate, engendro maldito —dije apretando la mandíbula.
El fuego volvió a crecer en mi palma, alimentado por una súbita oleada de rabia.
Oksana señaló con disimulo su bota derecha, donde un objeto duro se marcaba bajo la tela del pantalón. Luego miró de reojo al Liberador a nuestra izquierda, y yo entendí al instante.
—Ella te llama cada noche, Garrett —siguió el engendro—. En sus sueños. ¿Quieres oírla otra vez?
—¡He dicho que te calles!
Concentré toda mi energía en las palmas de mis manos hasta que dos llamas enormes crecieron sobre ellas. Lancé una sobre la criatura a mi derecha, mientras Oksana sacaba un cuchillo de su bota y se lo clavaba al otro en el cuello.
En cuanto ella se apartó, lancé la otra llamarada sobre ese también.
El fuego envolvió a los Liberadores corruptos como un lazo de serpientes.
Gritaron, y el primero se abalanzó sobre mí en llamas.
Blandió su antorcha azul sobre mi rostro y me aparté como pude.
Sentí el fuego sobre el cuerpo, y mi ropa comenzó a arder, mientras él trataba de clavarme en el costado su antorcha, como una lanza.
Rodamos por el suelo, hasta que Oksana se acercó con su cuchillo.
La criatura agarró una llamarada de fuego residual y la lanzó contra su cara, pero ella se apartó justo a tiempo, aunque le quemó parte del pelo.
Con un gruñido gutural, se lanzó sobre la criatura y la remató.
Esta se replegó, con sus miembros contorsionados por el calor, y finalmente las llamas que brillaban en las oquedades de sus ojos se apagaron.
Traté de alzarme y ponerme de rodillas, y Oksana corrió hacia mí.
—¡Estás herido! —exclamó, mirando a ambos lados por si venía alguno más.
—No es nada —dije, aceptando su mano para ponerme en pie.
—¡Estabas ardiendo! —gritó.
Sacudí la cabeza.
Ella no lo sabía, pero yo no podía arder con mi propio fuego. Lo único que podía afectarme eran los golpes, pero eso se me pasaría pronto.
Oksana se agachó y observó mi camiseta chamuscada, de la que apenas quedaban jirones.
—Hay que quitarte eso —ordenó—. Déjame ver si tienes quemaduras graves.
—No tengo nada —insistí, pero ella ya estaba tirando de la tela, que cedió y cayó a mis pies con un revoloteo que olía a quemado.
Se quedó ahí, detrás de mí; observando mi espalda expuesta.
Un gemido de sorpresa escapó de sus labios, pero no dijo nada.
Giró en torno a mí, con los ojos como platos.
Sus dedos se deslizaron, incrédulos, sobre la piel de mi espalda desnuda, y rozaron la piel sobre mis omóplatos, quedándose ahí unos segundos más de lo necesario.
Ninguno de los dos dijo nada.
Solo me miró, comprendiéndolo todo por fin al ver las cicatrices; las marcas en el lugar donde una vez estuvieron mis alas.