13
Oksana
Siete años atrás
Mi fiesta de cumpleaños terminó en tragedia, y desde entonces mis padres, que nunca me entendieron ni mostraron gran empatía hacia mí, se volvieron todavía más fríos y distantes.
Lo de Mitya fue considerado un accidente; un niño diferente y con problemas, ahogado en una piscina por falta de vigilancia.
Pero Mitya era consciente de que no sabía nadar, y no se habría lanzado solo a la piscina.
Tenía miedo al agua. No habría saltado por iniciativa propia.
La policía archivó el caso en cuestión de días, como si todos tuvieran prisa por olvidarlo.
Ni siquiera interrogaron a fondo a los presentes.
Todos se conocían, y nadie quería meterse en líos.
Un hogar roto en el barrio era más que suficiente.
Por suerte, mi hermano me dejó en herencia el regalo más preciado: la habilidad de bloquear los pensamientos a la deriva, en vez de tener que escucharlo todo.
Era como cerrar una puerta desde dentro.
La usaba mucho en clase, y ahora también en casa, porque ya no soportaba a mi madre.
Casi todo lo que captaba me hundía todavía más en la miseria, y prefería vivir ignorando lo que los demás pensaban de mí.
Terminé el instituto con las mejores notas posibles, y mi padre sugirió que ingresara en la universidad para convertirme en abogada.
Yo odiaba la idea de estudiar leyes, pero quizás con ello lo habría hecho feliz de una maldita vez.
Solo por eso, me lo planteé seriamente; todo el mundo parecía tener claro mi futuro…
menos yo. Mi vida había sido ya trazada de antemano: tras el verano, me marcharía unos años a estudiar al extranjero, en una universidad de élite en la que había sido aceptada por contactos.
Después trabajaría con mi padre, hasta que me casara con algún hombre de buena familia, aprobado por mi madre.
Tendría hijos que no quería y así seguiría hasta morirme, vieja y marchita, sumida en una vida que odiaba y que jamás pude elegir.
Pero no veía ninguna manera de escapar de aquella jaula de oro sin abandonar a mi familia por completo, y volar sola del nido era un pensamiento aterrador con apenas dieciocho años.
Acepté la invitación de mis tíos para pasar unas semanas de verano en su hotel de lujo en Mallorca. El plan era simple: desconectar, evitar a mis padres y disfrutar de mis últimos días de libertad en solitario.
El sitio era exclusivo, apartado de las zonas más conocidas, repletas de alemanes y británicos: el hotel de mis tíos era un paraíso balear de mar, viento, y buganvillas moradas que trepaban por paredes de piedra blanquecina.
Ellos no eran mucho mejores que mis padres, pero se metían menos en mi vida, porque ya tenían bastante con entrometerse en la de sus propios hijos.
Me pasé días enteros apartada de todo el mundo, disfrutando del silencio de no escuchar los pensamientos de nadie.
Más arriba del hotel, en una pequeña colina, encontré un bosquecillo y un campo de olivos.
Me aficioné a sentarme a leer a la sombra y anotar frases sueltas.
Era agradable cuando el autor me mostraba los pensamientos ajenos de una manera controlada e inofensiva; resultaba curativo para mi mente agotada, después de años enteros bloqueando a todo el mundo que me topaba en la gran ciudad.
Empecé a acostumbrarme a tomar una copa de vino con la comida, y otra con la cena. Noté que no hacía desaparecer mi don, pero sí lo mitigaba. Se volvía más débil y borroso, lo cual me encantaba. Una copa se convirtió en dos, y a nadie le pareció particularmente mal, así que seguí haciéndolo.
***
Una tarde, al bajar la colina de regreso al hotel, lo vi por primera vez.
Había anochecido, y estaba sentado en la terraza del hotel con una copa entre los dedos.
Su pelo, rubio y corto, estaba revuelto por el viento, y su camisa blanca de lino quedaba medio desabrochada por la parte superior.
Mi primer pensamiento fue que sería uno de esos músicos o actores que se instalaban en la isla por temporadas: en teoría, venían huyendo de su fama, aunque en realidad, estaban huyendo de sí mismos… igual que yo.
—¿Tú eres la sobrina misteriosa? —preguntó, el extraño sin girarse, con acento británico.
Me detuve. ¿Cómo me había oído llegar por detrás, a pesar de la música?
—¿Y tú el huésped que solo sale por las noches? —repliqué.
Entonces sí se giró. Me repasó de arriba abajo con unos ojos azules que, si te fijabas, tenían un brillo extraño, casi sobrenatural.
Luego sonrió, y, de nuevo, noté algo extraño en su perfecta dentadura blanca, de colmillos algo puntiagudos.
No me extrañé demasiado porque la gente de Hollywood solía ser excéntrica.
También había visto a uno con lentillas rojas, en cierta ocasión.
— C’est moi —respondió, halagado de que hubiera oído hablar de él.
Me senté en una mesa cercana, fingiendo desinterés, y le pedí al camarero una copa de vino. Pero mi pulso iba desacompasado. Quería saber qué pensaba este extraño tan atractivo y misterioso. Por reflejo, abrí el radar de mi mente, pero solo me recibió un raro silencio.
O casi. Había ruido, sí, como el eco de una radio mal sintonizada, pero no conseguía captar ni una frase clara.
Eso era nuevo para mí.
Se marchó antes de que yo terminase de cenar, y no probó bocado en todo el tiempo que estuvo allí.
Al día siguiente volvió a aparecer. Y al otro. Al final, la curiosidad fue más fuerte que yo y, a la mañana siguiente, le pregunté a mi tía qué puñetas hacía ese tipo allí, y quién era.
—Ah, es solo Theodore d’Alessandro —respondió ella, revisando que las instalaciones de la piscina estaban perfectas y listas para recibir a sus exclusivos huéspedes tras el desayuno.
—¿Quién? —pregunté, porque no parecía estar dispuesta a decir mucho más.
—No te conviene —respondió con voz dura, ajustándose un tirante de su vestido marrón de lino.
Bufé y puse los ojos en blanco.
—Menuda estupidez. No quiero nada de él. Solo me extraña que se pase el día en su habitación. ¿Por qué lo hace?
—Otro excéntrico que regenta un bar de copas en Ibiza. Ya sabes cómo es esa gente.
Con eso dejó claro que no eran gente como ella y mi tío, que solo aceptaban huéspedes refinados y distinguidos, sino bárbaros abiertos a acoger a todo tipo de borrachos, balas perdidas y malhechores.
Me encantó la idea desde el primer instante.
Esa noche me lo encontré en el jardín, frente al estanque de las ranas. Se había descalzado y había puesto los pies sobre las piedras redondeadas del borde, que aún estaban calientes del sol.
—Siempre estás tecleando en ese móvil —comentó, con aire de superioridad.
Mi primera reacción habría sido responderle algo cortante para que se metiera en sus asuntos, pero me mordí la lengua y traté de ser amable.
—Escribo cosas que escucho —dije.
Él ladeó la cabeza.
—Así que eres una pequeña espía. Sorprendente.
Lo dijo en broma, pero yo no me reí. Desbloqueé la pantalla y le mostré mis notas, con una lista de frases al azar: «Odio mi trabajo», «Está buenísima», «Ojalá tuviera suficiente dinero para divorciarme de este cerdo».
—Veo mucha negatividad aquí, ¿no? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Nunca has pensado en escribir historias más alegres?
—No son historias. Son pensamientos reales, de personas reales.
Theodore soltó una carcajada.
—¿Me estás diciendo que puedes escuchar los pensamientos de la gente?
Dudé.
Nunca había hablado a nadie de mi don, desde aquellos años en que mi madre me llevó de especialista en especialista y comprendí que, si no comenzaba a guardarlo en secreto, terminaría encerrada en un manicomio.
Pero aquel hombre era distinto, y me lo demostró de inmediato: me miró fijamente, bajó sus barreras mentales y me dejó escuchar.
Y, así, esa noche descubrí dos cosas:
Primero, que había gente capaz de bloquearme a mí, igual que yo podía bloquearlos a ellos.
Y, segundo, que Theodore d’Alessandro no era un hombre común.
«Yo tampoco soy lo que parezco», resonó en el aire.
Sentí que se me paraba la respiración al oír eso.
—Te oigo —dije con voz entrecortada.
—Léeme —ordenó él—. Ahora.
Lo intenté de nuevo, pero volvió a recibirme el silencio.
Sonrió con cierta malicia.
¡Lo estaba haciendo adrede!
—Tendrás que dejarme entrar —murmuré.
—Esto se está volviendo muy interesante —dijo con cierta admiración.
Probé de nuevo, y otra vez, apareció algo, un eco leve.
«Me interesas.»
Enarqué las cejas, sorprendida.
—¿Te intereso? —repetí sin entender.
Theodore alzó los brazos con fingida inocencia.
—Yo no he dicho nada —susurró.
—Lo has pensado. Justo ahora.
Algo cruzó su rostro, una sombra fugaz.
—Eres peligrosa —dijo.
Pero no sonó como una advertencia. Sonó como un cumplido.
A partir de entonces, pasamos las noches juntos. Primero en la terraza, charlando y bebiendo. Con él bebía menos, porque no quería silenciarlo. Lo deseaba presente. Su mente me era esquiva, y eso me intrigaba.
Él me contaba poco y yo menos. Pero empezamos a reír. A entendernos… A acercarnos.
Theodore d’Alessandro fue mi primer amor verdadero.
El primer hombre que me desnudó, en cuerpo y alma.
El primero al que me entregué por completo.
Por las mañanas me levantaba tarde. A veces cantaba en la ducha mientras me arreglaba: volví a encontrar mi voz de nuevo, por unos días al menos.
Me vestía despacio, pensando en cómo él me quitaría esas mismas prendas más tarde.
Pasamos horas incontables en su habitación, y otras muchas en la mía.
Durante un par de semanas, todo fue mágico. Perfecto.
—Ven conmigo a Ibiza —dijo una vez entre las sábanas—.
Olvídate de estudiar leyes; puedo ofrecerte algo mucho mejor.
Algo diferente de todo lo que has visto u oído.
Un trabajo, una comunidad, una vida en la que experimentarás cosas que los mortales comunes ni siquiera imaginan.
Necesito a alguien como tú, Oksana… Te necesito.
«Me interesas» se convirtió en «Te necesito».
Y yo me sentí explotar de emoción.
Dije que sí.
No podía creer mi suerte.
Una noche lo tomé de la mano entre risas y lo arrastré hasta mi escondite entre los olivos.
Allí nos quedamos en silencio tanto tiempo que pareció que el mundo hubiera desaparecido. Teo me miró como si viera a alguien que había estado buscando durante mucho tiempo.
Me incliné, tan atraída por él que no tenía sentido ocultarlo. Él estaba apoyado en el tronco de un árbol. No se apartó, y nos besamos.
Fue raro, como siempre.
Su piel era extrañamente fría; sus dientes demasiado afilados sobre mis labios.
Su boca escapó pronto del beso y buscó el lateral de mi cuello, como solía hacer durante el sexo.
No me importaba; había aprendido a desear también esa parte de él, y me excitaba, de una manera algo oscura que no llegaba a admitirme.
Sentí su aliento helado, y un gruñido gutural abandonó su garganta e hizo temblar mi piel.
Una oleada de pasión me recorrió de los pies a la cabeza. Lo quería ya, allí mismo, bajo esos árboles. Me daba igual que, tan solo unos metros más abajo, hubiera una terraza llena de huéspedes cenando, que quizás pudieran escuchar nuestros gemidos.
—Me gustas, Teo —confesé sin pensar—. Me gustas mucho.
Me miró, pero en sus ojos no había sentimientos recíprocos, sino algo parecido al espanto. Dio un paso atrás, y se giró a mirar el horizonte. Sentí un escalofrío que me cruzó el pecho.
«Debería decírselo», escuché en su mente.
—Ya lo sé —respondí en voz alta—. Es obvio. Pero no me importa lo que seas. Solo lo que sientas.
Lo había adivinado mucho tiempo antes. Aquellos besos en mi cuello no eran solo besos, por mucho que a la mañana siguiente no encontrase marca alguna. No me importaba en lo más mínimo si su corazón latía o llevaba ya siglos muerto. El mío también lo estaba, así que eso solo nos hacía más iguales.
Teo sacudió la cabeza.
—Deja de leerme. Soy una criatura sin alma, y solo puedes recoger las migajas que yo dejo caer. No soy como tus amigos humanos; no puedes saber lo que siento. Es más: soy incapaz de sentir nada. Lo que oyes de mí no tiene por qué ser real. Probablemente, no lo sea.
—Pero, ¿y si lo que siento yo sí que es real? —repliqué.
Me arrepentí de inmediato de haberle desvelado mi secreto, porque él no contestó.
Solo se dio la vuelta.
—Oksana, me encantaría pasarme el resto de la eternidad haciendo el amor contigo bajo los olivos, pero las vacaciones están llegando a su fin. —Carraspeó, buscando las palabras—. Debemos volver a la realidad.
Su mente me aclaró lo que sus labios no se atrevían a decir por cortesía:
«Esto fue un romance de verano. Ahora voy a marcharme, y no me montes un drama, por favor. No me obligues a hacerte olvidar.»
—Por supuesto —dije fingiendo desinterés—. Fue divertido mientras duró.
—Perfecto.
Escuché un deje de dolor en su voz, pero también había alivio.
—Pero mi interés profesional por ti sigue en pie —añadió, al ver que no iba a causarle problemas—. La oferta de trabajo sigue vigente. ¿Vendrías?
—Lo pensaré —respondí, demasiado dolida para contestarle de inmediato.
La noche siguiente, él ya no estaba en el hotel.
Se marchó sin despedirse, pero al despertar me había dejado un mensaje:
«El Serenata Nocturna te espera. ¿Sí o no?»
Acepté su oferta, y comencé a trabajar en aquel rincón de Ibiza, que cumplió todas las promesas que me había hecho, y más.
Presencié también cómo sus decenas de novias y amantes iban y venían; muchas veces Vanessa, aquella vendedora de ropa descendiente de un íncubo.
Y también Iris, aquella americana callada y maniática que fue la última, y quizás la definitiva.
Esta me caía particularmente mal, aunque con el tiempo me habitué a ella.
A cambio, paseé también a muchos de mis Romeos por delante de las narices de Teo, aunque no me encariñé con ninguno.
Con el tiempo, me olvidé de aquellas noches en Mallorca. De la primera vez que me besaron de verdad. De todos aquellos sueños que se desmoronaron bajo los olivos.
No volví a cantar jamás, y acepté que la vida me había convertido en un ser incapaz de amar de nuevo, pero me había dado un trabajo fantástico que nadie más podía tener, con personas extraordinarias que, de no ser por Teo, jamás habría conocido.
Sin embargo, ahora la vida también estaba a punto de quitarme eso.
Nuestra relación duró apenas unas semanas, pero la conexión con él perduró. Cada vez que intentaba apagar el ruido del mundo; cada vez que la oscuridad se volvía insoportable… la primera mente que oía era siempre la suya.
Llegué a pensar que él lo hacía a propósito.
Que nunca había pasado página del todo.
Lo odié por ello, y sentí que me torturaba.
Pero quizás, por fin, aquella tortura fuera a servir para algo: para encontrarlo en el Inframundo, aunque ahora fuese de otra.