Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 12
70%

12

Oksana

La caverna se dilató y volvió a encogerse, y luego sentí cómo la presión en el aire se suavizaba. Como si algo, o alguien, hubiera aceptado que yo por fin había entendido algo importante.

Caí de rodillas sobre el suelo húmedo, con ganas de llorar y vomitar a la vez.

Los ecos de mi hermano, la piscina, aquella culpa inmensa… todo aquello llevaba años persiguiéndome. Por mucho que las imágenes se desvaneciesen, no podía sentir alivio; solo vacío, y la certeza de que aquello seguía ahí, en las sombras.

La mano apoyada en mi hombro me empujó hacia delante, atrayéndome hacia un abrazo que necesitaba más que nunca.

—Oksana —dijo Garrett, con voz cálida—. Has vuelto.

No supe si se refería a mi conciencia, o a mí misma. Asentí sin hablar. Cerré los ojos. Respiré hondo.

Y cuando los abrí, volví a ver solo la piedra. La humedad. Las paredes de un túnel que no acababa nunca.

Pero al menos, ya no estaba sola en mi mente.

Me limpié la cara con la manga, y odié un poco a Garrett por haberme visto así.

—Esto es horrible —murmuré—. No detecto ni un solo pensamiento, y apenas veo nada. Estuve investigando mucho antes de venir, pero esto... no se parece a nada de lo que encontré.

—¿Dónde pudiste investigar sobre esto? Ningún mortal ha podido volver para escribirlo.

—La Divina Comedia —dije, con un rápido encogimiento de hombros—. Fue lo único que encontré.

Garrett dejó escapar una risa baja, casi agradecida por el regreso de mi voz.

—Dante tenía mucha imaginación, pero ya os dije que estaba equivocado. Según él, el primer círculo era el limbo… lleno de almas en pena, fallecidas a mitad de camino… Pero el tuyo estaba vacío.

—Sí —asentí—. Y, según Dante, el segundo círculo debería ser…

Me callé, porque él ya estaba sonriendo. Y esa sonrisa me desarmó más que cualquier criatura que pudiera acecharnos.

El segundo círculo, según el poeta florentino, era el de la Lujuria.

Y por un instante, con el cuerpo aún temblando y el alma hecha jirones, imaginé qué pasaría si Garrett y yo nos quedásemos atrapados en ese segundo círculo.

No lo dije, pero él lo supo.

Lo vi en el modo en que su mirada se demoró apenas un segundo más sobre mi boca.

En cómo su lengua rozó el borde de sus labios, como si acabara de saborear un pensamiento prohibido.

Un calor imposible me subió por las mejillas, y la corta distancia entre nosotros se volvió de pronto espesa e íntima.

De pronto, nos imaginé piel contra piel. Sus brazos fuertes, morenos por el sol. Su cuerpo hundiéndose en el mío mientras el mundo se disolvía en vapor y deseo.

Si ese era el infierno, pensé…

Si era así, se me ocurrían castigos mucho peores que pasarme el resto de la eternidad retozando con un surfista de cabellos rebeldes y aclarados por el sol.

—No temas. Dudo mucho que encontremos el segundo círculo de Dante al final de este túnel —comentó Garrett, y casi había pena en su voz—. La Divina Comedia es pura ficción. El infierno, tal y como lo entendía Dante, no existe. O, si existe, no se encuentra aquí.

Señaló hacia el techo de la caverna. Me pregunté si Mina y Leonard estaban ahí arriba, en la superficie, a cientos de metros de nosotros; o si, quizás, esta dimensión paralela no tenía arriba ni abajo, sino que existía en el mismo lugar que La Tierra, pero en otro plano.

—Tienes suerte de que estuviera cerca antes —murmuró Garrett—. Esas visiones podrían matarte, si no las detienes a tiempo. Esto es la Umbrícora, Glacialina, y se rige por normas que muy pocos conocen. Hay que andar con cuidado.

Me incorporé lentamente. Tenía la ropa húmeda, el pelo revuelto y barro hasta en las pestañas. Me sacudí la tierra de encima con dignidad; hacía horas que había renunciado a estar elegante, pero no quería parecer una completa inútil.

—Qué casualidad que tú sí las conozcas —comenté alzando la mirada.

Me molestaba su tono, su calma y su manera de hablar como si supiera más de lo que decía. Como si pudiera ver dentro de mí y leer mis pensamientos más oscuros. Normalmente, era yo la que hacía eso, y no al revés.

—Ya te dije que había estado aquí antes —replicó.

—Garrett, necesito que me lo expliques. Hasta hace dos días, eras solo un cocinero extranjero en busca de sol y olas. ¿Y ahora, de pronto, puedes sostener fuego con las manos y conoces este plano mejor que cualquier demonólogo? ¿Por qué?

—No puedo contártelo —suspiró—. De verdad que no puedo.

—¿”No puedes” o “no quieres”? —insistí, sintiendo cómo se me tensaban los hombros—.

¡Garrett, estamos atrapados en un plano infernal habitado por demonios más poderosos que todas las criaturas de La Tierra juntas!

No paro de revivir mis recuerdos más horribles, y si esto continúa voy a volverme loca.

Necesito saber quién o qué eres, porque mi vida depende de ello.

Necesito confiar en que sabes lo que estás haciendo.

Lo miré fijamente, tratando de leer algo en su mente, pero estaba cerrada o mi don seguía apagado.

—Ya te he dicho que no puedo hablar de eso. Si no confiabas en mí, no debiste venir conmigo. Nadie te obligó.

—¡Ya, pero eso fue antes de ver todo lo que he visto ahora! ¿Qué eres, Garrett? —insistí, ignorando su negativa—. ¿Eres un brujo? ¿Un demonio? ¿Por qué nunca nos lo dijiste en el Serenata? Seguro que Teo habría encontrado más de una utilidad para un talento como el tuyo, aparte de hacer tortillas.

Garrett suspiró y apartó la vista.

—Lo siento.

—¡Garrett! —grité, a punto de arrancarme el pelo a tirones, de pura frustración.

Garrett me tomó la mano, pero yo aparté la suya de un manotazo.

—Escucha, Glacialina —susurró—. Hace tiempo firmé un contrato, y prometí no hablar de ciertas cosas.

—Firmaste un contrato… ¿con quién?

—Con mi anterior jefa —replicó con una mueca de ironía.

—¿En serio piensas que tu anterior jefa va a viajar entre planos para ponerte una demanda por incumplir un acuerdo de confidencialidad? —

—Créeme, ya tengo bastantes problemas legales con mi ex —respondió, torciendo la boca—. No quiero añadir más demandas interminables a la lista.

—Esto no tiene gracia, Garrett. Necesito saber si puedo confiar en ti, y por qué.

Se hizo un silencio larguísimo, y por un segundo, su máscara de calma cayó. Pude verlo claramente. En su rostro había miedo, culpa, remordimiento… y algo increíblemente roto detrás de esos ojos tan brillantes y azules.

—Tendrás que hacerlo —dijo al fin—. Porque no tienes otra opción.

Me quedé mirándolo. Furiosa, sí. Pero también un poco asustada.

Suspiré, tirando la toalla.

—Vale —dije, regresando a nuestro problema más acuciante—. Dejémoslo por ahora. Supongamos que tienes razón y Dante se equivocaba…

—…Y que al final de este túnel no hay un círculo de lujuria lleno de gente desnuda y sudorosa —añadió él, con una sonrisilla tonta.

Yo también sonreí, sin querer.

Al menos, aquello sonaba mucho más divertido que el séptimo círculo, el de la Violencia.

—Según tu teoría —dije—, ¿qué nos espera ahora? Más que nada para estar preparada, y que no vuelva a sorprenderme cuando me tope con algún monstruo por el camino.

—¿Fue un monstruo lo que viste antes? —preguntó, casi como si supiera que no era así.

—Sí. Un monstruo horrible —mentí.

—No me pareces el tipo de mujer que lloraría al ver un monstruo —dijo al fin—. En la agencia se dice que durante la misión del cementerio maldito ni siquiera pestañeaste… y eso que hasta Naomi salió corriendo con los ojos tapados.

—En la agencia corre la voz de muchas cosas sobre mí —repliqué con voz dura—. Al igual que en todas partes. Pero eso es porque nadie me conoce de verdad.

Garrett se apartó un mechón rizado de la frente, casi blanco por las muchas horas pasadas bajo el sol, en la playa.

—No eres la única a la que le pasa, Glacialina —dijo en voz baja, sin mirarme—. No eres la única.

Sus palabras se quedaron flotando entre nosotros. Echó a andar hacia el otro extremo del túnel, con su llama en la palma de la mano, a modo de farol.

—¡Eh! —lo llamé—. ¿A dónde vas?

—Estoy intentando descubrir qué hay al otro lado.

—¿No dijiste que conocías bien este sitio?

Negó con la cabeza.

—Yo no dije eso. Yo solo dije que Dante se equivocaba. Cada versión de la Umbrícora es única, y la única manera de descubrir la siguiente etapa es seguir avanzando, de la mejor manera que sepas.

—¿No te extraña que no haya nadie en ninguna parte? —pregunté, corriendo para alcanzarlo antes de quedarme atrás y a oscuras.

—Sinceramente, me extraña que tú digas eso.

Este lugar está a rebosar de almas extraviadas y demonios que lo consideran su hogar.

Si no se muestran de manera visible, es porque no quieren.

Pero están aquí, al acecho, observando cada uno de nuestros movimientos, y quizás planeando cómo hacer que nos quedemos para siempre.

¿De verdad no puedes oírlos? ¿No puedes… sentirlos?

Cerré los ojos, tratando de agudizar mi telepatía, pero no pude escuchar nada.

Hice fuerza con los párpados, desesperada. Pero solo había silencio, el silencio más oscuro y solitario que me había rodeado nunca.

Era aterrador; casi tanto como la idea de que mi don se había apagado por completo desde que había caído en este plano.

—No puedo —confesé—. No funciona. Es casi como… como si hubiera algo que succiona mi energía. Algo que crea interferencias. Más de lo habitual.

Garrett asintió.

—¿Viste antes esos surcos en el suelo?

—Sí, ¿por?

—Umbrael está aquí: son las marcas de sus tentáculos. Y creo que nos está acechando, pero nos está dejando hacer por el momento. Ojalá supiera por qué… aunque dudo que sea nada bueno.

Continuamos mucho tiempo por el mismo túnel, y cuanto más avanzábamos, más convencida estaba de que aquello que había dicho Garrett era cierto.

Sentía algo en el aire; una calma tensa y espantosa, que parecía a punto de explotar a cada paso.

Puede que caminásemos durante horas; era difícil decirlo, cuando todo era igual durante tanto tiempo.

Cuando pensaba que no iba a poder más, y que habíamos caído en un laberinto interminable, Garrett extendió la mano e iluminó el final del túnel: ante nosotros, a lo lejos, se abrían cuatro o cinco galerías nuevas.

—El camino se bifurca —dijo—. Tendremos que elegir por dónde seguir.

—Tú eres el experto —respondí, indiferente.

—Esta vez no tengo la respuesta —replicó con voz preocupada—. Necesito que uses tu don, Glacialina.

—Ya te he dicho que no oigo nada.

—Entonces escucha con más atención, o se nos acabarán las provisiones antes de que encontremos a Teo.

—¿Cuántos días?

—Sin tu mochila, quizás tres o cuatro; a lo sumo una semana. Siempre y cuando volvamos a encontrar alguna masa de agua.

Cerré los ojos de nuevo, desesperada. Si había algo que no me ayudaba eran la presión y las prisas. Traté de no pensar en lo que ocurriría si no conseguíamos llegar a ese maldito décimo círculo a tiempo.

—No sé cómo hacerlo —admití, suspirando—. No sé qué buscar.

—Búscalo a él, Oksana —me animó Garrett, con una mirada tan dulce que por un instante borró el pánico que sentía—. Puedes hacerlo. No es casualidad que fueras tú la elegida para buscar a Teo, y no otra persona. Ambos lo sabemos.

Asentí y cerré los ojos, rastreando en el vacío en busca de la mente de Teo.

Traté de regresar al primer momento, al día en que la había escuchado por primera vez: esa mente tan fría y oscura; tan distinta de todas las demás hasta entonces…

esa mente que me encandiló desde que percibí su primer susurro, y que anidó en lo más hondo de mí, contra mi voluntad, convirtiéndose durante años en mi emisora favorita.