Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 11 #2
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—…Pero nadie le creyó. Lo odiaron, pensando que contaba patrañas. Algunos intentaron matarle para que dejase de contar esas historias, para ellos absurdas.

—Sabía que habría un final feliz.

Garrett me dedicó una sonrisa pícara, y unas finas arrugas se dibujaron en las comisuras de sus ojos, tan azules que parecían irreales.

—No hay un final feliz, pero supongo que ahora puedes entender por qué la Umbrícora se te ha presentado en esta forma, de entre todas las posibles.

Un escalofrío me recorrió la espalda. No por la historia, sino por lo que adivinaba que había detrás de ella. Pero no quise reconocerlo ante Garrett.

—Sinceramente, no le veo el sentido —dije con indiferencia—. No tengo un miedo especial a las cuevas. Son mucho peores las cosas y personas que hay fuera de ellas.

—Y por eso te aíslas de ellas.

—Yo no me aíslo en absoluto. Pero sé demasiado sobre la gente, y nada de ello es bueno.

—La cuestión es si tú eres uno de los prisioneros que no querían ver, o el visionario al que intentaron asesinar por decir la verdad.

—¿Eso también es importante para encontrar a Teo?

Garrett se encogió de hombros.

—Tendrás que responder tú a esa pregunta.

Guardamos silencio un buen rato, mientras el calor regresaba a mi cuerpo y el pelo me goteaba por la espalda, como las estalactitas en el techo de la cueva.

—Oksana —susurró Garrett, casi como si tuviera miedo de decirme algo—. Sabes por qué eres tú la que está aquí, y no Iris, o Mina, ¿verdad?

Me giré hacia él y sostuve su mirada, azul y penetrante. Claro que lo sabía. Estaba ahí para encontrar el camino, buscando respuestas en los pensamientos de otros. Para sortear obstáculos con mi telepatía, descubrir trampas y desvelar acertijos.

Aunque, desde que había salido de esa poza inmunda, no había conseguido oír absolutamente nada más que el maldito goteo del techo, y el sonido de mis dientes castañeteando de frío.

—Por supuesto —respondí—. Estoy intentando captar algo, pero el aire aquí es… diferente. Por ahora, solo hay silencio.

—Está bien —dijo Garrett, conciliador—. No te preocupes.

Normalmente, los círculos de la Umbrícora se suceden uno tras otro.

En cualquiera de sus formas existirán diez, siendo el décimo el único en el que podrían vivir los seres del plano superior durante más de un par de días.

Este sitio corrompe las almas, pero en el décimo círculo sobreviven durante más tiempo.

Así que, si alguien quisiera mantener a Teo con vida, lo llevaría allí.

—Pero Teo no está vivo.

—Tampoco está muerto, ni es un demonio. No pertenece a este sitio, así que La Ciudad Sin Sol, en el décimo círculo, será probablemente nuestro destino.

—¿Y cómo llegamos hasta allí? —pregunté, sin entender todavía cómo nuestro cocinero se había transformado en un guía del inframundo.

—Yendo hacia adelante. Siempre hacia adelante. Pero si encuentras un atajo, si captas alguna indicación, dímelo de inmediato.

Luego Garrett se agachó, tomó un poco de fuego en la palma de la mano, como si fuera un pajarillo, y con la otra hizo un gesto que apagó la fogata.

—Buen truco —dije impresionada—. Podrías ganarte la vida en el circo.

—Ya lo hago —replicó sonriendo.

Empezamos a cruzar la gruta en silencio, y Garrett eligió uno de los túneles más anchos.

Las paredes cambiaban de textura a cada paso: a veces eran piedra rugosa, pero a veces parecían azulejos de piscina, e incluso ladrillos rojos, como los del instituto en el que conocí a Artem, tantos años atrás.

Observé unos surcos negros en el suelo, como si hubieran arrastrado unas cadenas pesadas y ardientes. Garrett también los miró, pero no dijo nada.

En una curva, el pasillo se ensanchó de golpe.

Y allí estaba de nuevo.

Mi hermano, empapado, los labios morados, de pie junto a una charca negra. Me miraba fijamente.

—Llegaste tarde —dijo—. Ven conmigo. Ven al agua.

Oír su voz otra vez me rompió por dentro.

Avancé un paso. Garrett intentó detenerme, pero lo aparté de un manotazo.

—No eres real —le espeté a la criatura frente a mí.

No terminé la frase. Garrett desapareció y la escena cambió.

Ahora era de nuevo mi fiesta de cumpleaños. Gente riendo. La música a tope. La mesa de jardín junto a la piscina, repleta de comida y bebida.

Mitya flotando en el agua.

Anya gritando.

Alex y Nico corriendo hacia la salida, desentendiéndose de lo ocurrido.

—Ven al agua, hermana. Enséñame a nadar.

Sentí que me faltaba el aire.

—¡Basta! —grité, agitando las manos para espantar las visiones.

Una mano me tocó el hombro, cálida y reconfortante.

—Oksana… Vuelve…

La luz de una llamarada rojiza llenó el túnel, cegándome, pero apagando a la vez las visiones de Mitya, Anya, Alex y Nico.

El agua de la piscina se convirtió en un espejo, pero esta vez no vi en él a mi hermano, sino a mí misma: encadenada, como los prisioneros de Platón, mirando fijamente una pared llena de gusanos.

Y entonces lo supe.

Mis cadenas eran la culpa. Mi propia culpa, proyectada una y otra vez como una sombra. Y supe que, hasta que no la soltara, seguiría encerrada en esta maldita caverna.