11
Oksana
Cerré los ojos y caí durante tanto tiempo que empecé a olvidarme de dónde estaba. La caída, la sensación de no tocar fondo nunca, se convirtió en mi nueva realidad. Quizás, a partir de ahora, esa impresión de descender en la nada se convirtiese en mi único presente.
De pronto, choqué con una gran masa de agua fría y comencé a hundirme. Pataleé con brazos y piernas, tratando de buscar la superficie, pero seguí hundiéndome. Traté de bucear, pero era difícil discernir qué era arriba, y qué era abajo, y la oscuridad era tan densa que no podía adivinarlo.
Lo único que escuchaba era el sonido de las burbujas en mis oídos, sin poder gritar o pedir ayuda.
Y Garrett… ¿dónde estaba? ¿Habría decidido no saltar, después de todo?
Mientras empezaba a aceptar que estaba a punto de ahogarme en una poza oscura y sin fondo, me pareció casi gracioso que ese fuera el aspecto con el que el inframundo había decidido presentarse ante mí.
¡Agua! ¿Dónde estaban todo ese fuego y humo en los que, supuestamente, se revolcaban los demonios?
Sentí que se me encogían los pulmones de dolor, por falta de aire. Quería gritar, pero sabía que, si abría la boca para hacerlo, sería mi sentencia final.
Justo entonces, vi una esfera blanca a lo lejos.
Parecía la luna, o una boya de color claro flotando sobre mí.
Nadé tan rápido como pude hacia ese objeto pálido y redondo, moviendo los pies a toda velocidad y luchando contra el peso de mi ropa mojada. Me desprendí de la mochila para poder avanzar. De poco iba a servirme mi equipaje, si ambos terminábamos en el fondo.
A pesar de la oscuridad, pronto me quedó claro que aquello que me guiaba definitivamente no era la luna, sino un ser humano.
Había un rostro, pequeño y redondeado, cerca de la superficie. Parecía una persona nadando, o buceando con la cara sumergida.
Me miraba fijamente.
Reuní todas las fuerzas que me quedaban y me apresuré a alcanzarlo, pataleando para subir.
Fuera quien fuese, amigo o enemigo, se encontraba cerca de la superficie, de modo que nadar hasta ahí era mi única esperanza.
Las facciones de su rostro se veían cada vez más nítidas, hasta que se volvieron conocidas.
Mi mente captó un pensamiento. Primero fue un eco lejano, aunque después fue cada vez más claro:
«Fue culpa tuya», escuché. «¿Dónde estabas cuando te necesité?»
Hacía muchos años que no escuchaba esa voz, y fue como una patada en el estómago.
Mitya.
Era la voz de mi hermano, que murió ahogado en aquella fatídica fiesta, mientras yo besaba a Artem Orlov en la habitación de invitados.
Alcancé la superficie y pude ver bien su rostro.
Era él.
Pero estaba muerto, con el rostro hinchado y violáceo, y su cuerpo flotaba inerte sobre el agua oscura y fría: se encontraba bocabajo, con los brazos abiertos hacia mí. Flotando.
Nadé, conteniendo el pánico y la respiración.
Cuando por fin emergí, tomé aire con todas mis fuerzas, y enseguida volví a soltarlo, en un grito casi tan desgarrador como el de la primera vez.
Unos brazos fuertes me rodearon y tiraron de mí hacia arriba. Me revolví, luchando contra ellos.
—Oksana… ¡Oksana! —gritó Garrett, por encima de mis aullidos de horror—. ¡Tranquila, soy yo! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
Jadeé sin parar, tratando de recuperar el ritmo normal de la respiración y de mi corazón.
Solo entonces fui capaz de mirar a mi alrededor: nos encontrábamos en una gruta amplia, cuyos confines se perdían en la oscuridad.
Junto a Garrett ardía un pequeño fuego que titilaba e iluminaba las paredes de piedra desnuda.
A nuestros pies se extendía un suelo irregular cubierto de guijarros negros y brillantes, que se perdían más allá del borde del agua.
Le señalé el agua con un dedo tembloroso. Garrett miró, sin entender.
Ya no había ni rastro de Mitya. Solo una lámina de agua fría y oscura, frente a Garrett y a mí.
Alcé la vista: la cueva estaba repleta de estalactitas, que goteaban de vez en cuando, con un sonido arrítmico capaz de volver loco a cualquiera.
—Estoy… bien —dije cuando pude hablar de nuevo.
—Estás empapada —dijo frotándome la espalda con cariño—. ¿Por qué gritabas?
—Me pareció… me pareció ver a alguien conocido.
Garrett asintió con semblante sombrío. Seguía abrazándome, y agradecí el calor de su cuerpo contra el mío, y la sensación de seguridad que me daban sus brazos fornidos.
—Suele suceder cuando los mortales cruzan el portal —susurró, muy cerca de mi oído—. Ves aquello que te atormenta. La Umbrícora sabe cómo perturbarnos.
Fruncí el ceño, todavía aturdida por la falta de aire.
—¿Y tú qué viste? ¿No debería presentarse de manera distinta para ti?
Garrett sacudió la cabeza.
—Yo veo lo mismo que tú. Mi caso es… diferente.
—No te entiendo.
—Una gruta, ¿eh? —dijo, ignorando mi pregunta y apretándome el antebrazo con suavidad—. Tiene bastante sentido. La caverna de Platón . Muy apropiado, sí.
—¿Qué caverna de Platón? —respondí, algo molesta por sus palabras incomprensibles, y porque me castañeteaban los dientes.
—Espera. Siéntate ahí.
Me soltó con cuidado sobre el suelo de guijarros negros. Se acercó al fuego, que supuse habría encendido él mismo mientras yo trataba de salir a flote. Giró las manos sobre las llamas, y estas crecieron hasta convertirse en una gran hoguera.
Abrí los ojos de par en par. Había visto lo ocurrido en las ruinas, pero no había tenido tiempo de procesar lo ocurrido. ¿Qué narices hacía Garrett con el fuego, y por qué nunca nos habíamos enterado hasta ahora?
—¿Pero cómo puñetas haces eso? —pregunté, incrédula.
—Lo importante es que así estás mejor, ¿no? —dijo, animándome a que me acercara un poco a las llamas—. Ponte ahí, sécate. No puedo dejarlo encendido mucho tiempo, o podríamos atraer a alguna bestia indeseable. Están por todas partes, aunque no las veas.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
Mientras el fuego danzaba, observé con curiosidad nuestras sombras sobre una lejana pared rugosa. En ella se abrían varias galerías oscuras, que continuaban en diferentes direcciones.
—¿Y ahora qué? —le pregunté a Garrett—. ¿A dónde vamos? Y, lo mejor de todo, ¿cómo saldremos de aquí?
—Sabré salir —respondió lentamente—. No te preocupes, he estado aquí antes.
—¿Cuándo? ¿Quieres dejar de hablar en adivinanzas?
Se calló y apartó la vista.
—Hay cosas de las que no me está permitido hablar. Pero sé que en el décimo círculo siempre hay una salida. Solo tenemos que descifrar esta forma de la Umbrícora para poder orientarnos por ella y encontrarlo.
—Bien, echemos un vistazo —propuse, viendo que no iba a sonsacarle nada por el momento.
—¿Seguro que no quieres quedarte un rato más junto al fuego?
—Solo quiero largarme de aquí cuanto antes. Este sitio apesta.
Asintió y nos pusimos en pie. Mi ropa y mi pelo seguían chorreando. Di un par de pasos, y comprendí que mi linterna, junto a mi mochila, se habían hundido en el fondo de la poza. Mi teléfono móvil seguía en el bolsillo, pero le había entrado agua y ya no funcionaba.
—Fantástico. Perdí la mochila en esa poza. Me he quedado sin luz, sin agua y sin comida.
—Yo iluminaré el camino por los dos —dijo Garrett—. Y podemos compartir mis provisiones.
Era curioso cómo podía hablar siempre con ese tono tranquilo. Si te dejabas llevar, podía convencerte de que todo estaba bien, aunque te encontrases en plena boca del lobo y a oscuras.
—Veamos —dije, explorando el espacio a nuestro alrededor—. Esta gruta, según tu teoría, simboliza mis miedos más profundos, ¿no?
—Es posible —respondió Garrett, moviendo la mano para que el fuego iluminase por todos los lados—. Esta cueva podrían ser tus miedos, pero también otras cosas. Cuando entiendas lo que significa, podremos avanzar con mucha más facilidad.
—Supongo que a nadie le gusta estar atrapado bajo tierra, perdido y sin linterna. Es bastante obvio. Significa que no me gustan los lugares oscuros y claustrofóbicos.
—No. Tienes que ir más allá. Por eso te hablé de la Alegoría de la Caverna. Es un patrón bastante común, que refleja un concepto básico de la filosofía clásica.
Lo miré con el labio torcido.
—No tengo ni idea de lo que estás diciendo. ¿Puedes traducirlo a mi idioma?
Sonrió, y su rostro se volvió afable a la luz rojiza del fuego.
—La historia cuenta que había varios prisioneros encadenados dentro de una caverna.
—Señaló hacia sí mismo, y luego hacia mí—.
Tras ellos ardía un fuego, que proyectaba sombras sobre la pared de enfrente.
—Movió la mano, indicando el fuego que sujetaba—.
Estos prisioneros, como estaban atados, solo podían ver esas sombras que se movían frente a ellos.
Como era lo único que veían, día y noche, pensaban que esa era toda la realidad que existía.
—O sea, que nosotros dos podríamos ser los prisioneros en esa historia. —Señalé la fogata—. Ahí está el fuego… y nuestras sombras. Y parece que no haya salida, pero en realidad hay una, en alguna parte.
—Exacto. Pero para encontrarla, hay que librarse de las cadenas.
Espiré, impaciente.
Eso ya me lo había imaginado.
La cuestión era cómo hacerlo.
—¿Y qué pasó después en esa historia? —pregunté en busca de pistas.
—Uno de los prisioneros consiguió liberarse y salir al mundo exterior —explicó Garrett, ojeando los túneles que se abrían alrededor de la cueva—.
Al principio le dolía la vista y ni siquiera podía soportar la luz del sol.
Pero poco a poco se acostumbró a todo eso, y comprendió que había muchas más cosas en el mundo aparte de esas sombras que había estado mirando toda su vida. Se quedó maravillado.
—¿Y luego qué? ¿La palmó por insolación? ¿Se lo comió un león?
Garrett soltó una risilla baja. Se acuclilló junto a la hoguera grande, con las manos extendidas hacia ella, y yo me acerqué a su costado, en busca de calor.
—El prisionero que había visto el mundo exterior regresó a la cueva y se lo contó todo a sus antiguos compañeros —respondió, clavando los ojos en los míos—. Estaba emocionado, y quería compartir con ellos la verdad…
—Muy bonito —dije sin sonreír, porque adivinaba que ahora saldría el león.