10
Garrett
—Hagámoslo —dijo Oksana, firme como un faro en medio de la tormenta.
Siempre la había admirado por su valentía; por su manera de mirar al abismo sin pestañear; por su frialdad controlada, que otros confundían con soberbia. Yo sabía que eso no era soberbia: era coraje, forjado a base de desengaños y pérdidas.
El vampiro dio un paso atrás y la observó con respeto.
—Muy bien —dijo sin más—. Mina y yo nos aseguraremos de que el portal quede sellado después y no haya peligro para los que permanezcan en este plano.
Me agaché junto al altar. Con la mano despejé los restos de polvo y ceniza sobre las losas antiguas, y allí la encontré: una grieta oscura serpenteaba por el suelo como una herida mal cerrada.
Debía ser la misma que había abierto Mina la otra vez: una gigantesca cicatriz entre mundos, testigo de cosas impensables.
Saqué una cerilla y la encendí con el pulgar, sin pensar. Los demás me observaron, desconcertados.
Idiota. Tenía que disimular un poco, o La Jefa podía enfadarse y alegar que estaba incumpliendo nuestro trato.
Contuve la tentación de hacer más fuego con un simple giro de la mano y, en vez de eso, usé la cerilla.
Primero prendí unas pequeñas raíces secas, hasta que un hilillo de humo se alzó a los pies de la estatuilla.
Con la otra mano cubrí la llama con disimulo y, cuando la levanté, su tamaño se había triplicado.
Leonard dio un respingo al comprender que estaba haciendo un fuego en aquella caverna subterránea.
—¿Estás loco? —gritó—. ¿Vas a prenderle fuego a todo esto? ¡Nos vas a matar a todos!
No respondí. Nunca había temido al fuego; sabía bien cómo tratarlo.
Siempre nos habíamos llevado bien. Tomé un pedazo de llama y lo dejé crecer en la palma de la mano.
Ondeaba sobre mi piel, cálido y delicioso.
Cuando lo solté sobre la grieta, las llamas no se extendieron: giraron sobre sí mismas, como una espiral viva, esperando a que les diera forma.
Respiré hondo y extendí los dedos.
El fuego comenzó a rugir y a calentar el ambiente.
—¡Apaga eso! —insistió Leonard.
—Calla un momentito, chaval. Estoy un pelín ocupado.
Con los dedos separé tres hebras de fuego y comencé a trenzarlas, una y otra vez, hasta convertirlas en una soga llameante. La retorcí como si afilara un lápiz, y la punta se volvió fina y cortante, como un clavo ardiente.
—Qué… narices… es… esto… —murmuró Oksana, echándose hacia atrás.
—Mina —grité, y extendí la mano tras la espalda, sin apartar la mirada del fuego, para evitar que se descontrolase—. La llave.
De reojo pude ver cómo Mina, pálida, sacaba la llave del bolsillo. Dudó un segundo y luego me la tendió con manos trémulas.
Tomé la llave y la introduje en la base de la estatua. En cuanto lo hice, un suave terremoto agitó la estancia.
Ahora sí, aquello había comenzado a abrirse.
Sabía lo que vendría después: la estatua se comunicaría con su creador, y en menos de un segundo tendríamos a Umbrael en la grieta, pujando por escapar a nuestro plano.
Pero mi trabajo era, precisamente, evitar que eso sucediese.
Rodeé el cuello de la figura con mi cuerda trenzada de fuego. Tiré con todas mis fuerzas, hasta arrancarle la cabeza con un chasquido seco.
Esta rodó por el suelo y cayó junto a la grieta, que ya se había abierto un par de centímetros.
Alguien gritó por detrás, pero no tuve tiempo de ver quién era. Si mi idea no funcionaba, estaríamos muertos en apenas unos segundos.
Ya no había vuelta atrás.
De nuevo escuché un grito: Mina.
La pobre temblaba, como si estuviera reviviendo algo espantoso, y Leonard la sostenía.
Pero Oksana seguía a mi lado, firme.
Asintió con la cabeza: “Hazlo.”
Sin dudar, hundí la punta incandescente de mi soga de fuego en el primer punto de la grieta del suelo, y la piedra se abrió sin resistencia.
Fue casi como si el portal nos hubiera estado esperando.
Sentí el vacío denso y viscoso del otro lado, atrayéndome hacia él como un imán. Hacía muchos siglos que no lo visitaba, pero esa sensación no se olvidaba nunca.
El hueco rojizo y oscuro que se adivinaba en el centro de la grieta era más profundo que el océano y más antiguo que la humanidad.
Un olor a ceniza húmeda y recuerdos rotos brotó desde abajo.
Me pareció escuchar a Addison llamándome, y entonces supe con seguridad que habíamos abierto un portal a la Umbrícora: los engaños eran siempre la primera señal.
Aquel lugar era perfecto si deseabas volverte loco.
Me giré hacia Oksana y le tendí la mano.
—Todavía estás a tiempo de echarte atrás.
Ella me miró, y durante una fracción de segundo, vi algo en su rostro que no había visto nunca: una chispa de pánico. Pero su voluntad era más fuerte que el miedo. Su mano se cerró alrededor de la mía, la apretó y luego se separó un paso.
—De eso nada —dijo—. Pero ni se te ocurra dejarme sola ahí abajo.
Después se balanceó ligeramente hacia atrás, atraída por el abismo.
—¡Nunca lo haría! —grité por encima del rugido de las llamas y el temblor del templo subterráneo.
Pero no me oyó, porque ya había saltado.