9
Oksana
—«Con un sacrificio de sangre pura, el Ritual de Lucentum abrirá los infiernos» —recitó Mina con voz temblorosa, leyendo unos apuntes en su teléfono móvil, que iluminaba su rostro en azul.
Nos encontrábamos ya la cripta bajo la iglesia de San Miguel. Mina nos había estado haciendo un resumen de lo que habían encontrado en los pasadizos durante la expedición anterior.
—Si interpretamos este último verso, queda claro que la apertura del portal requiere un sacrificio previo —añadió Mina.
—Pues sacrifiquemos al vampiro —dije completamente seria, y todos me miraron mal. Me encogí de hombros—. ¿Qué? Tampoco es que esté vivo, de todos modos.
Garrett chasqueó la lengua, y Mina se plantó frente a Leonard, con aspecto de querer defenderlo con sus propias manos si era necesario.
—¡Menuda estupidez! —protestó Mina—. A veces eres insoportable, Oksana.
Me apoyé de brazos cruzados sobre la pared de piedra de la cripta.
Habíamos accedido a ella a través de una escalerilla oculta tras el altar.
Sentí que se me humedecía la camiseta, así que me aparté de inmediato.
La sensación de humedad no era solo física ahí abajo, sino que parecía calar hasta los huesos, como un mal presagio.
—No será necesario nada de eso —dijo Garrett en voz baja, y todas las miradas se giraron hacia él—. Existen otras maneras, estoy seguro. Leonard, por favor, llévanos hasta la grieta. Veré lo que puedo hacer.
Su comentario me extrañó, pero no dije nada.
Leonard asintió. Introdujo la mano en un sepulcro de piedra abierto, y al instante se abrió una puerta secreta. Tras ella se adivinaba un pasadizo oscuro, y no particularmente tentador.
—Seguidme —dijo con tono lúgubre.
Mina entró la primera, detrás de Leonard.
Garrett me miró con el ceño fruncido. Me resultaba extraño verlo así, sin aquella fastidiosa jovialidad que lo caracterizaba.
Por raro que sonase, en ese momento la eché de menos.
Antes de entrar le di un par de golpecitos a la base de la linterna, comprobando que funcionaba bien antes de meterme en la boca del lobo.
Cerrando el grupo, los seguí a los tres por el túnel, que era angosto, con olor a tierra húmeda.
Era tan estrecho que me costaba ver a Leonard en cabeza, aunque podía escuchar el eco de sus pasos sobre el irregular suelo de piedra.
Hacia la mitad del túnel, Mina se detuvo y se dio la vuelta para asegurarse de que todos la seguíamos.
El túnel giró varias veces, hasta desembocar en una escalinata de piedra tallada directamente en la roca.
Descendía en espiral, cada peldaño más alto y resbaladizo que el anterior.
Al llegar abajo me pareció que el aire era más espeso, y estaba cargado de un olor metálico que recordaba al de la sangre seca.
—¿Falta mucho? —preguntó Garrett, arrugando la nariz.
—Ya hemos llegado —anunció Mina.
Al final de la escalinata había una cámara amplia, abovedada y con el techo sorprendentemente alto.
El suelo estaba cubierto de escombros, como si hubiera habido un pequeño derrumbe.
En el centro, un altar circular de piedra rojiza estaba rodeado de piedras rotas y tierra removida.
Alrededor había columnas talladas con símbolos extraños e inscripciones, posiblemente en latín.
Algunas estaban quebradas, y otras muchas tumbadas, pero alguna que otra aún se mantenía en pie, sosteniendo lo que quedaba del techo.
Mina se agachó y con ambas manos se puso a limpiar la capa de tierra y piedras que cubría el suelo. Dejó a la vista losas grabadas con líneas geométricas y letras. Estaba todo en muy mal estado, y resultaba difícil adivinar qué decían los textos.
—Esta es la cámara ceremonial —anunció con gesto tenso—. Donde perdimos a Teo.
Sus pensamientos eran tan claros que, esta vez, a pesar de mis decrecientes poderes, no me costó en absoluto captarlos: «Horror. Salir de aquí. Huir. Miedo. Salir. ¡Salir!»
Me estremecí y di un paso hacia ella.
—¿Todo bien? —le pregunté.
Ella asintió, aunque sus ojos no estuvieron de acuerdo.
—Hace unos días ocurrieron aquí cosas horribles, aunque ahora sea difícil imaginarlo —murmuró Leonard.
Después caminó hasta el altar, se agachó frente a una losa ennegrecida y metió la mano en una hendidura apenas visible.
Escarbó durante unos segundos, hasta sacar algo con dos dedos. Nos mostró una especie de llave de hierro ennegrecido. Parecía oxidada o quemada, aunque se adivinaban símbolos en uno de sus extremos; quizás espirales.
—¿Y eso qué es? —pregunté.
—La llave —confirmó él, sin levantar la vista—. Al introducirla en la estatuilla, se abre el portal. La traje yo mismo desde Egipto. Me costó mi alma, pero aquí está.
—Bien. Entonces podemos usar esto y no será necesario sacrificar a nadie —dije—. Yupi.
Leonard le tendió la llave a Mina, y esta la cogió, cerrando el puño en torno a ella hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
—No, ya os lo he dicho —explicó Mina con voz cansada—.
La llave sola no basta. Este portal solo funciona con sacrificios de sangre.
La llave se introduce en la estatuilla, que está vinculada al poder del demonio primario Umbrael'Zathar.
Al menos con la información que tenemos, no hay otra forma de abrirlo.
Y, en cualquier caso, el hechizo invocaría a Umbrael, por lo cual, moriríamos en el intento.
Garrett se acuclilló frente al altar de piedra roja, observando la estatuilla deteriorada. La figura era vagamente humana, pero deformada por tentáculos serpentinos. A sus pies había una peana tallada con hendiduras, de la que Leonard había sacado la llave.
—Siempre hay formas de engañar a los demonios, incluso a los más poderosos —dijo Garrett, casi como si estuviera hablando de algo trivial. Su tono era ligero, como si estuviera hablando de un truco de magia—. Creo que puedo hacer algo, si confiáis en mí.
—¿Qué estás tratando de decir? —preguntó Mina, su ceño fruncido, la desconfianza evidente en su voz—. ¿Acaso vas a sacrificarte tú?
Garrett se quedó en silencio por un momento, dudando. Finalmente, suspiró y murmuró en voz baja, como si se estuviera convenciendo a sí mismo.
—No, claro que no. Pero no todos los seres de este mundo somos iguales. Algunos hemos estado aquí mucho más tiempo que otros, y guardamos ciertos trucos bajo la manga.
—¿A qué te refieres? —pregunté, levantando una ceja. Mi paciencia comenzaba a agotarse, y ya no estaba segura de si estábamos jugando a las adivinanzas o si en realidad iba a decir algo útil—. Basta ya de misterios, Garrett. Somos un equipo. Si tienes una idea, mejor suéltala ya.
Garrett sonrió de medio lado.
—Vale, vale —dijo, levantando las manos en señal de rendición—.
Me gustaría, pero no puedo explicarlo todo.
Nunca se sabe quién está escuchando. Yo solo prometo que sabré abrirlo, y queda en manos de Mina y Leonard el cerrarlo.
La pregunta aquí no es si sé hacerlo, sino si estamos listos para hacerlo ahora .
—Yo estoy lista —respondí sin dudar, aunque la sensación ominosa que llevaba a cuestas desde que habíamos descendido a la cripta se iba haciendo cada vez más grande.
—¿No preferirías descansar esta noche? —insistió Garrett.
—Ya descansaré cuando esté muerta —repliqué.
—A lo mejor no tendrás que esperar mucho para eso… —murmuró Leonard, y Mina le lanzó una mirada furibunda.
Garrett me miró, evaluándome.
Finalmente, su tono se volvió más grave.
—Bien, entonces vamos allá. Mina, ¿recuerdas cómo cerraste el portal la otra vez?
Antes de que pudiera contestar, Leonard se le adelantó, claramente molesto.
—¿Desde cuándo el cocinero se ha convertido en el líder de la misión? —protestó, cruzando los brazos y mirando a Garrett con desdén—. Johannes no dijo nada de poner a este al mando.
Garrett ni se inmutó. Su sonrisa permaneció igual, pero su mirada se volvió más seria, dando a entender que estaba perdiendo la paciencia con tanto cuestionamiento innecesario.
—Tú ni siquiera trabajas en la agencia, neófito —le dijo Garrett a Leonard—. Y Johannes no tiene ni idea de cómo funcionan estas cosas. Se pasa el día probándose las braguitas de encaje de su mujer y dirigiendo a distancia una empresa que nunca visita.
Tuve que contener la risa. Casi todos en el Serenata conocíamos aquella curiosa afición del socio de Teo.
—Además, nunca he pretendido ser el jefe de nada —continuó Garrett—. Pero sí soy el más antiguo de todos los que estamos aquí, y no es casualidad que Johannes me pidiera a mí que acompañase a Oksana a buscar a Teo.
—¿Acompañarme? —pregunté, porque ahora era yo la que me había perdido.
—Sí, Glacialina, acompañarte. En un lugar así, cambiante, impredecible y sin un mapa que seguir, solo podremos seguir una cosa: tu conexión telepática con Teo. Es lo único que podrá llevarnos hasta él y mantenernos alejados de los peligros.
Pues estábamos apañados, si mi telepatía era el único mapa del que disponíamos.
Leonard entrecerró los ojos, aunque una luz rojiza brilló entre sus párpados. Pero no dijo nada más. Era difícil discutir con alguien que hablaba con tanta calma como Garrett, por muy afiladas que fuesen sus palabras.
En aquel ambiente cargado de tensión, todos me miraron a mí, esperando a que diese la luz verde.