Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 8
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Oksana

Ocho años atrás

El recuerdo de esa noche me asaltaría en sueños cada día del resto de mi vida.

Quizás no fue la noche en que lo perdí todo , pero sí aquella en la que mi vida comenzó a derrumbarse, de manera estrepitosa.

Cumplía diecisiete años. Mis padres habían salido a pasar el fin de semana a Mónaco, y me dieron permiso para invitar a algunos amigos a mi fiesta de cumpleaños.

Decir “amigos” era quizás decir mucho, ya que la mayoría de gente en el instituto me tomaba por una rara; o simplemente me odiaban por ser extranjera, porque a mi padre le iba bien en los negocios, o porque sacaba buenas notas con muy poco esfuerzo.

Pero, a pesar de todo eso, por aquel entonces yo era una simple adolescente, y como la mayoría de chicas de mi edad, tenía ciertas debilidades irracionales e inútiles.

Mi debilidad, para ser más concretos, medía casi dos metros de altura, tenía ojos grises y el pelo negro cortísimo y tupido. Se llamaba Artem Orlov, tenía orígenes eslavos como nosotros, y estudiaba un curso por encima del mío, en la misma escuela internacional.

Y yo, por desgracia, estaba obsesionada con él.

Así que los invité a todos para disimular, y para asegurarme de que viniera. Invité incluso a aquellos que me caían realmente mal, solo porque eran amigos de Artem.

Mi familia vivía en una villa en la Côte d’Azur, con fachada de piedra clara, persianas verde menta y un jardín lleno de buganvillas.

Además, teníamos una espléndida piscina en el jardín trasero, lo cual creó bastante expectación entre los invitados, que se emocionaron al imaginar una fiesta por todo lo alto.

Era la primera vez que traía a casa a tanta gente.

Quizás me emocioné y se me fue de las manos.

Aun así, sus pensamientos, tan transparentes para mí, ya me habían revelado la verdad.

Todos se morían por estar en la lista de invitados.

Una fiesta en la piscina era un lujo relativamente exótico, al que nadie en el instituto podía negarse, por muy mal que yo les cayera.

—¿Puedo quedarme un rato con vosotros? —preguntó mi hermano mientras yo ordenaba la casa frenéticamente, antes de que llegara todo el mundo.

Con los años, mi hermano Mitya había comenzado a dejar atrás su mutismo selectivo, aunque seguía siendo tímido y callado. Se había convertido en un preadolescente delgado, con las orejas demasiado grandes y ese aire frágil que lo hacía parecer siempre a punto de romperse.

Dudé ante su petición de asistir a la fiesta.

Mis padres lo habían dejado a mi cargo, y habría preferido que Mitya se encerrase en su cuarto, apartado de los brutos de mi instituto. Pero era comprensible que no quisiera hacerlo. Además, era muy sensible al ruido, e imaginé que la música le impediría dormir.

—Está bien —accedí—. Pero solo hasta las doce. Luego te pones los tapones en las orejas y a la cama, ¿entendido?

Mitya asintió, contento, aunque yo me arrepentí de inmediato.

Un mal presentimiento me recorrió el cuerpo.

Las primeras en aparecer fueron Emily y Anya, con medias de rejilla negras y cigarrillos ocultos en las botas.

Después llegó el grupo de Oliver. Traían champagne barato y dos botellas de licor robadas de la alacena del padre de alguien.

Alguien trajo un pastel casero, que yo corté con cuidado y serví en la mesa que había sacado al aire libre y adornado con farolillos, cerca de la piscina.

Sin saber bien por qué, me llevé el cuchillo de tarta de vuelta a la cocina y lo escondí debajo de unos trapos.

Habría mucha gente en la fiesta, y algunos de los chicos eran propensos a pelearse cuando bebían demasiado.

Si alguien hacía alguna tontería y mi padre se enteraba, me mandarían a un internado en Suiza… y no volvería a ver a Artem.

Justo entonces, como si lo hubiera invocado de tanto pensar en él, Artem hizo su aparición. Lo acompañaban tres chicos que conocía de vista: Julien, Alex y Nico. Artem traía un ramo de flores blancas, que me entregó sin mayor ceremonia.

—Feliz cumpleaños, Ksanushka —me dijo en ruso, acompañando las palabras con un beso fugaz en la mejilla.

Mi corazón pareció detenerse por un instante, pero lo que realmente me heló fue lo que pude escuchar en su mente: «Wow, está como un tren. Me la llevaría a la habitación de invitados ya mismo.»

Abrí la boca, incapaz de articular una palabra ante aquella revelación, y la cerré rápidamente, aún en shock por el descubrimiento.

Quizás esas no fueran las palabras más románticas, pero estaba habituada a escuchar las mentes de los chicos de mi instituto.

Sabía que, para alguien como Artem, aquello era lo más cercano a un pensamiento romántico.

—Yo… Gracias por las flores —respondí, con una sonrisa tensa.

Sus amigos me miraron con descaro, y sentí que mi estómago se retorcía.

—Feliz cumpleaños —dijo Alex, sonriendo de oreja a oreja, aunque en su cabeza añadió: «Artem no te trae flores porque le gustes, idiota. Qué ingenuas sois las chicas.»

¿Ingenua, yo?

Casi me reí en voz alta de aquella idea absurda. Si había alguien cínico y desencantado en nuestro instituto, esa era yo. Después de escuchar los secretos de todos los que pasaban por mi lado, incluyendo mi propia familia, estaba curada de espanto.

Además, había oído perfectamente los pensamientos de Artem, y estaba claro que le gustaba. Seguramente, había mentido a sus amigos para hacerse el duro. Nada raro.

Julien y Nico se acercaron a la radio y pusieron el volumen a tope. Alguien me pasó un cigarrillo, y lo acepté solo por no parecer una cría, aunque ni siquiera me gustaban y a la segunda calada tuve que apagarlo con disimulo en un cenicero, porque me estaba mareando.

Alrededor de la piscina todo era jaleo, risas y empujones.

Los chicos se lanzaban entre sí al agua, completamente vestidos, riendo como idiotas.

Mitya merodeaba cerca del borde, con una media sonrisa, seguramente espiando sus pensamientos y encontrándolos de lo más entretenido y educativo.

Jugaba en silencio con un barquito de plástico, que movía repetitivamente con un palo.

Yo bailé hasta desinhibirme, arropada por la música y las voces que se mezclaban.

Artem estaba cada vez más cerca. Llegó un momento en que bebimos lo suficiente como para dejar de fingir que no teníamos interés el uno por el otro.

Dejamos de bailar por separado, y comenzamos a movernos frente a frente.

Sus manos se adentraron en los bolsillos traseros de mi minifalda de cuero, y comenzó a atraerme hacia sí cada vez más.

Durante una pausa de la música, mientras Anya buscaba una canción y nos dejaba a todos en silencio, Artem acercó su rostro al mío, como si estuviera a punto de besarme.

Sentí la tentación de espiar sus pensamientos, pero bloqueé mi don, tal y como Mitya me había enseñado.

A veces era mejor no saber. Solo existir. Solo ser una chica normal, en los brazos del chico más guapo del instituto, celebrando una fiesta en el jardín.

—¿Por qué no me enseñas la casa por dentro? —dijo Artem con tono misterioso.

Tragué saliva y asentí. Sabía lo que eso significaba.

—Claro. Pasa.

Miré brevemente el reloj; no era aún medianoche. Busqué a Mitya con la mirada, y no lo encontré, pero, de todos modos, había mucha gente por todas partes. Alguien lo vigilaría. Era un buen chico.

Llevé a Artem hasta la cocina, y él abrió la nevera en busca de más bebida. Se sirvió algo en su vaso vacío y me ofreció un poco, pero yo lo rechacé, porque había tenido suficiente.

Por primera vez en toda la noche, nos encontramos solos, casi a oscuras. La única luz venía de la lámpara sobre el fregadero. Fuera, la música estaba tan alta que hacía retumbar los cristales.

—¿Y si desaparecemos un rato? —me preguntó Artem, guiñándome el ojo—. ¿Se te ocurre algún sitio más privado?

Lo miré un segundo, fingiendo dudar. Luego lo tomé de la mano; sabía exactamente a dónde llevarlo.

Subimos a la habitación de invitados. Era la más pequeña, pero también la más neutral: no tenía retratos familiares en las paredes, ni crucifijos sobre la cama. Cerré la puerta tras nosotros, y el ruido del resto de la casa quedó amortiguado.

Artem me llevó hasta el borde de la cama y se sentó. Luego me hizo sentarme sobre sus rodillas y me tomó por la nuca.

No dijo nada más. Solo me miró, con los ojos algo turbios por la bebida.

Yo nunca había besado a nadie, y sentí que me temblaban las manos.

Sin más preámbulos, Artem me metió la lengua en la boca: sabía a tabaco y alcohol, disimulados con caramelos de menta.

No me gustó.

Quise pensar que era yo. Que estaba nerviosa. Que me faltaba práctica. Que eso era lo que sentía al besar a alguien por primera vez.

Coló la mano por debajo del sujetador, pero yo me aparté, buscando oxígeno. Me había enfriado de golpe.

—¿Todo bien, Ksanushka? —preguntó Artem, con decepción en la voz.

—No —respondí, levantándome con brusquedad de sus rodillas y dejándolo con las ganas.

Algo estaba mal, aunque no era capaz de explicar qué era. Algo que iba mucho más allá de ese beso mediocre.

Medí mis palabras un instante, dudando.

Justo cuando iba a contestar, se oyeron los gritos, que venían de la fiesta.

Desde el jardín, atravesando ventanas cerradas, llegó un alarido tan agudo y espeluznante que me dejó helada. No era un grito de alegría, ni de borrachera, ni siquiera de pelea entre bravucones.

Era un aullido que partía el alma, y venía desde la piscina, trayendo noticias ominosas.