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Oksana
—El compromiso ecológico con el planeta es de suma importancia —nos adoctrinó mientras nos adelantaba una carreta tirada por burros en una carretera secundaria.
Me mordí la lengua, por tercera vez en media hora.
—¡Por supuesto, Mina! —dijo Garrett desde el asiento de atrás—. ¡Lo importante es que lleguemos antes de la jubilación, y cada año sube más la edad, así que no veo problema alguno!
Me giré y lo vi con la frente apoyada contra la ventanilla, mirando los campos verdes con aire soñador.
Llevaba así desde que desembarcamos del ferry en Denia.
Cualquiera diría que era un niño que subía por primera vez en un vehículo, y no un hombre de treinta y tantos años, hecho y derecho.
Siempre me había fascinado la pureza y candidez de Garrett.
Era de los pocos que solía decir lo que pensaba.
Las pocas veces que me había esforzado por leer la mente de Garrett, solo había encontrado en ella pensamientos sencillos, casi siempre benévolos, dirigidos hacia el mundo que lo rodeaba.
Sinceramente, me resultaba imposible imaginar ser así.
Había demasiadas cosas que estaban mal en el mundo como para ser positivo todo el día.
Solo de pensarlo me sentía agotada.
Desde el puerto habíamos tomado la carretera nacional hacia el interior valenciano, y lo que debería haber sido un viaje de tres horas se estaba alargando hasta límites exasperantes, mientras la puesta del sol se acercaba.
—Habrá que parar a repostar —anunció Mina a mitad de camino—. No sé qué hicisteis el otro día entre tú y Garrett, pero os fundisteis medio depósito.
—Somos los diablos de la carretera —bromeó Garrett—. Ya viste que salía humo del asfalto cuando os recogí del aeropuerto.
—El único diablo que conozco es Vanessa, pero por suerte Johannes no le dejó venir —comentó Mina—. Y no lo digo porque sea mala persona, pero he tenido muy malas experiencias con demonios, así que prefiero que se mantenga alejada, por si acaso.
—En teoría, Leonard y tú tampoco vais a venir —comenté—. Ya oíste a Johannes: solo Garrett y yo. Él, por su experiencia en el inframundo, y yo, por mi telepatía. Vosotros solo debéis acompañarnos hasta el portal y abrirlo, tal y como hicisteis la otra vez. Nada más.
—Eso lo veremos, guapa —replicó Mina.
—Pobre Iris —comentó Garrett, cambiando de tema antes de que Mina se encendiese—. Estaba empeñada en acompañarnos. Pero me alegro de que Johannes no se lo permitiese. Cuando uno está tan alterado, es difícil pensar con claridad.
—En su estado mental actual, habría sido más un lastre que otra cosa —dije encogiéndome de hombros. Luego señalé a la derecha y me dirigí a Mina—. Detente ahí.
Junto a la carretera había una gasolinera algo ajada, pero abierta. Mina se detuvo junto al surtidor. Tenía cara de estar midiendo las emisiones de gases venenosos a ojo.
—Voy a entrar a pagar —dijo Garrett—. ¿Alguien me acompaña al minimarket?
Negué con la cabeza. Era mucho más interesante quedarme ahí y observar a Mina mientras sujetaba la manguera con las puntas de las uñas, esforzándose por no tocarla, por miedo a los aditivos tóxicos.
Obviamente, también se negaba a usar guantes de plástico de un solo uso, lo que hacía que repostar fuera para ella un auténtico infierno, aunque resultaba muy divertido para mí, como espectadora.
Intenté sintonizar con sus pensamientos solo por entretenimiento, y conseguí captar varios improperios justo antes de que alzara las barreras y me dejase fuera.
—¿Crees que no me doy cuenta de lo que estás haciendo? —me espetó, mirando el contador de la gasolina con mal humor.
—Eres mucho más divertida que la tele —repliqué.
—¿Por qué no entras y me compras una manzana, en vez de estar ahí burlándote?
—¿Una manzana? —repetí, incrédula.
Entre todas las cosas que yo habría elegido como merienda en una gasolinera, una manzana habría estado, seguramente, en el puesto 1427, o más.
Aun así, entré. Quizás encontrase también algo para mí.
Garrett estaba apoyado en el mostrador, socializando con la dependienta: una chica de veintipocos con el uniforme de la estación, anudado como si fuera un crop top .
Masticaba chicle y sonreía, seguramente contenta de que algún ser humano hubiera dado con esa gasolinera perdida y quisiera darle conversación.
—Así que te llamas Garrett, ¿eh? —decía la chica, repasándolo de arriba a abajo—. ¡Tienes nombre de vaquero!
—Ya, si pudiera, me lo cambiaría. Pero fue lo primero que se me ocurrió cuando conocí a mi exmujer. ¡Lo vi escrito en la gorra de un repartidor! Luego, una cosa llevó a la otra, y ahora ya es demasiado tarde para explicarle a todo el mundo que me llamo de otra forma.
La chica estalló en carcajadas.
—¡Eres muy gracioso!
Solté un bufido, harta de verlos flirtear sin hacer nada.
—Hay gente esperando —gruñí, mientras los pensamientos de la cajera resonaban a gritos: «¡Es guapísimo! ¡Y mira esos bíceps! ¿Vivirá cerca de aquí?»—. Necesito una manzana —dije con voz seca—. ¿Dónde están?
Garrett se giró con aire inocente.
—¿No prefieres un donut?
—Yo sí, pero no es para mí.
—¡Te lo traigo! —anunció y salió pitando.
—Voy a ver si tengo alguna manzana dentro—dijo la chica, y desapareció también en la trastienda.
Mina volvió en ese momento y alzó una ceja al verme mascullar improperios en ruso.
—¿Todo bien? ¿Por qué tardáis tanto?
—Pff. Era Garrett. Estaba flirteando con la dependienta y no podía comprar tu manzana.
—Es su superpoder —dijo Mina encogiéndose de hombros—. Haría amigos con las piedras. Hay quien mueve objetos con la mente, y hay quien mueve conversaciones.
—También mueve mis ganas de lanzarlo por un barranco, cuando se pone así —dije con hastío.
Garrett volvió con dos donuts y un puñado de servilletas.
—Para ti —me dijo, ofreciéndome uno cubierto de chocolate de color rosa.
—¿Qué es esto?
—Un regalo. ¡Vamos, acepta!
Solté un gruñido, pero le quité el donut.
Tenía glaseado de fresa, maldita sea.
Era mi sabor favorito.
Regresamos al coche, y Garrett se paró a felicitar a una señora por su “precioso” chihuahua, y a comentarle a un camionero que tenía una rueda ligeramente deshinchada.
—¿Siempre hablas con todo el mundo? —le solté a Garrett cuando por fin subimos de nuevo al coche.
—Pues claro. ¿Para qué quieres estar en el mundo, entre la gente, si no aprovechas para hablar y aprender de ellos? —respondió con una sonrisa amplia, como si fuera la cosa más obvia del universo.
—Pues… no sé. ¿Para disfrutar odiándolos en silencio? —aventuré.
Él soltó una carcajada y me guiñó un ojo. Seguramente no sabía que yo le había respondido totalmente en serio. Mina puso los ojos en blanco desde el asiento del conductor, pero pude verla a través del espejo.
—¡Basta de tonterías, chicos! —dijo, girando la llave en el contacto—. Portaos bien, que ya falta poco. Leonard me ha escrito y dice que ya está en las ruinas. Hasta que oscurezca, nos esperará en la cripta de la iglesia, al resguardo del sol. Después saldrá a echar un vistazo por fuera.
—Ah, yo creo que, con la velocidad que llevamos, cuando lleguemos estará esperando en la calle, sin duda —comentó Garrett.
Mina arrancó, y mis pensamientos divagaron hacia la misión incierta que nos esperaba.
Ni siquiera sabía bien a dónde íbamos, ni qué haríamos allí.
Johannes, además, había sido muy claro: nada de voluntarios adicionales; solo los mínimos para que fuese factible, ya que era todo demasiado arriesgado.
Aunque no lo dijese claramente, existía una alta posibilidad de que aquellos que cruzasen el umbral nunca más pudieran volver a salir.
Si pasar al otro lado era difícil, regresar sería casi imposible. No era una misión suicida, pero sí lo más cercano a una con lo que nos habíamos enfrentado.
Pero a mí, en este momento de mi vida, me daba todo igual.
No tenía familia cercana que me importase.
Mi telepatía se estaba disipando a pasos agigantados.
No tardarían mucho en echarme de la agencia, o en excluirme de las misiones hasta que no fuese más que una simple camarera, en otro bar de Ibiza aparentemente igual a los demás.
Si existía la posibilidad de salvar a Teo, estaba más que dispuesta a correr el riesgo. Y era mucho mejor que lo hiciera yo, y no Iris o Naomi.
En mi mente, era como ese último castillo de fuegos artificiales antes de terminar la fiesta.
—Por cierto —comentó Mina, sacándome de mis pensamientos—, ¿qué tal fue esa cita con el relojero? Ese con el que quedaste antes de que Leonard y yo fuéramos a las ruinas.
—Mal —respondí a secas.
—¿Sí? Parecía simpático cuando vino a recogerte. Y bien vestido.
—Tenía tres hijos.
—¿Y? Los niños son monos.
—¿Tú me ves a mí viviendo con niños? —Resoplé, apartándome el pelo de la cara—. ¿Me imaginas de figura materna?
Mina apartó la vista de la carretera por un instante y me miró. Finalmente, echó a reír.
—No, la verdad es que no. Supongo que hiciste bien cortando aquello de cuajo antes de que fuera a más. Desde luego, habría sido difícil para alguien como tú.
Garrett murmuró algo desde el asiento de detrás, pero el ruido del motor apagó su voz, y ninguna se molestó en pedirle que lo repitiese.
Cuando alcanzamos las afueras de Llíria, estaba prácticamente oscuro.
Subimos por la carretera que serpenteaba hasta el antiguo Monasterio de San Miguel.
Desde arriba, las luces comenzaban a encenderse en las casas del pueblo.
La explanada frente al monasterio, cercana al camino de piedras que llevaba a las ruinas, estaba vacía y polvorienta.
No había turistas ni caminantes tras el anochecer, en un día cualquiera entre semana.
Mina aparcó sin prisas, y Leonard salió a saludarnos. Garrett bajó de un salto, estirando los brazos y bostezando.
—¿Entonces es aquí? —pregunté, sin moverme del asiento.
Aquello no tenía pinta de ser un portal a otra dimensión, ni por asomo.
—Sí —respondió Mina, abriendo el maletero—. Las ruinas de Edeta están más abajo, desde aquí no se ven bien. Pero el portal está bajo el monasterio.
Señaló hacia la ladera, ahora iluminada solo por la luna. Apenas se veía el borde de unos muros derruidos, a lo lejos. El aire olía a tierra y a tomillo seco, y se oía el canto de los grillos entre la maleza.
Leonard se nos acercó, vestido con un abrigo largo y oscuro. Besó a Mina y nos saludó a los demás con la mano.
—Otra vez aquí —le dijo Mina, bajando la mirada con algo de tristeza.
—Es hora de terminar con los asuntos pendientes —respondió Leonard, abrazándola más fuerte.
Me resultaba extrañísimo verlos juntos.
A decir verdad, me resultaba insólito ver a Mina con alguien. La conocía desde hacía años, y en ese tiempo jamás tuvo novios ni parejas. Que yo supiera, ni siquiera flirteaba nunca con nadie. Era surrealista verla abrazada a ese hombre, a ese vampiro , como si se conocieran de toda la vida.
La verdad, no me imaginaba a mí misma haciendo el ridículo así. No tenía ni tiempo ni ganas para esas cosas y, además, ya me había quemado una vez, y no pensaba volver a arriesgarme de nuevo. Prefería dedicar mi tiempo y recursos a hacerme manicuras y comprar bolsos.
—Venid por aquí —dijo Mina.
Ella y Leonard nos condujeron por una puerta que llevaba a un patio con un pozo cubierto. Mina le lanzó una mirada preocupada al pozo, pero no dijo nada. Continuaron hasta una puerta lateral de madera que se abría hacia la nave silenciosa de la iglesia de San Miguel.
—Qué curioso que esté abierto a estas horas —comentó Garrett.
La mirada que le devolvió Leonard dejó claro que no estaba abierto al público; solo para nosotros.
Leonard se situó tras el altar y se arrodilló. Cualquiera diría que estaba a punto de oficiar una misa negra. Me reí por lo bajo al imaginarlo. Garrett se giró a mirarme, sorprendido, con las cejas arqueadas. Cualquiera habría dicho que nunca me había escuchado reír.
—Venid —dijo Leonard, apoyando las manos sobre la mesa de piedra—. Hay una palanca bajo el altar, justo aquí. Presionándola se abre una trampilla, que lleva a la cripta de la iglesia. De ahí se accede a un pasadizo, que termina en el portal que buscamos.
Asentí con firmeza.
—Bien, ¿a qué esperamos? —dije con un paso al frente—. Bajemos ahí de una puñetera vez. Acabemos con esto.
Garrett negó con la cabeza.
—No es buena idea. Esta noche deberíamos descansar. Además, hay que trazar un plan detallado, antes de lanzarnos a lo desconocido.
—Ya lo hicimos anoche, con Johannes —repliqué—. Ellos dos abren el portal. Tú y yo entramos y sacamos a Teo de ahí. Simple.
—No es tan sencillo, Oksana —dijo Garrett, y una mueca de dolor distorsionó su rostro—.
Ahí abajo puede haber cosas espantosas, incluso peores que la muerte.
No hablo solo de monstruos. Hablo de recuerdos traumáticos.
De decisiones equivocadas que te persiguen.
De partes tuyas que pierdes en las profundidades, y ya nunca vuelven contigo.
Imagina la Oscuridad más aterradora que hayas visto jamás, multiplicada por mil…
—Tenemos linternas —objeté, ignorando su perorata dramática.
Mina frunció el ceño, y noté que Leonard le rodeaba la cintura con el brazo.
—Me preocupa que nos estemos precipitando —confesó Garrett, suspirando.
—Puede que tengas razón —asintió Mina—. Lo poco que pude ver fue terrorífico. No quiero ni imaginar cómo será meterse ahí dentro.
—¿Y entonces qué proponéis? —les espeté—. ¿Esperar a que los astros se alineen? ¿Os dais cuenta de que, a cada minuto que pasa, la probabilidad de encontrarlo vivo disminuye?
Di un paso hacia Garrett, desafiándolo.
Él bajó la vista. Su silueta, antes imponente, se encogió un poco.
—Tienes razón, Oksana. Pero me preocupa lo que podría ocurrir si no nos preparamos correctamente —confesó.
—¿Cómo se prepara uno para bajar a los infiernos? —pregunté, cruzándome de brazos—. ¿Existe el momento perfecto para hacerlo?
—No —admitió—. Pero debemos tener cuidado. No tengo miedo por mí mismo, sino por aquellos a los que dejamos atrás, y que sufrirán si no regresamos.
—Por eso mismo, yo ya no tengo miedo a nada —respondí, encogiéndome de hombros y sosteniéndole la mirada—. Cuando lo has perdido todo, el miedo se vuelve irrelevante.