Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 6
67%

6

Garrett

Seguramente fui uno de los pocos miembros del Serenata Nocturna, si no el único, que conoció a Theodore d’Alessandro cuando él todavía era mortal. Lo vi dos veces antes de su transformación. La segunda de ellas fue la más impactante, y marcó todo lo que vendría después.

Aquella noche me encontraba de patrulla, enviado a Hampshire por una alerta menor. Nada que debiera inquietarme, según La Jefa. Quizás algún intento leve de apertura de portales por parte de algún Liberador de poca monta, o algo por el estilo.

Sin embargo, aquel día, el azar me arrastró a un suceso que cambió el curso del resto de mi vida… y también, de la suya.

No esperaba encontrar nada particularmente interesante, así que me senté, armado de paciencia, sobre el campanario de una pequeña iglesia románica.

El edificio era sólido, de sillares grises, y a su lado se extendía un pequeño cementerio rural, impregnado de humedad y aroma a hierba recién segada.

El lugar debería haber estado en calma, pero aquella noche tres criaturas lo perturbaban: dos vivos y un no-muerto; los tres buscando algo, aunque solo uno hallaría lo que deseaba.

Escuché las voces de los dos jóvenes, arrodillados frente a una tumba reciente. La tierra aún estaba algo suelta sobre ella, con la hierba apenas brotando. En la lápida, se leía:

«Winifred d’Alessandro, esposa y madre. D.E.P.»

Ah, sí, Winifred d’Alessandro, nacida Locket.

Aquella mujer había estado durante décadas bajo vigilancia estricta, tras catorce intentos de necromancia y numerosos conjuros de magia negra.

En teoría, había fallecido por una fiebre súbita meses atrás.

A ojos del mundo, fue una dama de buena cuna, venida a menos por un mal matrimonio con un comerciante extranjero que no resultó ser todo lo que aparentaba.

Pero para quien sabía mirar más allá, fue una de las brujas de magia negra más peligrosas de su tiempo. O de todos los tiempos, incluso.

Tendría que consultar su ubicación con La Jefa, porque dudaba que de verdad se encontrara bajo tierra, en esa tumba, o que su supuesta muerte por fiebre tifoidea fuera real. Alguien como ella habría elegido la Oscuridad como patria de serle ofrecida, y desde luego lo había intentado muchas veces.

Por suerte o por desgracia, su hijo menor, Emmanuel, había heredado muchos de sus talentos. Seguramente, por eso me habían mandado llamar Los De Arriba. Para asegurarme de que no se pusiera a jugar a los nigromantes, como su madre.

Los dos hombres se agacharon sobre la tumba, y uno de ellos, que parecía el mayor, limpió de polvo las letras de la lápida.

Era rubio, de ojos claros y rostro serio.

El otro, más joven, con el cabello castaño y revuelto, sostenía entre sus manos un cuaderno y una piedra azul pulida, y se revolvía impaciente, como si no pudiera contener la emoción por lo que estaban a punto de hacer.

—¿Estás seguro de esto, Emmanuel? —susurró el joven rubio, pateando un terrón de barro con desgana.

—¡Pues claro! ¿Es que temes a los fantasmas, hermano?

El rubio se encogió de hombros. Apoyó sobre la lápida la linterna de aceite que llevaba, sujetándola del asa para que no se volcase.

—No es eso —murmuró—. Pero hay algo raro en el aire esta noche. Quizás deberíamos volver otro día.

—¡No seas gallina! Solo déjame probar la llave y recitar el pasaje, tal y como explican los apuntes de madre. ¿Imaginas que funciona? ¡Sería increíble! —respondió el pequeño, eufórico—. Confía en mí, hermano.

—Siempre confiaré en ti. Pero ambos sabemos que los hechizos de madre eran todo menos inocentes. ¿Y si sale mal?

—¿Qué podría salir mal? Lo peor que puede pasar es que no pase nada , como siempre. ¿Y acaso no te gustaría volver a verla? ¿Preguntarle qué opina de tu boda con Caroline?

Su hermano asintió, y se agachó a proteger la lámpara, que el viento amenazaba con apagar.

—Eso es cierto.

—¡Vamos a conseguirlo! ¿No lo sientes, Theodore? Está cerca.

Me froté los brazos, aunque en aquella época era incapaz de sentir frío.

Yo también sentía algo extraño flotando en el aire.

Fuera lo que fuese, no auguraba nada bueno.

Tenía órdenes de no intervenir a no ser que hubiera un peligro expreso para el equilibro de las cosas.

De modo que no lo hice. Simplemente permanecí allí, observando a aquellos dos jóvenes, a punto de invocar a un espíritu que habría estado mejor dormido.

Una brisa fría los envolvió. El mayor se estremeció, aunque el otro no lo notó. Estaba ya absorto en la lectura de un pequeño cuaderno forrado en cuero.

A su alrededor, la niebla se espesó. Emmanuel colocó la piedra azulada en una oquedad la losa, y encajó con un leve destello. Luego comenzó a leer con voz temblorosa, a la luz de la linterna de aceite:

«Álzate, espíritu de fuego y sangre;

Cruza el velo que los vivos temen,

Acude a mi llamada, ¡ven!»

La tierra tembló.

A partir de la oquedad donde se encontraba el cristal, una grieta comenzó a abrirse, desgarrando la base de la tumba con un sonido brusco que parecía venir de muy hondo. El viento se extinguió de golpe y los pájaros nocturnos huyeron en desbandada.

La grieta se convirtió en un pozo sin fondo, y de ella emergió la sombra de algo espeluznante, que nunca pensé que se asomaría a esta esfera.

—Acudo a vuestro llamado, mortales —tronó una voz de ultratumba.

Theodore se quedó paralizado, completamente lívido. Pero Emmanuel mantuvo la compostura, y con voz temblorosa, respondió.

—Nos envía nuestra madre, sierva de la Oscuridad.

—Conozco a vuestra madre —gorgoteó la criatura desde las profundidades—. Está aquí.

—Deseamos verla de nuevo —dijo Emmanuel con increíble valentía.

—Dejadme salir y podréis verla —dijo la criatura, alzándose como humo sobre el cementerio—. La traeré a vosotros.

Theodore dio un paso atrás, negando con la cabeza.

—No. Emmanuel, no…

—No tenemos el poder necesario para permitiros salir, oh mi señor —respondió Emmanuel.

—En ese caso, entrad. Pero sabed que aquel que entre jamás podrá regresar. ¿Aceptáis igualmente?

Theodore miró a todos lados, buscando una escapatoria. Pero Emmanuel asintió, con los ojos nublados, como en trance.

—De acuerdo —respondió Emmanuel, ignorando a su hermano y dando un paso hacia la grieta—. Acepto.

—¡Emmanuel, no! —gritó Theodore, tratando de impedir que su hermano avanzara.

Antes de que Theodore pudiera hacer nada, el demonio absorbió a Emmanuel hacia las profundidades.

Después, otra criatura de aspecto semihumano emergió del abismo.

Pudo haber sido un vampiro, muchos siglos atrás, aunque ahora era un monstruo deforme, hecho de membrana, hueso y colmillos.

La criatura se abalanzó sobre el cuello de Theodore, que no alcanzó a escapar ni a gritar.

Su cuerpo se sacudió violentamente y al poco cayó al suelo, inerte.

Nunca se volvió a saber de Emmanuel, pero Theodore sí abriría los ojos de nuevo. Pero, desde entonces, jamás volvió a ser el mismo.