Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 4
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Oksana

Aparqué junto al paseo, muy cerca del bar Serenata Nocturna.

Vi a Naomi, que pasó con prisas, cargando unos botellines de cerveza.

Me saludó con un gesto de la barbilla, y una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro al ver también a Mina, que me seguía a unos pasos, junto a Garrett y Leonard.

Seguramente, no había hablado con ella desde que desapareció para terminar su misión en las ruinas de Edeta.

Por lo demás, las mesas de la terraza estaban llenas de gente, y el bar estaba tan animado como cada noche a esa hora.

Todo parecía seguir igual que siempre, a excepción de una cosa.

Teo no estaba allí.

Teo, el alma del Serenata, tanto la agencia como el bar, se había marchado con prisas a ayudar a Mina en su misión, prometiendo que regresaría en un par de días.

Pero no lo había hecho, y, por lo que yo sabía, quizás no lo hiciera nunca.

Miré a mi alrededor, pensando que quizás todo fuera un sueño. Una pesadilla. Un malentendido.

Por un instante, pensé en las semanas en que Teo y yo casi llegamos a ser algo, juntos… y en lo mal que salió aquel experimento. De tanto pensar en él, casi pude verlo asomar la cabeza a través de la cortina de cuentas que separaba la barra de la cocina.

Alguien me tocó en el hombro y me sobresaltó. Al girarme me encontré con los ojos de Iris, enrojecidos y enmarcados por profundas ojeras.

—Gracias por venir tan rápido —me dijo, señalando la mesa de la esquina, semioculta tras una palmera en maceta—. Johannes ya está aquí. Venid, sentaos con nosotros.

Me extrañé. Yo llevaba años en el Serenata, y Johannes, el socio de Teo, no había venido por allí jamás, que yo recordase.

Todos hablaban de él a menudo, pero nunca se dejaba ver.

Al parecer, desde que había conocido a su mujer, Patricia, se había asentado junto a ella en una villa en las afueras de Lausana, y ayudaba a Teo con el negocio a distancia.

Era famoso por su escaso interés por salir o mezclarse con el resto de la gente, y sus hobbies algo inusuales.

Dos cosas que yo podía comprender perfectamente.

Una cosa estaba clara: si Johannes había salido de Suiza, la situación era un auténtico código rojo, y seguramente estábamos al borde del colapso, de una guerra espectral o del mismísimo Apocalipsis.

Empujamos cuatro sillas más y las pusimos alrededor de la mesa, aunque era demasiado pequeña para tanta gente.

—Oksana —dijo Johannes—. Por fin nos conocemos en persona.

Lo reconocí de inmediato. Era un vampiro de miembros larguiruchos, tan blanco que era casi verde y con el pelo lacio y oscuro. Junto a él había una mujer despampanante de tez oscura, que no se le parecía absolutamente en nada y que sorbía un líquido rojizo de una copa de cóctel. ¿Patricia?

El hombre me tendió la mano.

—Johannes, supongo —dije, mientras Mina y los otros se acercaban y tomaban asiento—. Y Patricia. Es extraño veros aquí.

—Las situaciones excepcionales requieren medidas excepcionales —murmuró el vampiro, girando la vista hacia el mar, que rompía a lo lejos—. Mi viejo amigo nos ha metido a todos en un buen lío.

Naomi se acercó, con una gota de sudor en la frente.

—Garrett, ¿podrías venir a ayudarme en la barra? —dijo—. No puedo yo sola con todos los clientes.

—¡Por supuesto! —exclamó Garrett, levantándose como un resorte, pero Johannes le hizo un gesto para que volviera a sentarse.

—No, por favor, quédate, Celestine —dijo—. También te vamos a necesitar a ti.

—¿A mí? —preguntó Garrett, extrañado.

Naomi golpeteó el suelo con el pie, y un vaso vacío explotó en la bandeja que sostenía.

—Sí, muy bien —dijo de mala gana—. ¿Y entonces qué? ¿Me encargo yo sola de toda esta gente? ¿Os creéis que tengo superpoderes?

Patricia se levantó, empujando la silla hacia atrás sin hacer ruido alguno.

—Si me explicas cómo, yo puedo ayudarte —ofreció con su voz de terciopelo.

Naomi la miró, frunciendo el ceño.

No necesité escuchar sus pensamientos para saber que le preocupaba que la vampira se bebiese todo lo que había en la nevera secreta.

—Está bien. Sígueme —dijo con resignación, y ambas desaparecieron tras la barra.

Tras ellas quedó un silencio incómodo entre los reunidos: Mina y Leonard, pegados el uno al otro; Johannes, que no habría podido ocultar su condición de muerto viviente ni con una tonelada de maquillaje; Iris, con cara de funeral, y a mi lado Garrett, serio por primera vez desde que lo conocí.

—Bien —dijo Johannes lentamente—, supongo que todos sabéis por qué he convocado esta reunión de emergencia.

—No sé si acabo de entenderlo —lo interrumpí—. Solo me han dicho que Teo ha desaparecido en… —Carraspeé—. Todos sabemos dónde. Pero no entiendo cuándo, ni cómo, ni por qué.

—Estábamos en las ruinas —explicó Mina—, y encontramos unas inscripciones antiguas con un conjuro antiquísimo. Pensé que, si conseguíamos lanzar ese hechizo, conseguiría acabar con la maldición de mi familia…

—Un momento —la interrumpí—. ¿Te encuentras una inscripción misteriosa con un hechizo raro, y lo primero que se te ocurre es que está relacionado contigo?

¿Que lo han puesto ahí para que tú salves a tu familia?

—pregunté, poniendo los ojos en blanco—.

¿No es una conclusión un poquito egocéntrica? Qué fuerte, Mina.

Mina resopló.

—¿Me dejas terminar, Doña Perfecta? Había ciertos indicios que me hicieron pensar que una antepasada mía había dejado esas pistas en las ruinas para mí, ¿me entiendes? No soy tan estúpida.

—Ya… Pero no era así —adiviné, y Leonard me miró con los ojos entrecerrados, casi como si estuviera a punto de saltarme al cuello y desmembrarme por mi atrevimiento.

Una de las cosas más importantes que aprendí en los años en que había “disfrutado” de mi don era que la gente siempre se creía el centro de todo lo que ocurría. Como Mina, en este caso.

Y otra muy importante era que, a la mayoría de las personas, yo les caía mal (como a Leonard), aunque casi todos trataran de ocultarlo, en mayor o menor grado.

—Tienes razón. Me equivoqué —admitió Mina, como era de esperar—. Aunque sí conseguí terminar con la maldición familiar, pero el precio a pagar fue muy alto. Abrimos un portal a la Oscuridad, y estuvimos a punto de liberar a un demonio muy poderoso…

Fruncí la nariz.

—¿Un demonio?

—Umbrael'Zathar —susurró Johannes, como si esa palabra debiera sugerirme algo.

—Ni idea —respondí—. No soy experta en ese tipo de bichos.

—El demonio más antiguo de las profundidades —aclaró Leonard con tono profesional.

—Maravilloso —comenté—. De modo que soltasteis a una criatura milenaria y perversa que, seguramente, pretende acabar con el mundo entero. ¡Eso me hace sentir increíblemente tranquila y segura! Es más, celebrémoslo… —Me giré hacia la barra—. ¡Naomi, tráeme un vodka!

Naomi me enseñó cierto dedo, y sus labios dibujaron las palabras: «Ven tú a por él, guapa.»

—¡Solo he dicho que estuvimos a punto! —replicó Mina con voz desquiciada, golpeando la mesa con ambas manos—. Teo lo impidió. Pero, para hacerlo, quedó atrapado en la Oscuridad. Y esa es la situación actual.

Así que eso era lo que había ocurrido.

Había esperado algo malo, pero no tanto.

Tragué saliva, sintiendo una oleada de desesperación sacudirme desde el centro del pecho. Si la historia era cierta, Teo estaba perdido para siempre.

Cerré los ojos y tomé aire contando hasta diez, tratando de asimilar lo ocurrido. Entretanto, escuché a Iris sollozar en silencio.

Cuando volví a abrirlos, Mina le sujetaba la mano a Iris, y Garrett tenía la vista fija en mí, por motivos indescifrables y seguramente irrelevantes.

Nadie decía nada, aunque yo podía oír los pensamientos de Iris y Garrett, que curiosamente, coincidían en lo mismo: “¿Qué vamos a hacer ahora?”.

Los míos eran más silenciosos, pero bastante parecidos.

—Dado que Theodore no está, me he visto obligado a tomar el mando de la agencia —anunció Johannes, dejando claro que eso jamás había formado parte de sus ambiciones personales—.

Obviamente, debemos decidir el siguiente paso.

Tenemos dos opciones: la primera es dar a Teo por muerto y seguir adelante, lo cual nos evitaría muchos riesgos, tanto a nosotros como a todos los habitantes de la Tierra, ya que el portal se mantendría convenientemente cerrado.

—Hizo una pausa y nos miró, uno por uno—.

La segunda es más arriesgada, y posiblemente una misión suicida, y supongo que ya imagináis en qué consiste.

Asentí, mientras los demás también lo hacían.

—Así que… —dijo Johannes para terminar—. Creo que deberíamos votar. Se hará lo que decida la mayoría.

—Un momento —dijo Iris con voz entrecortada—. Les mandaré un mensaje a Selena y a Raoul, que no han podido venir. Creo que ellos también deberían votar.

—Por supuesto —dijo Johannes, e hizo un gesto a Naomi y a Patricia para que se acercasen—. Que levante la mano quien piense que lo más sensato es dejar las cosas tal y como están y tratar de rehacer la agencia entre los que estamos aquí.

Nos miramos entre nosotros, mientras la tensión crecía en el aire.

Patricia levantó la mano.

—Creo que es una misión suicida —dijo—. Seguramente, ya está muerto. Voto en contra de ir en su búsqueda. Debemos concentrar los recursos en los vivos.

La miré, horrorizada.

¿De verdad había dicho eso en voz alta?

A continuación, Iris también la levantó.

Todos la observamos, en shock.

—Estoy de acuerdo. Creo que no debería morir más gente inocente. Así que me ofrezco a ir yo sola, para que no haya más víctimas. A mí no me importa. No tengo nada que perder.

—Iris, ¿te has vuelto loca? —le espetó Mina, con los ojos abiertos como platos—. Claro que no irás sola. Leonard y yo te acompañaremos a donde haga falta.

Iris sacudió la cabeza levemente.

—Cuantos menos seamos, mejor. Ya perdí a una hermana tratando de salvarla —dijo con voz queda—. Murió mucha gente inocente ese día, para nada.

—Yo voto a favor del rescate —replicó Mina firmemente—. Hay que ir a buscarlo.

—Iré donde vaya Mina —se unió Leonard.

—Tú no formas parte de la agencia —apuntó Patricia, descartando a Leonard con un gesto de la mano. Se giró hacia Iris—. Entonces, preciosa, ¿cuál es tu voto? No lo he entendido bien.

—Si me permitís ir sola, iré. Pero no quiero que se sacrifiquen otros. Es una locura.

—Lo interpreto como un no a la misión en grupo, entonces —dijo Johannes con absoluta frialdad—. ¿Qué dicen Selena y Raoul?

—No contestan —respondió Iris, tecleando algo en su teléfono—. Creo que Selena sigue en el hospital. Se encontraba fatal el otro día y le pusieron un gotero. No paraba de vomitar y Raoul tuvo que llevarla a urgencias, porque se mareaba.

—Le dije que no comiera steak tartar en ese sitio —comentó Naomi, encogiéndose de hombros—. No me hizo caso.

—Llama a Raoul —le ordenó Mina—. Él siempre contesta.

—¿Y vosotros? —preguntó Johannes, mirándonos a Naomi, a Garrett y a mí.

—Yo voto ir a buscarlo —dije sin dudarlo—. Para mí no hay otra opción posible.

Sin embargo, Naomi se mordió el labio, indecisa.

—Bueno, también debéis pensar que… —murmuró, con un tartamudeo muy poco propio de ella.

—¿En serio, Naomi? —grité, levantándome tan bruscamente de la silla que se volcó—. ¿En serio estás dudando ?

—No tenemos experiencia con ese tipo de cosas —se excusó, haciendo levitar un par de cucharillas con los nervios—.

¡Es la maldita Umbrícora, Oksana! Creo que es demasiado peligroso, y que es muy probable que todos los que intenten entrar mueran.

Y, si Teo se sumió en la Oscuridad junto a un demonio tan poderoso, ¿cuántas probabilidades hay de que siga vivo?

—Muy pocas —sollozó Iris, tapándose la cara—. Ninguna.

—Tres votos contra dos —dictaminó Johannes—. Como director en funciones de la agencia, voy a mantenerme neutral.

No podía creerlo.

¿Esta panda de ineptos iba a dejar que Teo se pudriera en el infierno, sin siquiera intentar salvarlo?

—Acaban de responder —dijo Iris—. Selena vota ir a por Teo. —Miró la pantalla de nuevo, como si algo no cuadrase—. Raoul... Raoul dice no.

—¡Esto es increíble! —grité, desquiciada—. Jamás imaginé que fueseis una banda de cobardes. ¿Os habéis dado un golpe en la cabeza, o qué?

—Lo de Raoul es inconcebible —dijo Mina, incrédula—. ¡Siempre consideró a Teo su alfa! ¿Qué motivo de peso podría tener para votar en contra! ¡Es absurdo! No lo entiendo.

Garrett le lanzó una mirada extraña, que dejó claro que a él se le ocurría el motivo. Por desgracia, no pude captar lo que estaba pensando.

—Hagamos recuento —dijo Johannes, con tono absolutamente neutro—. Iris, Patricia, Naomi y Raoul… cuatro en contra. Oksana, Mina y Selena, tres a favor.

—Son cuatro —insistió Leonard—. Theodore me contrató. Y soy el único capaz de descifrar los jeroglíficos de esas ruinas. Creo que mi voto debería contarse.

—Bien, si insistes. Cuatro contra cuatro —dictaminó Johannes—. Tenemos un empate. ¡Así que decidirá el cocinero! —Todos nos enfocamos en Garrett, que de pronto pareció hacerse más pequeño en su silla—. Garrett, dinos… ¿qué hacemos?