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Garrett
Siempre me gustó tratar con el fuego, porque era un ente previsible.
No como las personas… Ni como los sentimientos. Ni como la vida, que al final había resultado ser una experiencia bastante diferente de lo que había imaginado.
Pero bueno, eso les pasaba a todos los seres humanos. Yo no era ninguna excepción, y probablemente fui un poco ingenuo al pensar que la vida de cuento que planeé junto a Alicia saldría a la perfección.
Deslicé el wok sobre el fogón con un giro de muñeca preciso, dejando que las llamas abrazaran el acero en una caricia feroz.
Era un baile que conocía bien: el de las llamas envolviendo el metal negro, y el aceite volviéndose más fluido bajo el calor del hornillo.
Lancé unas gambas al aire y el aceite chisporroteó, como diciendo: «Soplan vientos de cambio».
Sonreí. Me lo había inventado.
Pero antaño, el fuego me hablaba.
Ahora ya solo lo hacía si le echaba gambas al aceite, y lo condimentaba con un poco de imaginación.
Como estaba solo en la cocina, me permití jugar un rato más.
Alcé una mano y las llamas formaron un pequeño fénix en el aire. Este revoloteó, rojo y brillante, en la lengua incandescente que lamía el borde de la sartén.
Sonreí, recordando los viejos tiempos, cuando crear criaturas de fuego no era solo un truco de cocina, sino mi modo de vida.
El fuego creció demasiado rápido, y tuve que apartar la sartén con un movimiento brusco.
Exhalé. Pensar en el pasado no servía de nada. Solo para quemar la comida.
Y, bien pensado, no me disgustaba del todo mi nueva vida. Ahora era Garrett Celestine: chef en las sombras, camarero ocasional y, técnicamente, el miembro más reemplazable de una agencia que no figuraba en el listín telefónico ni tenía página web.
El móvil vibró sobre la encimera, salpicado de grasa y con la pantalla quebrada de tantas caídas. Me limpié las manos aceitosas en un trapo antes de contestar.
—Garrett, soy Iris —dijo una voz queda al otro lado.
Iris, ratón de biblioteca, introvertida sin remedio; siempre hablaba demasiado bajo. Pero, esta noche, hasta los ratones del almacén hacían más ruido que ella.
—Hey —contesté, removiendo las gambas con la mano libre—. ¿Qué tal? Me pillas ocupado.
—No te entretendré. Solo necesito que me hagas un favor.
Fruncí el ceño, apoyándome contra la encimera de acero con la espátula de madera en la mano. Esperé a que me explicase el problema, pero siguió callada. Por un instante me pregunté si seguía ahí.
—¿Iris? ¿Todo bien? ¿La cafetera ha vuelto a poseerse sola?
El silencio continuó. Se estaba volviendo demasiado largo. Pensé que era hora de inventarme nuevas bromas, porque de las viejas ya nadie se reía.
—Es Teo —dijo Iris finalmente, y su voz se quebró, conteniendo el llanto—. Ha desaparecido. Se lo ha tragado… La Oscuridad.
Las bromas murieron en mi garganta.
Me erguí lentamente, notando cómo un hilo de tensión me recorría la espalda.
—Es broma, ¿verdad? —logré decir.
—Sabes que no bromearía sobre algo así —susurró Iris, y luego se aclaró la voz—.
No puedo decirte más por teléfono, solo que, según Johannes, vamos a necesitarte.
Además, quería preguntarte algo. ¿Sabes conducir?
Alguien tiene que ir a recoger a los otros mañana.
Raoul está cuidando de Selena, y yo tampoco voy a poder.
—¡Por supuesto! —contesté, porque no valía la pena preocuparla. Mejor no le contaba cómo había conseguido el carnet. O cuánta experiencia tenía.
—Perfecto, gracias. Luego te paso los detalles.
Un momento después, colgó.
Me quedé mirando el móvil como si, con suficiente fuerza de voluntad, hubiera podido cambiar la noticia.
¿Teo?
¿Qué había hecho esta vez?
No se me ocurría cómo podía haber desaparecido en la Oscuridad. Para eso, primero había que abrir un portal. Y luego tirarse dentro, o que alguien te empujase. Era un proceso bastante complejo como para llevarlo a cabo “por accidente”.
¿Qué clase de idiota haría algo así?
Se me ocurrían pocos candidatos, pero, a decir verdad, Teo era uno muy probable.
Dejé escapar un largo suspiro y me acordé de las gambas. Aparté la sartén del fuego y luego fui a buscar mi mochila. En la cartera me saludó una foto de Addison, con unos cinco años. Me encantaba esa foto: salía preciosa, con sus rizos negros y rebeldes, y esa sonrisa tan traviesa…y tan suya.
Mi permiso de conducir australiano seguía ahí, sin convalidar. Al mudarme a Europa había olvidado hacerlo, y técnicamente, dejó de ser válido tras seis meses. Pero eh, nadie iba a darse cuenta. Sería solo un paseíto por la isla.
El móvil volvió a vibrar, esta vez con un número anónimo. Yo ya sabía quién era.
Doolan, como el arcángel Gabriel, siempre solía traer noticias. Pero, a diferencia del arcángel, las suyas siempre eran malas, así que respondí de mala gana.
—¿Qué pasa ahora, Doolan? ¿Me han multado por exceso de chistes?
La voz nasal de mi abogado resonó en el auricular desde una distancia de miles de kilómetros.
—Garrett, tenemos problemas.
—No me digas…
—Sí —continuó, con su típica inmunidad a la ironía—. Alicia ha presentado nuevos documentos. El juicio de custodia se adelanta, te avisaré de la fecha. Tendrás que presentarte puntual, o pierdes a Addison definitivamente.
Cerré los ojos y tomé aire lentamente.
Debí haberle hecho caso a mi madre.
Si hubiera escuchado un poco más, ahora no estaría aquí, peleándome con mi exmujer por la custodia de nuestro terremoto de ojos negros y dientes mellados.
—¿Sabes la fecha? —murmuré, temiéndome que fuera la misma fecha en que Iris me necesitaba.
—No, pero ya te digo que será muy pronto. Ve comprando los billetes.
—Ya, pero no puedo dejarlo todo, así como así. Me ha surgido un problemilla fastidioso por aquí que debería resolver antes. ¿No puedes hacer que el juez entienda que vivo en la otra punta del planeta?
—Lo siento, Celestine. Tendrás que elegir entre ese “problemilla” o perder a tu hija. A no ser que te crezcan alas, o tengas una capa como la de Supermán.
Muy gracioso. Y luego era yo el de los chistes malos.
Cortó la llamada tras una breve despedida, y yo dejé caer el móvil contra la encimera, incapaz de elegir.
Si me marchaba a lidiar con Alicia, no podría ayudar a Teo. Pero dudaba que hubiera alguien en la agencia con más conocimientos que yo para sacarlo de ese embrollo en el que se había metido.
No tenía ni idea de cómo conseguiría hacerlo, pero necesitaba encontrar la manera de salvarlos a ambos… y rápido.