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Oksana
Nunca me había sentido tan sola como en aquella terraza de muebles discretamente elegantes, rodeada de palmeras, tumbonas de lujo y camareros de sonrisas demasiado amplias, que ocultaban corazones tan falsos como los de todo el mundo.
El hotel de mis tíos en Mallorca siempre fue para mí un refugio de paz y serenidad; ese lugar al que siempre podría volver cuando no me quedaba ningún otro.
Un lugar, también, repleto de recuerdos agridulces; el lugar donde perdí la virginidad, con alguien en quien hoy trataba de pensar solo en términos profesionales.
Mi tío me observaba desde el comedor acristalado; más que a mí, a mi vaso, que se había vaciado ya por tercera vez antes de la cena.
Mi tía, hermana de mi padre, me hizo una señal desde el otro lado del cristal del comedor: «Ven aquí. Tenemos que hablar seriamente».
Sacudí la cabeza. No pensaba hablar con nadie. Pagaba mis cuentas de mi bolsillo, así que podían irse al cuerno, ellos y sus peroratas sobre la vida y sobre lo que “debería” estar haciendo.
Me apetecía estar sola; para eso había venido a Mallorca.
Para eso, y no para escuchar cómo estaba desperdiciando mi vida con un trabajo “de camarera” en Ibiza, cuando podría ayudarles a dirigir el hotel familiar, y seguramente, en el proceso, también pescar a un millonario con el que casarme.
Por allí pasaban muchos, y seguro que no me habría sido muy difícil.
Moví un poco la tumbona hacia el sol, que al atardecer escapaba rápidamente.
Luego me pasé una mano por el rostro y lo noté áspero y reseco.
Abrí el bolso y me puse más crema. Sabía que mi problema no era la falta de crema, sino el exceso de mal humor y alcohol.
Ambos me estaban destrozando por dentro y por fuera.
Pero, aun así, no podía soltar ese maldito vaso, ni fingir esa sonrisa que mi tía anhelaba.
Giré la muñeca con dejadez, viendo cómo el líquido se deslizaba por las paredes del cristal. Todo mi poder, todo lo que alguna vez había sido, se estaba escurriendo entre mis dedos, igual que esa última gota reptando por el borde del vaso.
Sonreí con amargura.
El poder me llegó de manera inesperada, sin quererlo, y sufrí mucho por ello. De niña lo consideré una auténtica maldición.
Pero ahora que estaba esfumándose, sentía que perdía la única cosa que me daba valor como persona. Mi único billete a una vida mejor. El único talento que me hacía irremplazable.
Cerré los ojos, sintiendo el aura de una migraña que amenazaba con regresar. Últimamente tenía cada vez más de esas, y si no las detenía a tiempo, me obligaban a quedarme en cama y a oscuras durante días.
Observé a un recepcionista, caminando al otro lado de la piscina sin el uniforme. Se iba a casa tras finalizar su turno. Traté de sintonizar con sus pensamientos. Debería haber sido muy fácil: era una persona normal, ocupada con sus cosas, sin ningún tipo de barreras ni poderes mágicos.
Pero solo escuché silencio.
Al rato, me llegó un eco lejano: la palabra “aparcamiento”. Lejos quedaban los días en que escuchaba conversaciones mentales completas todo el tiempo.
Diez años atrás, leía mentes con precisión quirúrgica. Ahora solo captaba ecos y palabras sueltas.
Era frustrante.
Pensé en Iris, la nueva estrella de la agencia.
Una médium dulce y maleable. Todos la adoraban.
Y no es que yo la odiase (después de todo, no era culpa suya ser así), pero cada vez que la veía brillar y hacer las cosas que solían ser mi trabajo, una parte de mí hervía de frustración. Quizás también… de envidia.
Apoyé el vaso en una mesilla baja y saqué el móvil del bolso.
Había considerado seriamente escribir un mensaje de renuncia a la agencia. No quería terminar convertida en una carga inútil. Ni menos aún iba a permitir que Teo me despidiese delante de todos. O, peor aún, que los demás me mirasen con pena.
El móvil vibró antes de que pudiera decidirme, con el número de Johannes.
—Oksana.
No era Johannes, sino Patricia, su mujer, llamando desde Suiza.
Patricia nunca me llamaba, a no ser que hubiera problemas con los pagos, reservas, y cosas por el estilo. Y era bastante eficiente, así que no solía haber complicaciones con nada de eso.
El tono de su voz me dejó claro que, esta vez, no llamaba por asuntos de logística.
—¿Todo bien por Lausana? —le pregunté.
—Por Lausana, sí. El problema es en Ibiza. ¿Ya te lo han dicho?
Luego guardó silencio.
Habría dado cualquier cosa por poder leer mentes a través de la línea telefónica, pero eso jamás había podido hacerlo.
—¿Otra vez un poltergeist testarudo? —aventuré, extrañada.
—No es por nada de trabajo —respondió con voz débil, cosa rarísima en una mujer como ella—. Se trata de Teo.
—¿Teo? ¿Qué puñetas le ha pasado?
Hacía un par de días que no sabía de él, pero esa era precisamente la idea: tomarme unos días libres para huir de todo. Particularmente, de la agencia. Y, ya de paso, también de él.
—Teo está… —Patricia dudó—. Está atrapado. Está… estaba…
Silencio.
Apreté la mandíbula, perdiendo la paciencia ante su aparente (y repentina) incapacidad comunicativa.
—¿Dónde narices está? ¡Por todos los diablos, Patricia! ¿Es que no has mordido a nadie hoy, o qué te pasa?
Escuché un carraspeo.
—Es complicado —respondió con voz más seca, volviendo a ser ella misma—. No es algo para explicarlo por teléfono. En fin, te llamaba porque tienes que cancelar tus vacaciones y volver a Ibiza inmediatamente. Toma el ferry mañana por la tarde. Alguien pasará a recogerte por el puerto.
Después colgó, y yo le hice una seña al camarero para que me rellenara el vaso.
Antes de que el chico regresara con mi bebida, el teléfono ya estaba sonando de nuevo.
¿Y ahora Garrett?
¿El pesado del cocinero?
Deslicé el dedo para contestar.
—¿Sí?
—Oksana, preciosa, ¿te ha llamado Johannes? —dijo su voz, tan insoportablemente alegre como de costumbre.
—Llamó Patricia —gruñí, apartándome un mechón de pelo de la cara—. Dijo algo incomprensible acerca de Teo. ¿Se puede saber qué está pasando?
—Reunión de emergencia, Glacialina. —No protesté ante el apodo, pero solo porque me interesaba el resto de la frase. Garrett continuó—. Leonard y Mina ya están en camino. Yo paso a recogerte mañana por la noche. Dime la hora.
Chasqueé la lengua.
—¿Y Raoul? ¿Desde cuándo eres tú el chófer?
—Raoul no puede conducir, su chica está... indispuesta. Me he ofrecido a ir yo para que pueda quedarse a cuidarla. —Dudó un momento, como si me estuviera ocultando algo—. La buena noticia es que tendrás la suerte de disfrutar de mi conducción, tan sedosa como el aceite de colza.
—¿El aceite de colza no era tóxico o algo? Y tú ni siquiera sabes conducir por la derecha. Eres el peor candidato a chófer de todo el Serenata. ¿Es que las cucarachas estaban también ocupadas?
—¿Las cucarachas? La comparación me ofende.
—Pediré un taxi.
—No seas borde, Glacialina. Yo te recojo, y no se hable más. Ya sabes para qué sirven los canguros en las agencias secretas, ¿no?
Gruñí. No lo sabía, ni quería saberlo, pero sin duda iba a decírmelo.
—¿Para qué? —murmuré sin ganas.
—¡Pues para saltarse las normas! —contestó riendo.
Puse los ojos en blanco, pero por desgracia no pudo verlo.
—Lo que sea —me rendí—. Recógeme si quieres. Pero a partir del puerto, conduciré yo. Y nada de chistes de canguros, o te lanzo a la cuneta.
—De acuerdo, querida. Jamás me arriesgaría a dormir en una cuneta en Ibiza. Son demasiado estrechas. Y hay escorpiones.
Y luego colgó.
Resignada, me levanté de la silla. Dejé un billete doblado bajo el vaso, sin mirar siquiera cuánto había, pensando que esta quizás fuese mi última misión en el Serenata, y después volvería a Mallorca para siempre, a hacer lo que mi familia siempre soñó que hiciera.