Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) Prólogo
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Prólogo

Oksana

Al principio, yo no era así.

El “don” me llegó de golpe, como un martillazo. La primera vez que escuché un pensamiento ajeno debía de tener siete, quizás ocho años, aunque lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

Estaba en la escuela, en medio de un examen de matemáticas. La sala estaba en completo silencio, todos concentrados en sus ejercicios. Yo encontraba los problemas demasiado fáciles, casi aburridos.

Terminé mucho antes que los demás, y mi mente comenzó a divagar.

Empecé a girar el lápiz en la mano, contemplando sus rayas amarillas y negras, y la goma rosada en la punta.

Golpeé la mesa primero con la mina y luego con la goma, buscando diferencias en la cadencia.

Me concentré en los diferentes sonidos que el lápiz producía al chocar con la mesa.

Era mucho más entretenido que mirar las paredes verdes del aula.

Pero pronto escuché la voz de la profesora:

—¡Oksana! —llamó madame Arnaud con tono severo.

Di un respingo y la miré, sintiéndome descubierta. Alzando la cabeza, respondí con humildad:

—Oui, madame?

—¡Silencio! Esto es un examen.

Me quedé quieta y me concentré en la hoja de papel frente a mí, intentando no morir de aburrimiento.

Y justo entonces, lo escuché.

El primer mensaje.

La primera vez.

Era la voz de la señorita Arnaud, que me alcanzó sin que sus labios se movieran:

«La hija de Volkov es la peor de todas. ¡Estos extranjeros! Solo porque tienen dinero, se creen que son los dueños del colegio y de la ciudad entera. Pero ya encontraré una manera de hacerla repetir curso, por muy inteligente que sea y por muchas conexiones que tenga su padre.»

Mis ojos se abrieron como platos, y miré a madame Arnaud con incredulidad.

Me fijé después en mis compañeros del Lycée international , pero todos estaban enfrascados en el examen, ajenos a lo que acababa de suceder.

¿Es que nadie más lo había oído? Levanté la mano, intentando calmar el pánico que crecía en mi interior.

—Profesora, ¿qué ha dicho? —pregunté con voz temblorosa.

La señorita Arnaud me lanzó una mirada furibunda y golpeó la mesa con su regla de madera en advertencia.

—¡He dicho que guardes silencio, Oksana! —respondió secamente—. ¿Es que no lo has entendido? Si vuelves a molestar, te bajaré la nota dos puntos.

De repente, escuché otra voz: esta vez era la de Lara, mi compañera de pupitre y mejor amiga:

«Oksana siempre tiene que llamar la atención, y a ella se lo perdonan todo, no como a mí. Es una creída, y si no fuera porque tiene tantas muñecas, nunca iría a jugar a su casa. Me cae fatal. A todos nos cae mal.»

Me giré hacia Lara, pero ella parecía concentrada en sus ejercicios, sin levantar la vista. Mi corazón latía desbocado, sin entender qué estaba sucediendo.

Aquel día fue el principio de la tortura.

Esa tarde, antes del almuerzo, debía salir al escenario y cantar una canción en francés frente a todo el colegio, en celebración de las jornadas culturales.

Estaba aterrada, en particular después de lo ocurrido durante la mañana. Pero, aun así, me obligué a subir a ese estrado. Ya de niña era terca, y quizás, eso me salvaría más tarde. Tiré del micrófono, demasiado alto para mí, y me subí al cajón que alguien había colocado en el centro del escenario.

Todos me observaban.

Me dije que los embelesaría a todos con mi voz clara, brillante y melodiosa, y entonces todos dejarían de decir esas cosas horribles sobre mí.

Entoné la primera estrofa, y las voces comenzaron a llover desde todas las esquinas, una tras otra, hasta volverse insoportables.

«¿Otra vez ella? Siempre hace todos los solos, ¿por qué? Si hay otras que cantan mucho mejor.»

«Seguro que su padre pagó para que cantase el himno.»

«Su acento es espantoso. Casi ni se le entiende.»

«¡Va a llorar! ¡Va a llorar!»

No pude soportarlo más. Desafiné, perdí el hilo y me detuve de golpe, llevándome las manos a las orejas.

—¡Basta, basta! —chillé, desesperada, y bajé corriendo del escenario frente a las miradas burlonas de todo el colegio.

Me encerraron en el despacho del director hasta que vinieron de casa a buscarme.

Mi madre, preocupada, me llevó al médico, y luego a un especialista, que me hizo mil pruebas hasta derivarme a un psiquiatra.

Mi cabeza estaba bien.

No encontraron nada.

Aun así, mi madre hizo presión para que me recetaran medicación.

Mi padre siempre estaba viajando, pero nunca escatimaba en gastos y le dijo a mamá que pagarían los mejores tratamientos posibles.

Ella lo probó todo, y me llevó a ver a naturópatas e incluso párrocos que me practicaron ridículos exorcismos.

Pero nada funcionó.

Cuando íbamos al médico, escuchaba por ejemplo a la enfermera: ella pensaba que el vestido me quedaba mal, por muy caro que fuese, y que yo era la típica niña rica que se inventaba dolencias para que mis padres me hicieran caso.

El doctor me saludaba al entrar, pero estaba pensando en despacharme cuanto antes para salir a fumarse un puro y llamar a su amante.

Durante unos meses, dejé de ir al colegio porque las medicinas me daban sueño y me mareaban, pero no detenían las voces. Seguía escuchando aquellos mensajes, a veces inoportunos y a menudo horribles que nadie admitía estar diciendo.

Y lo peor era cuando escuchaba a mi madre.

Sus pensamientos, resignados, decían en silencio:

«Qué desgracia para la familia, dos hijos con problemas. ¿Qué vamos a hacer con ella? Nadie querrá casarse con una loca. La tendremos en casa para siempre, igual que a su hermano.»

Cuando le preguntaba si había dicho eso, ella se sonrojaba, me juraba que no y salía corriendo de la habitación como si yo fuera un monstruo horrible. Y luego me evitaba el resto del día.

Como la medicación me aturdía, empecé a tirarla por el váter, o a esconderla en la manga fingiendo que me la tomaba.

Un día, estaba mirando la lluvia fina golpear el cristal, admirando cómo los pequeños hilos de agua desdibujaban el contorno de los balcones floridos de las casas vecinas.

Por aquel entonces seguía sin ir a clase, ni veía a otros niños.

Incluso evitaba acompañar a mi madre cuando salía de compras.

Pero la lluvia me daba paz: me encantaba la manera en que lo amortiguaba todo, y mitigaba todos los ruidos, incluidos los de mi cabeza.

Sola en mi habitación, me puse a cantar. Era la misma canción que nunca terminé frente al público. Seguramente fue la última vez que lo hice; una especie de despedida.

Mi hermano pequeño, Mitya, entró en la estancia y se sentó a mi lado a escucharme. Nos llevábamos tres años, y su presencia era siempre bienvenida. La mente de Mitya era igual que una ciudad nevada: poseía un silencio total que me daba una paz inmensa, a diferencia de la del resto de la gente.

Mitya hablaba muy poco: no porque no pudiera, sino porque, al parecer, no quería.

Solo usaba su voz si necesitaba algo urgentemente, pero por lo demás, prefería estar callado o comunicarse con gestos.

Decían que se le pasaría con los años, aunque a mi madre la sacaba de quicio su excentricidad.

Y cuanta más prisa le metía ella para que hablase, menos ganas tenía él de hacerlo.

Mitya se puso a mirar por la ventana también, sin decir nada. Cuando terminé la canción, se giró de golpe y soltó una de sus raras frases:

—Sé lo que te pasa —dijo con un gallo.

Lo miré, sorprendida y también incrédula. ¿Cómo podía él saber lo que me ocurría?

—Solo estaba cantando —repliqué a la defensiva.

—Cantas bien.

—Gracias.

Hubo un agradable silencio entre nosotros, y Mitya se puso a dibujar en el vaho del cristal

—Oyes cosas —dijo sin mirarme, concentrado en sus dibujos—. Son los pensamientos de la gente.

La boca se me abrió sola de la sorpresa. Por primera vez, alguien comprendía lo que estaba viviendo: por fin alguien me creía, sin tomarme por loca.

En dos segundos, Mitya había captado toda mi atención.

—¿Cómo sabes eso? —pregunté, anonadada.

Mitya se encogió de hombros, y lo que dijo después cambiaría mi vida por completo:

—Porque a mí también me pasa —contestó, señalando el cuadro con querubines sobre la cabecera de su cama—. Somos como ellos. Es bueno. Pero, si te molesta oír todo eso, yo sé un truco, y puedo enseñarte a bloquearlo.