Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 39
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Mina

—¡Hay que cerrar eso! —gritó Teo, apretando a Krish contra su pecho mientras los arrastraba lejos de la grieta—. ¡Algo está saliendo de la grieta!

Miré a mi alrededor, comprendiendo, pero ya era demasiado tarde.

La cripta se estremecía. Rocas caían del techo mientras la grieta en el suelo se ensanchaba. La entidad, ahora completamente materializada, rugía triunfante.

—¡Estúpidos mortales! —la voz de Umbrael'Zathar retumbó en las paredes—. Llevaba siglos esperando este momento. ¡La Oscuridad reinará! ¡Por fin seré libre!

Horrorizada por mi error, luché por extraer la llave. Leonard, reanimado, intentaba contener a la entidad, pero sus esfuerzos eran inútiles contra el poder abrumador de aquel inmenso dios de las profundidades.

—¡La llave es la clave, Mina! —me dijo con voz entrecortada, mientras buscaba algún objeto pesado que lanzarle a la criatura oscura—. Recuerda la inscripción: «la llave será tu seguro». ¡Hay que recuperarla!

El portal se iba abriendo, y con cada milímetro de grieta que se abría, la entidad se volvía cada vez más tangible y horrorosa. Iba perdiendo su forma humana, mientras sus tentáculos de sombras se multiplicaban.

Traté de nuevo de extraer la llave de la estatua, pero no pude. Me fallaban las fuerzas, y el metal se había fundido con el material de la figura.

Para entonces, la entidad había crecido tanto como la mismísima cueva, y las sombras amenazaban con terminar de consumirme por dentro, reclamando mi vida en sacrificio.

La cueva temblaba con un terremoto ya imposible de contener.

Inspiré profundamente, tratando de calmar mi corazón acelerado. Cerré los ojos y sentí la oscuridad envolviéndome. Pero en el fondo, muy en el fondo, sentí que todavía quedaba una chispa de luz en mi interior: era pequeña pero potente.

Potente… y terca. Siempre lo había sido.

Siempre había temido mis propios poderes, temido lo que era y lo que podía llegar a ser. Había vivido a la sombra de Rhada, dejando que su culpa y su pacto oscuro me definieran.

Pero yo no era Rhada.

Yo era Mina, y mi destino no estaba escrito por los errores de mis antepasados, sino por las decisiones que tomase yo ahora, en este mismo instante, y durante el resto de mi vida.

Sentí la presencia de Rhada en esa cámara subterránea. Me pareció verla allí mismo, sujetando la mano de su hijo.

Sujetando también la mía.

Y, por primera vez, no vi a mi antepasada como una lacra, ni como un monstruo portador de una maldición: Rhada Shah había acudido esa noche para ayudarme y para servirme de guía. Agaché la cabeza y le di las gracias, a pesar del dolor y el odio.

—Yo no soy Rhada —murmuré, luchando contra la oscuridad que tiraba de mí, exigiendo el sacrificio de sangre que había ofrecido voluntariamente—. ¡Soy Mina, y elijo mi propio destino! El poder de los espíritus animales fluye en mí. Forma parte de mí, y nadie puede quitármelo.

Con un grito, invoqué toda la fuerza que me quedaba. Una luz dorada me envolvió, y los espíritus animales comenzaron a materializarse a mi alrededor, emergiendo de las sombras.

La entidad, sorprendida, retrocedió. Su voz retumbó en mi cabeza:

—Yo te quité tus poderes. No hay nada que puedas hacer.

—No me quitaste nada —respondí, y mi voz sonó más fuerte esta vez—. Este es mi verdadero ser. Esta soy yo, y eso no puedes arrebatármelo.

Leonard empujó a Krish más lejos del círculo de rodeno rojo, ayudándolo a escapar de las garras de la entidad, que cada vez se volvía más grande y fuerte, y trataba de lanzarnos a todos a la grieta ardiente, a pesar de nuestros esfuerzos por contenerla.

En ese instante, un destello verde cruzó la cripta, procedente del monasterio.

—¡Luminix! —grité, descolocada, girándome hacia él con las pocas fuerzas que me quedaban—. ¿Qué haces aquí?

Luminix debía de habernos seguido. El gato blanco saltó de golpe sobre el altar, tratando de empujar a la entidad de vuelta a la Oscuridad.

Pero su pequeño cuerpo rebotó contra el dios oscuro como una ridícula pelota, ante las carcajadas malévolas de la criatura espectral.

Leonard empujó a Krish más lejos del círculo de rodeno rojo, ayudándolo a escapar de las garras de la entidad, que cada vez se volvía más grande y fuerte, y trataba de lanzarnos a todos a la grieta ardiente, a pesar de nuestros esfuerzos por contenerla.

—¡Estáis todos muertos! —rugió el demonio—. Arrasaré con todo, y la Oscuridad reinará por fin en la tierra.

Los tentáculos de Umbrael'Zathar llenaron la cripta de lado a lado, creciendo hasta rodear todo el espacio.

La grieta era cada vez más ancha, y me sujeté al borde de la mesa de sacrificios para no caer dentro.

Teo, apareció por detrás de mí y me apartó de un empujón. Tiró de la llave hasta sacarla, y después me la lanzó.

—Llévate esta maldita llave —dijo, y luego se lanzó hacia el altar con determinación, derribando a Umbrael'Zathar.

—¿Qué haces? —pregunté sin entender.

—Dile a Iris que la amo —gritó, tirando de la entidad para arrastrarla consigo—. Dile que traeré a Emmanuel de vuelta. ¡Y ahora cierra esto! ¡Ciérralo!

Todo pareció congelarse por un instante.

Teo y la entidad cayeron hacia el portal, mientras la llave aún brillaba entre mis dedos. Sin perder tiempo, extendí la mano, canalizando toda mi energía y la de los espíritus animales que habían acudido a mi llamada.

—¡Ciérrate! —ordené al portal.

Una explosión de luz inundó la cripta. El portal comenzó a cerrarse, tragándose a la entidad y a Teo. El rugido de la bestia se mezcló con el grito de Teo, hasta que ambos se desvanecieron en la oscuridad.

Su voz resonó en mi mente: «Dile a Iris que la amo. Dile que traeré a Emmanuel de vuelta».

Y luego se hizo el silencio.

Lentamente, la luz y el calor se disiparon.

Caí de rodillas, exhausta. Leonard corrió a mi lado, sosteniéndome, y me ayudó a levantarme.

Sentí que recobraba las fuerzas tan rápido como las había perdido, y un golpe de tos devolvió el oxígeno a mis pulmones.

Estaba viva.

El portal se había cerrado, y la entidad, fuera quien fuese, había desaparecido con él.

Un brillo verde llamó mi atención. Donde antes estaba Luminix, ahora se encontraba un joven guapo de ojos verdes.

Mi hermano perdido había recuperado su forma humana.

Tras años sin verlo, no pude contener la emoción.

Corrí a abrazarlo con lágrimas en los ojos, y detrás de mí corrieron también Leonard y Krish.

Lágrimas de alegría y dolor se mezclaron mientras nos fundíamos en un abrazo.

La maldición había terminado, pero a un costo terrible.

Miré el lugar donde el portal se había cerrado: solo quedaba una marca en las losas de piedra del suelo; poco más que una fina línea de rotura.

—Teo... —susurré, conteniendo las lágrimas.

Leonard me abrazó con más fuerza todavía, tratando de consolarme.

—Su sacrificio nos salvó a todos —dijo, su voz temblando con emoción.

—No —repliqué con terquedad—. Esto no es un final. Reabriremos el portal y lo traeremos de vuelta. Encontraremos la manera de hacerlo sin que escape la Oscuridad; tiene que existir alguna. No podemos fallarle, ni a él ni a Iris. ¡No podemos dejar que esto quede así!

En ese momento, una suave luz iluminó la cripta. La figura translúcida de Rhada apareció ante nosotros.

—Lo lograste, Mina —dijo con una sonrisa triste—. Rompiste el ciclo. Nuestra familia es libre al fin.

La observé boquiabierta mientras se desvanecía de nuevo, señalando el espacio que había ocupado durante apenas unos segundos.

—¿Alguien más ha visto eso? —le dije a Leonard.

—¿A qué te refieres? —preguntó confundido.

—Nada. Vamos a casa —dije, mirando a mis hermanos y a Leonard—. Tenemos mucho que hacer, y una promesa que cumplir a Iris.

Juntos, abandonamos la cripta, dejando atrás siglos de oscuridad y caminando hacia un futuro incierto, pero lleno de esperanza.

Una vez fuera, Leonard me besó, con los ojos brillantes por la emoción.

—Amigo, amante —me susurró al oído—.  Llámame lo que quieras. Pero yo te quiero, Mina. Por favor, no me prohíbas decírtelo.

—Yo… Yo también te quiero —pronuncié entre sollozos esas palabras, que pensé que jamás pronunciaría—. Te quiero, y ahora, por fin, ya no tiene que ser un secreto.