38
Mina
Bajé corriendo a la cripta, pero tampoco encontré a Leonard allí.
La puerta que daba a los túneles estaba cerrada.
Busqué la palanca tras el sepulcro y abrí el acceso a los túneles.
Allí encontré algunos trozos de piedras de rodeno rojo por el suelo, y al llegar a la cámara del dios los dispuse formando un círculo en torno al altar, tal y como me había explicado Yolanda.
No había mucho más que pudiera hacer, aparte de esperar.
Desquiciada, regresé a la capilla y me senté sobre uno de los bancos a esperar a Teo y a mi hermano, contemplando abatida la llama de una vela.
Traté de conectarme a la cámara de vigilancia para ver qué hacía Luminix, pero no vi nada.
No estaba en el sofá, pero me tranquilicé pensando que seguramente estuviera dando un paseo por la casa, y por eso no podía verlo.
La espera se hizo eterna, hasta que el chirrido de la puerta abriéndose anunció la llegada puntual de Teo, acompañado por mi hermano Krish.
Cuando este avanzó por el pasillo central y se plantó de un salto a mi lado tuve que contener un grito de asombro: había crecido tanto que era casi tan alto como mi jefe.
Krish, a sus casi dieciséis, era un hombre hecho y derecho.
—¡Gracias a los dioses! —exclamé, sintiéndome alegre por primera vez desde que me había despertado esa oscura mañana—. Habéis llegado a tiempo.
Abracé a mi hermano y tuve que ponerme de puntillas para poder alborotar su pelo.
—¿Por qué me has hecho venir hasta aquí? —preguntó con suspicacia, estudiando la pequeña iglesia.
Así que la abuela todavía no se lo había explicado. Genial .
—Es… —dudé—. Una sorpresa de cumpleaños. Un misterio… Ya lo verás.
Krish frunció el ceño, cada vez de peor humor.
—¿Dónde hay que ir? —dijo Teo, obviando los saludos. Miró su reloj—. ¿Cuánto tiempo nos queda?
—No mucho, pero estamos muy cerca. Venid, es por aquí —le expliqué, señalando la palanca que abría la compuerta bajo el altar—. Leonard ha encontrado unos pasadizos. Pero no sé dónde está y no contesta mis mensajes, así que tendremos que ir sin él. Venid, os mostraré el camino.
—Este sitio me da mal rollo —dijo Krish, agitando su teléfono por los aires—. ¿Habrá cobertura aquí abajo?
Puse los ojos en blanco y ni siquiera le contesté.
Era curioso lo rápido que te podía sacar de quicio un hermano, y lo rápido que olvidabas todo eso con el tiempo y la distancia.
Abrí paso y me siguieron por la escalerilla. Después les mostré el túnel secreto y entregué una antorcha a cada uno.
—Creo que entiendo el procedimiento, pero hazme un resumen de todos modos —dijo Teo con tono profesional, apartando unas telarañas—. ¿Cuál es tu plan?
—Hay un templo pagano ahí abajo. Ahora bajaremos ahí; yo ya lo he preparado todo. Haré el ritual y abriremos el portal. Tu misión es ayudarme a lanzar dentro al rey de las hadas. Luego cerramos el portal y salimos pitando de aquí —dije, tratando de sonar jovial.
—¿Abrir y cerrar el portal? —repitió Teo, dándose la vuelta y deteniéndose en seco para mirarme a los ojos—. ¿Qué clase de ritual? ¿Sabrás llevarlo a cabo sola? Dudo que sea tan fácil.
Agité la mano en el aire, quitándole importancia al tema.
—Sí, tranquilo. Lo tengo todo controlado, y solo necesito que Krish esté aquí, para asegurarnos de que Vesperon se presenta. Lo demás está… —Tragué saliva—. Todo bajo control, sí.
—¿Pero qué narices…? —exclamó Krish, cada vez más desconfiado—. ¿En qué lío nos has metido, Mina?
Lo miré fijamente a los ojos y puse ambas manos sobre sus hombros.
—Krish —le dije—. La supervivencia de nuestra familia está en juego. No puedo contarte más, pero necesito que, a partir de este momento, hagas exactamente todo lo que te diga. ¿Serás capaz de hacerlo?
Krish me observó boquiabierto y se guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Pero qué…? —balbuceó, confuso, aunque observé un rayo de comprensión que iluminaba su rostro paulatinamente.
—Primero fueron a por Linux —añadí en un susurro, asintiendo—. Y ahora van a por ti. Pero tengo un plan, y te juro que no te pasará nada. Solo confía en mí. Por favor.
Krish tragó saliva y asintió con gesto serio. Su rostro se había vuelto pálido, casi verdoso.
—De acuerdo —dijo de mala gana—. Pero podríais habérmelo explicado antes. Ya no soy un niño.
No, ya no lo era. Y ese era justo el problema.
Caminamos en fila hasta llegar al templo subterráneo, este estaba sumido en una penumbra inquietante, iluminada solo por el parpadeo de las luces, que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra húmeda.
El aire era denso, cargado de un intenso olor a tierra.
En el centro, el altar de piedra dominaba el espacio, con la estatuilla del dios Cariocecus en el centro.
Más allá se veía la galería derrumbada, y la zona en la que Leonard había estado limpiando los grabados el día anterior para poder descifrarlos.
Repasé mentalmente los pasos del ritual mientras esperaba a que diera la medianoche. Mi corazón latía con fuerza, mezcla de anticipación y miedo. Krish, nervioso, no dejaba de moverse a mi lado, y se crujía sin parar los nudillos de manera exasperante.
—No me gusta esto —gruñó—. Creo que sería mejor volver al hotel y consultar todo esto con la abuela.
—Ya no hay vuelta atrás —le dije—. Nos encontrarán allá donde vayamos.
Repasé mentalmente la invocación para asegurarme de que me la sabía correctamente.
—¿Estás segura de esto, Mina? —susurró Teo, su voz resonando en la cripta.
Antes de que pudiera responder, una brisa helada hizo temblar las llamas de las antorchas, casi extinguiéndolas.
El heptagrama del suelo creció y creció hasta hacerse tan grande como la sala entera. Las líneas comenzaron a brillar, y de la enorme estrella de siete puntas surgió un trono de luz, con un hombre inmaterial sentado sobre él.
La luz se enfocó, y ante mí apareció una visión de poder y elegancia oscura. Tenía las orejas puntiagudas, y el cabello plateado fluyendo como un río de estrellas. Unas alas anaranjadas se desplegaron a sus espaldas, y nos observó con unos ojos verdes y brillantes que parecían perforar las almas.
Aunque nunca lo había visto, no me cupo duda de quién era.
En la oscuridad, su voz etérea llenó el espacio, moviendo las llamas de las antorchas.
—La familia reunida al fin —dijo con ironía—. Gracias por invitarme. Soy…
—No hace falta que te presentes —lo interrumpí, enderezando la espalda—. Ya sé quién eres, Vesperon.
La criatura espectral, molesta por mi comentario, extendió un brazo y de este salió un rayo de luz que me golpeó tras las rodillas, haciéndome caer con las manos sobre el suelo.
—Quizás te sorprenderías si te dijera mi nombre. Pero, en cualquier caso, creo que deberías de ser un poco más respetuosa con quien que te otorgó todo el poder que posees.
—Yo no quería nada de esto —respondí furiosa, sacudiéndome el polvo de la ropa mientras volvía a levantarme—. Nunca me interesó el poder.
—Claro que lo querías. Tu tatarabuela lo quería y tú eres igual que ella.
Poder, amor, control sobre todo y todos.
Las criaturas de la naturaleza responden a tus órdenes cuando las llamas.
¿Por qué piensas que acuden? —El ser rio, y su risa pareció cortarme el alma por dentro—.
Estoy aquí para cobrarme la vida de tu hermano, tal y como estipula el contrato.
Pero sé que tienes dos, y que tu otro hermano también está cerca.
—Arrugó la nariz, olisqueando el aire—. ¿Dónde lo has escondido todos estos años? Hoy me entregarás a ambos.
—Yo no sé dónde está Linux —mentí—. Que yo sepa, murió. ¡Tú te lo llevaste!
La criatura echó a reír, perforándome los tímpanos.
—No, no me lo llevé y lo sabes perfectamente. Tu abuela y tú lo estáis ocultando en alguna parte. Pero me lo vas a devolver. ¿Y sabes por qué lo sé?
Ni siquiera me molesté en responderle porque sabía que lo iba a hacer él de todos modos.
—Vosotros, los humanos, sois tan fáciles de controlar y predecir.
Os mueven los instintos más básicos: la venganza, el deseo y la codicia.
¿Cuál de esos tres podría usar contra ti?
—dijo con tono teatral, rascándose la puntiaguda barbilla con uñas tan largas que daban náuseas—.
Pienso que funcionaría lo segundo contigo.
¿Qué me dices? ¿Aceptarías un trato? ¿Tu hermano por tu amante, por ejemplo?
Lo miré horrorizada.
—¿Qué estás tratando de decirme?
—Fue tan fácil atraerlo. Estos neófitos son incontrolables. Huelen la sangre y se acercan como perros. Puedes hacer lo que quieras con ellos.
Vesperon extendió un brazo y Leonard se materializó junto a él, a un lado del altar. Estaba inconsciente, y su cuerpo estaba cubierto de sangre y magulladuras, como si lo hubieran torturado.
Su cuerpo estaba envuelto en cadenas etéreas, hechas de sombras que se movían como serpientes. Sus ojos, vidriosos, le daban el aspecto de alguien que hubiera perdido la cordura por completo.
—¡Eres un monstruo! —grité—. ¿Qué culpa tenía él? No tiene nada que ver con esto.
—No, el monstruo es tu amante y, además, gracias a ti, su alma me pertenecerá muy pronto. Y servirá para mis propósitos. Observa.
Leonard, que seguía confuso, sacudió la cabeza con un gesto de dolor.
—Ataca, esclavo —le gritó Vesperon.
Ante mi mirada aterrada, cuando Leonard abrió los ojos, estos se habían tornado completamente negros, solo pupila, y brillaban con una luz extraña. Vi su cuerpo tensarse, preparándose para lanzarse sobre mí.
—Leonard, no lo hagas —imploré, con los brazos extendidos hacia él—. Soy yo, Mina. ¡Mírame! ¡Soy yo!
Se agazapó junto al trono etéreo de Vesperon, dudando. En sus ojos se entreveía que estaba haciendo un esfuerzo titánico, luchando contra la influencia de esa malévola criatura. Sus músculos temblaban, y su mirada alternaba entre la furia controlada y su propia conciencia.