Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 37
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Leonard

Abrí los ojos. ¿Dónde estaba? Todo era borroso y oscuro, y sentí el sabor de mi propia sangre en los labios. ¿Era mía, o era de ella?

—¿Zahra? —la llamé con miedo, sabiendo que iba a castigarme por lo que había hecho.

Zahra era una ama implacable, y no soportaba los errores.

Debía servirla como ella deseaba, porque el mínimo error era castigado con todo tipo de torturas.

De todas ellas, la sed era la peor, mucho peor que los golpes o las quemaduras provocadas por esos pequeños haces de luz solar que ella concentraba sobre mi piel con malévolos juegos de espejos.

Mi mente era un torbellino de imágenes y pensamientos inconexos. Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía.

—Oh, el arqueólogo despierta —resonó una voz que nunca había oído antes, pero que no era la de Zahra. No, parecía más bien la voz de un hombre, aunque se modulaba de forma extraña, sin género definido.

—Tú... tú no eres... —las palabras se me escapaban, resbalando por mis labios sin lógica ni control.

Una risa siniestra llenó el espacio, o quizás solo mi cabeza.

—Has descubierto demasiado, chupasangre —la voz parecía venir de todas partes—. Podría acabar contigo ahora mismo, pero tengo algo mejor para ti. Una misión importante. Sabrás hacerlo, porque ya lo hiciste una vez. ¿No es cierto?

Extendió un brazo hecho de luz y, al hacerlo, fragmentos de recuerdos atravesaron mi mente confusa. Vi una tablilla roja hecha pedazos, símbolos ocultos, una advertencia terrible. ¿Era un sueño?

—El portal... si se abre... —intenté articular, pero las palabras se perdían en la niebla de mi mente.

—Desencadenará la Oscuridad eterna —completó la voz, mezclándose con mis pensamientos hasta que no supe si era él quien hablaba o yo mismo.

De repente, mi mente se llenó de imágenes borrosas. Zahra... ¿o era Mina? Los rostros se fundían, se transformaban el uno en el otro.

Zahra, tendida en su lecho de seda, completamente desnuda. Ella me hizo suyo; me convirtió en su sirviente, pero también confiaba en mí. Me encerró en su guarida y me hizo jurar que compraría mi libertad sirviéndole durante mil años. Yo acepté; tampoco tenía otra elección aparte de la muerte.

«Cuando pase tan solo un siglo, ya no querrás irte» , solía decirme entre risas, atusándose los larguísimos cabellos negros. Y luego se abría para mí, como una flor de la noche.

Era tan bella, Zahra; tan enloquecedora.

Pero también perversa y controladora. No me permitía salir nunca, ni hablar con nadie más que ella.

Era su esclavo en todos los sentidos, y me obligaba a hacer todas las locuras que se le pasaban por la cabeza.

A veces traía invitados, y los devorábamos juntos: como una ofrenda de sangre, para mantener su belleza eterna.

El hombre de luz movió el brazo otra vez. Sentí una sacudida y el recuerdo cambió.

Zahra estaba de nuevo tendida en la cama, desnuda y con los brazos abiertos.

En este recuerdo, yo volvía a clavar la estaca en su pecho.

Su rostro se desencajaba, y luego su cuerpo se descomponía ante mis ojos, en una macabra escena que se repetía a cámara lenta en todas mis pesadillas, dormido o despierto, desde la noche de mi huida.

Después escapaba de allí, corriendo en la noche, dejando atrás mi prisión de pasión y sufrimiento.

Recordaba su muerte, su sangre en mis manos.

El alivio de dejarla, y el horror de lo que había hecho.

La libertad, que ya no servía de nada porque sería para siempre esclavo de mis torturados recuerdos.

—Lo hiciste una vez. Lo harás de nuevo —susurró la voz, ahora indistinguible de mis propios pensamientos—. Mina y Zahra son iguales. Son perversas. No puedes confiar en ellas.

—No, ella no... Ella es diferente —protesté débilmente.

Sentía la mente espesa, como si me hubieran drogado. Era imposible pensar con claridad.

—¡Te equivocas! —gritó la extraña criatura—. Son la misma persona. Zahra es Mina. Mina es Zahra. Son mujeres: criaturas volubles, caprichosas. No son de fiar. Lo sabes.

—No. Mina no. Era Zahra… ella me torturaba. Pero Mina no es así. Ella es dulce. Altruista. Se preocupa por los demás. Yo le importo.

—¿Estás seguro? —La pregunta resonó en mi cabeza, sembrando más dudas, seguida de una risotada—. Ambas te atraparon, te utilizaron. Son un obstáculo. Y su sangre es dulce, embriagadora. Sabes que quieres hacerlo. Quieres hacerlo, Leonard.

Luché por aferrarme a algo, cualquier cosa. Un mensaje, una advertencia.

Oscuridad incontrolable.

Un mal impensable extendiéndose por el mundo entero, sin posibilidad de ser detenido .

Tenía que recordar, tenía que...

—La matarás si yo te lo ordeno —declaró la voz, mi voz, nuestra voz—. Y nunca más sufrirás la sed. Tienes mi palabra.

Mi voluntad se desvanecía.

—¿Lo harás? —insistió.

Zahra, Mina, el ritual, el portal.

Todo se mezclaba en un caos de imágenes y sensaciones.

En algún lugar, muy en el fondo, una parte de mí gritaba una verdad que ya no podía comprender.

Mientras me hundía en la oscuridad de mi propia mente, un último pensamiento luchó por sobrevivir: tenía que escapar, tenía que advertir...

¿Advertir a quién? ¿Sobre qué?

Ya no lo sabía.

Ya no sabía nada.