Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 36
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Mina

Yolanda, la estudiante de historia, descolgó el teléfono sorprendentemente rápido y me pilló desprevenida. Mientras la saludaba, repasé mentalmente los mensajes que Leonard y yo habíamos descifrado bajo las ruinas, preguntándome cuánta información podía darle a esa mujer sin que me tomara por loca.

—¿Ha oído usted hablar del ritual de Lucentum, por casualidad? —pregunté, deteniendo el coche en la cuneta para poder concentrarme en la conversación.

Al otro lado se hizo el silencio, y duró tanto que pensé que me había colgado.

—¿Oiga? ¿Sigue ahí?

—Sí, perdone. —Carraspeó, aclarándose la voz—. Es solo que no me esperaba esa pregunta.

—¿Eso es que sí o que no?

—Sí, he oído hablar de él. Se mencionaba en unos papeles viejos que encontré por casualidad un día, mientras ayudaba al párroco a limpiar los archivos de la capilla del monasterio.

Era un escrito mucho más antiguo que los demás, escrito en latín.

Pensé que se había traspapelado, y me lo llevé a casa para traducirlo, solo por curiosidad.

Contuve la respiración, intrigada.

—¿Y… no recordará por casualidad en qué consistía el ritual?

La mujer se rio, aunque no hubo ni una pizca de alegría en esa risa.

—Pues sí, lo recuerdo. Consistía en crear un círculo mágico de piedras rojas… Rodeno rojo, si bien recuerdo. Se consigue por todas partes. Y también había que hacer un sacrificio de sangre en un altar. Un sacrificio humano, si usted me entiende. —Rio de nuevo—. ¿Piensa probarlo, o qué?

Tragué saliva y carraspeé para estabilizar mi voz antes de responder.

—¡No, claro que no! —Esta vez fui yo la que fingió una risita—. Era solo para… un proyecto de fin de carrera. Supongo que no podría pasarme por su casa y echarle un vistazo a ese documento, ¿verdad?

La voz de la mujer se volvió tensa.

—No, lo siento mucho. Yo… he perdido el documento. No sé dónde está. Pero ya le he dicho todo lo que recuerdo. El resto eran una especie de leyendas raras sobre demonios y cosas así.

—¿Seguro? ¿No podría enseñármelo en privado, si le prometo no hablar de él a nadie? Me gustaría mucho verlo. Guardaría el secreto, puede confiar en mí.

—Ya se lo he dicho. Lo he perdido.

—De acuerdo —dije, comprendiendo que la mujer no pensaba decirme nada más—. Gracias por su ayuda, y suerte con sus estudios.

—Yo también le deseo mucha suerte con su… proyecto —Hizo una pausa, y antes de colgar añadió—. Tenga cuidado con lo que hace. Esos rituales pueden poner en peligro a mucha gente si se le van de las manos. Los portales a la Umbrícora no son juegos de niños.

Colgó, dejándome boquiabierta.

¿De verdad había pronunciado la palabra Umbrícora? Que yo supiera, muy poca gente fuera de los círculos sobrenaturales conocía la existencia de la Oscuridad Primal.

Me habría gustado poder hablar tranquilamente con ella, pero la cuenta atrás había comenzado.

Miré al cielo, donde la constelación de Orión brillaba con fuerza.

En tan solo un par de horas sería medianoche, y Cariocecus esperaba sediento el sacrificio que abriría las puertas del infierno y desterraría a Vesperon para siempre.

Yo también lo esperaba ansiosa, pero por motivos muy distintos: si mi plan funcionaba, mi familia sería por fin libre, y mi vida entera habría valido la pena.