Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 35
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Leonard

Abandoné la casa antes del amanecer, decidido a encontrar la última pieza de nuestro rompecabezas: el final del mensaje dejado por la hija de Rhada, que prometía ser el más útil de todos.

Podría haber esperado a que Mina despertase, y, en el fondo, me habría encantado estar allí cuando abriera los ojos. Me habría gustado besarla mientras se desperezaba, y ver cómo batía, soñolienta, aquellas pestañas negras e infinitas al despertar.

Pero antes necesitaba alejarme de ella y poner en orden mis pensamientos. Después de todo, quizás ella no quisiera verme allí a la mañana siguiente.

Amigos, había dicho.

Seamos solo amigos.

Esas palabras me devoraban por dentro, haciendo mi corazón añicos. Después de aquella noche mágica, su respuesta había sido como un cubo de agua helada derramado sobre mi cabeza.

Jamás había sentido una conexión así con nadie, y era frustrante que ella no sintiera lo mismo.

Aquella mujer era excepcional, y no solo por su aroma embriagador: era única por su carácter, sus principios firmes y la autenticidad de todo lo que hacía.

Me atraía su fe en el prójimo y en el futuro, y su afán por crear un mundo mejor para todos, incluso para los que lo habían perdido todo, como yo.

Mina era dulce, pero a la vez, increíblemente fuerte. Igual que podía luchar hasta la muerte por sus ideales, era también capaz de desternillarse hasta las lágrimas viendo a un cachorrito de San Bernardo hacer tonterías en una película.

Esa mujer, su tozudez y su idealismo, me devolvían la esperanza; la fe en la humanidad y en mí mismo.

“Mejor amigos que nada, supongo,” murmuré, poco convencido, mientras entraba en la capilla del monasterio por la puerta secreta y descendía por los pasadizos hasta la cámara del altar.

Rastreé la zona de nuevo, asegurándome de que el nuevo derrumbe no había dañado el altar ni la estatuilla del dios: todo seguía intacto. Me arrastré por el suelo, apartando cada pequeño montón de tierra y polvo, pero no encontré nada nuevo.

¿Dónde estaba esa dichosa tablilla?

Mis ojos volvieron a posarse en los restos humanos esparcidos a los pies del dios: esqueletos con dedos huesudos y sin piel. Era repugnante, y apenas podía mantener la mirada en ellos por más de unos segundos.

Sin embargo, esta vez noté algo más. Ahí estaba: la tercera parte de la tablilla rojiza, la que nos faltaba para completar el mensaje.

Entrecerré los ojos, descifrándola sílaba a sílaba. El texto estaba en buenas condiciones, y sorprendentemente fue fácil de leer. Decía:

«...las apariencias! El Devorador de Almas engaña. Si el portal se abre, la Oscuridad reinará.»

Quedé paralizado al instante, comprendiendo.

El Devorador de Almas.

El Devorador de Almas engaña.

Imaginé a Rhada, convencida de que abrir el portal lanzaría a Vesperon, el supuesto rey de las hadas, hacia la Oscuridad Primal y anularía la maldición. Pero, ¿quién le había dado esa idea? ¿Y por qué justo allí, en un lugar que ocultaba un portal a la Umbrícora?

¿Y si había algo oscuro acechando bajo esas ruinas, algo que deseaba ser liberado y había manipulado a Rhada para lograrlo?

La cuestión era si Rhada hizo un pacto con el rey de las hadas o, en su ignorancia, con un demonio mucho más antiguo y poderoso.

¿Habría podido ella distinguir la diferencia?

El mensaje de su hija indicaba que, al final, descubrieron la verdad, aunque demasiado tarde: el Devorador de Almas los había engañado, llevándolos hasta allí.

Ese mismo ser podría haber inscrito los mensajes en latín con la descripción falsa del ritual, fortaleciéndose con las almas de sus descendientes mientras se preparaba para ser liberado.

Era un plan diabólico, obra de una mente arcaica y maligna, surgida de las pesadillas más oscuras.

Me estremecí al pensar en la joven Rhada, cegada por el dolor y la ira.

Sin saberlo, había sellado un pacto con un demonio de la Oscuridad, y además accedió a alimentarlo con las almas de todos sus descendientes.

Luego, él la engañó, haciéndole creer que abrir el portal solucionaría sus problemas y lo desterraría.

Pero la verdad era todo lo contrario, y esa tablilla era la prueba: abrir ese portal habría liberado a la entidad maligna, desatando la Oscuridad sobre el mundo de forma imparable.

Al parecer, Rhada entendió esto a tiempo y canceló el ritual, aunque le costó la vida. Y su hija estaba intentando advertirnos.

¿Era casualidad que alguien hubiera hecho añicos la tablilla?

Tuve que apoyarme en el altar. Comenzaba a sentirme mareado.

—¡Mina! —murmuré con voz entrecortada, y mis palabras resonaron en el subterráneo, sin nadie que las escuchara.

Me pareció que la estatuilla del dios sonreía.

Por supuesto.

Ese no era Cariocecus.

Es más, debí haber escuchado mi intuición, que siempre me advirtió lo extraño que era un santuario íbero de Edeta dedicado a un dios guerrero, en lugar de a una deidad femenina.

Solo entonces advertí los tentáculos que sobresalían de la base de la figura: en un primer momento los había confundido con un trono ornamentado, debido al mal estado de conservación.

Ahora todo tenía sentido: el arcángel San Miguel, guardián del monasterio, no estaba allí por casualidad. Los religiosos lo habían elegido para contener algo, y ese algo no era el rey de las hadas: era una criatura mucho más poderosa, que ansiaba resurgir de los infiernos.

Una criatura que, a juzgar por esa estatua, solo podía ser Umbrael'Zathar, el demonio más antiguo de las profundidades.

Con la tablilla roja en la mano y ese nombre terrible retumbando en mi mente, corrí por las galerías tan rápido como pude, y salí del monasterio sin mirar atrás.

Por suerte todavía no había salido el sol, así que continué bajando la ladera a zancadas, pensando solo en Mina y en el error que estábamos a punto de cometer.

***

Cuando alcancé el pie de la colina, me topé casi de bruces con un venado.

¿Qué hacía ahí un venado, en medio de esos campos de secano?

Era una visión inverosímil, y me detuve en seco a mirarlo. Su cuerpo, musculoso y cubierto de un pelaje reluciente y rojizo, se recortaba contra el horizonte violáceo de la mañana temprana.

Me acerqué con sigilo, sin comprender lo que veía.

¿Era posible encontrar un animal así, en aquella zona y tan cerca del pueblo y de la carretera?

No, desde luego, no lo era. Sin embargo, su aroma era delicioso y completamente real.

Atraído por la sed, me acerqué un poco más.

Aquella hermosa criatura me tenía embelesado, y me pregunté cómo sería alimentarse de ella.

Imaginando el sabor de su sangre, me distraje por un instante y me acerqué un poco más.

Era extraño, pero no me tenía miedo. Extendí un brazo para acariciarlo, y, al hacerlo, un fogonazo de luz me cegó.

Después perdí la conciencia, mientras la tablilla roja caía de mis manos y se hacía trizas contra las rocas del suelo, destruyendo el mensaje de Rhada para siempre.