Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 34
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Mina

Nos quedamos abrazados entre los pinos hasta que comencé a sentir frío, y acurrucarme contra Leonard no fue suficiente contra la humedad de la noche.

—Podría quedarme aquí toda la eternidad —dijo Leonard—. Pero tú no. Hace demasiado frío. Vamos al coche; deja que te lleve a casa.

—Bien, pero conduzco yo —dije, recuperando un poco el sentido del tiempo y el espacio.

Él sonrió y sus ojos brillaron casi divertidos.

—Eres una criatura pequeña, pero muy terca —me dijo con cariño, dibujando un corazón sobre mi vientre con el dedo índice—. Es una de las cosas que más me gustan de ti.

Caminamos abrazados hasta el coche y conduje de vuelta a la casa.

Aparqué en la puerta y, al entrar, le lancé una mirada de advertencia a Luminix, que estaba agazapado en un rincón, dispuesto a saltar sobre el invasor en caso necesario.

Leonard me llevó en brazos a través del umbral, y Luminix se escondió detrás de un sofá mientras íbamos directos al dormitorio al final del pasillo.

Esta segunda vez hicimos el amor con menos reparos y con más pasión, entregándonos el uno al otro por completo, hasta que me quedé dormida entre sus brazos, soñando con la vida que nunca tendría.

***

El ladrido de los perros en una casa vecina me despertó antes del alba.

Todos los animales de la urbanización se les unieron, hasta que terminaron ladrando y aullando todos a la vez en una extraña cacofonía que anunciaba mi última mañana.

El cielo estaba gris claro, con un matiz triste, como si compartiera mi humor.

Al girarme, me di cuenta de que Leonard ya no estaba en la cama, lo cual me hizo sentir aún más abatida. En el fondo, me habría gustado despertar y encontrarlo a mi lado. Sin embargo, había una nota plegada en la mesilla, escrita a mano con su letra. Esta decía:

«Sé que no sientes lo mismo, pero, aun así, necesito decírtelo. Te quiero, Mina. Nos vemos más tarde. L.»

Observé el papel, confusa.

Lo plegué y volví a desplegarlo.

¡Le había pedido claramente que no lo dijera!

Pero ahí, justo en medio de la hoja, estaban esas dos palabras; las dos que más había temido pero que, en el fondo, mi corazón deseaba más que nada en el mundo.

Pero, también, las dos palabras que lo condenaban.

Leonard me quería.

¿Eso era posible?

¿Eso era… bueno?

El pánico comenzó a bullir en mi interior.

Si sus palabras eran ciertas, podían convertirse en una sentencia de muerte.

La primera declaración de amor, según la maldición, desencadenaría la cuenta atrás.

Dieciséis años más, y su alma pertenecería a Vesperon.

Igual que la de mis hermanos. Igual que la de mi padre.

Igual que la de todos mis antepasados que se sacrificaron sin saberlo, por haber amado a la mujer equivocada.

Una lágrima rodó por mi mejilla, y di un puñetazo en la mesilla, furiosa.

¿Cómo había podido ser tan tonta? Lo había puesto en peligro solo por mi propio egoísmo, por mi deseo de disfrutar de la vida, aunque fuera por una sola vez y por una sola noche.

¡Y qué noche! Todavía me sentía como si flotara entre nubes al recordarlo.

Por una noche, por mi propio deseo y mi egoísmo, podía haber condenado a un inocente.

Me odié a mí misma.

Pero me dije que lo arreglaría.

Tenía un plan; ahora solo tenía que cumplirlo.

Todavía había esperanza.

Me hice un café y lo tomé solo, removiéndolo mientras pensaba en Leonard, en mi hermano y en lo que planeaba hacer esa noche.

En el teléfono encontré un mensaje de Teo, diciendo que llegaría al monasterio esa noche, acompañando a mi hermano. El plan estaba en marcha. En poco más de doce horas, todo dejaría de existir. Incluida la maldición… e incluida yo, probablemente.

Me extrañó no ver ningún mensaje de Leonard, aparte de aquella breve nota. Me senté, nerviosa, y llamé de nuevo a Yolanda, la estudiante de historia, pero no contestó.

A mediodía, Leonard todavía no había vuelto, así que escribí una nota por detrás de la suya:

«Voy a las ruinas. Te espero allí. M.»

No añadí nada más, a propósito.

Junto a la nota había dejado también una bolsa de terciopelo, en la que encontré la llave que me había prometido.

Era grande, de hierro, y la cabeza redondeada estaba un poco oxidada: a primera vista no parecía gran cosa.

Me la guardé y salí de la casa, sintiendo crecer la inquietud en mi interior.

Le mandé otro mensaje a Leonard, pero ni siquiera apareció como entregado.

¿Por qué tenía el teléfono apagado? ¿Dónde se había metido?

Antes de cerrar la puerta comprobé que Luminix dormía en el sofá, frente a la cámara de vigilancia conectada.

El teléfono sonó justo cuando acababa de arrancar el motor. Estuve a punto de estrellarme en mi prisa por cogerlo, pensando que era Leonard. Sin embargo, una voz aguda de mujer me saludó al otro lado.

—¿Hola? ¿Es usted la de Ibiza? —me preguntó.

—¿Eres Yolanda? —pregunté, buscando un lugar donde detenerme—. ¿La estudiante de historia antigua?

—Sí, soy yo. Mi hermana me dijo que me buscaba. ¿En qué puedo ayudarla?